Cajal, tertuliano

cafe1«El café –escribió don Benito Pérez Galdós-  es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano. La mitad por lo menos de la historia española del último siglo se ha fabricado en los divanes de los cafés. Quitadles los divanes de los cafés al siglo XIX y ese siglo pasará a ser ininteligible». Cajal fue un enorme aficionado, toda su vida, a las tertulias, a esas reuniones de amigos —la peña— que dispuestos en torno a una mesa y unas tazas de líquido humeante hablaban de arte, de ciencia, de política, de lo que fuera, en condiciones ideales con amenidad y buen gusto.

Cajal consideraba las tertulias como un «oreo confortador», una forma de salir del laboratorio y evitar que el aislamiento terminase por causar daño al intelecto, un lugar de encuentro de mentes pensantes donde discutir los principales temas de actualidad, auspiciando un ocio enriquecedor y estimulante. cafes-tertulia-madrid-L-MH4HS4Decía así:

Estoy muy lejos de pretender que el hombre de ciencia sea un cartujo. Debe cultivar el Ateneo, la literatura y la tertulia del café.

Le gustaban las tertulias amplias, con gente diversa. En sus memorias plantea incluso que debe hacerse una selección de los participantes que garantice diversidad y buen ambiente:

En todas reuniones, para ser amenas y educadoras, deben figurar temperamentos mentales diversos y especialistas diferentes. Sólo los ricos, es decir, los escuetamente capitalistas y las malas personas serán cuidadosamente eliminados porque si los últimos causan disgustos, los primeros desimantan con sus groseros argumentos a ras de tierra a los inspiradores de altos ideales. La buena peña supone un atinado reparto de papeles.

Sabemos que durante su etapa en Cuba como médico militar dedicaba su ocio en Puerto Príncipe a recorrer cafés, casinos y tertulias caseras, acompañado por dos condiscípulos suyos Joaquín Vela y Martín Virie, arribados con él a la isla y asiduos contertulios de la peña del café del Caballo Blanco. En Valencia sabemos que acudía al Casino Militar, recomendado por varios tertulianos que se lo recomendaron por su afición al ajedrez. En Barcelona empezó asistiendo al Café de Pelayo, un lugar clásico con buenos camareros y grandes espejos. 43684219Era lugar de muchas tertulias, en particular de gente de las artes escénicas, aunque en la de Cajal predominaban los catedráticos de disciplinas científicas, como él mismo. Cuando se cierra el Pelayo, Cajal y su grupo se trasladan a un nuevo local situado en la Plaza de Cataluña, todavía sin urbanizar. La estructura cuadrangular de madera y cristal hace que aunque su nombre fuera el Gran Café del siglo XIX, los usuarios lo bautizaran como La Gàbia (La Pajarera). Es seguro que allí Cajal y sus amigos hablarían de la Exposición Universal en la que Cajal participó con una serie de preparaciones histológicas recibiendo una medalla de oro y su diploma correspondiente o de la publicación de un manifiesto de unos delegados que asistieron a un congreso constituyente de un partido que se denominó Partido Socialista Obrero Español.

Cajal se traslada a Madrid en 1892 y llega a la capital como un «provinciano laborioso y ávido de ensanchar los horizontes de su inteligencia» precavido al mismo tiempo de perderse en los innumerables y apetitosos núcleos intelectuales de aquella ciudad. Se calcula que en esa época Madrid –una ciudad con menos de quinientos mil habitantes- tenía unos 90 cafés, número  que había bajado a 75 en 1914, cuando Madrid alcanzó una población de setecientas mil almas. Don Santiago tuvo su primera tertulia en el café de Levante, situado en la calle del Arenal, cerca de la iglesia de San Ginés. Sin embargo no estaba muy a gusto con aquel grupo, eran la mayoría médicos a los que conocía del Cuerpo de Sanidad durante la guerra de Cuba y solo estaban pendientes de los movimientos de las escalas funcionariales, lo que Cajal denominaba el «escalafón maldito, destructor de todo estímulo noble y de toda ambición generosa».

