Un esquimal en Nueva York

2004.24.31246Robert Edwin Peary (1856-1920) es uno de los más famosos exploradores polares. Este ingeniero y marino americano anunció que alcanzó el Polo Norte el 6 de abril de 1909. Sin embargo, la evaluación de sus diarios por Wally Herbert en 1989, otro explorador polar, concluyó que no consiguió llegar al Polo aunque es posible que se quedase a tan solo 100 km de alcanzar el objetivo de su vida. La National Geographic Society, que financió su expedición, sigue defendiendo que sí conquistó el Polo Norte.RobertPeary

Peary ingresó en la Marina en 1881 como ingeniero civil con el rango de teniente. Sus primeros destinos fueron en los trópicos, incluyendo el estudio de un posible Canal de Nicaragua que ahora vuelve a ser noticia por el interés de China en no depender del de Panamá para sus rutas comerciales, y parece que fue allí donde tomó la decisión de ser el primer hombre en pisar el extremo norte de nuestro planeta. Su primera expedición sobre los hielos fue en 1886 cuando intentó cruzar Groenlandia en un trineo tirado por perros, empresa que abordó tras obtener un permiso de medio año de la Armada y 500 dólares de su madre para comprar provisiones y equipo y que terminó en fracaso. Peary tuvo que darse la vuelta a los 160 km al quedarse sin comida pero aprendió sobre cómo viajar sobre el hielo.

pearyEn la siguiente expedición usó lo que aprendió de los inuit: construía iglús y se vestía con pieles. Con eso se libró de cargar con sacos de dormir y tiendas de lona y mejoró su supervivencia pues los exploradores anteriores se vestían normalmente con sus uniformes militares. Peary también utilizó a los esquimales como cazadores, como conductores de los trineos y para establecer equipos de apoyo y depósitos de comida para adentrarse en el Ártico. En ese viaje Peary iba acompañado por su esposa y cuando los inuit fueron a visitarles, ella no aguantaba estar con ellos: no soportaba ni su olor —algo que no es de extrañar pues no se bañaban nunca—, ni sus pieles infestadas de pulgas ni su comida. La Sra. Peary, que era una mujer interesante y había trabajado en el Smithsonian, no aumentaría su satisfacción con el tiempo pues su marido pasó con ella 3 de sus 27 primeros años de casados y tuvo una relación con una inuit llamada Aleqasina (Alakahsingwah), iniciada al parecer cuando ella tenía 14 años. Con cada una de sus mujeres tuvo Peary dos hijos.

Franz Boaz, uno de los fundadores de la Antropología, escribió a Peary:

Permítale sugerirle que si está seguro de regresar a Groenlandia septentrional el próximo verano sería de extraordinario valor que trajera un esquimal de mediana edad que pueda pasar aquí el invierno. Esto nos permitirá obtener sin prisa cierta información de la máxima importancia científica.

Peary hizo lo que le solicitaban y en 1896 llevó a Nueva York a seis inuit, tres hombres, dos mujeres y Minik, un niño de siete años hijo de uno de ellos. minik2Minik contaba lo que pensó cuando vieron la metrópolis: «Ay, recuerdo perfectamente el día que vimos por primera vez las casas grandes y a tanta gente y oímos las bocinas de los coches. Era como creíamos que tenía que ser el paraíso». Fue todo lo contrario. Hay quien dice que los inuit —un término que significa «el pueblo»— fueron invitados con la oferta de ver mundo mientras que otros sostienen que fueron engañados, que se les aseguró que les llevarían pronto de vuelta, algo que nunca sucedió. Peary, al parecer, les robó también tres grandes meteoritos, llamados el Perro, la Mujer y la Tienda. Estos meteoritos eran la única fuente de metal para los esquimales y con los que hacían la punta de los arpones y otras herramientas básicas para su supervivencia pero eso no pareció importar mucho a Peary quien los vendió por 50.000 dólares al Smithsonian, una enorme fortuna. También vendió al Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York varios esqueletos de inuits, que había sacado de sus tumbas y los seis “ejemplares” vivos. Los esquimales fueron alojados en un sótano, cerca de las calderas del edificio y tratados como especímenes de estudio y como un espectáculo para los visitantes, algo no tan sorprendente pues distintos zoológicos europeos tenían expuestos indígenas vivos para solaz de sus clientes. Cuatro de ellos, incluido Kissuk, el padre de Minik murieron rápidamente de tuberculosis, un joven, Uisaakassak, fue llevado de vuelta a Groenlandia y Minik quedó, solo, en Nueva York.

