A Fernando Leal, porque con unos pocos más como él, el Mundo sería mucho mejor.
Mike Gazzaniga es un investigador norteamericano, catedrático de Psicología en la Universidad de California Santa Bárbara donde dirige el Centro SAGE para el Estudio de la Mente. Gazzaniga ha aportado mucho a lo largo de su carrera, más de cincuenta años, sobre la estructura y función del cerebro, en particular la especialización de los hemisferios.

 

Él cuenta que cuando era estudiante de secundaria empezó a seguir con interés unos estudios de Neurociencia que se realizaban en el California Institute of Technology, el famoso Caltech, que parecían indicar que las neuronas en desarrollo del cerebro no estaban homogéneamente dispersas sino que se agrupaban en zonas concretas del encéfalo. Tenía interés en estos estudios por dos razones:

Uno, estaban en contra de la ciencia establecida en el momento que consideraba que las funciones cerebrales, la memoria es un buen ejemplo, estaban distribuidas de una manera bastante homogénea por todo el cerebro y no concentradas en áreas determinadas. Y dos, su novia acababa de aceptar un trabajo para el verano al lado de Caltech y poder hacer algo en aquellos laboratorios era la excusa perfecta para verla y … ejem, digamos aprender un poco de anatomía comparada cuando saliera de trabajar. Además, luego lo pasó genial en el laboratorio. Así que ese es el primer mensaje a los estudiantes con vocación por la investigación, vamos a llamarle de una forma humilde, la primera ley de Alonso para jóvenes científicos “El trabajo y el placer se pueden combinar y, a veces, el trabajo es placer.”

Mike decidió hacer algo que a nuestros estudiantes parece que les da miedo, escribir al jefe de aquel laboratorio de primer nivel, Roger Wolcott Sperry, un neurobiólogo de talla internacional, explicándole su interés en trabajar con él y, enfatizando el punto uno de los dos anteriormente expuestos. Gazzaniga le preguntó directamente “¿Podría aprovechar a un alumno este verano en su laboratorio? La respuesta fue “claro que sí”. Así que un segundo mensaje, lo que vamos a llamar segunda ley de Alonso es “Tírate a la piscina, nadar es una gozada. Si antes has comprobado que tiene agua, mejor”. Escríbele a la persona con la que soñarías trabajar, explícale el porqué tu interés en hacerlo, dile porqué te gusta tanto su trabajo, coméntale que estás dispuesto a trabajar de día y estudiar de noche y reza, aunque no creas en ello, a tu santo favorito. Piensa que daño no te va a hacer y como decía Niels Bohr sobre las herraduras de la suerte “me han dicho que funcionan aunque no creas en ellas.” La segunda parte, lo de comprobar que tiene agua se refiere a no ir a un sitio donde no se hace nada o donde lo que se hace es de baja calidad. Averigua un poco y con discreción sobre el laboratorio que te interesa. Sperry fue premio Nobel en 1981 confirmando que Gazzaniga supo elegir y que los mejores investigadores son amables y abiertos. Los tiranuelos son normalmente unos mediocres.

En Caltech, ese verano al terminar la secundaria, entre las opciones disponibles, descubrió un tema que le apasionaría toda la vida: los pacientes con el llamado “cerebro dividido”. Tercer mensaje, sí, tercera ley de Alonso “Elige un buen árbol, uno que te guste, y dale con el hacha hasta que lo tumbes.” Alguna vez he comentado que la epilepsia es como una tormenta eléctrica que surge en algún punto concreto del cerebro, el foco epiléptico, y se extiende como si fuera un incendio por grandes áreas de tejido nervioso. Si vemos el cerebro desde arriba, se ven con claridad los dos grandes hemisferios cerebrales prácticamente simétricos. Si los separamos con cuidado, —niños, este experimento sí que podéis hacerlo en casa, pidiendo a vuestra mamá que os traiga unos sesos de cordero enteros de la carnicería— podéis ver que en la zona central hay una cintilla blanca, el cuerpo calloso, que une ambos hemisferios. Esta cinta es un conjunto de miles de cables que conecta lo que hace y sabe un hemisferio con lo que hace y sabe el otro. Sorprendentemente para lo que parece una importante vía de conexión, se conocía desde el siglo XIX que la atrofia del cuerpo calloso no iba asociada a trastornos mentales, pérdida de algún sentido o dificultades de movimiento. William Ireland escribió  en 1886

