El miembro fantasma

Tengo una amiga, profesora universitaria a la que quiero y admiro, que cree en fantasmas. Para mí es algo sorprendente, que afronto con curiosidad, escepticismo y cariño. Quizá todos hemos sentido “presencias”, sombras, alguien soñado que parece girar una esquina y cuando corremos a encontrarle, ya no está. Pero hay un tipo de fantasma, en el que sí que creo: los miembros fantasmas. Se usa ese término para referirse a las sensaciones, dolor, picores, sensaciones de frío o calor, cosquilleos, “presencias completas” que sienten algunas personas en un miembro que ha sido apuntado, un brazo o pierna que ya no está y, sin embargo, irrumpe con fuerza en su psique. El dolor crónico de un fantasma es un fenómeno clínico que experimentan hasta dos tercios de las personas a las que se ha amputado un miembro. En algunos casos llega a ser tan grave, tan profunda y continua la sensación de dolor que algunos pacientes contemplan seriamente la posibilidad de suicidarse.

Se piensa que la sensación de “miembro fantasma” tiene que ver con la persistencia de zonas motoras y sensitivas en el cerebro dedicadas a ese miembro, por las posibles conexiones aberrantes desde regiones cerebrales vecinas que invadirían los lugares sinápticos inactivos y por la generación de señales autónomas cerebrales para intentar mantener un mapa coherente, completo, del organismo. Por decirlo más claro, el problema de la sensación del fantasma no estaría en los nervios periféricos cerca del muñón, sino en la propia corteza cerebral. Algunos tratamientos que se usaron, como cauterizar o seccionar quirúrgicamente los nervios del muñón, o incluso acupuntura, no tendrían ninguna efectividad, puesto que lo que sucede realmente es un proceso de plasticidad neuronal en el propio cerebro. Según V.S. Ramachandran

“Se basa en la idea de que existe un mapa completo de la superficie del cuerpo en la superficie del cerebro. Así cada punto de la superficie corporal se corresponde con un punto del cerebro. Lo curioso de este mapa es que, aunque es continuo, el área de la cara está en el mapa justo al lado del área de la mano, en vez de junto al área del cuello”.

Ramachandran sugiere que cuando se amputa un brazo, la zona cerebral que localiza las sensaciones de esa extremidad las pierde y “ansía” recibir nuevas conexiones. Entonces las zonas adyacentes, por ejemplo el área del rostro invadiría el territorio del área de la mano y tocando la cara se producirían sensaciones en lo que era el área de la mano y ese desajuste produciría el dolor o la sensación de un miembro fantasma. Pero hace poco he leído una historia que me ha hecho recordar los miembros fantasmas, que me ha traído cosas que me gustan, la buena poesía, el avance de la ciencia entre los desastres de la guerra, la amistad, la bondad,… Aquí va esta historia.

El término de “fantasmas sensoriales” aplicado a los miembros amputados fue descrito por primera vez por Ambroise Paré en 1551, un pionero de la cirugía y las prótesis. Su paciente se quejaba de que seguía sintiendo el miembro perdido como si todavía existiera. René Descartes también describió un caso de miembro fantasma, pero el que le dió verdadera categoría científica  fue un médico norteamericano  llamado Silas Weir Mitchell. Weir Mitchell era un neurólogo, “un doctor de los nervios” en el Hospital Lane, en Filadelfia y se le considera el fundador de la Neurologia americana, con más de ciento cincuenta publicaciones, muchas de ellas basadas en lo que vió en los soldados heridos de la Guerra Civil norteamericana. Después de Gettysburg, numerosos soldados heridos fueron llevados a Mitchell para su tratamiento. El Hospital de la Calle Sur en Filadelfia, recibió tantos amputados, que los soldados le llamaban directamente “Hospital Muñón”. En relación con los miembros fantasmas, aunque es seguro que muchos otros médicos habían oído historias parecidas a los soldados amputados, él creyó en aquellas descripciones extrañas que se repetían con tanta frecuencia. Mitchell anotó que de 90 amputados que había tratado, 86 habían desarrollado “fantasmas sensoriales” poco después de la pérdida de un miembro. Se puso a describir una serie de variantes de estas impresiones, algunos pacientes sentían esos miembros como irreales, mientras que para otros eran auténticos, a algunos les generaba dolor, a otros no. Mitchell escribió:

“Solo un 5% de los hombres que sufrieron una amputación nunca tuvieron la sensación de que esa parte de su cuerpo estaba todavía presente. Del resto, hubo unos pocos que al cierto tiempo llegaron a olvidar el miembro perdido, mientras que el resto mantenía una sensación de su existencia que era más vívida, definida e intrusiva que la de su miembro adjunto realmente vivo”.

