Las cosas inútiles

Dedicado a Juan Ignacio Pérez

Cuando Abraham Flexner murió en 1959 , su necrológica, que apareció en la portada del New York Times, concluía «Ningún otro americano de su tiempo ha contribuido tanto al bienestar de este país y, al final, de toda la humanidad». ¿Qué había hecho este hombre? Era un judío no religioso que se había especializado en educación. Al terminar sus estudios había conseguido un puesto en el instituto donde se había formado, que estaba plagado de problemas de indisciplina, baja moral del profesorado y caída de los niveles de la enseñanza. Trabajó allí seis años hasta que consiguió levantar aquello y en 1892 consiguió dirigir su propio centro educativo de secundaria. La «escuela de Mr. Flexner» se convirtió en un éxito. De los primeros 100 graduados, todos fueron admitidos en las universidades que solicitaron, un éxito nunca visto. El rector de Harvard, sorprendido con esos resultados, le pidió que le explicara cómo funcionaban. Flexner le dijo que enseñaban un currículum alternativo, no había exámenes ni notas, que pensaba que los institutos se centraban tanto en la entrada a la universidad que eso hacía imposible un verdadero aprendizaje y que él creía que la educación tenía que ser una tarea de por vida y divertida. Hablando de la universidad, era muy crítico con las clases magistrales como método de enseñanza. Consideraba que se usaban «porque permiten a las universidades educar de manera barata a un gran número de estudiantes que de otra manera serían inmanejables y, además, dejan tiempo al profesor para la investigación». Flexner consideraba que la investigación estaba restando importancia y recursos a la enseñanza. No parece que estuviese hablando de lo que pasaba hace un siglo.

Evaluó a numerosas universidades y colleges e impulsó un cambio drástico en la enseñanza de la medicina. Después, Flexner fue director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton en la década de 1930, un centro creado en parte para recibir a los judíos que huían y que no eran aceptados por las universidades por puro racismo. En aquel «paraíso para académicos», basado en dos principios chocantes, libertad intelectual y ausencia de obligaciones, encontraron refugio científicos que huían de los nazis, gente como Albert Einstein, John von Neumann, Amalie Noether y Hermann Weyl. Flexner creía en el valor intrínseco del científico que busca saciar su curiosidad y en la búsqueda de conocimiento sin más justificación que esa, saber, disfrutar de aprender. Nada de publicaciones en revistas de impacto, nada de patentes, un grito a favor de la investigación básica, aquella que había producido descubrimientos curiosos como la electricidad o los antibióticos, cosas que aparentemente no servían para nada y que luego resultaron ser sorprendentemente útiles. Para él las ciencias y las artes eran manifestaciones igualmente importantes del espíritu libre: «un poema, una sinfonía, un cuadro, una verdad matemática o un nuevo dato científico todos llevan en sí mismo la justificación» y no era un ingenuo, decía que «la Ciencia, en el mismo momento que intenta resolver problemas, crea muchos más». De aquel instituto salieron ideas que dieron lugar a la energía atómica y a la computación digital, la base de nuestros ordenadores, y Flexner plasmó sus ideas en un famoso ensayo titulado «La utilidad de las cosas inútiles», una oda a la investigación básica, que acaba de reeditar el mismo Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. En esta época materialista y utilitarista quizá es bueno volver a defender eso: las cosas inútiles, las más importantes y el placer de aprender. Finalmente, en esta época donde el presidente Trump propone una subida sin precedentes en tiempos de paz del presupuesto militar también hay que recordar a Flexner. Él decía que «Ningún país es tan rico como para poder pagar la guerra y la civilización. Tenemos que elegir, no puedes tener las dos».

 

Publicado, en una versión reducida, en el Día de Salamanca.

 

Para leer más:

http://jewish-voice-from-germany.de/cms/war-on-education-abraham-flexner/

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “Las cosas inútiles”

  1. Espléndido articulo, salvo la frase que cierra el articulo: “Ningún país es tan rico como para poder pagar la guerra y la civilización”, en el que la historia de la civilización de Occidente es un claro ejemplo de que no es así. Aunque entiendo el fondo que quiere transmitir.

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  2. Excelente artículo. Yo investigo en lógica matemática y muchas veces me espetaron la pregunta: ¿y para qué sirve eso que hiciste?. La pregunta es un poco incómoda pero he sabido responder con paciencia. Ahora tengo un referente más para mis respuestas futuras.

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