“He visto tres casos donde el cuerpo calloso había desaparecido del todo, sin ver ningún problema mental o defecto del intelecto durante sus vidas y sin ninguna manifestación de una doble personalidad. Parece, por lo tanto, imposible evitar la conclusión de que los dos hemisferios del cerebro pueden llevar a cabo sus funciones habituales sin esta estructura, que sirve para unirles, pero cuyas otras funciones son desconocidas.”

Otros médicos no estaban de acuerdo y describían personas con agénesis (falta desde el nacimiento) o lesión del cuerpo calloso, como débiles mentales o “retrasados”.

Puesto que si un paciente epiléptico tenía fuertes ataques que se extendían por todo el cerebro, al otro hemisferio, pasando a través del cuerpo calloso, una estrategia que se puso en boga fue cortar esa cinta. De hecho, se llegó a decir que la única función del cuerpo calloso era transmitir los ataques epilépticos de un hemisferio a otro.  Otros decían que solo valía para que los hemisferios no se desplomaran. La realidad es que los pacientes epilépticos, tras la cirugía, tenían ataques menos potentes, porque medio cerebro estaba aislado de la tormenta eléctrica y aparentemente estas personas no mostraban ningún trastorno.

Aunque esa era la verdad oficial, Gazzaniga no lo tenía claro. Un cuarto buen consejo para los jóvenes, cuarta ley: “Porque lo ponga un libro, no tiene por qué ser cierto.” La ciencia avanza corrigiendo lo que ponen los libros y eso tiene un segundo aspecto positivo: que escritores y editores podemos sacar nuevas ediciones “corregidas y aumentadas” y seguir haciéndonos multimillonarios.

Gazzaniga revisó la biblioteca y encontró que el estudio más exhaustivo lo había hecho un cirujano en la Universidad de Rochester. Quinta ley: “Lee y explora. Hay selvas desconocidas y tesoros escondidos esperando un valiente que se atreva a entrar en una biblioteca”. Mike decidió hacer unos experimentos por su cuenta y escribió al cirujano que había tratado a esos pacientes, 26 en total, para pedirle permiso para hacer unas pruebas colaborando con él. Sexta ley de Alonso “Busca buenos socios, el mejor laboratorio puede ser un Airbus 340”. Es decir, no puedes tener todos los aparatos, maestría en todas las técnicas, saber de todo. Busca quién es el mejor, escríbele o llámale, agarra el avión y vete a hacerlo con él (o ella). Tras recibir el ok, cogió sus trastos y se fue allí en las vacaciones de primavera, nuestra Semana Santa. Séptima Ley de Alonso “El tiempo libre no significa siempre tiempo de no hacer nada o solo hacer el idiota” Como dice la Octava Ley de Alonso de consejo a los jóvenes con vocación científica “Unas veces se gana y otras se pierde” , no siempre las cosas funcionan como uno quisiera porque cuando Mike llegó, cargado con sus bártulos, después de haber hecho un largo viaje, el cirujano había cambiado de idea y no le dejó hacer nada. Vuelta a casa desanimado y masticando rabia. Novena ley “Hay tontos y malvados, pero no todos lo son”.

Los americanos tienen una primera titulación universitaria de dos años, el College. En cuanto terminó esos dos años, Gazzaniga se plantó de nuevo en Caltech deseando seguir con la investigación y seguir colaborando con Sperry. Décima ley “Sé constante y persistente. Tras ganar el primer asalto, vete a por el segundo.” Allí fue muy bien recibido de vuelta lo que nos permite enunciar la undécima Ley de Alonso “No cortes el cordón umbilical. Lo puedes necesitar” Deja amigos en los laboratorios donde pases, agradece a los que te han ayudado, mantén los contactos, que no tengas que pedirles un favor años después cuando no has dado ninguna señal de vida desde que te fuiste de allí. Como contaba uno de sus compañeros “Aquí aparece este junior que acaba de salir del college, sabe todo lo que hay que saber sobre los pacientes con el cerebro dividido y está listo para hacer una investigación original. A los 20 años.” No había ni siquiera empezado el segundo ciclo universitario. Duodécima ley de Alonso “La investigación se inicia con ganas, trabajo e ideas, no con títulos firmados por el Ministro de Educación”.

