El gen de la tontería

El cerebro es una de las estructuras más complejas del universo, con miles de millones de neuronas, cada una con miles de conexiones y cada conexión, cada sinapsis, con miles de proteínas perfectamente reguladas. Y sin embargo, todo eso lo codificamos en unos 20.000 genes. Es decir, el libro de procedimientos para construir los billones de células de un ser humano parecería que tiene solamente unas 20.000 instrucciones. Hay mucho más que esos genes que se expresan y solo ahora empezamos a descubrirlo.

Hemos vivido una época en la que la genética era la explicación fácil para casi cualquier aspecto biológico, de los más sublimes a los más infames. Dentro del ámbito de la actividad cerebral, y sin ser exhaustivo, se han descrito genes para la depresión, el insomnio, el adulterio, el autismo, la religiosidad, el déficit de atención con hiperactividad o el consumo de drogas. Hace exactamente cien años, en 1911, murió una persona que intentó, antes de conocer la existencia de los genes, saber cómo actuaba la herencia sobre las características de una persona. Se llamaba Francis Galton y era medio primo de otro científico famoso, Charles Darwin. Galton tenía tres circunstancias a su favor: era una persona inteligente, muy trabajadora y tenía fortuna propia, otro rasgo favorable hereditario, lo que le permitió dedicarse a sus intereses sin preocuparse de procurarse un sueldo.

Galton se dio cuenta que la ciencia de su época (el último cuarto del siglo XIX) era muy descriptiva y necesitaba el refuerzo de los números, el análisis estadístico. Fue el primero que usó encuestas y cuestionarios para entender la diversidad humana y acuñó el término “nature versus nurture”, “naturaleza frente a crianza”, la participación e importancia relativa de la genética frente a la educación y las experiencias recibidas a lo largo de la vida a la hora de analizar, por ejemplo, el comportamiento de una persona. Galton aplicó el método científico y el análisis estadístico a una gran variedad de temas porque pensaba que echando suficientes horas, cualquier cosa podía ser medida y que las medidas eran el origen de cualquier estudio científico. Uno de sus estudios más recordados es un análisis estadístico sobre la eficacia de la oración y el rezo, donde descubrió que personas que eran beneficiarias de muchas plegarias, como los monarcas, no tenían mejor salud ni vivían más que la media. Midió asimismo el aburrimiento de los miembros de la Royal Geographical Society en las charlas a las que asistía midiendo sus cambios de postura en la silla según iba avanzando el conferenciante en su disertación. También fue famosa la realización de un mapa de la belleza femenina en las Islas Británicas. Para ello iba calificando a escondidas (en un papel que llevaba en el bolsillo iba haciendo marcas con un alfiler) a las mujeres con las que se cruzaba en la calle de distintas ciudades, puntuándolas como atractivas, indiferentes o repulsivas. El papel tenía forma de cruz con extremos desiguales y en cada brazo de la cruz iba poniendo uno de los tres grupos, con lo que luego era fácil hacer el recuento (Londres puntuó lo más alto y Aberdeen, lo más bajo). También fue el primero que usó las huellas dactilares para una investigación policial y el primero que publicó un mapa del tiempo, en el año 1875.

El trabajo de Galton tiene dos caras. Por un lado se le considera el precursor de la Genética humana, que ha mejorado considerablemente la salud de las personas y, por otro, el fundador también de su lado oscuro, la llamada Eugenesia. La Eugenesia era un intento de mejorar la especie humana, impulsando una selección artificial que compensara, según sus seguidores, los efectos negativos que el progreso había causado sobre nuestros genes, sobre la herencia biológica de la Humanidad. La idea de Galton es que la civilización ha interferido con la selección natural. Mientras que la selección natural eliminaba a los débiles, los enfermos, los peor adaptados, los menos hábiles, la sociedad desarrollada y civilizada protege a los discapacitados, a los que tienen alguna tara genética, haciendo que su herencia persista en el acervo genético de una comunidad. Galton propuso que solo limitando estas prácticas se podría evitar un “retroceso hacia la mediocridad”, algo que fue posteriormente reformulado como “regresión hacia la media”.

