El cerebro del neandertal

En el siglo III antes de Cristo, Erasístrato, que trabajaba en Alejandría, afirmó que la capacidad intelectual de los humanos, superior a la de todos los seres conocidos, se debía a su gran cerebro y a la complejidad de los hemisferios cerebrales. Era un primer paso, espectacular, para explicar el sustrato de la inteligencia. Sin embargo, debido a las críticas de Galeno cuatro siglos más tarde, esta hipótesis quedó desechada frente a la primacía del corazón como órgano rector del organismo. Habría que esperar al Renacimiento para que quedase claro que el cerebro era el lugar del pensamiento, la memoria y el conocimiento. Se volvió a buscar el sustrato de la inteligencia y se iniciaron distintos sistemas para medir la capacidad mental. El más sencillo era estimar que, si el cerebro es el lugar de la inteligencia, más cerebro significa más inteligencia y, puesto que el cerebro ocupa todo el volumen del interior del cráneo, más cerebro iba inequívocamente unido a una cabeza más grande.

A medida que estas ideas se extendieron no tardaron en surgir, especialmente en las ferias de ganado europeas, “gabinetes científicos”, poco más que una caseta donde un “experto” explicaba las bondades orgánicas y las posibilidades mentales de su cabeza a los interesados, resultados que suponemos altamente positivos ya que los clientes habían pagado una entrada. El mejor ejemplo fue el laboratorio que estableció Francis Galton, primo de Charles Darwin, en la Exposición Internacional de 1884. Allí, tras el pago de tres peniques, los clientes iban avanzando a través de una serie de pruebas mentales y medidas craneales, recibiendo al final de esa “cadena de montaje”, o de desmontaje, su valoración “psicológica”. Fue tal el éxito de este gabinete-laboratorio que tras el final de la Exposición se mantuvo aún durante seis años, pasando por allí numerosas personalidades, incluido el primer ministro Gladstone, que alardeaba del tamaño de su cabeza indicando que sus sombrereros le decían que tenía una “cabeza de Aberdeenshire”, una región de Escocia se supone que de buenas testas, “un hecho que —comentaba Gladstone regocijado—puede estar usted seguro que no olvido contar a mis votantes escoceses”. El metro dejó constancia, sin embargo, de que la cabeza de Gladstone no tenía un gran diámetro aunque sería curioso ver a nuestros políticos compitiendo en un ranking de este tipo.

La medida de volumen cerebral se hizo tanto con personas vivas, midiendo la circunferencia de sus cabezas, como en distintos grupos de personas fallecidas, calculando el volumen intracraneal. Pero el cráneo, incluso uno bien conservado, está repleto de agujeros. No es fácil rellenarlo de un líquido y luego echar ese líquido en una probeta para medir el volumen. En el siglo XIX un médico norteamericano, Samuel George Morton, comenzó a reunir una colección de más de 600 cráneos “de todas las tribus que habitan o una vez habitaron América”, la llamada Crania Americana. También lohizo con una colección de cráneos de momias egipcias, la Crania Egiptiaca. Morton medía la capacidad craneana utilizando semillas de mostaza (el famoso “grano de mostaza” de la Biblia). Tras rellenar el cráneo volcaba las semillas en una probeta y calculaba así el volumen del encéfalo. Sin embargo, no estaba contento con los resultados: a pesar de que las cribaba, las semillas variaban en tamaño y en el grado de empaquetamiento, y diferentes medidas del mismo cráneo obtenían datos que variaban hasta en más de un 5%. Así que decidió pasarse a la “mostacilla”, que no es otra semilla más pequeña sino un tipo diminuto de perdigón de plomo que tiene partículas del mismo diámetro y se empaqueta de forma más consistente. La variabilidad entre medidas se redujo a una quinta parte, a menos del 1%.

La idea de estimar la inteligencia mediante el cálculo del volumen cerebral tiene una manifestación actual: los estudios paleontológicos. El cerebro humano no fosiliza pero nos deja dos tipos de fósiles: las huellas materiales de la actividad cerebral, como puede ser la calidad y diversidad de las herramientas, y la superficie interior del cráneo, que corresponde con bastante exactitud a la superficie exterior del cerebro. Midiendo el volumen interior de un cráneo como el de Miguelón (nombre que recibe uno de los cráneos mejor conservados descubiertos en las excavaciones de Atapuerca, en Burgos) podemos estimar con bastante exactitud la capacidad craneana. No es así en muchas especies como los peces o los anfibios, donde el cerebro solo ocupa una parte del volumen interior del cráneo, pero sí en todos los primates, incluido los homínidos. Nuestra visión subjetiva, nuestro convencimiento de que somos la cúspide la creación, nuestro antropocentrismo y nuestra arrogancia, no acepta que nadie sea más que nosotros ni tenga más que nosotros, pero hay cerebros más grandes, como los de ballenas, elefantes, y delfines. No solo eso, dentro del género Homo, el llamado hombre de Neanderthal, Homo neanderthalensis, tristemente extinguido, tenía un cerebro más grande que el de Cromagnon, que dicho de paso, somos nosotros, el hombre moderno o como nos hemos denominado a nosotros mismos, el Homo sapiens.

