Mejor no comas murciélagos gigantes

Guam es la mayor y más meridional de las Islas Marianas, el principal archipiélago de la Micronesia. La población original, bautizada por los españoles como chamorros, que significaba rapados o esquilados, porque se afeitaban la cabeza, proviene del archipiélago malayo y llegó a Guam hace unos 3.500 años. Su primer encuentro con europeos tuvo lugar en 1521 cuando las naves españolas comandadas por Magallanes atracaron cerca de la villa de Utamac. La población entonces era de unas 50.000-100.000 personas. La primera colonia se estableció en 1668 con la llegada de colonos españoles, incluyendo el Padre San Vítores, un misionero católico. Durante los siguientes 250 años, Guam se convirtió en una escala importante para el famoso galeón de Manila, que cruzaba el Pacífico anualmente para proveer de productos de las Indias orientales a Europa. Pero las guerras con los españoles (1675-1693), dos fuertes tifones y las enfermedades infecciosas introducidas por los europeos, incluyendo una epidemia de viruela, diezmaron a los chamorros que para 1783 eran tan solo unos 1.500. Esta brutal caída de la población hizo necesario traer colonos de Filipinas y la población original se mezcló con distintos grupos foráneos. Tras la guerra hispano-norteamericana de finales del XIX, España cedió las Marianas a los Estados Unidos junto con el resto de su imperio colonial.

El 8 de diciembre de 1941, a las pocas horas de bombardear Pearl Harbor, la isla fue tomada por los japoneses y, posteriormente, fue reconquistada por los americanos en una ofensiva iniciada el 21 de julio de 1944. La batalla es recordada por su dureza, debida en gran parte a la resistencia que opusieron los japoneses, que se negaron a rendirse: tan solo 485 depusieron las armas frente a los más de 18.000 muertos que sufrieron. El último de estos resistentes fue el sargento Shoichi Yokoi, cuyo caso dio la vuelta al mundo al entregarse en enero de 1972, tras pasar casi treinta años escondido en la selva de Guam.

A comienzos de la década de 1950, los médicos norteamericanos de la base militar establecida en la isla vieron que un número anormalmente alto de chamorros desarrollaba una enfermedad neurológica desconocida. La enfermedad tenía unos síntomas llamativos, por un lado se parecía a la esclerosis lateral amiotrófica (la enfermedad que sufre Stephen Hawking), por otro hacía pensar en un alzhéimer y por último, algunos síntomas sugerían un párkinson. Se denominó ALS-PDC que eran las iniciales de amyotrophic lateral sclerosis-Parkinsonian dementia complex. También se ha denominado enfermedad lytico-bodig y enfermedad de Guam. El trastorno neurológico causaba debilidad muscular, parálisis, demencia y muerte. Pero lo más aterrador era su enorme incidencia: entre un tercio y un cuarto de todos los fallecimientos ocurridos en la villa de Utamac entre 1944 y 1953 se debían a este trastorno.

Los investigadores empezaron a buscar las causas de la enfermedad. Primero se pensó en un problema genético, pero la población original chamorro se había mezclado a lo largo del tiempo con soldados españoles, filipinos y mexicanos, así como con bucaneros, balleneros y piratas, por lo que su genética era variada y no había existido una endogamia excesiva. La llegada de la civilización, con su polución, fue otra posibilidad que se barajó, pero la enfermedad era más prevalente en aquellos que mantenían el modo de vida tradicional que entre los que habían caído en el “american way of life” y sus productos de consumo. También se descartaron enfermedades virales. Finalmente se pensó en una inflorescencia de las cícadas, una especie de palmeras primitivas muy extendidas en Guam y las islas de alrededor. Las semillas de cícada, con la que los chamorros hacían tortillas contenían una neurotoxina que podía llegar a producir esta sintomatología. Pero los chamorros lavaban muy cuidadosamente la harina y cuando se estudió la cantidad que suponía en la dieta, se vio que era una proporción muy baja. Habría que comer cientos de tortillas al día para que la neurotoxina de las semillas tuviesen algún efecto, por lo que tampoco parecía muy plausible.

