El mito de los quince minutos de atención

La clase tradicional o clase magistral está bajo fuego artillero porque muchos de los implicados sienten que es ineficaz. En la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca se conserva un maravilloso cuadro pintado por Martín de Cervera donde se ve a un profesor dando clase. Subido en su cátedra imparte sabiduría —se supone— que extrae de un libro que tiene delante y debajo, en grandes bancos corridos, los estudiantes, toman notas mientras algunos dormitan o charlan con el compañero. Pongamos una pantalla y un powerpoint y no sería muy diferente de nuestra realidad actual.

El sistema universitario occidental lleva más de mil años fundamentado en la clase magistral. Manuscritos medievales y bajorrelieves muestran esa misma estructura: un profesor que expone un resumen de contenidos, sacado de bibliografía y a veces de su propia experiencia, mientras los estudiantes intentan recoger esa información en apuntes apresurados. ¿No es sorprendente que sigamos haciendo algo, lo que sea, sin apenas cambios diez siglos después? Hasta la Iglesia católica cambió la estructura de sus misas y ellos sí que son expertos en sermones. Es cierto que hacemos prácticas, seminarios, ejercicios, trabajos tutelados y muchas cosas más, pero creo que la clase magistral sigue siendo el eje vertebrador de la docencia actual, al menos en la secundaria y en los grados universitarios.

Uno de los datos clave es la duración de la clase: la clase de 50-60 minutos sigue siendo el estándar en muchos países; sin embargo, existen afirmaciones recurrentes de que la atención de un joven es mucho menor y que, de hecho, disminuye bruscamente a partir de 10-15 minutos. Si eso es así, sería un error irracional y poco eficiente mantener nuestro horario, las clases de 50 minutos que damos en mi facultad. Pero ¿y si las cosas son aun peores de lo que creemos? Recuerde que eso en la educación siempre es posible. En 2015 un estudio encargado por Microsoft y que fue comentado en la revista Time señalaba que el tiempo de atención de un estudiante era de ¡8 segundos! Neil Bradbury comentaba en el mismo artículo que un carpín dorado, lo que llamamos un pez de colores, tiene una atención de 9 segundos ¡un 12% más que la de los humanos! Me sonrío malévolamente pensando en clases de ocho segundos y en que sea más fácil dar clase a un carpín que a estos muchachos y muchachas con los que me encontraré dentro de pocos días, pero la maldad me dura poco. Si la atención es imposible de mantener durante 50 minutos ¿qué hacemos curso tras curso?

El camino debería ser, como siempre, aplicar el pensamiento crítico y el método científico. Pero si hacemos eso el sólido terreno se vuelve blando y embarrado: nadie sabe cómo medir la atención de un pez y lo que se ha medido es su memoria, que es otra cosa. Del mismo modo la cifra de 8 segundos para los humanos es el tiempo medio que una persona media pasa en una página web antes de saltar hacia otro lado. Sin embargo, una clase no es una página web ni en su estructura, ni en sus objetivos, ni en su interactividad, ni en su motivación. La triste realidad es que el supuesto límite al período de concentración, esos quince famosos minutos, se repite en artículo tras artículo y en libro tras libro sin que apenas nadie se haya parado a ver de dónde ha salido, si realmente es una estimación fiable, en qué casos y para qué estudiantes. Según Bradbury (2016) «el propagado concepto de un período de atención de 10 a 15 minutos parece basarse en un solo manuscrito publicado en 1978 por Hartley y Davis que describe la caída de atención durante una clase». Bueno, podemos pensar solo es un artículo y la ciencia exige replicación pero bueno, al menos uno, si es bueno… Pero resulta que el artículo no va de atención sino sobre «tomar apuntes» y tampoco es una investigación original sino que revisa la bibliografía existente hasta ese momento ¡hace casi 40 años! sobre los apuntes de los estudiantes. Bueno, quizá los apuntes son un buen marcador de la atención y la caída en la cantidad de información anotada es un marcador de la atención pero ¡vaya, tampoco! El declive a la hora de tomar apuntes se observó en los últimos diez minutos de la clase y no en los primeros diez. ¡Pero bueno, tampoco encaja! Pero sí se ve una caída de atención, no se mantiene cincuenta minutos. ¡Pues, tampoco! Lo que el estudio dice es que al final de la clase la cantidad de información disminuye; y parece que es más que el profesor está cerrando la clase que que el estudiante se siente fatigado. Entonces ¿nos vale la toma de apuntes como registro de la atención? Pues no, tampoco, los propios autores dicen que la atención fluctúa a lo largo de los cincuenta minutos de clase y que esa variación no se refleja en los apuntes y el propio Hartley ha publicado que los apuntes no son indicadores válidos para la atención.

Otra estrategia para evaluar el rango de atención ha sido con la estimación personal de los propios estudiantes. Stuart y Rutherford pidieron a estudiantes de Medicina que cuando sonase un timbre, cada cinco minutos, anotaran su nivel de atención en una escala del 1 a 9. Los resultados mostraban que la atención subía rápidamente durante los primeros 10-20 minutos pero luego se reducía lentamente hasta el final de la clase. Sin embargo el declive nunca disminuía por debajo de los niveles de los primeros minutos y aunque no había diferencias al comienzo de la clase entre estudiantes de 2º y de 5ª, la diferencia era muy marcada al final de la hora. ¿Qué podría ser? ¿Los estudiantes de 5º habrían adquirido a lo largo de la carrera hábitos de atención? ¿La preocupación por estar cercanos a graduarse sería un estímulo para intensificar la atención y el esfuerzo? En realidad la revisión de los datos encontró que la diferencia se debía a que el profesor de 5ª tenía mucha más experiencia que el que daba clase en 2º. Por tanto, la diferencia en la atención en clase parece que se debe más a la calidad del profesor que al grado de fatiga de los estudiantes. Es también la experiencia de muchos de nosotros: hay clases que a los diez minutos querrías salir corriendo, y a veces lo haces mentalmente, y otras que cuando suena el timbre de acabar te parece mentira que ya hayan pasado cincuenta minutos.

