El mito de la oxitocina

Nos gusta pensar que estamos a cargo de nosotros mismos, que tomamos decisiones conscientes y que nuestras acciones se basan en nuestra razón y en nuestra voluntad. Pero junto a la acción de nuestro sistema nervioso, nuestro comportamiento tiene un segundo nivel de control, más sutil, más lento y más duradero, funcionando por debajo de nuestros sistemas conscientes: el sistema endocrino. Ambos sistemas, nervioso y endocrino, actúan en íntima relación y se modulan el uno al otro: hay neuronas que sueltan hormonas a la sangre y, a su vez, hormonas que llegan a neuronas y cambian su actividad e incluso su expresión génica. En nuestra vida cotidiana tenemos claro el papel de las hormonas en funciones como el control del nivel de azúcar en sangre pero cumplen otras tareas igualmente importantes en el ámbito de nuestra actividad mental, y regulan nuestro comportamiento, nuestro estado de ánimo, nuestra implicación, algo que se parece mucho a eso que llamamos, con una fe un tanto ciega, nuestra forma de ser. Una de las hormonas más interesantes es, sin duda, la oxitocina.

La oxitocina es la hormona con mejor fama. A nivel popular se la conoce como la hormona del amor o la molécula del abrazo y se ven por ahí colgantes de enamorados con la estructura molecular de este péptido. Se piensa que ayuda a generar un buen ambiente a nuestro alrededor pues facilita la formación de vínculos sociales, vínculos de pareja y vínculos madre-hijo. La oxitocina se produce durante el orgasmo, la lactancia y en el parto y asocia con un lazo poderoso a las dos personas que comparten esa experiencia. Es algo que se puede simular artificialmente, y hay numerosos estudios que muestran que tras la aplicación intranasal o sublingual de oxitocina aumentan cosas como la confianza, la generosidad, la cooperación y la empatía con otras personas, un soma para construir un mundo mejor.

La oxitocina tiene una capacidad llamativa para poner en marcha comportamientos determinados. Llevamos más de cien años usando extractos de la hipófisis posterior para inducir el parto y detener el ulterior sangrado uterino. En 1953, el bioquímico estadounidense Vincent du Vigneaud aisló la oxitocina y halló que estaba formada por nueve aminóacidos. Dos años después fue galardonado por el premio Nobel de Química por sintetizar la primera hormona peptídica. En los años 90 del siglo XX los investigadores vieron que las mujeres que dan el pecho están más tranquilas frente a un esfuerzo físico considerable o un estrés psicosocial que la que dan biberón. Las inyecciones centrales de oxitocina estimulan el comportamiento maternal, mejoran el comportamiento sexual y facilitan los vínculos de pareja en roedores monógamos. Por otro lado, los ratones que tienen deficiencias en el receptor de la oxitocina presentan alteraciones graves en su comportamiento grupal. A primera vista parece que deberían fumigarnos con oxitocina para que todos estuviésemos más contentos. Y algunas cosas apuntan en ese sentido. Tanto los humanos como los perros ¡me encanta empezar así una frase! muestran un aumento de los niveles de oxitocina a los pocos minutos de una sesión de caricias. Aun así, como tantas veces, pasamos de la realidad científica a la exageración publicitaria infundada. Ahora puedes comprar espráis de oxitocina online con la promesa de mejorar tu vida sexual, reducir la ansiedad y generar sentimientos de confianza a tu alrededor. Ojalá las cosas en la vida fueran tan fáciles, pero eso no quiere decir que no haya posibilidades reales y que merezcan explorarse. De hecho, la oxitocina se ha planteado ya como un posible tratamiento para el autismo, la ansiedad, la depresión y el dolor crónico, y, al mismo tiempo, la puedes comprar en sitios como Amazon con el sugerente y difuso mensaje de «alivia el estrés, restaura el amor y la felicidad», recomendado por el médico y al lado dibujado un corazón.

No obstante yo me lo pensaría mucho antes de encargar los primeros frascos, hay sospechas fundadas de que los efectos están exagerados, las condiciones de los experimentos no son naturales o, aún peor, que algunos de los estudios más citados tienen graves fallos en su diseño, en el análisis estadístico o en sus conclusiones. Gareth Leng y Mike Ludwig de la Universidad de Edimburgo han señalado que nadie ha conseguido repetir el famoso experimento de 2005 sobre el aumento de confianza tras la aplicación de oxitocina y que incluso sus propios autores no lo afirman con la misma contundencia. En contra de las esperanzas no se han encontrado efectos de la oxitocina intranasal en pacientes con esquizofrenia, psicosis temprana, síndrome de Prader-Willi, consumidores de MDMA y jóvenes con trastornos del espectro autista, ni tampoco en los controles. Hay también dudas sobre si la oxitocina consigue atravesar la barrera hematoencefálica y llegar a las neuronas —que sería la vía lógica para alterar los comportamientos— pero incluso si lo hace, su efecto parece ser muy dependiente del contexto. Es posible que actúe periféricamente a través de receptores de oxitocina, muy abundantes por ejemplo en el útero, en el corazón o en el tubo digestivo, y parte de la investigación sobre esta hormona parece construida al revés, dígame lo que quiere encontrar y ya diseñaremos el estudio que ofrezca estos resultados. Otro problema es que las dosis intranasales son brutales, si se administrasen intravenosamente serían mil veces superiores a las concentraciones fisiológicas de la oxitocina en el suero sanguíneo. Es dudoso pensar que algunos de esos efectos puedan darse de forma natural.

