Discapacidad intelectual y TEA

El Cociente de Inteligencia (CI o IQ en sus siglas en inglés) es una puntuación derivada de test estandarizados que se utiliza para medir la inteligencia (o, según algunos críticos, un tipo de inteligencia). El CI de una población de una determinada edad tiene una media de 100 y una desviación estándar en torno a 15. Eso significa que en una distribución gaussiana, la típica forma de campana, un 95% de la población debe estar entre CI comprendidos entre 70 y 130. Como regla general el CI de una población determinada mejora década tras década. Por otro lado, como crítica, distintos test para medir el CI proporcionan resultados que pueden tener importantes diferencias entre unos y otros.

La idea general era que las personas afectadas por los trastornos del espectro autista (TEA) mostraban en muchos casos (hasta en un 75%) discapacidad intelectual, un cociente de inteligencia por debajo de 70 (CI<70). En segundo lugar, se decía que los muchachos con TEA tenían un perfil característico en los test de cociente de inteligencia (CI= IQ) de manera que obtenían resultados mucho mejores en la parte de test no verbales (“performance”; PIQ) frente a los test para las habilidades verbales (VIQ). Incluso se ha publicado que los que tenían unos resultados más anómalos en el índice PIQ/VIQ coincidían con los que tenían mayores dificultades en su vida social, mayor diámetro cefálico y mayor volumen cerebral. Por así decirlo, más autismo. En tercer lugar, se creía también que los muchachos con TEA tenían un patrón característico de picos y valles en cada parte de los test de CI, y estas fortalezas y debilidades constituyen un resumen de las características del autismo. Sin embargo, los datos de estudios epidemiológicos sobre la relación entre cociente de inteligencia y TEA son escasos y contradictorios por lo que es interesante el estudio realizado por Tony Charman y su grupo del Instituto de Educación de Londres publicado en 2011.

Los estudios previos decían que aproximadamente un 50% de los niños con TEA tienen discapacidad intelectual (lo que antiguamente se llamaba retraso mental y que corresponde a un CI menor de 70). Si el estudio se centraba en el grupo de autismo clásico, con criterios más estrictos que los de los TEA, los análisis subían ese nivel hasta un 60% y un 70%, aunque los estudios realizados (Bertrand et al, 2001; Chakrabarti y Fombonne, 2005) tenían una muestra relativamente reducida (n= 42 para Bertrand y su grupo y n = 57 para Chakrabarti y Fombonne). En otro estudio (Yeargin-Allsopp y cols., 2003) realizado con una muestra mucho mayor (n=987), el 68% tenían discapacidad intelectual. En el estudio del grupo de Charman, la muestra es intermedia (n=156) pero se utilizaron criterios de diagnóstico más ajustados, test más modernos y más estandarizados con lo que la valoración es más completa y los resultados presumiblemente más fiables. Las evaluaciones clínicas se realizaron en 156 niños con edades entre 10 y 14 años de los cuales 81 tenían autismo clásico y 75 otros trastornos del TEA. Se realizaron ajustes de proporciones relativas dentro de la población de personas con autismo de manera que el grupo pudiese considerarse una estimación adecuada de la población general con TEA.

En el estudio de Charman y colaboradores se vio —primer resultado— que el CI era similar para toda la muestra de niños con TEA, encontrando resultados similares en los que tenían autismo clásico (67,9 ± 24,0) y los que tenían otro TEA (70,1 ± 24,2). Un segundo resultado importante fue la proporción de los distintos niveles de discapacidad o capacidad intelectual. El estudio encontraba que un 55,2% de niños con TEA tenían discapacidad intelectual (CI<70), de los cuáles un 39,4% tenían una discapacidad leve (50-69), un 8,4% media (35-49), un 1,9% grave (20-34) y un 5,5% profunda (<20).

