Parshall y Montañez han publicado un artículo en Scientific American (2026) donde presentan una idea útil para explicar el autismo: el espectro autista no debe imaginarse como una línea que va de “menos autista” a “más autista”, sino como un perfil multidimensional en el que diferentes características pueden aparecer con intensidades muy distintas. La representación se basa en el Autism Symptom Dimensions Questionnaire (ASDQ), desarrollado por Frazier y colaboradores.
La expresión “espectro autista” ha ayudado a transmitir que el autismo se manifiesta de formas muy diversas. Sin embargo, con frecuencia se representa mentalmente como una escala lineal: en un extremo estarían las personas con pocas características autistas y, en el otro, aquellas con muchas o con mayores necesidades de apoyo. El artículo de Scientific American plantea que esta representación es demasiado sencilla y que no existe una única dimensión capaz de describir la complejidad del autismo.

Una persona autista puede presentar dificultades importantes en determinadas áreas y, al mismo tiempo, mostrar pocas dificultades en otras. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener perfiles completamente diferentes. Una puede presentar una marcada hipersensibilidad sensorial y una gran necesidad de rutinas, pero relativamente pocas dificultades en determinadas formas de comunicación social; otra puede mostrar un patrón prácticamente inverso. Por tanto, el diagnóstico puede ser el mismo, pero la configuración de características puede ser muy diferente.
Para representar esta diversidad, los autores del artículo utilizan los resultados del Autism Symptom Dimensions Questionnaire, un instrumento desarrollado por Thomas W. Frazier y colaboradores. El cuestionario contiene 39 ítems o características, que se agrupan en diferentes dimensiones relacionadas con la sintomatología autista.

La representación gráfica transforma esas 39 características en una especie de rueda o perfil circular: cuanto mayor es la puntuación en una característica, más se extiende ese segmento hacia el exterior. El resultado es una figura diferente para cada persona, algo parecido a una huella dactilar del perfil autista.
Las 39 características se organizan en 10 factores principales, entre ellos la comunicación social básica, la afiliación, la toma de perspectiva, las relaciones con iguales, las conductas motoras repetitivas, los intereses sensoriales, la insistencia en la igualdad o invariancia, las sensibilidades sensoriales y los intereses restringidos. De este modo, el concepto de espectro adquiere un significado mucho más rico: no se trata simplemente de cuánto autismo tiene una persona, sino de cómo se distribuyen sus diferentes características.
Esta perspectiva también ayuda a comprender por qué dos personas con TEA pueden necesitar apoyos muy diferentes. Una persona puede requerir un apoyo considerable para la comunicación y, sin embargo, tener relativamente pocas dificultades relacionadas con la sensibilidad sensorial. Otra puede comunicarse con fluidez, pero experimentar una sobrecarga sensorial intensa o una gran dificultad ante los cambios. Por ello, las necesidades de apoyo no pueden deducirse de una única puntuación global ni de una clasificación simplificada.

El artículo señala además que estos perfiles no son completamente estáticos. Las características pueden cambiar a lo largo del desarrollo en función de la edad, las experiencias vitales, el contexto, los apoyos recibidos y otros factores. Por tanto, incluso la representación multidimensional debe entenderse como una fotografía de una persona en un determinado momento, no como una descripción inmutable de toda su trayectoria.
Otro aspecto importante es que el cuestionario no pretende medir todas las dimensiones relevantes de una persona. En particular, la capacidad cognitiva general no forma parte de estas 39 características. El funcionamiento intelectual constituye una dimensión diferente que puede influir en las necesidades y fortalezas de una persona autista, pero no determina por sí mismo su posición dentro de este perfil de características.
El artículo introduce además una cuestión importante desde la perspectiva de la neurodiversidad: no todas las características que permiten identificar el autismo deben considerarse necesariamente déficits que haya que eliminar. Por ejemplo, la ausencia o reducción del contacto ocular puede aportar información durante una evaluación diagnóstica, pero eso no significa automáticamente que deba convertirse en un objetivo terapéutico. Algunas características pueden representar diferencias en la forma de percibir, comunicarse o relacionarse con el entorno más que problemas que deban ser “corregidos”.
La idea de una distribución continua de los rasgos autistas tampoco es completamente nueva. Estudios anteriores, incluidos trabajos con gemelos, ya habían mostrado que determinadas características relacionadas con el autismo se distribuyen de manera continua en la población general y que no existe necesariamente una frontera biológica nítida entre las personas con y sin determinados rasgos.
Lo novedoso de la representación presentada por Scientific American es que combina esa idea de continuidad con una visión multidimensional. No basta con decir que los rasgos autistas están distribuidos a lo largo de un continuo; también importa saber qué rasgos están presentes, con qué intensidad y en qué combinación.
Esta distinción tiene consecuencias importantes para la evaluación clínica y para la intervención. Una puntuación global puede ocultar diferencias relevantes entre personas. En cambio, un perfil multidimensional puede ayudar a identificar áreas concretas en las que una persona puede necesitar apoyo y otras en las que presenta recursos y fortalezas. El objetivo pasa así de intentar situar a una persona en una supuesta escala de “gravedad” a comprender su configuración individual de características y necesidades.
En definitiva, el mensaje central del artículo puede resumirse en una frase: el autismo es un espectro, pero no es una línea. Es más apropiado imaginarlo como un espacio multidimensional en el que cada persona presenta una combinación particular de características. Esta forma de entender el espectro resulta especialmente coherente con la enorme heterogeneidad clínica y biológica del autismo y ayuda a evitar categorías excesivamente simples como “autismo leve” frente a “autismo grave” cuando se utilizan como descripciones globales de una persona.
Para leer más
- Constantino, J. N., & Todd, R. D. (2003). Autistic Traits in the General Population: A Twin Study. Archives of General Psychiatry, 60(5), 524–530. DOI: 10.1001/archpsyc.60.5.524. Este estudio mostró que los rasgos autistas se distribuyen de forma continua en la población y presentan una importante influencia genética.
- Frazier, T. W., et al. (2023). The Autism Symptom Dimensions Questionnaire: Development and Psychometric Evaluation of a New, Open-Source Measure of Autism Symptomatology. Developmental Medicine & Child Neurology, 65(8). Es el trabajo en el que se basa la representación de las 39 características utilizada por Scientific American.
- Parshall, A., & Montañez, A. (2026). The autism spectrum isn’t a sliding scale; 39 traits show the complexity. Scientific American, 17 de marzo de 2026. El artículo presenta la representación gráfica y explica la diversidad multidimensional del espectro.
- Robinson, E. B., Koenen, K. C., McCormick, M. C., et al. (2011). Evidence That Autistic Traits Show the Same Etiology in the General Population and at the Quantitative Extremes (5%, 2.5%, and 1%). Archives of General Psychiatry, 68(11), 1113–1121.



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