¿Y cómo actúa la oxitocina? Independientemente de esas dudas sobre cuánta oxitocina exógena pasa realmente al cerebro en los experimentos, las neuronas hipotalámicas liberan oxitocina endógena que pasa a la sangre. Los estudios en ratones sugieren que altera los circuitos neuronales para que el animal se focalice en información con relevancia social. En ese juego constante entre uno mismo y los demás, la oxitocina nos hace atender a la dimensión grupal. Pero ese mecanismo no tiene por qué generar una respuesta única y no tiene por qué ser siempre la «molécula del amor», puede favorecer el sentimiento de grupo pero también, por ejemplo, la hostilidad a los extraños. Interviene, al parecer, en distinguir quién es «uno de los nuestros» de quien no lo es. Un estudio mostró que los participantes que recibían oxitocina intranasal mostraban reacciones más intensas a fotos de personas de su misma raza con expresiones de dolor que a fotos de personas de otras razas con la misma mueca de sufrimiento, reforzando ese «nosotros frente a ellos». La oxitocina hace que los hombres de un grupo se unan más estrechamente entre sí y se pongan más a la defensiva frente a los extraños. Pasa algo parecido en especies cercanas evolutivamente: los chimpancés de una tropa que se prepara para una guerra con un grupo rival para defender o expandir su territorio muestran un pico de oxitocina, tendrían en su cuerpo una especie de arenga química que reforzaría el actuar como un grupo cohesionado en una de esas situaciones donde la supervivencia te grita ¡escapa! Es triste desprestigiar a una molécula con tan buena imagen pero la oxitocina sería también una hormona de guerra.

Se piensa que ese vínculo ha derivado a partir de una necesidad evolutiva. Una madre que se ha «vinculado» a su cría a través de esta hormona está dispuesta para algo biológicamente difícil: dar su vida por proteger la de su hijo. Lo vemos incontables veces en el mundo animal: madres que planta cara a un predador peligroso para dar tiempo a sus crías a alejarse o a esconderse. Incluso a nivel individual es dudoso que sea tan solo la «hormona del amor». Dicen que los chimpancés son como los soldados de la Grecia clásica, ¡el batallón sagrado de Tebas!, les gusta ir al combate con un amigo cercano a su lado, una táctica que al parecer reduce su estrés y, de hecho, cuando dos chimpancés colaboran, sus niveles de oxitocina se elevan. Otras especies de primates incluyendo macacos y babuinos forman también vínculos fuertes y de larga duración con individuos concretos, una asociación que se parece mucho a la amistad entre los humanos. El vínculo entre los chimpancés macho es un tanto sorprendente porque son animales extremadamente agresivos, muy territoriales y hostiles y sus enfrentamientos son a menudo mortales. Sin embargo, esas parejas de «amigos» muestran comportamientos relajados, cooperan, comparten comida e incluso se dejan despiojar en zonas vulnerables como el área perigenital. ¡Ningún macho sensato pondría esa zona al alcance de cualquiera!

La oxitocina también puede aumentar lo que podríamos llamar el lado oscuro de la vida social. Hay estudios que sugieren que grandes dosis de oxitocina pueden aumentar la ansiedad de las personas al hacerlas hipersensibles a lo que los demás opinan de ellos. También se ha visto que está implicada en la mentira, si es que esa mentira favorece al grupo cercano. Cuando a los individuos de un grupo se les administraba oxitocina, los niveles de deshonestidad entre ellos aumentaban siempre que el grupo se beneficiase de eso que ahora parece que se llama posverdad. La idea es que la amistad actúa como un tampón social, protege frente a los efectos negativos del estrés y hace que una confrontación violenta sea más llevadera si tienes a tu camarada al lado. Los animales que están junto a su amigo tienen menores niveles de glucocorticoides, hormonas de estrés, durante un encuentro agresivo o a temperaturas muy bajas, otra situación de peligro evidente. Una de las estrategias evolutivas básicas de los primates es el vínculo social, nuestras complejas sociedades, tribus, pandillas, comunidades… Pero también «el infierno son los otros», un gran grupo, con complejas historias previas, con jerarquías siempre mudables es un universo donde las relaciones tanto en cantidad como en calidad tienen un efecto notable sobre la salud. Así que el que tiene un amigo, tiene un tesoro, y en esa red amplia y complicada, la amistad te permite crear alianzas, beneficiarte de la vigilancia y la defensa de tu compañero, compartir y sobrellevar mejor los malos momentos. Quizá la amistad es nuestra manera de sobrellevar la sociedad. Somos chimpancés erguidos.

 

Para leer más:

  • DeAngelis T (2008) The two faces of oxytocin. American Psychological Association. http://www.apa.org/monitor/feb08/oxytocin.aspx
  • Leng G, Ludwig M (2016) Intranasal Oxytocin: Myths and Delusions. Biol Psychiatry 79(3): 243-250.
  • Samuni L, Preis A, Mundry R, Deschner T, Crockford C, Wittig RM (2017) Oxytocin reactivity during intergroup conflict in wild chimpanzees. Proc Natl Acad Sci U S A 114(2): 268-273.

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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