Diario de viaje (IV): Dachau

Dachau era una pequeña ciudad cerca de Múnich con una vibrante comunidad artística. El inicio de la I Guerra Mundial hizo que aquellos pintores y poetas se dispersaran y una fábrica de municiones fue la solución de los patricios de la ciudad para recuperar la economía local. Las balas de Dachau se dispararon en los campos de batalla europeos durante los cuatro años de la Gran Guerra. Sin embargo, el Tratado de Versalles redujo drásticamente la maquinaria de guerra alemana y la fábrica tuvo que cerrar. Durante década y media, los años de la república de Weimar y la Gran Depresión, las autoridades pidieron al gobierno de Baviera algún uso para las instalaciones de aquella fábrica, algo que trajera un poco de aire a la economía local. Se barajó instalar un campamento de reclutas o un lugar de entrenamiento para las milicias, pero al final se optó por lo que le dio su triste fama: el primer campo de concentración del Tercer Reich.

El incendio del Reichstag, el parlamento alemán, por el comunista holandés Marinus van der Lubbe el 27 de febrero de 1933 proporcionó al nuevo canciller Adolf Hitler la excusa perfecta. Inmediatamente presentó al presidente Hindenburg un decreto para evitar lo que según él era «un golpe de estado armado por parte de los comunistas». El decreto, firmado ¡el día siguiente del incendio! se titulaba Orden del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y el Estado. En realidad despreciaba la constitución y daba al gobierno de Hitler unos poderes de excepción que durarían doce años, hasta la caída del régimen nazi. Las libertades personales quedaron abolidas y todas las personas sospechosas, un criterio que decidía libremente la Gestapo y la jerarquía nazi, eran puestos en «custodia protectora»; es decir, eran detenidos, sin juicio ni acusación, y encarcelados preventivamente sin límite de tiempo ni control judicial. Inmediatamente comenzó la detención de comunistas, socialistas, miembros del partido popular de Baviera, monárquicos, y los periodistas y abogados de origen judío o desafectos al régimen. Pronto las cárceles estuvieron saturadas y hubo que buscar un lugar, entonces se volvieron a acordar de Dachau.

Heinrich Himmler, uno de los jerarcas nazis, era entonces jefe de la policía en Múnich, y las instalaciones de la fábrica fueron rápidamente preparadas para un primer grupo de 540 prisioneros y poco después se hizo espacio para otros 2200 más. Al principio los prisioneros estaban bajo la custodia de la policía de Baviera pero en abril fueron sustituidos por las Schützstaffel, las SS. Fue el comienzo de la violencia, el terror y la brutalidad.

El origen de las SS fue el deseo de Hitler de contar con un grupo de obediencia ciega hacia él. Los primeros fueron reclutados en los años 20 y en 1929 eran unos 300, pero cuando Hitler llegó al poder en 1933 ya eran 52.000. Los SS Totenkopfverbande (Unidad de la calavera) se establecieron en el campo de Dachau y formaron los años siguientes a los guardas de todo el sistema de campos de concentración. Fueron adoctrinados para considerar a los prisioneros como «el enemigo detrás de la alambrada» y establecieron un sistema atroz donde cualquier queja era castigada brutalmente: la agitación política, el reparto de propaganda, las fugas, intentar escapar, el motín, el sabotaje y toda otra serie de infracciones menores tenían la misma condena: la ejecución. Las faltas leves se castigaban con semanas en celdas de aislamiento o con veinticinco latigazos.

A los primeros prisioneros, políticos sobre todo, se les fueron uniendo testigos de Jehová, sacerdotes católicos, antiguos SA y cualquier ciudadano que hubiera hecho una crítica al régimen. Muchos no sabían porqué estaban allí, había sido detenido en la noche por la Gestapo, a menudo arrancado de su cama y después de un día, una semana o varios meses en una comisaría recibía un papel rosa donde se explicaba que se le trasladaba a un campo y era «puesto bajo custodia protectora por sospecha de actividades de traición». Con el tiempo y la llegada creciente de más detenidos, el campo fue reorganizado y se construyeron 34 barracones para prisioneros. Junto a ellos, cuarteles para los SS, acompañados de almacenes, hospital, fábricas, zonas de deportes, una zona para cazar, un campo de tiro, un museo, un Biergarten… todo para dar una vida de lo más placentera a los guardianes y evitar que se mezclaran con la población civil. Aun así, siempre el horror: el museo contenía réplicas de los cuerpos de prisioneros que sufrían de malformaciones corporales y en el campo de tiro se practicaba con prisioneros, en particular comisarios soviéticos. Se calcula que unos 4000 rusos, en una clara violación de la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, fueron ejecutados de esa manera. Sus asesinatos eran anotados en los registros del campo como «tratamiento especial».

