cajal09Santiago Ramón y su futura esposa, Silveria Fañanás García, se conocían de vista desde niños, de cuando él estudiaba el bachillerato en el Instituto de Huesca. Sin embargo, su fama de estar siempre metido en líos, peleas a pedradas, barrabasadas e incluso problemas con la autoridad que le tuvo, con la anuencia de su padre, tres días en el calabozo hicieran que no fuera una compañía muy recomendable.

Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían dormir la siesta, habíanle dicho pestes de Santiagué, el chico del médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a correr despavorida, hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.

Cuando se volvieron a encontrar años más tarde, la situación era muy distinta: ella era una guapa moza y Cajal vivía un momento personal y familiar complicado. Su salud, gravemente afectada en Cuba era muy frágil y había tenido que pasar varios meses en los balnearios de Panticosa y San Juan de la Peña intentando recuperarse de una grave afección pulmonar. Se había visto en riesgo de muerte y, por primera vez, se sintió abatido y desesperanzado.
Había terminado el doctorado pero solo con una nota media de aprobado, lo que había generado un profundo disgusto de su padre, Justo Ramón, y además, había suspendido las oposiciones a las cátedras de Anatomía de Zaragoza y Granada, aumentando aún más la decepción de su progenitor. De nuevo en contra de su padre, se negó a hacerse cargo, por dos veces, de una plaza de médico en sendos pueblos que D. Justo le había gestionado y se presentó, en contra de la opinión de él, a las oposiciones de director de los museos anatómicos de la Facultad de Medicina de Zaragoza, plaza que ganó aunque estaba muy mal pagada.

Silveria Fañanás tenía 24 años cuando se hizo novia de Santiago Ramón. Era oscense y huérfana de un modesto empleado de las oficinas del Gobierno Civil. Su historia fue un flechazo. cajal_novia_255Cajal coincidió con ella un día en su pensión y la encontró enormemente parecida a «cierto grabado alemán que yo había admirado mucho y que representaba la Margarita de Fausto», una estampa que para él era una representación de la hermosura de la mujer. Tenía una belleza acorde a los gustos «guiris» de Cajal quien tuvo siempre predilección por las blondas y escribió de ella:

Me atrajeron sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes, con largas pestañas, y la frondosidad de sus cabellos rubios.

Silveria, además de amarle, hizo algo aún más importante: creer en él, apoyarle incondicionalmente y alentar sus sueños y sus ambiciones. cajal_familia_255-cortadoLa boda no contó con el beneplácito familiar y fue calificada de locura por amigos y familiares. Testarudo siempre, Santiago prosiguió con sus planes y se casó con Silveria en la iglesia  de San Pablo de Zaragoza, el 19 de julio de 1879. El padre de Cajal, más cabezón aún que él, no asistió a la boda y probablemente impidió que lo hicieran también su mujer y sus hijas. Así que el único familiar que acompañó a Santiago fue su mejor amigo, su hermano Pedro, que acababa de volver de sus peripecias latinoamericanas y estaba estudiando medicina en Zaragoza. Fue una boda sin celebración ni público, pues eligieron una hora muy temprana para librarse de los curiosos.

Al menos fallaron las agoreras profecías de sus familiares y amigos sobre el resultado de aquella boda; ni Cajal murió, como presagiaba su padre, ni fracasó profesionalmente, como anticipaban sus amigos. Los cuidados de su mujer fueron decisivos en la recuperación de la salud y los cuatro primeros años tras la boda registraron una actividad arrolladora. Como era la tónica en aquel final del siglo XIX, doña Silveira se subordinó totalmente a la carrera de su esposo y no cayeron en los problemas que según Cajal surgían «cuando la compañera se erige, como vemos a menudo, en director espiritual de la familia y organiza por sí el programa de las actividades y aspiraciones del cónyuge».  En sus memorias son constantes las expresiones de cariño y gratitud hacia ella:

Mi compañera, con sus abnegación y modestia, su amor al esposo y a sus hijos y su espíritu de heroica economía, hizo posible la obstinada y obscura labor del que escribe estas líneas.

cajal_familia21La vida de pareja transcurría sencilla, ordenada y laboriosa. Para Cajal, el matrimonio significa tranquilidad para el estudio, tener un campamento base donde instalar un laboratorio, y poder desentenderse de todos los problemas logísticos asociados a la soltería incluidas —como señala su hermano— las urgencias sexuales. Su actividad, en ese ambiente favorable fue incesante: atiende sus tareas de director de los museos anatómicos, monta una academia particular de anatomía para conseguir algunos ingresos extra; fabrica junto a Silveria placas fotográficas que los aficionados les quitan de las manos; aprende a traducir el alemán científico; estudia las publicaciones y libros de histología y micrografía que va consiguiendo; lee las revistas científicas a las que se va suscribiendo, comprobando algunos de los hechos descritos; aprende a grabar y mejora su preparación de cara a las oposiciones, poniéndose al día de las últimas teorías científicas y filosóficas.

