El niño alsaciano y monsieur Pasteur

Joseph Meister tenía 9 años y vivía en Meissengott (ahora llamado Maisonsgoutte) en Alsacia, esa zona de Centroeuropa que entre 1871 y 1945 cambió cuatro veces de fronteras siendo unas veces Alemania y otras Francia. Parece que, camino de la escuela, el niño molestó a un perro con un palo y el animal, que supuestamente estaba rabioso, se le echó encima. Su madre, desesperada porque una infección de rabia era una muerte segura, le llevó a París, a Monsieur Pasteur que anotó en su diario:

“Gravemente mordido en el dedo índice de la mano derecha, en los muslos y en la pierna por el mismo perro rabioso que destrozó sus pantalones, le tiró al suelo y le hubiera devorado si no hubiera sido por la llegada de un albañil armado con dos barras de hierro que le abatió”

La palabra “rabia” viene del latín rabies y significa locura. La relación es porque el virus de la rabia viaja desde el punto de mordedura a través de los nervios periféricos hasta el cerebro, donde se aloja y genera los primeros síntomas. El período en el que el virus viaja lentamente a través del nervio, de varias semanas a dos años, hace que se produzca un tiempo de incubación en la que la enfermedad progresa de forma invisible pero sin que se produzca ninguna señal. Una vez en el cerebro se genera una respuesta inmune, una inflamación o encefalitis y para el ser humano, esa reacción significaba hasta hace pocos años una muerte segura a los dos-diez días de los primeros síntomas. En 2004, 2008 y 2011, tres personas salvaron la vida tras haber mostrado signos de una infección de rabia. Los médicos indujeron un coma, el llamado protocolo de Milwakee, que detuvo parcialmente la actividad cerebral y dio tiempo al organismo a montar su defensa contra la infección viral sin que el cerebro resultase dañado y sobreviviendo a la infección.

Volvamos a Pasteur. Tras la llegada del niño, consultó con el neurólogo Alfred Vulpian y el médico Jacques-Joseph Grancher que estuvieron de acuerdo en probar algo a la desesperada porque no había ningún tratamiento eficaz para un enfermo de rabia. Pasteur llevaba tiempo trabajando en una vacuna contra la rabia, atenuando el virus y pasándolo por un conejo tras otro. Para ello, extraía la médula espinal de conejos enfermos de rabia y la dejaba secar lentamente colgada en el laboratorio. Cuando estaba seca, la pulverizaba y usaba ese polvo para preparar una solución que inyectaba en otro conejo. Sin que Pasteur supiera bien la razón, ese proceso “debilitaba” el virus de la rabia haciendo que su llegada a un nuevo organismo fuera suficientemente fuerte para generar una respuesta defensiva y suficientemente floja para que, como mucho, causase fiebre y un poco de malestar. Era otro tipo de vacuna similar a la que había descubierto Jenner para la viruela, aunque esta quizá debería llamarse “conejuna” porque el animal de partida era el conejo y no la vaca. Pasteur lo cuenta así:

La muerte de este niño parecía inevitable. Decidí, no sin una vívida ansiedad como se puede entender, probar sobre Joseph Meister el método que he comprobado con un éxito constante en perros. Consecuentemente, sesenta horas después de las mordeduras, y en presencia de los doctores Vulpian y Grancher, el jovencito Meister fue inoculado bajo un pliegue de la piel con media jeringa de médula espinal de un conejo, que había muerto de rabia. La había conservado durante quince días en un frasco con aire seco. En los días siguientes, hice nuevas inoculaciones frescas. En total fueron trece. En los últimos días, inoculé a Joseph Meister con virus de la rabia de la máxima virulencia.

Aunque Pasteur indicaba que había podido vacunar a perros de la rabia con ese procedimiento, no era toda la verdad y había muchas dificultades en la nueva técnica:

  • Pasteur no era médico sino químico. Si realizaba un tratamiento médico a un niño, podía ir a la cárcel. De ahí probablemente el estar rodeado de dos médicos en el momento de la vacunación y que no fuera él el que pusiera la inyección.
  • El procedimiento no era realmente una vacuna. El niño estaba ya, presumiblemente, infectado por lo que no era un tratamiento preventivo sino curativo, destinado a intentar bloquear el progreso de la infección.
  • El tratamiento estaba en desarrollo. Nunca se había probado con anterioridad. No había ninguna referencia de su eficacia ni de su seguridad.
  • El niño no mostraba ningún síntoma de estar desarrollando la rabia. El porcentaje de personas que desarrollan la enfermedad tras ser mordidos por un animal infectado se calcula entre el 10 y el 15%. Y sin embargo, se le iba a inyectar una cantidad muy importante de virus presumiblemente letales. Uno de los colegas de Pasteur, Emilé Roux, que había trabajado con él en la vacuna contra la rabia, abandonó el Instituto en protesta por ese experimento que consideraba cruel y falto de ética.