El primer hallazgo de los restos fósiles de un humano que fue considerado como una nueva especie tuvo lugar en una cueva en el “valle del Neander” (eso significa Neanderthal), en agosto de 1856, tres años antes, por tanto, de la publicación por Charles Darwin de “El Origen de las Especies”. El hallazgo incluía dos fémures, tres huesos del brazo derecho y dos del izquierdo, un íleo, fragmentos de costillas y de la escapula y la parte superior del cráneo. El descubrimiento fue realizado por unos canteros, que entregaron los huesos al maestro del pueblo, Johann Karl Fuhlrott. La primera idea fue que se trataba de los restos de un oso o de algún ser atrapado por el Diluvio Universal. Siguió un intenso debate científico donde la teoría más curiosa para explicar aquella anatomía tan insólita fue probablemente la de Franz Mayer, profesor de Anatomía y Fisiología en la Universidad de Bonn. Según él, el esqueleto pertenecía a un cosaco ruso que seguía a la Grande Armée de Napoleón en su terrible retirada tras la Campaña de Rusia. Mayer continuaba explicando que el cosaco pasaba su vida a caballo, lo que explicaría la forma arqueada de sus piernas, y que el dolor que un brazo roto le producía le hacía fruncir tanto las cejas que como consecuencia se le desarrollaron unos gruesos arcos supraciliares. Cuando el biólogo Thomas Huxley oyó esa interpretación planteó que no le parecía precisamente lógico que un moribundo, por muy cosaco que fuera, se quitara todas sus ropas y su equipo y trepara un risco de 21 metros para morir en aquella cueva. Finalmente, un anatomista irlandés, William King, propuso que eran los restos de un humano antiguo, relacionado pero distinto a los humanos modernos. King le puso el nombre de Homo neanderthalensis en 1864 con lo que, afortunadamente, por derecho de primacía se mantuvo esa denominación en vez de la propuesta en 1866 por Ernst Haeckel,  Homo stupidus.

En 2008 un grupo de científicos realizó una reconstrucción tridimensional de cráneos de neandertales de diferentes edades encontrados en Rusia y Siria. Su conclusión fue que eran del mismo tamaño que los sapiens en el momento del nacimiento pero que en la edad adulta el cerebro de los neandertales era más grande que los del hombre moderno, algo que puso nerviosos a algunos. Se ha relacionado con la mayor musculatura de sus brazos y manos, con mucha más fuerza que nosotros. Es lo mismo que sucede con hombres y mujers de nuestra especie donde los cerebros masculinos son de mayor tamaño que los femeninos por nuestro mayor tamaño y mayor masa muscular.

Los últimos neandertales murieron, por lo que sabemos, hace muy poco tiempo, unos 26.000-24.000 años. Los restos más recientes descubiertos están en España, concretamente en Gibraltar. Allí desaparecería la especie más cercana a nosotros que ha existido jamás. La extinción de los neandertales coincidió con una glaciación. Se piensa que tanto nuestra especie, el Homo sapiens, originado en África y que pasaría Europa a través de Oriente Medio, como los neandertales, originalmente europeos, establecían campamentos base y mandaban partidas de cazadores-recolectores a buscar alimentos. Estas partidas se aventurarían cada vez más lejos y eso les hizo probablemente encontrarse con la otra especie. No sabemos prácticamente nada de la vida sexual de los neandertales pero sí de la nuestra y no parece muy aventurado suponer que alguno de estos cazadores sintiese interés por las neandertales que encontrase durante sus viajes. Después de todo, por lo que sabemos a través de los restos de ADN, las neandertales eran pelirrojas de ojos azules, la combinación de Nicole Kidman y no es que yo tenga una fijación, la tiene mi hermano Javier. También es posible que el ligue fuese al contrario, hombre neandertal y mujer sapiens. Sea como fuere parece que nuestros genomas se combinaron, es decir sapiens y neanderthalensis mantuvieron relaciones sexuales y entre un 1 y un 4% de nuestros genes actuales provienen de los neandertales.

Hay distintas hipótesis sobre la desaparición de los neandertales. Una es que no supieron adaptarse al cambio climático puesto que su fornido organismo necesitaba más energía que el nuestro. Otra, que nuestra especie cometió un genocidio, ya fuese de un modo consciente, cazando y matando a los neandertales hasta su extinción, o inconscientemente, al acabar con los recursos de los que dependían nuestros parientes más cercanos o trayendo infecciones de África para las que los neanderthalensis no tenían defensas. La tercera hipótesis es que la extinción no fue tal, sino que los sapiens asumimos a los neandertales. Es decir, lo que se habría producido fue una pérdida de la identidad genética de los neandertales, que  se habrían diluido en la población de Homo sapiens, muy superior en número. Dicho proceso, que sucede en plantas y animales, se llama extinción por cruce, y el resultado es la llamada exterminación por hibridación.