Con sus técnicas estadísticas, Galton estudió cómo determinadas “tendencias o rasgos de personalidad, morales e intelectuales se podían seguir en los distintos miembros de una familia”. Consideraba que “mejorar la reproducción de la especie humana se ha convertido en una seria necesidad”. Para él, el “genio” y el “talento” eran rasgos igual de heredables que la altura de una persona. Cuando estudió sistemáticamente algo que todos sabemos, que los padres altos suelen tener hijos altos, sus resultados mostraron que los hijos no eran tan altos como los padres. Esa era la regresión hacia la media, algo que ahora sabemos que se debe a que son características multigénicas donde intervienen, al menos, 50 genes diferentes y lo lógico es que esas características “extremas” se atenúen cuando los matrimonios no son consanguíneos. También planteó que igual que se usaba la selección artificial para incrementar una característica deseada de un organismo (rosas con mejor olor, o vacas que produzcan más leche, o palomas más rápidas) lo mismo se podría extender a las personas si se aplicara un “modelo selectivo de cruces” en nuestra especie. En su famoso libro “Hereditary Genius”, Galton proponía:

Me propongo mostrar en este libro que las habilidades naturales del hombre se derivan de la herencia, bajo exactamente las mismas limitaciones como la forma y las características físicas de todos los organismos. Consecuentemente, como es fácil, a pesar de esas limitaciones, obtener por una selección cuidadosa una raza permanente de perros o caballos dotada de especiales facultades para correr, o para hacer cualquier otra cosa, así sería posible producir una raza de hombres altamente dotados mediante matrimonios sensatos durante varias generaciones consecutivas.

En un argumento que se ha reproducido por todos los seguidores de la Eugenesia, Galton indicaba que los menos inteligentes eran más fértiles que los más inteligentes. Afortunadamente no proponía ninguna medida punitiva ni selectiva contra los supuestamente menos inteligentes sino que planteaba una selección “en positivo”, animando a los mejores a darse cuenta de la importancia del tema y alentando a que se casaran pronto y tuvieran el mayor número posible de hijos. En su testamento, Galton dejó al University College de Londres la cantidad astronómica de 45.000 libras para fundar un Laboratorio de Eugenesia Nacional, algo que ya no existe.

La eugenesia quedó totalmente desprestigiada en el siglo XX. Los nazis y sus ideas sobre la mejora de la raza llevaron al extremo de la crueldad y la maldad esa idea de la superioridad y la inferioridad racial. Aún así seguimos viendo en la prensa ideas sobre buenos genes y malos genes, oímos tonterías sobre el Rh, se vuelve a pensar sobre niños que nacen ya destinados a ser malos, inferiores o criminales y vemos atentados contra los derechos humanos a lo largo del último siglo, desde la limitación a comienzos de siglo de la entrada en los Estados Unidos a los emigrantes del sur y este de Europa, que supuestamente tenían peores genes que los de Centroeuropa, a las campañas de esterilización de mujeres indígenas llevadas a cabo por Fujimori a finales de este mismo dramático siglo XX.

Y sin embargo sigue habiendo continuamente artículos en prensa donde se dice se descubrió el “gen para…”. De hecho, si escribimos esas dos palabras en Google nos salen 258.000 resultados. Entre ellos “el gen para el cambio climático” o el “gen para neutralizar el VIH”. Ojalá todos los problemas fueran así de simples. Dentro del ámbito de las Neurociencias esa búsqueda sencilla encuentra referencias como “el gen para la enfermedad de Alzheimer”, “el gen para la depresión” o “el gen para aprender a hablar”. Es importante que recordemos que los genes tienen un impacto limitado sobre el desarrollo pleno de una persona, que un gen puede intervenir en cosas muy distintas, que la mayoría de los rasgos observables son el producto de la interacción entre decenas de genes y muchos otros factores (alimentación, ejercicio, cuidados sanitarios,…) y que lo que causa auténticas diferencias es la educación, la crianza responsable y el cariño. Y es que aunque no se haya encontrado el gen para decir y escribir tonterías, haberlas, haylas.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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