Dos personajes que murieron en 1930 y 1926 y cuyo recuerdo sigue entre nosotros. Dos amigos de esos que parece que no pueden ser más diferentes entre sí: uno escritor de fama, el otro ilusionista, mago y escapista, uno procedente de una familia escocesa católica y de buena posición, el otro un emigrante húngaro de origen judío. Una amistad que primero parece sólida y estable y luego, tras una fuerte discusión, termina en un ruptura definitiva. Son Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, y el legendario Harry Houdini, el más famoso escapista e ilusionista, tan grande el primero y tan pequeño el segundo, que un periodista los comparó al oso Winnie the Pooh y a su amigo Porquito. Y a pesar de estos contrastes, también tenían cosas importantes en común. Según Walter Prince

Cuanto más pienso en Houdini y Doyle, más se me parecen el uno al otro. Cada uno era un compañero fascinante, cada uno tenía un enorme corazón y una gran generosidad y también cada uno era capaz de denunciar algo de la forma más agria y emocional, cada uno de ellos era un devoto de su casa y su familia, cada uno se sentía un apóstol del bien para los demás, el uno para librarles de determinadas creencias, el otro para inculcar en ellos esas mismas creencias”.

Los dos amigos desarrollaron a partir de su encuentro en 1920 una estrecha relación nacida en su común interés por el Espiritualismo. Este movimiento que tenía siglos de antigüedad pero que se desarrolló mucho a comienzos del siglo XX consideraba que el cuerpo se desintegraba con la muerte pero el alma se mantenía intacta y tan solo pasaba a otro plano, a otra dimensión, adónde se podía llegar con la ayuda de un intermediario, un médium. Los espiritualistas se centraban en recuperar el contacto con los familiares y amigos queridos que habían fallecido y se encontraban en ese más allá. Millones de personas en Estados Unidos y en Europa acudían a sesiones de espiritismo para intentar comunicarse con sus difuntos amados. La Reina Victoria, Charles Dickens, Abraham Lincoln y una pléyade de científicos, políticos y artistas participaban en este movimiento. Y en ese singular maremágnum se encontraron Houdini y Conan Doyle, uno viviendo de la ilusión, el otro de la literatura, uno aborreciendo el engaño y la superchería, el otro buscando un camino en la oscuridad. Cuando Houdini tenía 18 años,  su padre falleció y él vendió su reloj para pagar “una reunión psíquica profesional” con su progenitor. Salió profundamente enojado pero siguió intentándolo varias veces a lo largo de su vida. En 1920, cuando tenía 46 años, partió en una tourné de seis meses por Europa en la que participó en más de cien sesiones de espiritismo con los médiums más famosos del continente. Quería —desesperadamente— creer, pero él, un profesional a la hora de engañar a la gente, encontraba siempre las trampas y los trucos y se dedicó a desenmascarar a los médiums y profetas del Espiritualismo. Se enfadó especialmente cuando una médium intentó contactar con el espíritu de su madre, fallecida años antes. Cuando la médium transcribió el “mensaje literal” que había recibido, Houdini respondió que difícilmente podía ser de su madre puesto que el mensaje estaba en inglés, y ella solamente hablaba una mezcla de alemán, húngaro y yiddish. Además, una cruz encabezaba el mensaje, pero su familia era profundamente judía por lo que jamás hubiera usado ese signo. Indignado, juró entonces convertirse en un azote contra los que se aprovechaban del amor de la gente por sus difuntos, muchos de ellos fallecidos durante la I Guerra Mundial y su terrible sangría. Armado con sus conocimientos y experiencia, se presentaba en sesiones de espiritismo, en ocasiones disfrazado, para desenmascarar a los farsantes. Publicó artículos en la revista Scientific American, declaró contra el espiritismo ante el Congreso, hizo de cazafantasmas y dejó en ridículo a muchos creyentes de lo paranormal y a los espiritistas que les limpiaban la cartera. Las recompensas que ofreció a quien demostrara tener habilidades sobrenaturales nunca tuvo que pagarlas, pues los engaños de los médiums eran inexorablemente descubiertos y explicados. Houdini declaró que “el Espiritualismo no es ni más ni menos que una intoxicación mental. La intoxicación de cualquier tipo cuando se transforma en un hábito se convierte en dañina para el cuerpo, pero la intoxicación mental es siempre fatal para la mente”. Houdini pidió una ley que castigara a los médiums y “previniera a esas