Cajal se traslada al café Suizo, donde será durante lustros uno de los protagonistas de su tertulia. Este local, cuyo solar ocupa ahora el banco BBVA, estaba situado en la acera izquierda de la calle de Alcalá, en la esquina con la calle Sevilla y era sede de «banqueros, aristócratas y damas puritanas que después de escuchar el rosario en las Calatravas, cruzaban la calle para tomar chocolate con picatostes y bizcochos de sopillo». CAFE SUIZO grabado s XIX revista the newsTambién iban allí literatos, médicos, gorrones, duelistas, toreros y una representación del todo Madrid. El café fue fundado por los suizos Pedro Fanconi y Francesco Matosi que abrieron establecimientos de igual nombre en otras ciudades españolas. Era un local amplio, con capacidad para 500 personas, de elevadas columnas, elegantes espejos cubriendo las paredes, mesas de mármol y divanes rojos. Servían junto a los cafés o los chocolates unos bollos de leche que todavía hoy en día seguimos llamando «suizos».

Cajal se sentía a gusto en esta tertulia donde se comentaban los sucesos de la vida nacional, con fuertes críticas a la política del gobierno y a las arbitrariedades e injusticias de los caciques. Las polémicas se exacerbaron con la I Guerra Mundial a la que los tertulianos calificaron —y cito sus palabras— como «un choque entre oligarquías militares, todopoderosas, codiciosas de gloria y de dominio». Como es lógico, los miembros de las peñas tomaban bando y mostraban sus simpatías en los principales conflictos de cada momento. En el caso de la Gran Guerra, entre germanófilos por un lado y francófilos y anglófilos por otro. Benavente y Baroja eran, por ejemplo, germanófilos pero la mayoría de los científicos, a pesar del liderazgo de la ciencia alemana, eran partidarios de los aliados, considerados los defensores de la libertad individual. Cajal, a pesar de la admiración que tenía a Alemania y el agradecimiento a varios sabios alemanes por lanzar su carrera y valorar su investigación,  era un defensor de Francia por sus ideales revolucionarios y de Inglaterra por la seriedad en el trabajo de los británicos.

Los contertulios del grupo de Cajal eran políticos, literatos, médicos… De esa peña —contaba don Santiago con cierto orgullo— salieron catedráticos, rectores y ministros. Los temas eran enormemente variados, y se discutían en un ambiente apasionado pero con una mentalidad progresista e idealista y el respeto lógico entre caballeros, respeto que no excluía las bromas. Un ejemplo de ese humor lo cuenta el propio Cajal:

En nuestra peña —comentaba don Santiago—, traíamos a mal traer a cierto tomista defensor acérrimo de Aristóteles y de la Metafísica.
– Desengáñese usted —atajole un amigo nuestro bastante zumbón—, la Metafísica es el arte de patalear en las tinieblas.

Cafe suizo 3En el Suizo se celebró por primera vez en España —por lo que sabemos— la despedida del año. Tuvo lugar a las 12 de la noche del 31 de diciembre de 1856. Una compañía de teatro extranjera que actuaba en el Lope de Vega y una compañía de circo celebraban ellos y ellas el fin de año. Cuando se acercaron las doce empezaron a besarse unos y otras con admiración y envidia de los pollos madrileños que frecuentaban el local. Según el periódico La Discusión de 3 de enero de 1857:

Los pollos que contemplaban semejante escena, se volvían todo ojos y oídos, cada vez que resonaba el ósculo en las rosadas mejillas de las lindas muchachas. Los pobrecitos dejaban caer el ala y lanzaban el quiquiriqui…… y se estremecían de impaciencia, la mayor parte de esos pollos sensibles, se hallaban atacados de los nervios.

Allí estuvo la redacción del periódico Gil Blas. Por allí iba el famoso Lagartijo mientras que su rival, el no menos famoso Frascuelo iba al Café Imperial. Allí estuvo el Casino de Madrid y se conspiró por la Revolución y por la Restauración. Allí iba un aristócrata que había enseñado a su loro cuando alguien gritaba Viva el Rey Alfonso, a contestar «Vaya Usted al cuerno». BANCO DE BILBAOPero cuando cambió de chaqueta y se hizo alfonsino el loro le dejaba en mal lugar pues aunque intentó enseñarle un mensaje más acorde con los nuevos tiempos, el animal se negó a aprender una consigna diferente.  Frente al Suizo salía una línea de diligencias con servicios diarios a Andalucía, Burgos, Haro, Logroño, Vitoria, Bilbao y San Sebastián, y  era por tanto también un lugar de viajeros, de noticias, de encuentros y despedidas.