De los niños que estaban fuera del rango de discapacidad (>69) un 16,6% de la muestra total estaban por debajo del rango medio (70-84), un 25,4% estaban dentro de la media (85-114) y un 2,7% eran superiores a la media (>115). De nuevo las proporciones para estos grupos eran similares entre los que tenían autismo clásico y en los que estaban diagnosticados con otro tipo de TEA.

Comparando niños y niñas, la media de CI para las niñas fue de 61,8 (n=16) y la de niños fue mayor 71,7. El 78,4% de las niñas tenían discapacidad intelectual (CI<70) frente al 48,0% de los niños, aunque por los pelos no eran diferencias estadísticamente significativas (c2= 3,64, p= 0,06). El bajo número de niñas estudiadas (n=14) hacía que los intervalos de confianza para estos análisis fueran demasiado amplios por lo que esa diferencia debe comprobarse en estudios con un mayor número de sujetos. Todo parece indicar que las niñas con TEA tienen una mayor probabilidad de discapacidad intelectual que los niños pero el estudio no es concluyente por ese bajo tamaño de la muestra.

Del total de la muestra, 126 niños con TEA (61 con autismo infantil y 66 con otros TEA fueron capaces completar 10 subtest, 5 de no verbales (performance) y 5 verbales del test WISC-III. Las diferencias no fueron significativas para ambos grupos de test. Entonces se comparó en cada niño para ver aquellos donde PIQ>VIQ, PIQ=VIQ y PIQ<VIQ. Los subgrupos representaban un 28,3%, 58,8% y 12,9% del total. Se encontraron también algunas evidencias de una diferencia entre los test que comparan el CI en las pruebas de performance (PIQ) frente a los test verbales (VIQ), como queda de manifiesto en la proporción (PIQ/VIQ) pero estas diferencias no se asociaban con un patrón característico de síntomas como se había señalado anteriormente. En los test se encontró que los resultados en los subtest de vocabulario y comprensión verbal eran pobres en comparación con otras habilidades no verbales. Sin embargo, ni el test de diseño de bloques ni el de Ensamblaje de objetos (Object Assembly) mostraba fortalezas como se había señalado anteriormente. La idea de que los individuos con mejores resultados en las pruebas no verbales tenían niveles superiores de afectación en los comportamientos sociales no se pudo demostrar, generando dudas de que sea un grupo real, es decir que estos muchachos se puedan separar del resto de los niños con TEA como un tipo definido y distinto.

Este estudio aporta luz sobre algunas discrepancias. El CI medido con el SPM era 20 puntos superior que el que se consigue con el WISC FSIQ. Las habilidades de adaptación eran significativamente más bajas que el CI en los niños con TEA y estaban asociadas a la gravedad del déficit social temprano y también al propio CI. Una conclusión es que aunque los niños tuvieran un alto CI y por lo tanto, su rendimiento académico era presumiblemente bueno, su capacidad de adaptación al medio era mucho menor y eso implicaba que incluso esos niños con CI similar o superior a la media mostraban una clara discapacidad. Es decir, un niño con autismo falla en los ámbitos de comunicación e interacción social y eso afecta de una manera dramática a su vida cotidiana y en particular en el ámbito eucativo, algo que puede demostrarse si se evalúa su capacidad de adaptabilidad.

En la muestra epidemiológica utilizada en este estudio, los trastornos del TEA estaban menos asociados con la discapacidad intelectual que lo que se consideraba tradicionalmente. Confirma otros estudios de que solo aproximadamente la mitad de los individuos con TEA tienen una discapacidad intelectual y menos del 20% tienen una discapacidad media o grave (CI<50). Hubo poca evidencia de un perfil característico de CI. Por último, la capacidad adaptativa estaba afectada significativamente incluso para aquellos niños cuya inteligencia era similar a la media.

 

Para leer más:

  • Charman T, Pickles A, Simonoff E, Chandler S, Loucas T, Baird G. (2011) IQ in children with autism spectrum disorders: data from the Special Needs and Autism Project (SNAP). Psychol Med. 41(3): 619-627.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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