La llegada al campo incluía una iniciación. El método de las SS para romper cualquier resistencia era desatar inmediatamente el infierno: los prisioneros eran golpeados, abofeteados, pateados, pinchados con bayonetas y alguno que otro era asesinado allí mismo. Los humanos respondemos a esa violencia inaudita y gratuita quedándonos petrificados y nuestro comportamiento nos lleva a seguir las órdenes, sin cuestionar ni dudar, de quien tiene ese poder omnímodo sobre nosotros. A continuación se hacía una ficha completa, incluyendo las transcripciones de los interrogatorios de la Gestapo, certificados de nacimiento, matrimonio y estudios, la burocracia llevada al paroxismo. Ningún prisionero podía ver su expediente.

Los prisioneros eran entonces llevados a una sala donde se les obligaba a desnudarse, con bromas especialmente para el abundante grupo de sacerdotes católicos. Todas sus pertenencias, incluida la ropa y los zapatos era metidas en una bolsa de papel numerada y se les decía que no olvidasen ese número. Les quitaban anillos, relojes, dinero, todo. Les afeitaban todo el pelo del cuerpo y les llevaban a duchar en agua gélida, en ocasiones les metían en una cuba de líquido desinfectante. Había una toalla para cada docena de prisioneros. A continuación les daban un uniforme: una camisa, un pantalón, una chaqueta y una gorra de rayas azules y blancas, unos calcetines y unos zuecos. Al final, los prisioneros habían perdido su libertad, su dignidad, sus propiedades, sus ropas, su vello corporal y su nombre. Solo eran un número y solo les quedaba una libertad, la de morir.

Siguieron llegando detenidos. En 1937 mandaron a Dachau a 2000 criminales, después llevaron asociales (mendigos, alcohólicos, vagos, homosexuales, carteristas, …) todo aquel que no encajaba en el estilo de vida decretado por los nazis. A ellos se les sumaron los gitanos, que desde las leyes raciales de 1935 eran considerados una raza inferior y que también eran incluidos en los asociales. También enviaron austriacos desafectos desde 1938, 2000 prisioneros de los Sudetes, pero el grupo que llegaba de forma constante y recibió el tratamiento más brutal fueron los judíos. Finalmente la guerra hizo llegar enemigos políticos del este de Europa, de Francia (incluidos republicanos españoles), de los Balcanes, de la Unión Soviética. El grupo más numeroso en el momento de la liberación eran los polacos. Unas 200.000 personas pasaron por el Konzentrationslager de Dachau en sus doce años de existencia, la gran mayoría murieron.

El campo era la cabeza de un sistema de unos cien subcampos que eran fundamentalmente campos de trabajo o Arbeitskommandos y estaban localizados por el sur de Alemania y en Austria. El mapa del sistema completo de campos es aterrador: todo el Reich y los territorios ocupados estaban plagados de campos y subcampos por los que pasaron millones de personas, muchos para nunca regresar.

Los barracones estaban rodeados de una zona de césped de tres metros de anchura que llegaba hasta la alambrada electrificada. Cualquiera que pisara ese césped era tiroteado desde las siete torres de vigilancia.Todos los días, algún prisionero que no soportaba más iba allí y se metía en la hierba para que todo acabase. A veces los guardias le quitaban la gorra a un prisionero y la tiraban al césped. Sin gorra sería apaleado en todas las formaciones y si iba a por ella tenía muchas posibilidades de acabar muerto. Dachau.

Muchos prisioneros salían a trabajar. Los que sabían un oficio tenían una posición ligeramente mejor. La puerta por la que salían del campo tenía el famoso e irónico mensaje: «Arbeit machts frei» «El trabajo libera», que luego copiarían otros campos como Auschwitz 1. Se les despertaba a las cuatro de la mañana y tras un recuento en un patio gigantesco iban a las tareas que realizaban como esclavos. A la vuelta tenían que traer a sus compañeros muertos que no habían sobrevivido a las miserias del día para que fueran incluidos en el recuento de la tarde. La presencia de los muertos en el recuento era una forma de demostrar a los prisioneros que su vida no valía nada y que les daba igual si estaban vivos o no. Si alguien se equivocaba o alguien había escapado, las cosas se complicaban. Hay un testimonio de un recuento que empezó a las siete de la tarde y terminó a las cuatro de la mañana, los hombres tuvieron que estar firmes durante nueve horas. Veintisiete murieron en la formación aquella noche.