Mitchell describió muchos detalles sobre los miembros fantasmas, como que los fantasmas eran típicamente incompletos y que el miembro imaginado solía sentirse más corto que el miembro real.  Mitchell vio que la sensación podía ser estimulada por numerosas actividades incluyendo un bostezo, o un roce o incluso cambios en el viento. Mitchell también anotó que llevar una prótesis podía afectar al fantasma e incluso estimular sensaciones de fantasmas en soldados cuyo sensación de un miembro invisible habían desaparecido previamente.

Y la magia es que quizá en ese interés por los miembros fantasmas tenía que ver un hombre al que había conocido durante la guerra. Se llamaba Walt Whitman. En el invierno de 1862, en el momento más sangriento de la Guerra, Whitman viajó a Virginia en busca de su  hermano que había sido herido en la batalla de Fredericksburg. Cuando llegó, hacía pocos días que la batalla había terminado y pudo ver “donde la sangre preciosa enrojecía la hierba hasta el suelo”. Encontró el hospital de campaña del ejército de la Unión, las tiendas rodeadas por tumbas recién cavadas donde los nombres de los muertos se garabateaban en tablas de barril, en trozos de tablero, clavados en el barro. Escribiendo a su madre, Whitman le describía “la montaña de pies, brazos, piernas, etc bajo un árbol a la entrada del hospital”. Whitman se quedó durante tres años, dedicándose a coser heridas, a sujetar las manos de los soldados, a hacerles limonada, a comprarles helados, ropa interior y cigarrillos. En ocasiones, incluso les leyó poesía. Mientras los médicos curaban sus heridas, él sanaba sus almas.

En su diario Whitman recuerda como algunos días llegaban más de 1.000 heridos. En “Drum Taps” describe los cuerpos desechos que veía cada día en el hospital. En una quizá mala traducción dice así

“Del muñón del brazo, la mano amputada

retiro la venda coagulada, quito el tejido gangrenado, lavo las sustancias y la sangre

Sobre la almohada, el soldado se encorva con el cuello doblado y la cabeza caída a un lado

Sus ojos cerrados, su cara pálida, no se atreve a mirar el muñón ensangrentado”

Whitman atiende a heridos de los dos bandos, recuerda la valentía de alguno de los “rebeldes”, presencia la entrega de una bandera que un muchacho sureño de 17 años había llevado hasta los cañones de los unionistas, intentando inutilizar uno de ellos con un madero. Había muerto.

Allí, Whitman empezó a oír de los algunos soldados que continuaban “sintiendo” el brazo o pierna que habían perdido, a menudo con un dolor que no se extinguía. Los pacientes decían que era como vivir con fantasmas, que su propia carne herida había vuelto de la muerte para perseguirles y acosarles.

Weir Mitchell y Whitman se hicieron verdaderos amigos. Durante la mayor parte de sus vidas, se escribieron en una densa correspondencia que combinaba su amor a la literatura con las historias médicas. De hecho fue Weir Mitchell quien en 1878 diagnosticó a Whitman un vaso roto en el cerebro, un aneurisma cerebral, prescribiéndole “aire de montaña” como tratamiento. Más tarde, Weir Mitchell mantuvo económicamente al poeta, enviándole dinero cada mes durante más de dos años.

Finalmente, otro guiño de la Literatura a la Medicina. Weir Mitchell no fue realmente el primero que describió el miembro fantasma. Doce años antes, Herman Melville escribió su gran obra, Moby-Dick. A Ahab, el capitán de la Pequod le faltaba una pierna, que precisamente se había comido Moby Dick, la ballena blanca. En el capítulo 108, Ahab llama a un carpintero para que le haga una nueva pierna ortopédica, utilizando marfil. Ahab le dice al carpintero que todavía siente su pierna amputada “invisibly and uninterpenetratingly”. Su pierna fantasma es como un “falsario, un maniquí”. “Mira”, le dice Ahab “pon tu pierna viva aquí en el lugar donde estaba la mía; así, ahora, hay solo una pierna clara para el ojo, pero hay dos para el alma”. Ramachandran enseña a la gente a “olvidar” el miembro fantasma utilizando un espejo vertical. Los pacientes ponen a un lado su brazo normal y en el espejo ven el miembro perdido, como si hubiera vuelto (es, claro, el reflejo del miembro existente) y entonces les pide que piensen que ordenan un movimiento a su miembro desaparecido y que ejecuten lo mismo en su miembro sano.

“Si el paciente empieza a mover su mano, diciendo adiós o dirigiendo una orquesta, ve el reflejo de su mano normal superpuesto en el fantasma, moviéndose en relación con la orden enviada al brazo fantasma”. Así, aunque los pacientes saben que su brazo amputado no ha vuelto, son capaces de engañar a su propio cerebro y perder los dolores porque el cerebro sí siente que el brazo perdido ha retornado  y está volviendo a emitir comandos. Uno de los pacientes contaba despues de entrenarse con el espejo vertical frente a su nariz:

“Cuando muevo mi mano normal, el brazo fantasma parece que se estuviera moviendo. Cuando abro el puño, mi mano fantasma, cuyo puño no he podido abrir desde hace meses, de repente “nota que se abre” por lo que la vista le dice y el calambre doloroso que sentía, desaparece”.

