Despertar diecinueve años después

Terry Wallis nació el de abril de 1964 en Big Flat, Arkansas. El día 13 de julio de 1984, cuando tenía 19 años, este mecánico se despidió de su mujer, que se quedó cuidando a su hija de 6 semanas, Amber, y salió de casa. Cogió su camioneta junto con dos amigos para dar una vuelta por las montañas Ozark y unos minutos más tarde tuvieron un accidente. Por razones desconocidas, el vehículo se salió de la pista forestal, cayó por una ladera, dio una vuelta de campana y Terry salió despedido. El pick-up quedó volcado entre las piedras del lecho seco de un río. Cuando la policía los encontró por la mañana, uno de sus amigos tenía graves heridas de las que falleció siete días después, el otro apenas tenía algún rasguño y Wallis se encontraba en coma. Fue trasladado inmediatamente al hospital, donde consiguieron equilibrarlo, aunque tuvieron que colocarle ventilación asistida y sondas para alimentarle. Más tarde se estabilizó en un tipo de estado vegetativo llamado estado de consciencia mínima.

Según el doctor Martín Nogués, “A diferencia de las personas en coma que permanecen todo el tiempo con los ojos cerrados, quienes se encuentran en estado vegetativo crónico persistente tienen períodos de vigilia y de sueño (abren los ojos durante el día, para luego cerrarlos al dormir), aunque su mirada y los movimientos de sus ojos no tienen ningún contenido de consciencia; es decir que no presentan ninguna comunicación con el mundo exterior“. El estado de consciencia mínima (ECM) afecta cada año a unas 25.000 personas solo en los Estados Unidos. Mientras que el estado de coma suele durar sólo unos días o pocas semanas después de un accidente, el ECM puede extenderse a lo largo de meses o años. En esta situación, los pacientes no suelen ser conscientes de su entorno ni se comunican con el mundo exterior. A veces puede salir de su boca algún sonido o alargar su mano como si fuera a coger un objeto o incluso seguir con los ojos a alguien que entra en la habitación. El coma, en contraste, apaga el cerebro. Después de un daño grave en la cabeza, el cerebro limita enormemente su actividad, no responde a ningún estímulo y la persona parece estar dormida. Se suelen generar en el estado de coma, cambios bioquímicos en el cerebro y una inflamación cerebral. En unas pocas semanas, o la persona muere, o despierta o queda en un estado vegetativo incluido un ECM.

Esta historia sería como miles de otras, si no es por una diferencia: Diecinueve años después del accidente, Terry Wallis salió de ese estado de consciencia mínima y el 11 de junio de 2003, empezó a hablar. Como tantas otras veces, la enfermera le preguntó, al lado de su madre ¿quién ha venido a verte? Pero esta vez, Wallis respondío con voz clara y dijo “¡Mamá!”… La siguiente palabra fue Pam, el nombre de su enfermera durante años y después siguió: “Pepsi…”, “leche…” Los siguientes tres días recuperó cierta capacidad de movimiento, había quedado tetrapléjico en el accidente, y de comunicación y se reencontró con su hija Amber, entonces de 20 años. No debió ser un momento fácil ya que él creía que tenía todavía 19 años y que Ronald Reagan seguía siendo presidente de los Estados Unidos.

Su caso captó también la atención de los investigadores. El grupo de trabajo de Nicholas Schiff en la Universidad de Cornell en Nueva York estudió su cerebro, encontrando que la plasticidad neuronal, los cambios en la organización de los componentes cerebrales, eran mucho mayores de lo esperable. Schiff usó un escáner PET para medir actividad cerebral y una nueva técnica llamada imagen de tensores de difusión, un sistema que permite una información valiosa sobre los tractos de conexión mielínicos, es decir, la sustancia banca. La primera sorpresa de esos resultados es que el cerebro de Wallis había generado nuevos axones que habían establecido nuevas conexiones e incluso nuevas regiones cerebrales para compensar las vías y zonas neuronales dañadas en el accidente. De hecho, una región afectada era el cuerpo calloso, una cinta de cientos de miles de axones que conecta los dos hemisferios. Estos axones se habían desgarrado por la fuerza del impacto pero se habían formado nuevas conexiones en la parte occipital del cerebro, la zona bajo la nuca, formándose conexiones y estructuras que no existen en el cerebro normal.

Tras despertar del estado de mínima consciencia, Wallis fue recuperando en parte las funciones cerebrales durante los siguientes meses. Según se iban realizando nuevos escáneres, se fue viendo que algunas de las vías anómalas iban despareciendo mientras que otras se reforzaban al mismo tiempo que Wallis iba mejorando.

Los distintos estudios también pusieron de manifiesto que si no hubiera sido por su dramático despertar nadie se habría enterado de los profundos cambios que estaba experimentando su cerebro. Schiff planteó que se podía mejorar mucho la atención a los pacientes en ECM o estado vegetativo y que era necesario reexaminar a un paciente a los ocho meses del diagnóstico inicial porque “todo el pronóstico puede haber cambiado”. De hecho, Wallis fue etiquetado repetidas veces como en estado vegetativo permanente. Aunque su familia pedía una reevaluación ya que veía muchos signos de que intentaba comunicarse, sus peticiones fueron rechazadas de forma sistemática. Los Wallis nunca aceptaron ese diagnóstico. En particular, Angilee, su madre, se negó a aceptar que su hijo “se había ido para siempre”. Ella decía que cuando le miraba a los ojos estaba convencida de que le oía y le entendía, que estaba vivo y deseando desesperadamente poder hablar. De hecho, además de la compañía contínua, le llevaban con ellos en las excursiones y estaban siempre pendientes de hablarle y tratarle como si siguiera siendo quien había sido, a pesar de no tener ninguna respuesta. Solo una madre soportaría eso durante diecinueve años.

El cerebro de Wallis tiene profundos daños. El daño a los lóbulos frontales es extenso. Puesto que esta región cortical matiza los instintos primarios como el deseo sexual o la agresividad, esta lesión puede explicar que él hable “sucio” a su hija Amber. Además, el lóbulo temporal derecho también tiene un grave daño. Esta región interviene en la consolidación a largo plazo de la memoria reciente, en el almacenaje de las vivencias y experiencias, algo en lo que también participa el lóbulo frontal. Al tener ambas regiones lesionadas, Wallis sigue viviendo en 1984, el momento del accidente. No es capaz de grabar en su cerebro nuevas memorias y “ponerse al día”. Por eso cree que es capaz de andar, aunque ya no puede, no relaciona a esa muchacha de 20 años que le cuida con el bebé que recuerda perfectamente, su hija, y seguirá pensando, para siempre si su condición no mejora, que Ronald Reagan es el presidente de los Estados Unidos. Eso sí parece un auténtico castigo.

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Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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