Uno de los temas odiosos de Dachau fue su uso para hacer experimentos por médicos de la SS. Entre ellos estudios sobre el descenso de altitud, donde 200 prisioneros fueron sometidos a un cambio de presión súbito y carencia de oxígeno. 78 hombres murieron en esta pruebas. Otros estudios fueron sobre la hipotermia en inmersión. Los prisioneros eran metidos en un baño con agua helada y se probaba si se les podía reanimar, en un caso con prisioneras que trajeron de otro campo. De los 280 a 300 prisioneros en los que se probó 90 murieron. A un grupo de gitanos se les usó para ver los efectos de beber agua salada: a una cuarta parte no se les dio agua, otros tenían que beber agua marina, un tercero tomaba agua salada a la que se la quitaba el sabor con un producto, el Berkatit y el último grupo tomaba agua salada a la que se le había quitado la sal. Los prisioneros sufrieron alucinaciones, diarrea y en la mayoría de los casos, demencia y muerte. Los experimentos sobre malaria duraron tres años e implicaron a 1084 prisioneros, incluyendo un grupo de sacerdotes. Entre trescientos y cuatrocientos de los participantes en el estudio de malaria fueron ejecutados al terminar las pruebas por las graves secuelas que les hacían inútiles para seguir trabajando.

Las reformas hicieron que el campo tuviera capacidad para 6.000 personas, pero las circunstancias de la guerra hicieron que más y más prisioneros se amontonaran en Dachau, situado cerca de los Alpes donde los nazis plantearon ejercer su última resistencia. Cada barracón tenía capacidad para 208 personas, pero unos días antes de la liberación del campo el estadillo marcaba que el bloque 30 tenía 1800 personas viviendo allí, pero seguía habiendo 208 diminutas literas. Las enfermedades, en particular el tifus, se extendían como la pólvora. Entre enero y abril de 1945 unos doce mil prisioneros murieron de tifus. Himmler había dado órdenes de que ningún prisionero cayera vivo en manos del enemigo y la asistencia médica era prácticamente inexistente. En algún subcampo como Landsberg, las ventanas y puertas fueron cerradas con puntas, los edificios rociados con gasolina y prendidos fuego, unos 4.000 prisioneros murieron abrasados. El 26 de abril de 1945 tres días antes de la liberación del campo por el ejército norteamericano al menos 30.000 prisioneros permanecían en Dachau. Ese mismo día los SS cogieron a unos 7000 prisioneros, exhaustos y enfermos y los llevaron en una caminata hacia los Alpes. Los que no podían aguantar la marcha, recibían un tiro en la cabeza. Los americanos liberaron este grupo el 2 de mayo de 1945 pero más de mil cadáveres aparecieron en las cunetas. El 29 de abril las primeras tropas norteamericanas llegaron al campo de Dachau. Algunos SS, que se habían rendido, fueron ejecutados y un montón de banderas, prisioneros mostrando con orgullo sus países de origen, saludaron a las tropas liberadoras. Los americanos organizaron el campo para que no cayese en la anarquía, enterraron a miles de cadáveres e intentaron contener la epidemia de tifus. Aun así, 2221 personas murieron en las semanas siguientes a la liberación del campo.

Tras la guerra, Dachau se convirtió en una prisión para miles de SS en espera de juicio. En 1948 dio alojamiento a las personas de etnia alemana que habían sido expulsados de sus hogares en Europa del este y esperaban una reubicación y finalmente fue una base militar norteamericana hasta su cierre en 1960.

La biblioteca donde trabajo, la Internationale Jugendbibliothek (Biblioteca Internacional de la Juventud), tiene desde 2008 un programa en cooperación con el memorial del campo de concentración titulado «Encontrar palabras para lo imposible de creer». Está dirigido a estudiantes y jóvenes adultos a partir de 16 años. Muchos de esos muchachos comentan estar hartos de oír historias de la época nazi y que eso no tiene nada que ver con ellos. El taller intenta demostrarles que sí tiene que ver, tiene que ver con todos nosotros. Por la mañana hacen una visita guiada al campo donde se hace una especial referencia a los testimonios autobiográficos de las víctimas. Muchos hicieron un esfuerzo, aunque escribir también se castigaba con la muerte, en dejar su testimonio enterrado en frascos o latas para que alguien pudiera saber algún día lo que allí había pasado. Otros pudieron escribir su historia después de la liberación del campo.