Fue un etnobotánico del Jardín Botánico Tropical Nacional de Hawái, Paul Alan Cox, quien pensó que los zorros voladores, un tipo de murciélago frutívoro de tamaño medio (de 195 a 250 mm de la cabeza a la rabadilla y de 860 a 1065 mm de envergadura de las alas) podía estar involucrado. La idea, presentada por Cox y Oliver Sacks, el famoso neurólogo y escritor del Albert Einstein College of Medicine en Nueva York, es que los zorros voladores, que comen grandes cantidades de semillas de cícadas, almacenan la neurotoxina, acumulándola en su cuerpo hasta niveles tóxicos. Algo parecido ocurre con algunas águilas, que almacenan niveles altos del pesticida DDT en las células de la grasa. Sacks lo presentó en su libro “La isla de los ciegos al color” publicado en 1997. Los murciélagos, que son seres maravillosos y eliminan miles de insectos cada uno, pueden ser un reservorio de virus tales como el de la rabia, SARS, Marburg o Ebola. No es para tenerles miedo pero sí ppara tener unos precauciones que los habitantes de Guam no tienen

La neurotoxina de la cícada se ha identificado como un aminoácido que no forma proteínas, la beta-metil-amino-L-alanina o BMAA. En tres especímenes de murciélago capturados en Guam en la década de los 1950 y conservados en un museo se pudo comprobar que la cantidad de BMAA era cientos de veces mayor que la que se observaba en las propias semillas, lo que confirmaba la posibilidad de un almacenamiento concentrado y tóxico. También se demostró que las ratas recién nacidas tratadas con BMAA mostraban síntomas de neurotoxicidad y problemas de aprendizaje y memoria.

Para los chamorros, el zorro volador era una delicatess, un plato que iba unido a las tradiciones más antiguas, anteriores incluso a la llegada de los españoles en 1565, y se consumía en bodas, fiestas, cumpleaños y otras celebraciones. El animal se lavaba y se echaba en agua hirviendo. Después de cocerlo, se servía entero, bañado en leche de coco y se consumían en su totalidad, incluyendo carne, órganos internos, piel, ojos y las membranas de las alas. Se comía todo.

Tiempo atrás la población de zorros voladores de las Marianas (Pteropus mariannus mariannus) llegó a ser hasta seis veces más abundante que la de los seres humanos en las mismas islas. Sin embargo, su población se ha reducido de unos 60.000 animales a menos de 200 en la actualidad. El problema fue la utilización de nuevas tecnologías. Al principio los chamorros cazaban los zorros voladores usando redes o ramas con espinas con las que rasgaban las membranas de las alas de estos murciélagos. El número de animales capturados con estos sistemas era, lógicamente, reducido. Pero todo ello cambió con la introducción de armas de fuego. Cuando se acercaba una partida de cazadores los murciélagos abandonaban el árbol donde anidaban y empezaban a volar en círculos por encima de él. Eso era suficiente para evitar las redes o las ramas pero no los perdigones. Un buen tiro conseguía derribar varios zorros voladores sin problema y una partida mataba cientos cada vez.

Al irse reduciendo dramáticamente el número de zorros voladores, la especie fue incluida como amenazada en las listas de la IUCN, prohibiéndose su caza y su comercio. Sin embargo, se siguen recibiendo algunos ejemplares procedentes de otros lugares. Llegan congelados y, como en todos los casos de comercio ilegal, parece ser un negocio muy lucrativo a pesar de las multas. Muchos vienen de Samoa y otros lugares donde no hay cícadas. En cualquier caso, y parece que en estrecha relación con este descenso de la población de murciélagos y su consumo, la incidencia de ALS y de PDC en Guam ha caído década tras década en los últimos 60 años. Ambos trastornos tuvieron un máximo entre 1950 y 1960 y desde entonces las personas afectadas han sido cada vez menos. Para la ELA la reducción ha sido continua, con un nivel que fue inferior a 3/100.000 en 1999. La incidencia de PDC empezó a caer a comienzo de los 1960 en hombres y a finales de los 1970 en mujeres. Sin embargo, al contrario que la ALS tuvo un ligero incremento después de 1980.

Afortunada y desafortunadamente, no parece que los zorros voladores de Guam puedan llegar a originar nuevos problemas de salud en la población de las Marianas. Afortunadamente, porque se salvan vidas. Desafortunadamente porque ello se debe no a que hayamos encontrado la causa y puesto las medidas preventivas necesarias, sino a que los grandes murciélagos de Guam están a punto de desaparecer. La mayor colonia se encuentra dentro de la base de Andersen, una instalación de la fuerza aérea norteamericana, y cuenta con menos de 200 individuos. Por si la caza excesiva que han sufrido no fuese suficiente una especie introducida de serpiente, la culebra parda café (Boiga irregularis), se está comiendo año tras año las crías de los murciélagos que todavía no son capaces de volar, hasta tal punto que ninguna ha alcanzado la edad adulta en la última década. Los murciélagos gigantes de Guam se convierten así, más allá de un episodio cultural y científico apasionante, en un triste ejemplo de los devastadores desequilibrios ecológicos que el hombre crea allá por donde va.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “Mejor no comas murciélagos gigantes”

  1. Interesantísimo post que ilustra perfectamente lo que de anecdótico tiene en ocasiones la investigación y la influencia sobre el entorno de nuestros actos y actitudes.

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