Cuento de Navidad

En una esquina del establo, los tres reyes descansan. El niño, duerme. Su madre, agotada, roza levemente con los dedos la tela que le envuelve y le mira feliz de tenerle a su lado, de verle ya la cara. José ha ido a por leña para avivar el fuego que ha hecho entre unas piedras, lejos de la paja. La mula y el buey, con su aliento y sus enormes corpachones ayudan a elevar la temperatura pero aquella es una fría noche de diciembre. La leña ayudará. Los pastores se han retirado, felices, a cuidar el ganado y a guardar el recuerdo de esa maravillosa noche que jamás olvidarán. ¿Qué hay más único, más hermoso, más mágico que el nacimiento de un niño? Es, siempre, esperanza, deseo de un mundo mejor, un sueño de felicidad.
Melchor ha extendido una alfombra y se dispone a dormir. Piensa en todo lo que ha vivido, en los prodigios que ha visto, en ese niño tan pequeño que es la respuesta que ha buscado durante tantos años, tantos kilómetros, tantos esfuerzos, toda una vida. Se atusa la barba blanca y siente, de repente, el cansancio del viaje, de la vida, de la obra terminada. Piensa, unos instantes, en el resto de sus años, en la vuelta a casa, en cómo explicar en su reino, en su palacio, -y mira a su alrededor-, que el hijo de Dios ha nacido en un lugar así. Se sonríe al pensar en las caras que pondrán.
Baltasar y Gaspar, más jóvenes, tienen todavía la adrenalina en las venas. Son tantas las emociones que saben que aquella noche no dormirán. Baltasar señala con un gesto y una sonrisa a Melchor, que ya se ha dormido. La respiración tranquila y regular le delata. “Luego dirá que no duerme nada”, dice en un cuchicheo. Gaspar ha encendido una vela y mira sonriendo los ojos marrones de su compañero. A pesar de que llevan meses juntos, le sigue impresionando su piel hermosa y oscura, esa nariz ancha, la ausencia de barba, el pelo fuerte y rizado, pero nada que supere aquellos ojos como gigantescas avellanas.
Hablan un rato, comentan todo lo que han vivido, los detalles, las luces, los colores, las expresiones de los pastores, aquel cometa que sigue brillando en el cielo. Baltasar vio al ángel que se sentó encima de la puerta pero Gaspar oyó trompetas que Baltasar no recuerda. Piensan que así debe ser. Ese niño nació para cada uno de ellos y para ninguno será igual.
Al cabo de un rato, Baltasar rebusca en su equipaje y saca una tabla y una caja. Le explica que es un juego, que se llama ajedrez y asemeja una batalla. Gaspar, una vez más, se asombra de la cultura de su amigo, de esas cosas modernas y sofisticadas, de su ánimo siempre alegre y ese afán único que tiene por jugar, por compartir, por disfrutar. Baltasar le enseña las figuras y le explica cómo se mueven, cómo avanzan y se retiran, cómo combaten y cómo ganan. La vela se consume despacio y pasan la noche moviendo las piezas sobre el tablero en aquella semioscuridad. Cuando está claro que Gaspar va perdiendo, Baltasar gira el tablero y continúa con las piezas de su amigo, pero también termina por ganar. Gaspar presiente que aunque juegue muchos años, aunque practique con otra gente, aunque se esfuerce y lo intente, jamás le ganará. Pero no se lo dice, al contrario, le recrimina que abuse de su inexperiencia e intenta ver, sin éxito, si de alguna manera puede hacer trampas. Juegan partida tras partida hasta que los primeros rayos de sol se filtran entre las tablas de la pared. Entonces, los dos comienzan, en silencio, con cuidado de no despertar al niño que duerme, a recoger sus cosas y prepararse de nuevo para viajar.
Baltasar mira las figuras de su tablero y se queda observando, pensativo, las piezas talladas en marfil y en ébano. Son grandes, del tamaño de una mano. Se queda mirando un peón, la pieza más humilde del juego. El artista ha hecho un trabajo maravilloso, no parece un soldado, sino un hombre sencillo: un campesino, un pescador o un pastor. Tienen la menor categoría, la habilidad más limitada, son lentos y pobres, sus posibilidades se basan en aguantar, en apoyar al amigo y siempre en trabajar. Pero Baltasar sabe que aquellas pequeñas piezas son las más importantes, las más decisivas, de las que depende todo lo que va a pasar. Observa a su amigo Gaspar que con delicadeza lleva un poco de té caliente a Melchor, que acaba de despertar. Mira sus pieles rosadas, pálidas y mira la suya. Ahora, Baltasar sujeta un peón de cada color, uno blanco y otro negro, en cada mano; son diferentes pero son iguales, valen lo mismo y hacen lo mismo. Son iguales de verdad. Agarra los dos peones y se los lleva a María que luce el buen color de una noche tranquila y descansada. Se sienta en el suelo, a su lado y haciendo un gesto al pesebre, le da aquellos muñecos y le dice “para el Niño. Él lo entenderá”.

¡Feliz Navidad!

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “Cuento de Navidad”

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