Después los muchachos vuelven a la biblioteca y allí un escritor les pide primero que propongan palabras a lo que la visita les ha suscitado. Surgen términos como Furia, Consternación, Miedo, Incomprensión, Indefensión, Atropello. A continuación les propone un ejercicio con dos posibilidades. Puedes escribir una carta desde Dachau, puede ser la carta de una víctima o de un guardián o de un visitante, pudo ser escrita en la época de la guerra o ser actual. No hay más normas. La segunda opción es leer un testimonio de una de las víctimas Agnes Sassoon: Überleb. Als Kind in deutschen Konzentrationslagern. Beltz, 1992 (tiene traducción española He sobrevivido. Una niña en los campos de exterminio nazis, publicado por editorial Flor del Viento) y continuar la historia que ella cuenta en un párrafo. Los alumnos tienen una hora para escribir y al terminar se les ofrece la posibilidad de leer su texto. Al principio nadie quiere normalmente pero en cuanto alguno se lanza, todos los demás le siguen. El escritor nunca critica sino que resalta lo que está bien o pregunta el porqué si hay algún texto sorprendente o incluso irresponsable. El taller plantea que escribir es bueno para entender las cosas, para implicarte emocionalmente, para pensar en ello.

Fui a visitar Dachau el día de difuntos. El aire frío recorría aquella explanada donde miles de hombres esperaron poder vivir un día más. Los barracones fueron derruidos y hay dos reconstruidos, pero son suficiente para imaginar aquel infierno de normas, enfermedad y maldad. Intentas imaginar la vida allí y un escalofrío te recorre. En el museo, fotos de las que llevaban en la cartera, una entrada de cine, un permiso de trabajo, los restos de un naufragio. Ese golpe de los detalles: los prisioneros que se hacían piezas de ajedrez con miga de pan para disfrutar los pocos ratos libres que tenían; los utensilios religiosos, una mitra de obispo hecha cosiendo una sábana de lona y un cáliz hecho con un vaso de hojalata (esa sensación de una Iglesia que sí estuvo a la altura de los más desdichados); también el relato de los valientes, gente que pone en peligro su vida por ayudar a un compañero, robando un poco de comida en la granja donde trabaja, u otro que se niega a hacer el saludo nazi y le apalean día tras día o aquellos que mantienen la dignidad y el compañerismo en medio de la ignominia más absoluta. Lo último, los crematorios. Un espacio interior sorprendentemente pequeño porque no había ataúdes; aún así, era suficiente para que los cuerpos se incineraran de tres en tres. Un ordenador donde puedes buscar a los fallecidos por nombre o país. Recorrí uno a uno a los 125 españoles, apellidos como el suyo o el mío, pescadores, albañiles, oficinistas, los pueblos y ciudades donde vivieron nuestros abuelos y donde vivimos nosotros. Es duro ver algo así, pero lo que es verdaderamente importante es que no olvidemos, lo único que ya podemos hacer por todos los que allí murieron.

Cientos de cuerpos con los uniformes de presidiario en Dachau. Es la imagen que encontró la unidad del sargento Irving Ross al llegar al campo. Ross tomó esta foto y muchas otras.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 comentarios en “Diario de viaje (IV): Dachau”

  1. Importante no olvidar. Aunque nos resulte increible y no nos reconozcamos, cualquiera de nosotros podriamos llegar a ser tanto víctimas como verdugos. El experimento de Milligram ya lo demostró y vemos en las noticias a diario la crueldad del ser humano. Importante no olvidar, no callar y difundir. Muchas gracias por compartirlo!!.

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    1. Gracias a ti, Eva. Una persona a la que quiero mucho me hacía llegar este artículo de El País sobre la banalidad del mal y la terrorífica normalidad de los nazis. No eran monstruos la mayoría, eran gente como nosotros y fueron capaces de la mayor crueldad y atrocidad https://verne.elpais.com/verne/2017/03/23/articulo/1490255737_690085.html?id_externo_rsoc=whatsapp Te agradezco que hayas dejado ese comentario tan necesario.

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  2. Hola José Ramón,
    ya que andas por estas tierras, si te interesa el tema del nacionalsocialismo en Múnich, te recomiendo la exposición permanente del Stadtmuseum sobre el tema:
    https://www.muenchner-stadtmuseum.de/en/daueraustellungen/national-socialism-in-munich.html
    Y ya que estás allí, no te pierdas la exposición de marionetas y atracciones de feria antiguas; es curiosísima:
    https://www.muenchner-stadtmuseum.de/en/daueraustellungen/dauerausstellungpuppentheater.html
    De una espaniola muniquesa 😉

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