La muerte de Amy Winehouse

Muchas letras de canciones tienen un punto autobiográfico del autor. Amy Winehouse tiene un magnífico tema titulado “Rehab” donde cuenta “me intentaron llevar a un centro de rehabilitación” y “yo dije: no, no, no”. Ahora nos encontramos en pleno proceso de mitificación, vemos a sus jóvenes fans dejar flores y peluches a la puerta de su casa y hasta se habla de un nuevo grupo glamuroso, el club de los 27, los jóvenes artistas de éxito que murieron a esa edad. Estaré enfadado con la muerte de una mujer joven, plena de talento y llena de futuro, pero a mí me parece el club de los idiotas. Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Robert Johnson y Janis Joplin, murieron a esa edad, la mayoría de sobredosis de drogas. Estamos a la espera de datos concluyentes sobre qué paso con Winehouse pero nadie espera otra cosa. Tenían todo el dinero para pagar toda la droga que quisieran. Y la compraron, más de lo que su cuerpo, un cuerpo ya severamente dañado por las drogas ¡a los 27! puede asumir. Alguno les quiere convertir en nuevos héroes, las frases que he leído en foros del estilo “moriste como quisiste”, “saliste por la puerta grande como los mejores”, me dan arcadas. El tema no era ser héroe, era la heroína. A los muchachos y muchachas, se los tenemos que poner como ejemplo no de vida rápida e intensa, de exprimir la felicidad, sino de autodestrucción, de ser una perdedora, de tener todo al alcance de la mano y de tirarlo todo por el retrete, de dañar a todos los que la querían y dañarse a sí misma, hasta el final, hasta la muerte.

La bajada a los infiernos de Amy fue rápida y completa. En 2005, tuvo un período de bebida descontrolada, uso indiscriminado de drogas, súbitos cambios de humor y pérdida de peso. Pasos sucesivos por comisarías, juzgados, clínicas; círculo de consumidores a su alrededor, aprovechando alegremente su fama y su dinero; consumo continuo y en cualquier circunstancia, incluso en medio de un concierto. En 2007 fue hospitalizada por una sobredosis de cocaína, ketamina, éxtasis, heroína y alcohol. En el 2010 tuvo los primeros síntomas de enfisema pulmonar, una enfermedad pulmonar muy grave, resultado de fumar tabaco y crack. En junio del 2011 vimos las imágenes de su actuación en Belgrado, tambaleándose borracha en el escenario mientras la gente protestaba y sus músicos sonreían. Las últimas fotos de julio  la muestran emaciada, con cicatrices, con posibles señales de agujas en sus brazos, como dice Melanie Greenberg en Psychological Today, la caricatura de un adicto.

David Linden, catedrático de Neurociencia en Johns Hopkins comentaba en The New York Times que cuando pensamos en los líderes, en los visionarios y preguntamos qué cualidades tienen nos salen palabras como inteligencia, creatividad, sabiduría, carisma, lucha por el éxito, ansia de innovación, capacidad para retar los modelos y las ideas establecidas,… Mucho de eso hay también en un verdadero artista. Pero hay además un lado oscuro, a menudo son personas con una compulsión por el riesgo, buscando siempre novedades y con un gusto intenso  por experimentar. En resumen, el mismo tipo de personalidad que encontramos en un adicto ya sea al juego, al alcohol, al sexo o a las drogas.

El origen de una muerte por sobredosis está, como siempre, en nuestro cerebro. Nuestro sistema nervioso tiene lo que se ha llamado una ruta del placer, un circuito de neuronas especializado en generarnos una sensación maravillosa y donde la dopamina es la molécula más importante. Lo usamos para temas de supervivencia del individuo y de la especie: comer, beber o tener relaciones sexuales (esa sensación deliciosa cuando tenemos sed y bebemos un vaso de agua fría). Algunas sustancias como la cocaína, la heroína, la nicotina o el alcohol interactúan con moléculas de esa ruta del placer y al llegar a esa red de neuronas, el circuito de placer es sobreestimulado, secuestrado, generando una sensación embriagante y poderosa.

Hay quien pensaba que se llegaba a la adicción porque la sensación de placer era más intensa en algunas personas, pero no es así, sino al contrario. La respuesta de placer, medida con técnicas de neuroimagen, es mucho más débil en un cerebro adicto que en una persona normal. El organismo busca entonces ese “subidón” de placer que la droga aporta y los placeres “normales”, de la amistad a una buena comida, de acertar una respuesta viendo “Saber y ganar” a paladear un trozo de chocolate, pierden todo el interés, la respuesta es demasiado débil, la sensación poco intensa, no puede competir frente a la sensación  generada con una droga valorada por un adicto como “más fuerte que cien orgasmos juntos”. Además, las drogas causan habituación: el sistema nervioso se acostumbra a esa sustancia y la respuesta de placer se vuelve menos potente; necesitas más droga para conseguir la misma sensación y los placeres normales no causan ya ningún efecto: cuando no está puesto, la persona adicta no tiene interés en nada, nada le da alegría ni placer, tiene anhedonía, solo hay un pensamiento: más droga.

Sabemos también que hay aspectos genéticos: hay personas que tienen un déficit en receptores del tipo D2 (la “D” viene de dopamina) y son mucho más propensas a los comportamientos   autodestructivos de tipo obsesivo-compulsivo, incluyendo el consumo de drogas. Si el sistema dopaminérgico está poco activado, el organismo está desesperado por conseguir algo que le dé placer. Al ser un aspecto genético muchas veces hay una historia familiar de consumo de tóxicos, con lo que se suma también una influencia ambiental, frecuentemente han visto de niños ponerse a algún familiar hasta las cachas aunque no siempre es el caso.

En el caso de los artistas adictos el proceso suele tener un recorrido por las mismas estaciones: al principio se consume para celebrar un éxito o por pasarlo bien, luego es necesario consumir para afrontar el día a día, para poder actuar, la siguiente fase utiliza el consumo para soportar la vergüenza de ser la víctima de todos los cotilleos, de todos los escarnios y encerrarse en un mundo personal, finalmente se consume porque tu cerebro lo exige y lo pone en el primer lugar de tu lista de prioridades, de tu escala de valores. El que pega a su madre para conseguir dinero para comprar droga no es distinto de uno de nosotros, también la quería y la quiere, pero la necesidad de droga es más poderosa que ese amor.

Los tratamientos contra las adicciones cada vez son más efectivos. Amy debería haber hecho caso e ir, poniendo todo de su parte, a un centro de rehabilitación. No podemos demonizar a los adictos, tienen una enfermedad, dura, crónica, en gran medida incurable y nuestra sociedad cuida al enfermo y le ayuda, sea cual sea su enfermedad. Al mismo tiempo tenemos que reforzar las campañas de prevención porque no empezar es la mejor cura. Amy no cantaba bien gracias a las drogas. Dejó de cantar, y de respirar, por culpa de las drogas.

Amy Winehouse mezcló el soul y Bille Holiday, mezcló motown, blues y el espíritu macarrilla, mezcló un piano que a veces parece tocado con un martillo y una voz y unas letras donde encontramos a la persona que hay debajo del artista, mezcló todo tipo de drogas en una espiral fatal. Sus camellos y a los que nos gustaba su música la echaremos, un poco, de menos. Sus padres y los que la querían de verdad la echarán mucho de menos. Descanse en paz.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “La muerte de Amy Winehouse”

  1. Totalmente de acuerdo. El otro día cuando se referian al club de los 27 me pareció tremendo! Es como si fuera la mejor edad para morir y encima, de la manera en la que estos pobres han muerto…
    En fin, sin más que decir, descanse en paz.

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