sanguijuelas humanas de chupar cada gramo de razón y sentido común de sus víctimas”. Arthur Conan Doyle nació en Edimburgo el 22 de mayo de 1859. Aburrida del alcoholismo de su marido, su madre se puso a trabajar y, con la ayuda de unos tíos de buena posición, mandó al pequeño Arthur interno a una escuela de jesuitas en la que permaneció hasta que empezó a estudiar Medicina en la Universidad de Edimburgo. Comenzó a escribir mientras estudiaba la carrera publicando su primer relato a los 19 años. Al terminar el curso en la universidad, se enroló como médico en un ballenero groenlandés, “The Hope of Peterhead” y tras su graduación como cirujano naval en el SS Mayumba que realizó una travesía al África Occidental. A los 23 años ya licenciado, abrió una clínica en Portsmouth pero con tan poco éxito que  dedicó mucho más tiempo a la Literatura y al deporte, jugando de manera semiprofesional al rugby y al fútbol, y practicando también asiduamente el golf, el cricket, los bolos y el boxeo. Tras estudiar Olftalmología en Viena, en 1891 se trasladó a Londres donde abrió una clínica de Oftalmología. Según relata en su autobiografía, ni un solo cliente entró a esa consulta. Ese mismo año tuvo una gripe muy virulenta que le dejó al borde de la muerte, con unos dolores muy intensos. Tras recuperarse había decidido abandonar la medicina y centrar todos sus esfuerzos en la literatura. Al estallar la I Guerra Mundial se alista como simple soldado raso y parece que después del conflicto bélico es cuando inicia su interés por el espiritualismo. En un principio por su potencial para los relatos pero cuando su padre murió cuando el escritor tenía 34 y pocos meses después diagnosticaron a su esposa con una tuberculosis incurable y una esperanza de vida de pocos meses. Tras la muerte de su esposa Louisa en 1906, el fallecimiento de su hijo Kingsley justo antes del final de la I Guerra Mundial, la de su hermano Innes, la de sus dos cuñados y sus dos sobrinos justo después de la Guerra, Conan Doyle cayó en una profunda depresión. Poco tiempo después solicitaba su adhesión a la Sociedad para Investigación Psíquica, un comité de académicos que buscaba estudiar el Espiritualismo. Después, Conan Doyle abandonaba su exitosa carrera literaria, y “mata” a Sherlock Holmes. Dedicó al espiritismo  tiempo y energia, publicando en 1926 una “History of Spiritualism’” y defendiéndolo hasta su muerte, que aconteció el 7 de julio de 1930 en Crowborough (Sussex). El escritor llegó a estar convencido de que las habilidades de Houdini eran genuinas, realmente paranormales, y no meros trucos. Como muchos otros, creía que Houdini era capaz de desmaterializarse, a pesar de haber visto cómo el mago desenmascaraba los burdos montajes de los espiritistas como parte de sus espectáculos o le explicaba en persona algunas de sus técnicas de magia y escapismo. Esa disputa en la que Conan Doyle otorgaba poderes supernaturales y Houdini lo negaba les llevó a una ruptura amarga y pública que terminó su amistad. Cuando Houdini murió, le prometió a su esposa Bess, que participaba con él en sus espectáculos haciendo de médium, que si tenía la posibilidad, contactaría con ella. Para ello, estableció un código formado por diez palabras que pertenecían a una carta de Conan Doyle, el llamado código Houdini. Durante diez años, el día de su fallecimiento ella intentó establecer ese contacto. n el décimo aniversario, al seguir sin ninguna respuesta, apagó entonces una vela que simbólicamente había mantenido encendida junto a la fotografía de Houdini. “Diez años son suficientes para esperar por cualquier hombre” dijo Bess. Una de las herramientas más utilizadas por los espiritualistas de cualquier época —y por muchos adolescentes aburridos— es un tablero de ouija. La ouija esta hecha de una superficie de madera o cartón que en los extremos lleva las palabras sí y no y en un círculo las letras del alfabeto. En una “sesión” normal, los participantes ponen sus manos sobre una pieza móvil, el puntero, situada sobre el tablero y hacen preguntas en voz alta. A veces la pieza móvil señala una respuesta aunque todos los participantes niegan haberla movido deliberadamente y se establece una comunicación con “algún espíritu”. Ahora se ha usado el tablero para saber algo más no sobre los secretos del más allá, sino los del más acá, sobre el funcionamiento de la mente inconsciente. Los espiritualistas consideraban que la ouija permitía conectar con el mundo de los espíritus. En realidad, parece que