Las últimas técnicas de datación han demostrado que las pinturas paleolíticas españolas, cuyo ejemplo más conocido es Altamira, son mucho más antiguas de lo que se pensaba (hasta 40.800 años), lo que abre la puerta a que fueran hechas por neandertales en vez de por sapiens, como siempre se había pensado. La técnica analiza las proporciones de uranio, torio y otros elementos radioactivos en los depósitos de calcita que se forman encima y debajo de las pinturas de Altamira, El Castillo y otras cuevas con arte paleolítico de la cornisa cantábrica. Puesto que las proporciones de estos átomos varían con el tiempo debido a su distintas vidas medias, sus proporciones relativas permiten establecer cuándo se ha realizado aquellas pinturas, un disco o la silueta de una mano. Las nuevas pruebas retrasan el origen de algunas de esas pinturas hasta en torno a unos 42.000 años, la misma época de la llegada de los primeros humanos modernos a esa área, demasiado justo en opinión de algunos para que ellos sean los artistas. Probablemente solo la datación de alguna pintura anteriormente a la llegada de ningún sapiens concederá a los neandertales ser los autores de esas obras pictóricas.

Más antiguas aún son, según determinadas dataciones, las pinturas de la cueva de Nerja, en Málaga. El cálculo en este caso se realiza basándose en restos de carbón situados junto a las pinturas, un carbón que ardió hace 42.300-43.500 años. Sin embargo, no se puede concluir de momento que las pinturas que están cerca de esos restos de madera quemada fueran hechas en la misma época que aquella hoguera. Para el 2013 está prevista una datación directa de las pinturas.

Las pinturas de las cuevas son uno de los ejemplos más hermosos y más asombrosos de aquello que consideramos más intrínsecamente humano, el comportamiento simbólico, la creación de una cultura, el arte. Su autoría por los neandertales encajaría con otras evidencias que indican que esta especie tenía también conceptos abstractos, aspectos culturales, simbolismos. Entre esas pruebas se cuentan la presencia de adornos y el hecho de que pintasen sus cuerpos con pigmentos hechos con minerales. Otros investigadores han encontrado en refugios neandertales un hueso de oso perforado que podía haber sido una flauta, así como plumas de pájaro que podrían haber sido usadas como objetos en rituales o como un elemento decorativo personal, lo que ahora llamaríamos “un accesorio de moda”. Por tanto, es muy posible que el cerebro neandertal no se ocupase solamente del manejo de su potente musculatura, sino que se ocupase también de un pensamiento simbólico que hasta ahora pensábamos exclusivo de una especie que de forma tan poco humilde se ha autodenominado Homo sapiens, el hombre sabio.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “El cerebro del neandertal”

  1. Siento fascinación por los neanderthales, una especie creo bastante denostada por nosotros, “los sapiens”. He leído tanto obras de ficción (la saga “Los hijos de la Tierra”, de Jean M. Auel-muy bien documentada aunque no deja de ser novela-), como otras científicas: de Arsuaga, Bermúdez de Castro, Carbonell…
    Tengo verdadero interés por conocer más acerca de esos seres, por ahora tan enigmáticos, sobre todo respecto a su “humanidad”: creencias, ritos, arte, lenguaje, etc.

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  2. Cada vez que oigo hablar de tamaños de cabeza me acuerdo de dos hermanos. A uno le iban a hacer un birrete de paja pero los burros iban a tener que comer chocolate, así que se lo hicieron de tela, el sastre le dijo que “tenía una cabeza magnífica”, al otro hermano le fue a regalar su mujer un casco de moto y lo tuvieron que mandar a hacer de encargo porque su cabeza “estaba fuera de medida”
    Un abrazo

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  3. Algunas personas han sugerido la hipótesis de que el autismo tenga su origen en algunos genes heredados de los neandertales, se basaban precisamente en la supuesta falta de pensamiento simbólico, aunque supongo que en este caso no habría autismo entre las personas de raza negra ya que éstas al parecer no comparten genes con los neandertales ¿Qué opinas?

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    1. Querida Merche
      Es muy muy interesante lo que planteas.
      Una parte de los sapiens saldría de África y son los que se hibridarían con los neandertales dando los europeos modernos. Otro grupo de los sapiens se quedaría en África, no tendría genes neandertales y de ellos derivaría la población africana actual.
      Pensar que los genes neandertales tienen que ver con autismo no me convence. ¿por qué? Que yo sepa los llamados genes candidatos del autismo no coinciden con genes de origen neandertal (aunque habría que revisarlo en detalle), los neandertales mostraban relaciones y grupos sociales complejos y un desarrollo cultural que quizá nos hemos apropiado como sugiere el post. Alguna de esas cosas tienen todavía un tufillo a “nosotros somos los reyes de la creación y éstos otros algo intermedio entre un mono y un humano”. Otra posibilidad es que los neandertales sean nuestra misma especie, una variante regional. Un grupo de autores habla de Homo sapiens neanderthalensis.
      Muchsa gracias por tus comentarios, me encanta leerlos.

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