KishuMinik, que había ingresado en el hospital de Bellevue junto con su padre, se recuperó de una tuberculosis incipiente y fue puesto bajo la custodia de William Wallace, el conservador jefe del museo, quien le adoptó y se ocupó de él. Cuando su padre murió, Minik pidió un funeral apropiado de acuerdo con sus costumbres pero el personal del museo quería estudiar el cuerpo de Kishu por lo que escenificaron un falso entierro, cargaron el ataúd con piedras para simular el peso y colocaron dentro un muñeco cubierto con telas. El entierro se hizo bajo la luz de los faroles y con la presencia de Minik.

El cerebro de Kishu fue extraído y analizado por Alés Hrdlicka un trabajo que fue publicado en 1901. Pesaba 1503 gramos y era, junto con el corazón, el único órgano de aquel desventurado que no presentaba lesiones de tuberculosis. Cerebro KishuEl tamaño de este cerebro contrastaba con los datos de cerebros de hombres blancos cuya media para personas de la misma estatura estaba entre 1357,5 g (Manouvrier) y 1361,5 gramos (Broca). Era un dato importante porque los investigadores europeos y norteamericanos querían sustentar la supremacía del hombre blanco sobre el negro en el mayor tamaño cerebral pero se encontraban con que éste era mayor en los asiáticos, en lo que llamaban raza mongol donde se incluían los esquimales. Una conclusión que no gustaba mucho a los racistas que estaban dispuestos a estudiar los cerebros de distintos grupos siempre que el suyo terminase por encima de los demás.

Lo había encontrado ya Broca cuando buscando caracteres con significado comparó la relación entre la longitud del radio (hueso del antebrazo) con la longitud del húmero (hueso de la parte inferior de la pierna). Broca pensaba que una proporción alta, es decir brazos relativamente largos frente a piernas relativamente cortas, era una característica típica de los simios y que sería interesante ver qué razas humanas estaban más próximas a los primates inferiores. Todo empezó bien cuando los negros dieron una proporción de 0,794 y los blancos de 0,739 pero el esquema se derrumbó cuando el esqueleto de un esquimal dio una proporción de 0,703. Broca tenía dos posibilidades: admitir que una raza de piel oscura como los esquimales puntuaba como menos simiesca que los blancos o rechazar este criterio. Eligió la segunda opción:

Me resulta difícil continuar diciendo que el alargamiento del antebrazo es un carácter de degradación o inferioridad porque, según esta cuenta, los europeos ocupan un lugar entre los negros por un lado y los hotentotes, los australianos y los esquimales por otra.

Lo mismo le pasó cuando construyó una tabla con los tamaños de los cerebros en las distintas razas y se encontró que los asiáticos puntuaban demasiado bien:faces_of_races

Una tabla en la cual las razas fueran dispuestas según su capacidad craneal no representaría el grado de su superioridad o inferioridad porque el tamaño representa solo un elemento [de la clasificación de las razas]. En una tabla de ese tipo, los esquimales, los lapones, los malayos, los tártaros y otros pueblos del tipo mongol sobrepasan a los pueblos más civilizados de Europa. Una raza inferior puede por lo tanto tener un gran cerebro.

El volumen cerebral recibió un fuerte golpe como criterio para establecer la inteligencia y se intentó descender a detalles menos evidentes. Los hemisferios cerebrales de Kishu presentaban algunas asimetrías marcadas especialmente en los lóbulos límbico, temporo-esfenoidal y occipital. A continuación se realizó un detalladísima descripción surco por surco, giro por giro, fisura por fisura, tanto en vista dorsal, como ventral y lateral. Aún así fue imposible llegar a ninguna conclusión con un estudio meramente anatómico y basado en un único caso.