Un hombre como Cajal que renunció a su pasión por el ajedrez por el tiempo que le quitaba, era también riguroso y prudente con la seducción de la tertulia cafetera. Iba allí a tomar el café de sobremesa y la tertulia duraba una hora, sin alargarse más, volviendo de vuelta a sus quehaceres. Cajal, haciendo bueno aquello que decía Georges Courteline de «que se cambia más fácil de religión que de café», fue fiel a sus locales. Víctor Albéniz en su libro Aquel Madrid, 1900-1914 escribía «El sabio histólogo Cajal no faltó ni un solo día de su gloriosa existencia a su mesa del Suizo. Era este café verdadera institución que atraía con regularidad a sus clientes a la tertulia diaria».  De esta peña cuenta en sus memorias:

Yo debo mucho a la sabrosa tertulia del Suizo. Aparte ratos inolvidables de esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me corregí de algunos defectos.

En su vejez, cuando ya no se sentía con fuerzas para participar en las discusiones acaloradas del Suizo, exploró nuevos «territorios». Se le veía en el café del Prado, esquina a la calle del león y también de forma solitaria iba a La Elipa, junto a la iglesia de San José, un café pequeñito donde los camareros —esa maravilla de los buenos profesionales discretos y sencillos— montaban guardia para que pudiera leer tranquilamente la prensa sin que nadie le molestara.

Aún así, además de la tertulia, a Cajal le gustaba charlar con la gente sencilla del pueblo que entraba en el café: un labriego, una frutera, una vendedora que le ofrecía unas hierbas que eran mano de santo para curar el reúma. Le gustaba que la gente no le reconociera y cuando así sucedía, se empezaba a mover incómodo en la silla, miraba azorado y terminaba por irse.

Fornos 1Había en la misma época otras tertulias con excelente nivel. El café de Madrid, también situado en la calle Alcalá, y el Fornos, frente al Suizo, eran frecuentados por Baroja, Unamuno, Valle-Inclán, el pintor Sancha y otros.  Su influencia fue clave sobre el desarrollo de la vida cultural y política de la capital y a través de ella de todo el país. Valle-Inclán decía «las peñas de café han ejercido más influencia en la vida cultural y artística que dos o tres Universidades y Academias».

En el ambiente machista de la época, las tertulias eran exclusivamente masculinas pero fueron años de una nueva concienciación de la mujer que cada vez con más contundencia fue reclamando sus legítimos derechos y acabar con los ámbitos exclusivos del hombre. Según Enriqueta Lewy «el Suizo se hizo tan popular que un grupo de damas montó a su lado un pequeño Suizo, llamado Suicillo. Fue uno de los primeros salones de té feministas de la ciudad del Oso y del Madroño».

Uno de sus libros, Charlas de café,  es el resultados de aquellos miles de horas de tertulia. Cajal las califica como fantasías y bagatelas pero ayudan también a hacerse una idea de sus pensamientos, su filosofía y el ambiente de la época.29997782 A raíz de esta obra se suscitó una polémica entre Unamuno y Marañón. Marañón consideraba que es «el hombre de la calle quien hace la historia, y el del café, fundamentalmente antihistórico, la envenena. Desdichadamente, —comentaba Marañón— la obrita de Cajal había sido titulada así: Charlas de café. ¿Y por qué «desdichadamente»? Respondía Unamuno. Si son eso, «charlas de café». Si Cajal llevó siempre dentro de sí al hombre de café, al que no logró, afortunadamente, ahogar la investigación histológica. Cajal —escribe Unamuno— es un poeta, un creador de ciencia». Y para él ese ambiente creativo es el del café, el de la tertulia. Quizá Cajal sentiría, como el poeta T.S. Eliot, que podría medir su vida en cucharillas de café.

 

Para leer más:

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “Cajal, tertuliano”

  1. Encantador artículo dentro de esa admirable saga que está publicando sobre el no menos admirable personaje, amante de la vida y comprometido con sus conciudadanos y su tiempo. Gracias por mostrarnos su ejemplo, y ojala ilumine y estimule estos lamentables tiempos en los que tan en retroceso están los valores por los que luchó nuestro único Nobel de las ciencias. (Para mí, mi paisano Ochoa es un Nóbel “made in USA”)

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    1. Muchas gracias.
      Don Severo recibió el premio Nobel por un trabajo realizado en Estados Unidos, con un equipo estadounidense y él mismo tenía nacionalidad americana. También es cierto que era nacido en España y que aquí inició su carrera investigadora. Pero sí, con sus defectos también, yo creo que Cajal era admirable y un ejemplo. Gracias y un fuerte abrazo

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