Mientras tanto, Silveria, de carácter retraído, poco sociable y un tanto arisca, llevaba las riendas del hogar y empezaba a traer hijos al mundo. Trabajadora, sumisa, enamorada de su marido y ahorradora hasta extremos incómodos se preocupaba de hacerle la vida lo más agradable posible, intentaba rodearle de comodidades, vivía pendiente de sus gustos, le hacía sentir su admiración, le dejaba aislarse y concentrarse en su trabajo y le mostraba una fe ciega en su éxito. Cajal tenía una mentalidad machista, la típica de la época, y  sus pensamientos al respecto se conocen bien tanto por su participación en una antología titulada La mujer compilada por la socialista y feminista Margarita Nelken como por la presencia de numerosas notas manuscritas relacionadas con el tema. En sus notas  —según recogen Durán y Alonso— Cajal dice que:

La mujer es más feliz que el hombre: vive más, no tiene cuidados, descansa en la fe, no ha leído a Kant, ni a Darwin, ni a Krause, ni a Schopenhauer, y mira su muerte como una resurrección. Luego es más lista que nosotros, cuya curiosidad fisiológica y científica nos hace desdichados.

Esa visión machista es aún más drástica cuando expone su visión negativa sobre el matrimonio:cajal_familia11

La mujer solo nos hace felices en el noviazgo, antes de conocer prácticamente el amor y sus desdichadas consecuencias; porque la realidad mata la ilusión y con ella la felicidad… La mujer se casa por estar bien o mejor; el hombre por satisfacer sus instintos sexuales… A la mujer no le cuesta trabajo ser fiel; pero, por si acaso aliméntala y vístela bien. La virtud y la hermosura no deben ponerse a pruebas demasiado duras.

O peor aún sobre qué atrae a las mujeres:

Aún en las mujeres más virtuosas, el amor se compone de tres ingredientes: 50 por ciento de interés, 30 por ciento de atracción sexual y 10 por ciento de admiración al talante, a la nobleza y energía del carácter. Todo lo demás suele ser literatura.

Sin embargo, ese machismo no le impide reconocer la importancia de abrir la mujer a la educación y en su preocupación constante por alcanzar el nivel científico y cultural de otros países, las «venturosas naciones del Norte», uno de los factores que nos diferenciaban negativamente era la escasez de mujeres españolas cultas y bien formadas. Cajal expresa su «admiración, no exenta de envidia» por los matrimonios de científicos que trabajan codo con codo. curie_marie_pierreAsí, elogia a «la mujer sabia, colaboradora en las empresas científicas del esposo» y cita, además del caso de los esposos Curie, a tres ejemplos «admirables» en el ámbito de la investigación sobre el cerebro: los Déjerine, los Nageotte y los Vogt.

Su propia realidad no podía ser más distinta. Silveria Fañanás era la típica ama de casa, volcada en su marido y sus hijos, encargada de administrar la economía de la familia numerosa y según Durán y Alonso sin cualidades especiales:

Ya que no para el marido, para los demás resultaba Dª. Silveria mujer seca y antipática. Tenía frecuentes salidas que rozaban en incorrección, por ser persona de las que dicen las verdades descaradamente, sin paliativos. Fue muy hogareña, trabajadora y hacendosa, pero de escasa o, mejor, nula cultura.

Sin embargo, en los escritos de D. Santiago lo que se trasluce es devoción por ella. Cajal pone con agrado en boca de «cierta dama de mucho talento» la frase de «la mitad de Cajal es su mujer». Doña Silveria «aceptó de buen grado el ideal de su marido» y aparece como su consejera en los momentos más delicados como en el viaje al Reino Unido en el que «la entereza de mi mujer, que me aconsejaba aceptar a todo trance la invitación… acabaron por decidirme». También fue clave en mantener la economía doméstica a flote y en permitir algunos quebrantos en ella para reforzar las posibilidades de la investigación de su marido. En la época de Barcelona cuando se produce el despegue científico de Cajal, éste hace alguna apuesta importante, como el lanzamiento de una revista que él mismo edita y publica a sus expensas y que reparte entre los investigadores extranjeros para difundir sus resultados. Aquello acabó con todos los márgenes de la familia. Cajal lo cuenta así:

