Barcelona

Ayer decidí dedicarme la tarde. El día anterior había conseguido tachar dos cosas de la lista, en esa incongruente forma que tengo de tomar vacaciones, y me merecía un premio. Quería compartirlo, siempre escribes para al menos un destinatario, un justo que como en Sodoma y Gomorra, salva de la destrucción. Quizá te salva a ti. Puse una foto de la portada en twitter: Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas de Stefan Zweig. E incluí un mensaje optimista: Hoy tarde de placer y dulce memoria. Así empezó. Hay libros, muy pocos, que te acarician. Puede ser porque no tenías dinero y fuiste a verlo una y otra vez al escaparate de una librería, hasta que lo hiciste tuyo; puede ser por la persona que te lo regaló, que te quería dar lo mejor de sí misma; o puede ser que cuando empiezas a leer, te das cuenta de que hace treinta años o hace trescientos, ese autor lo escribió para ti. Este era uno de esos.

Empecé con Cicerón. Siempre me he sentido un romano, el bisnieto de un legionario que acabó su servicio en Castilla convertido en agricultor. Disfrutaba la lectura, la traducción perfecta (con el tiempo te vuelves maniático y he soportado tantas traducciones mediocres que ver a Berta Bias ejercer su oficio es un soplo de felicidad). De repente empezaron a llegar las noticias de Barcelona. Mi plan, mi esperanza, se fue a la mierda. Antes recibías las noticias un par de veces al día, uno o dos telediarios y el periódico. Ahora son miles de veces, el periódico siempre está atrasado, y te llegan imágenes, videos, noticias, rumores, sentimientos, estupideces, carroña, basura. Ves el coro de los miserables, los que ponen fotos de gente atropellada y los que intentan usar a los inocentes para sus odios: anticatalanistas feroces, independentistas encanallados, fascistas de diverso pelaje, incluso madridistas majaderos, una serie de manzanas podridas en un océano de gente buena, con el corazón encogido por la tragedia y queriendo ayudar y enviar su cariño sin saber bien cómo hacerlo. Unos ponían gatos en twitter, otros ofrecían su casa, su coche o su trabajo; un traumatólogo de Zaragoza proponía agarrar el coche y plantarse allí en unas horas si podía ser útil; otros iban a donar sangre, otros revisaban las calles jugándose la vida por nosotros, otros gemían su rabia o su tristeza. Leí un trozo de una declaración de Salman Rushdie que me ayudó. Decía esto:

El fundamentalista cree que no creemos en nada. En su mirada del mundo, tiene las certezas absolutas, mientras nosotros estamos hundidos en indulgencias sibaritas. Para demostrarle que está equivocado, primero debemos saber que está equivocado. Debemos ponernos de acuerdo en lo que es importante: besarse en lugares públicos, los bocadillos de jamón, estar en desacuerdo, la moda vanguardista, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más equitativa de los recursos de la Tierra, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor.

Sí, creo que es así. Tenemos que recordar que somos todo eso, también la herencia de Roma, el estado de Derecho, el juicio justo, el derecho a un abogado que te defienda y a un juez. Quería que detuvieran a esos terroristas y les hicieran pagar sus crímenes, quería que si algún policía estaba en peligro, acabara con ellos antes que perder su vida inocente, en riesgo por servir a la sociedad, pero no quería linchamientos ni asesinatos, porque somos mejores que ellos. Esa es nuestra fuerza, nuestra enorme superioridad moral. Quiero que, como con los etarras, no consigan nada, que matar inocentes no sea una vía para nada y, entre ello, me niego a caer en su juego, no pienso odiar a los musulmanes ni a los de piel oscura, ni a los emigrantes, porque en mis genes estoy convencido de que están todos ellos, junto a los de aquel romano. No voy a dejarme meter en su ellos contra nosotros, sino que me mantendré en el mío. El ellos son los terroristas y el nosotros somos todos los demás, la gente buena, la gente que no mata, la gente que cree en la democracia, también en la ciencia y el progreso, y los que creen en Dios, es un Dios que alaba el bien, que no disculpa la muerte de un niño, que no exige sacrificios humanos. Pensé en el terrorista que aceleraba contra personas que paseaban ¿qué puede haber en esa mente? Hace poco había leído que los que asesinaron a Lorca, terroristas también, no podían mirarle a los ojos al mismo tiempo que disparaban ¿es más difícil mirar a la cara que apretar un gatillo? El canalla al volante que nota los golpes secos en la furgoneta, que oye los gritos de pánico, que ve jóvenes y niños felices de pasear en verano por una ciudad maravillosa antes de arrollarlos ¿es un ser humano? ¿es cómo yo? ¿qué le hemos hecho para que odie tanto? No lo entiendo, pero me vas a tener siempre enfrente, no te voy a dejar ganar ni un milímetro. Morirás o acabarás en la cárcel de por vida a cambio de nada.

Por la noche, después de terminar el capítulo de Cicerón cuando ya había conseguido calmarme y justo antes de entregarme al sueño leí a Espriu. Era mi forma torpe y silenciosa de enviar mi cariño a Barcelona, de pensar en todas las personas que quiero en aquellas tierras, de llorar por muertos y heridos, de agradecer que haya tanta gente buena y me sentía como Espriu que me decía «Ara he de callar, que no tinc prou força contra tant de mal». «Ahora debo callar, ya que no me queda fuerza suficiente contra tanto mal». También pensaba que volveré a pasear por la Rambla, que besaré en público, con pudor pero con felicidad, a la persona que quiero, que iré a desayunar a la Boquería, que defenderé a los musulmanes inocentes porque son de los míos y gritaré en el corazón con todas mis fuerzas ¡Barcelona, t’estimo!

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 comentarios en “Barcelona”

  1. Es un tema muy complejo que requiere un analisis muy completo para hablar de soluciones ante las acciones de la segunda generación de inmigrantes no integrados, a quienes no les importa morir por esta o por otra causa.

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