el responsable es el llamado efecto ideomotor, pequeños movimientos musculares que generamos de forma inconsciente, sin darnos cuenta de ello. Parece que la mente inconsciente juega un papel en funciones cognitivas que considerábamos exclusivas de la mente consciente. Un ejemplo puede ser conducir al trabajo un día que tenemos algún problema complejo que resolver. Al llegar, nos damos cuenta de que no hemos tenido control de esa conducción, que no nos hemos enterado, decimos incluso que hemos venido con el “piloto automático”. Ese piloto sería una parte inconsciente del cerebro que en determinados momentos se activa y toma el mando de cosas que han quedado relegadas o abandonadas por la mente consciente. La idea de Hélène Gauchou y de su equipo de investigación de la Universidad de la Columbia Británica en Canadá fue intentar “conversar” con ese piloto automático utilizando el tablero de la ouija. El experimento tenía tres fases. En la primera los participantes respondían a un cuestionario basado en la memoria semántica implícita a largo plazo y tenían que marcar sus respuestas (sí/no) y su nivel de confianza (lo sé/ creo que puede ser esa). Las preguntas eran similares a un juego de Trivial Pursuit. Algunos ejemplos eran ¿Es Buenos Aires la capital de Brasil? ¿Se celebraron los Juegos Olímpicos del 2.000 en Sydney? A continuación pasaban a la ouija junto con otra persona que se les decía que era otro participante en el experimento y se les vendaban los ojos. El experimentador realizaba ocho preguntas de la primera lista más otras ocho que no se habían presentado previamente, nuevas para el conejillo de Indias. Se esperaba hasta que el puntero empezaba a moverse y se seguía ese movimiento hasta que se convertía en una respuesta de sí o no. La tercera fase era similar a la primera fase, respuesta en el ordenador, volviendo a repetir las preguntas más otras preguntas que no se habían presentado con anterioridad. Para tener el mayor control posible usaban a una sola persona en el tablero de la ouija pero el efecto ideomotor es más intenso si la persona cree que no es responsable de los movimientos y por eso las sesiones de ouija son más exitosas si se realizan en grupo. Así que lo que hacían era decirle al “conejillo de Indias” que tenía un compañero que se le presentaba, se le vendaban los ojos y no se le decía que el compañero había quitado la mano cuando el experimento empezaba y que él era el único moviendo el puntero. El experimento funcionó con al menos 21 de los 27 voluntarios que participaron en el estudio. El puntero no se movía de forma aleatoria por el tablero sino que se iba al “sí” o al “no”. Esto implica algo importante, que pensamientos inconscientes pueden dirigir movimientos. Según decían los experimentadores, el puntero “parecía moverse de una forma mágica. Ninguno de los voluntarios se sentía responsable de esos movimientos”. De hecho, alguno de los sujetos de experimentación pensaban que el compañero era un actor, y que ese actor estaba moviendo deliberadamente el puntero, y no sospechaban que ellos eran los únicos que lo estaban tocando. El equipo de investigación pasó entonces a preguntarles cuestiones de cultura general usando el tablero de la ouija y también tecleando en un ordenador. También debían responder si conocían la respuesta o si meramente estaban haciendo una suposición. El resultado curioso aquí fue que cuando no conocían la respuesta, acertaban en el ordenador la mitad de las veces (50,7%), lo que encaja bien en elegir sí o no sin tener ni idea en realidad. Pero cuando contestaban con la ouija, acertaban el 65% de las veces sugiriendo que había una intuición inconsciente de la respuesta correcta y la ouija permitía a esa parte inconsciente de nuestro intelecto, el piloto automático que decíamos antes, expresarse. Seguro que mis alumnos están sopesando la posibilidad de llevarse un tablero de ouija a los exámenes, donde algunas veces algunos de ellos contestan las preguntas de los exámenes tipo test como si tirasen una moneda a cara o cruz. La pega es que la ouija puede tardar mucho en dar una respuesta, en torno a dos minutos por pregunta pero es posible que la ciencia vaya a su rescate. El equipo de Gauchou está diseñando un tablero con fricción reducida, para que el movimiento del puntero sea mucho más rápido y una app de ouija para teléfono móvil. Quizá no válido para los exámenes pero un hit seguro entre algunos adolescentes.

 

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