Ante aquella racha asoladora de gastos, mi pobre mujer; atareada en la cría y vigilancia de cinco diablillos (durante el primer año de mi estancia en Barcelona nació un hijo más) resolvió pasarse sin sirvienta. SILVERIAAdivinaba sin duda, en mi cerebro, la gestación de algo insólito  decisivo para el porvenir de la familia y evitó discreta y abnegadamente todo conato de rivalidad o competencia entre los hijos de la carne y las criaturas del espíritu.

El matrimonio Cajal trabajaron juntos (el caso de las placas fotográficas es un buen ejemplo); disfrutaron juntos, en particular los viajes, y criaron a sus siete hijos. Una historia muchas veces repetida sobre Cajal es la de sus infidelidades y su afición a las prostitutas. En una entrevista, su nieto Santiago Ramón y Cajal Junquera dice así:

¿Putañero? Son cosas que han escrito Umbral y otros y que hace gracia. Mi bisabuelo montó un estudio de fotografía en la Calle del Príncipe y decían que allí llevaba mujeres de todo tipo; de ahí nace parte del equívoco.  

Durán y Alonso lo explican de esta manera:

Allá por los comienzos del siglo, cuando estaba en la plenitud de su vida y en el apogeo de su gloria, le fueron posibles fáciles conquistas, más todavía si pensamos en su estudio fotográfico de la calle del Prado, que con discreción le brindaba la disculpa de fotografías artísticas o en colores; pero demasiado grande para complacerle fáciles conquistas y demasiado tímido para provocar una pasión, de haber deslices no pasaron de aventurillas rápidas e intrascendentes, que ni le quitaron la tranquilidad ni amenazaron la paz del hogar….

España-redLuis Calvo en una entrevista con Manuel Vicent publicada en El País contaba la siguiente anécdota:

a don Santiago Ramón y Cajal, yo lo he visto hacer cola en una casa de mamonas de la calle de Lope de Vega con una chapa de latón en la mano, esperando el turno. Un día este Santiago Ramón y Cajal que ves aquí [su retrato aparecía en la portada de una revista] se acercó a un jovencito que se llamaba Antonio Díaz Cañabate y le preguntó oiga pollo, ¿qué número tiene usted? El siete. ¿No le importaría cambiármelo? Mi chapa es la 49 y llevo mucha prisa. 

Se ha dicho también que Cajal sacrificó el bienestar de su familia por el egoísmo de seguir impulsando su trabajo científico. La familia, y en concreto su hijo Luis lo negó rotundamente «No sacrificó a nadie porque vivíamos bien y mi madre tenía más de lo que deseaba. Tanto mi madre como mi padre dejaron en sus testamentos dinero para becas y premios a estudiantes necesitados».

Doña Silveira mantuvo su amor por D. Santiago hasta su muerte en agosto de 1930 sin que —según López Piñero— ni siquiera Santiago Ramon y Cajal's tomb, Madrid - 02fuera desplazado por el de sus hijos, con los que parece que fue demasiado seca. Cajal -dejando de lado la estimación que podamos hacer de sus posibles actividades extramatrimoniales- estuvo al lado de su mujer durante toda la vida y en sus últimas disposiciones testamentarias, dictadas un año antes de su fallecimiento pidió que así siguiera siendo después de fallecer:

Entiérrenme, a ser posible, junto a mi esposa —que había permanecido católica— y si no, en el cementerio laico, junto a Azcárate.

Su deseo se cumplió y fue enterrado en el cementerio de la Almudena, junto con Silveria y su hija Fé.

 

Para leer más:

  • Durán Muñoz G, Alonso Burón F (1983) Cajal. Escritos inéditos. Ed. Científico Médica, Barcelona. (p. 103)
  • Ferrer D (1989) Cajal y Barcelona. Fundación Uriach 1838, Barcelona.
  • Ramón y Cajal L (1984) El Médico, pág. 43.
  • Ramón y Cajal S (1981) Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica. Alianza Universidad, Madrid.
  • Ramón y Cajal S (2007) Mi infancia y juventud. El mundo visto a los ochenta años. Ed. Prames, Zaragoza.
  • Vicent M (1981) Maldades, ternuras y otros duendes de Luis Calvo. El País http://elpais.com/diario/1981/07/11/sociedad/363650401_850215.html