El libro de Melville está basado en un relato de un oficial estadounidense que describe el enfrentamiento entre varios balleneros y un cachalote albino llamado Mocha Dick. En la cultura mapuche, cuatro ballenas llevan el alma de los muertos hasta la isla de Mocha, para embarcarse en su viaje final. El trabajo de Weir Mitchell quedó en el olvido. Solo William James, primer catedrático de Psicología de Harvard, siguió con aquella hipótesis de los miembros fantasma que parecía combinar la ciencia con lo sobrenatural. James envió una encuesta a cientos de apuntados para intentar saber más sobre el miembro perdido y las sensaciones que perduraban. Una pregunta era “¿Puede, imaginando con fuerza que lo ha movido, sentir realmente que lo hubiera trasladado a una posición distinta”. Es muy parecido a lo que Ramachandran hace en la actualidad con la ayuda de un espejo. Las respuestas fueron extremadamente heterogéneas haciendo difícil encontrar pautas generalizables. Volviendo ahora de la Medicina a la Literatura, William James, tenía un hermano novelista, Henry James. Henry escribió en cierta ocasión “Hay una presencia en lo que no está”. ¿Hablaban todos de lo mismo?

Leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

3 comentarios en “El miembro fantasma”

  1. Estimado José:
    Di con tu blog por casualidad mientras buscaba información sobre el Dr. S.W. Mitchell. Me interesó mucho todo lo que cuentas sobre él porque yo di con sus técnicas a través de la literatura norteamericana. Estaba preparando una conferencia y me llamaron la atención sus tratamientos para curar la depresión postparto de las mujeres decimonónicas a las cuales aplicaba la técnica del engorde, 35 kilos, y el abandonar todo tipo de actividad intelectual y creativa (leer, escribir, pintar, etc.) Edith Wharton, Charlotte Perkins Gilman y otras escritoras norteamericanas fueron pacientes suyas y todas, por supuesto, salieron traumatizadas por sus tratamientos y escribieron relatos sobre los efectos devastadores de sus prácticas. En uno en concreto del que hablaré mañana en la conferencia, The Yellow Wallpaper, la mujer se vuelve loca y arranca el empapelado de la pared porque quiere rescatar a las mujeres que están presas en el papel. En fin, es simplementen espeluznante. Tan solo quería comentarte este hallazgo y el interés que me suscitó tu blog porque haces una aproximación interdisciplinar entre literatura y ciencia. Algo que me parece sugerente y poco común por estos lares.
    Saludos,
    Eulalia Piñero Gil
    Profesora titular de Literatura Norteamericana
    U. Autónoma de Madrid

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    1. Estimada Eulalia

      Te agradezco mucho tu comentario. Es realmente interesante, amplía la imagen de Mitchell y nos muestra un ejemplo de las tinieblas morales y científicas de los tratamientos de hace no tanto tiempo. Yo llegué a Mitchell a través de Whitman y me atrajo esa amistad entre un médico y un poeta y descubrir qué se habrían enseñado el uno al otro. Buscaré The Yellow Wallpaper para leerlo. Tú también exploras ese territorio entre la ciencia y la literatura, así que ¡no somos tan pocos!
      Gracias por enriquecer este artículo.

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  2. Estimado José:

    En realidad mi campo de exploración es más interdisciplinar hacia las artes que es lo único que ya consuela mi espíritu ante el desierto intelectual en el que nos desenvolvemos. La ciencia me interesa en tanto en cuanto coadyuva a plantear una visión holística de la vida. Es decir, no la entiendo fuera de los contextos de la creatividad. Mi encuentro con el Dr. Mitchell fue casual y como fruto del horror que me produjeron las experiencias de las mujeres con sus técnicas un tanto espúreas para mantenerlas encerradas y al margen del mundo civil. Un intento más por encerrarlas en el hogar.
    El paso de Whitman por el terrible mundo de la guerra tuvo devastadoras consecuencias en su creatividad poética. Todo el positivismo y la visión casi romántica de Norteamérica en Song of Myself se transforma en un escepticismo total hacia el sueño americano y en una pérdida de la inocencia primigenia que todavía transita por sus poemario de juventud. La guerra cambió todo en ese gran país que ya quedó tocado durante muchas décadas.
    Mañana seguiré discutiendo Huckleberry Finn y la pérdida de la inocencia con mis estudiantes.

    Saludos,
    Laly

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