Se comían todo

A Jesús Rodríguez Romo, por lo mucho que dio a la Universidad de Salamanca .

Supongo que en un blog uno puede un día, un lunes, escaparse a hacer un “divertimento”. Cenando con un grupo de los mejores amigos que una persona puede tener, les conté una anécdota de cierto profesor universitario inglés. Como pusieron, entre risas, cara de escépticos les prometí rescatar la historia en detalle, recuperándola  de alguno de esos libros raros que uno ha comprado toda la vida en mercadillos y tiendas de viejo, y ahora, gracias a Internet. Ahí va:

William Buckland (1784-1856) fue el primer ocupante de la Cátedra de Zoología de la Universidad de Oxford. Tenía una merecida fama de excéntrico, carácter que parece que transmitió a su hijo Francis, otro zoólogo, autor de “Curiosities of Natural History” y durante años Inspector de la pesca del salmón en el Reino Unido, un cargo notable.

Los Bucklands adoptaron la costumbre de comerse, con un espíritu a la vez científico y aventurero, todo lo que cayera en sus manos y cualquier animal que se cruzara en su camino. El hijo, Francis, llegó a un acuerdo con el zoo de Londres para recibir un trozo de cualquier especimen que muriera allí. Los visitantes de la casa de los Bucklands, además de ser recibidos por un burro que era la mascota y ver corretear otros animales de los que uno no tiene normalmente en casa (entre ellos, un oso que seguía a Buckland cuando iba a pasear por el campo), podían ser invitados a  delicatessen como ratones en croûte o un filete de cabeza de marsopa. William afirmaba que lo más desagradable que había comido era topo asado hasta que probó un estofado de fragata portuguesa (Physalia physalia), un tipo de medusa. Cuando su amigo el arzobispo de York, le mostró un cajita conteniendo el corazón embalsamado de Louis XVI, que el prelado había comprado en París, William Buckland anunció que nunca había comido el corazón de un rey y antes de que el pobre obispo lo pudiera evitar, lo agarró y se lo tragó.

Nada del mundo natural les era ajeno a los Bucklands. Cuando un clérigo que era también naturalista llevó a William con gran excitación un hueso fosilizado que acababa de encontrar y que consideraba totalmente desconocido, éste se lo enseñó a su hijo, entonces de siete años. “¿Qué es esto, Frankie?” “La vértebra de un ictiosaurio”, fue la respuesta del crío, sin vacilar. Afortunadamente, la Sra. Buckland compartía los entusiasmos de la familia. Un día, el marido se despertó en medio de la noche y le dijo, “Querida, creo que las huellas de Cheirotherium, son sin duda testudinales” (testudo es tortuga). Ella se levantó con él y le acompañó a la cocina donde preparó una pasta con harina mientras William agarraba una tortuga en el jardín. Para su delicia, la impresión en la pasta de la tortuga escapando mostró ser prácticamente idéntica que las huellas fósiles.

Frank Buckland recordaba un momento embarazoso volviendo a Inglaterra con un extraño. Ambos dormitaban. Buckland había recolectado algunas babosas rojas en Alemania (no sabemos si para su cena) y al despertar, vio aterrado que los moluscos se paseaban por la calva de su compañero de compartimento. En vez de explicarse y pedir disculpas, Buckland decidió bajarse en la siguiente parada.

En una visita a Italia, mostraron a los Bucklands una mancha húmeda en el suelo de una iglesia, en el mismo lugar donde un santo había sido martirizado. Les comentaron que cada mañana, la sangre fresca se renovaba milagrosamente. William inmediatamente se arrodilló en el suelo y aplicó la lengua en aquel pequeño charco. “No es sangre”, les dijo a sus anfitriones. Sabía exactamente lo que era: orina de murciélago.

Buckland realizó la primera descripción científica de unos reptiles que ahora llamamos dinosaurios (él los llamó grandes lagartos fósiles), mejoró enormemente la economía de su zona, impulsando nuevos cultivos y fue el profesor más carismático de su tiempo. Un ejemplo para tantos.

Leer más:

  • Burgess, G.H.O. (1967) The Curious World of Francis Buckland. Ed. John Baker, Londres.
  • Gratzer, W. (2002) Eurekas and Euphorias. The Oxford book of scientific anecdotes. Oxford University Press, Oxford.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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