Una vez extraído el cerebro, el cuerpo de Kishu se envió a una finca de Wallace, donde había un taller para preparar los especímenes del museo. El esqueleto del infortunado inuit fue descarnado y montado en un soporte y se devolvió al museo donde fue expuesto. La noticia de los nuevos fondos en la colección del museo salió en los periódicos de la época y alguno de sus compañeros de clase se lo hizo saber a Minik. Lo vio en el Museo:

Un día me encontré de pronto cara a cara con él. Sentí que me moría allí mismo. Me arrojé al pie de la vitrina, llorando. Juré que no descansaría hasta que diera sepultura a mi padre.

Minik_in_New_YorkEl museo afirma que los huesos nunca estuvieron expuestos pero anteriormente negó tener los huesos de Kishu o de los otros inuit llevados por Peary y que en 1993 envió a enterrar en Groenlandia. Hay que imaginar el sufrimiento del muchacho que imploró que le devolvieran los huesos de su padre una y otra vez. Minik, entrando en la adolescencia, siguió reclamando cada vez con más rabia el esqueleto de su padre, cosa que no logró, y finalmente decidió marcharse y volver a su tierra natal.

Sois una raza de científicos criminales. Sé que nunca conseguiré que el museo entregue los restos mortales de mi padre. Me alegra bastante largarme antes de que me saquen los sesos y me los metan en un tarro.

Rogó a Peary que le ayudase a volver con su pueblo, al principio Peary se negaba alegando que no tenía espacio. Minik le respondió: «Encontró usted espacio suficiente para traerme aquí. ¿Por qué no puede llevarme ahora?». El Museo presionó para librarse de aquel pesado que no hacía más que reclamar los huesos de su padre y los periódicos también movieron la sensibilidad popular:

La apurada situación de este pobre esquimal es de lo más patético. Lo trajeron aquí desde Groenlandia en beneficio de la ciencia. Y una vez cumplido su cometido, los científicos americanos lo abandonaron. Es probable que no exista un caso igual en todo el mundo. Sería difícil imaginar una situación de exilio más desesperada.

Ni carne ni pescado, ni un sencillo esquimal, ni un complejo yanqui,  estaba más solo que nunca.

Así que Minik fue embarcado en la expedición de otro explorador, Herbert Bridgman, camino de  Groenlandia. Aunque parece que Peary declaró a la prensa que el muchacho volvía cargado de regalos, en realidad iba con lo puesto. Los civilizados fueron como tantas veces en la historia los supuestamente salvajes. Los inuit acogieron a Minik, le reenseñaron el idioma y las habilidades necesarias para un adulto, básicamente a cazar y apescar. Allí hablaba también de lo que había vivido en su experiencia en Nueva York:

Éstos son los hombres civilizados que roban y asesinan y torturan y rezan y lo hacen todo en nombre de la “Ciencia”. Mi pobre gente no sabe que el meteorito que llevó Peary cayó de una estrella. Pero todos saben que hay que alimentar al hambriento y calentar al que tiene frío y cuidar a los desvalidos; y lo hacen.

Minik siguió allí, haciendo de intérprete para algunas expediciones árticas pero tampoco se sentía integrado. Así escribió a un amigo:

¿Por qué ya no encajo para vivir donde nací?  Y tampoco encajo donde fui secuestrado. ¿Por qué soy aquí y allí un experimento y me atormentan desde que el gran pirata blanco interfirió con la naturaleza y me dejó huérfano, desasistido, joven, abandonado a 10.000 millas de mi hogar? No creo que los dos extremos y el centro de la Tierra merezcan el precio que se ha pagado por casi encontrar un Polo.

Al final Minik Wallace volvió a los Estados Unidos donde trabajó en una empresa maderera en las montañas hasta que enfermó de la famosa gripe española de 1918 y murió. Tendría 28 o 29 años de edad.meteorite-recovered-greenland-island-1890s-chains_64342_600x450

Los inuit tenían una bella leyenda sobre los meteoritos. Contaban que un grupo de hombres cortó la cabeza a la Mujer, una porción grande del meteorito y se la quiso llevar en su trineo al campamento de invierno. El peso fue demasiado, el hielo se quebró y el mar se tragó a aquellos hombres cegados por su avaricia. Desde aquel momento se estableció una maldición sobre aquellos que cogían más hierro del que necesitaban. Un mensaje que los occidentales deberíamos recordar.

 

Para leer más:

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s