Johnstone y Percival en vez de utilizar la estimación de los propios estudiantes utilizaron observadores externos que registraban la percepción de la atención, en 90 clases diferentes. Era algo bastante subjetivo, en el 87% de las clases solo hubo un observador y se observó caída de la atención en los primeros cinco minutos y otra en torno a los 10-18 minutos. Sin embargo, es un estudio con serios problemas metodológicos: una persona con la vista alejada del profesor puede estar ordenando mentalmente la información mientras que otro con los ojos fijos en la pizarra puede estar repasando mentalmente las mejores jugadas del partido de la noche anterior.

Otro estudio realizado por Bunce y su grupo utilizó unos clickers para que estudiantes de química marcaran tres posibilidades, lapsos de atención de menos de un minuto, de entre 2 y 3 minutos y de más de 5 minutos. El equipo investigador observó que no había fases sino que la atención y la desatención se alternaban a lo largo de toda la clase. Además los ejemplos sugieren que más que un déficit de atención era un desvío de la atención, centrarse en otras cosas diferentes a la explicación del profesor: así los autores vieron que entre las de menos de un minuto estaban estudiantes que miraban su reloj, en las de entre 2 y 3 minutos los que miraban o respondían mensajes de texto en su teléfono móvil, y en las de más de 5 minutos los estudiantes que preparaban tareas de otra asignatura. Por tanto, esos lapsos de atención no eran tales, sino cambios de foco, centrar la atención en un sujeto distinto, que es algo diferente.

En resumen, el concepto de atención es difuso, no hay un criterio muy claro de cómo medirlo y no parece existir una determinación objetiva que deje a todos conformes. La conclusión es que no hay un estudio serio y contundente que permita afirmar que la atención de un estudiante solo se puede mantener entre 10 y 15 minutos. La gente que lo repite podría decir igualmente lo de los ocho segundos o las tres horas, porque es no es un dato veraz, es simplemente un neuromito. En mi interés a favor de la neuroeducación y el desarrollo de investigaciones por parte de los centros educativos, este es un buen ejemplo de lo que podríamos hacer. Busquemos cómo medir la atención, comparemos edades, sexos, asignaturas, profesores… Encontremos respuestas y generemos conocimiento en vez de repetir sin discutir lo que se ha dicho antes, eso es la escolástica en su peor versión y en teoría hace muchos siglos que la dejamos atrás.

Y no nos cerremos a otras realidades y a otras posibilidades. Hay ejemplos interesantes de cómo se pueden hacer cosas en períodos cortos. Las famosas charlas TED, unas conferencias de gran prestigio donde los ponentes presentan sus ideas de ámbitos que van a la literatura africana a los robots, duran un máximo de 18 minutos. Las charlas Naukas Bilbao, el principal evento de divulgación científica en español, duran diez minutos. Las presentaciones en el formato PechaKucha, iniciado en Tokio en 2003 y extendido por todo el mundo, se hacen usando una proyección automática con 20 diapositivas mostradas durante 20 segundos cada una, un total de 6 minutos y 40 segundos. Es una especie de economía de la información: 140 caracteres como máximo en Twitter y 15 minutos como máximo en YouTube con una tolerancia extra de 59 segundos de grabación. Todos estos modelos de transferencia de información se basan en un criterio, que es tiempo suficiente para pasar una información básica útil y suficientemente corto para mantener el interés y la atención de la persona.

La clase de 50 minutos, la clase magistral, tiene su sitio en la programación docente. Es cierto que se ve como un proceso de aprendizaje pasivo, cuando ahora las tendencias van hacia procedimientos activos como el «flipped learning», la resolución de casos o la enseñanza basada en proyectos. Pero también es cierto que es una forma útil de presentar los contenidos básicos a un grupo numeroso, que permite construir contenidos que no se encuentran en la bibliografía, que posibilita que el profesor manifieste sus dudas fomentando el pensamiento crítico, que permite presentar un contexto que favorezca el compromiso social y la responsabilidad de los estudiantes. Pero en cualquier caso, el que esté en contra de ella no puede usar el argumento de que el período de atención de los estudiantes solo dura entre diez y quince minutos por un motivo sencillo: no está demostrado.

 

Para leer más:

  • Bradbury NA (2016) Attention span during lectures: 8 seconds, 10 minutes, or more? Adv Physiol Educ. 2016 Dec 1;40(4): 509-513.
  • Bunce DM, Flens EA, Neiles KY. How long can students pay attention in class? A study of student attention decline using clickers. J Chem Educ 87: 1438–1443, 2010
  • Hartley J, Davies IK. (1978) Note taking: A critical review. Program Learn Educ Tech 15: 207–224.
  • Johnstone AH, Percival F (1976) Attention breaks in lectures. Educ Chem 13: 49–50.
  • Stuart J, Rutherford RJ (1978) Medical student concentration during lectures. Lancet 312: 514–516.
  • Torres Menárguez A (2017) “Hay que acabar con el formato de clases de 50 minutos”. El País https://economia.elpais.com/economia/2017/02/17/actualidad/1487331225_284546.html?id_externo_rsoc=TW_CC

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “El mito de los quince minutos de atención”

  1. Saludable aclaración. Usaré esta información para rebatir a quienes usan el argumento de los 10 minutos de atención. Gracias y por favor continúe esta tarea de divulgación.

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