Joseph en ningún momento desarrolló síntomas de la enfermedad. A los dos días, Pasteur abandonó el laboratorio por miedo a un contagio encargando a sus ayudantes que le informaran cada día del estado del niño. Pasada una semana tras la última inyección, Pasteur le envió a casa. Pasteur se mantenía muy secretista sobre sus experimentos y de hecho, pidió que sus cuadernos de laboratorio no se hicieran públicos. Así se mantuvieron desde 1895, el año de la muerte del científico, a 1971. Una vez a disposición de los historiadores, la lectura de lo que se hizo con Joseph no dejan a Pasteur en buen lugar. Éstas son algunas de las conclusiones:

  • La técnica que utilizó con el niño no se había probado nunca y era distinta a la que había testado en perros.
  • En los experimentos con perros, el número de animales supervivientes era el mismo en los vacunados que en los no vacunados, con lo que los resultados eran, en el mejor de los casos, dudosos. No encaja con lo escrito de un éxito continuo en los experimentos en perros.
  • Pasteur había recomendado la vacunación a dos pacientes con rabia del hospital local y uno de ellos había muerto.
  • El período de incubación de siete días es típico de conejos . En una persona puede ser hasta de dos años. Pasteur no tenía que haber mandado al niño tan pronto a casa.

Así que Pasteur echó un órdago y afortunadamente para Meister y para él, la jugada salió bien. El nombre de Pasteur es reverenciado a nivel mundial. De hecho, es uno de los escogidos con mayor frecuencia a la hora de poner nombres a calles. Fue el fundador de la Microbiología, descubrió los isómeros ópticos de algunas moléculas, identificó los gérmenes como causantes de muchas enfermedades imponiendo la asepsia en los quirófanos y consultas, y descubrió un procedimiento para conservar los alimentos que conocemos con su nombre, pasteurización. Sus experimentos ayudaron a los productores de vino y cerveza, a los criadores de gusanos de seda, a los productores de queso. Sin él, Francia, Europa y el mundo hoy quizá fuese algo diferente. Con los criterios del siglo XXI, su investigación, su forma de trabajar hubiese sido un escándalo, pero él, como todos, era un hombre de su época y trabajaba con los criterios y estándares de su época. Y en ese tiempo fue considerado, lo que creo que es a pesar de las posibles críticas, un gran científico y un benefactor de la Humanidad.

Es conocido que Joseph Meister se convirtió en el portero del Instituto Pasteur y allí trabajó hasta su fallecimiento a los 64 años. Es menos sabido que su muerte fue un suicidio con su arma de servicio de la I Guerra Mundial. Cuando un grupo de soldados de la Wehrmacht, el ejército alemán que ocupaba París, fue a visitar la cripta de Pasteur, Meister intentó impedirles el paso. Para un patriota francés y alsaciano, un homenaje vivo a la figura de Pasteur, la presencia de aquellos boches uniformados y armados en el santuario del científico francés era un ultraje. Probablemente solo era un grupo de soldados disfrutando de unas horas de permiso en la Ville Lumière con mejor nivel cultural que sus camaradas que preferirían los cabarés de Pigalle. Hay un último detalle precioso sobre la relación entre el científico y el niño: cuando a Pasteur se le preguntó qué quería de epitafio, de todos los honores, méritos, reconocimientos, premios, pidió que en su tumba se inscribieran solo tres palabras. “Joseph Meister vivió”.

Trabajé en el Instituto Pasteur con una magnífica persona, Jean Louis Guénet, jubilado hace unos años. Guénet, un enamorado de España de enorme calidad humana, me contó que trabajó a su vez con otra persona que a su vez había trabajado con otro compañero que había empezado a trabajar de niño en el Instituto y había llegado a conocer al propio Pasteur. Parece que el sabio francés paseaba solo por alguno de los largos pasillos del Instituto y le oían que hablaba o mascullaba continuamente. Por supuesto no se podía molestar al maestro pero estaban todos enormemente intrigados por saber qué decía. Así que colocaron un arcón en aquel pasillo como si fuera algo accidental, metieron al niño, al amigo del amigo de mi amigo dentro, y le ordenaron que estuviera en completo silencio y escuchara, espiara, lo que decía el maestro. El experimento tuvo éxito y pudieron saber qué era lo que Pasteur comentaba cada día, lo que se contaba a sí mismo, lo que utilizaba quizá como una oración, un mensaje, un mantra que le ayudara a concentrarse y pensar. Pasteur iba repitiendo mientras andaba “Hay que trabajar, hay que trabajar, hay que trabajar…” El mensaje de un científico.

Para leer más:

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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