Caltech tenía que ser un sitio espectacular en aquellos años, una mezcla entre el camarote de los hermanos Marx y la NASA. Allí estaba Richard Feynman, el premio Nobel de Física que preparaba clases y experimentos en un puticlub y fue elegido percusionista de una escola de samba en Brasil. Linus Pauling que viendo salir a un estudiante de Sperry a cuatro patas porque se le había escapado un gato y le perseguía, comentaba gélidamente“¿Por qué no tratas de anestesiar un flan de gelatina en vez de a ese bicho?” Linus Pauling es una de las pocas personas que han recibido dos premios Nobel aunque él decía que esto era más fácil que conseguir el primero porque en el primer premio, es una posibilidad entre miles de millones (las personas del Globo) mientras que el segundo es una entre cientos, las personas que han recibido un premio Nobel antes). Por supuesto es una broma porque los miembros del comité Nobel no eligen entre los receptores del premio para el segundo Nobel sino nuevamente entre toda la población humana, por lo que la posibilidad de un segundo premio Nobel —si se sorteara como en una tómbola, algo que solo sucede a veces— es la posibilidad de un premio (uno entre 7.000 millones) por la posibilidad de un premio (uno entre 7.000 millones o lo que es lo mismo 1/7 x 109), una cantidad infinitesimal (1/49 x 1018). Una decimotercera Ley “Haz bien los números y las cuentas. No les tortures para que digan lo que tú quieres oír”.

En los siguientes años, Gazzaniga, Sperry y Joseph Bogen, un neurocirujano, realizaron experimento tras experimento, tanto con personas como con animales, y publicaron mucho de lo que sabemos sobre la especialización de los hemisferios. La decimocuarta ley de Alonso es muy conocida “La investigación que no se publica es como que no se ha hecho.” Es posible que nos hayamos ido en el mundo académico al extremo opuesto, publicar como un fin en vez de cómo un medio de difusión del conocimiento (“publica o perece”) pero aunque sea por honradez con la sociedad que financia la investigación hay que publicar lo que se ha hecho, y publicarlo en la mejor revista posible. No por motivos curriculares, que también, sino porque sigue siendo una de las mejores garantías de calidad que tenemos: las mejores revistas publican la mejor investigación. Y el argumento del mediocre de que las buenas revistas a veces publican mierda y a veces hay maravillas en revistas de mierda, aun siendo cierto, suena demasiado a intentar tapar las propias vergüenzas.

Para entender cómo trabajaban los dos hemisferios, un ejemplo del tipo de trabajo que desarrollaron Gazzaniga y era mostrar una foto de algo, una bicicleta, solo al hemisferio derecho. Cuando les preguntaban qué habían visto, la respuesta era “nada” porque las zonas encargadas del lenguaje y el habla están en el hemisferio izquierdo, y no recibían información del hemisferio derecho, que era el que había visto la foto de la bicicleta. Pero les decían “dibuja algo” y el paciente dibujaba una bicicleta, porque el hemisferio derecho “la tenía en mente” y podía controlar la mano que dibujaba.

Gazzaniga y sus chicos diseñaron un experimento para ver cómo el cerebro integraba la información. El sujeto del experimento, un gato anestesiado. La técnica, electrofisiología, colocar un electrodo, un fino alambre que recoge las señales eléctricas del cerebro y las lleva a un amplificador; un sistema de registro y almacén para guardarlas y estudiarlas después; un sistema de seguimiento, algo tan sencillo como llevar las oscilaciones eléctricas a un altavoz que convierte esas señales amplificadas en chispazos y zumbidos. Gazzaniga fue bajando poco a poco su electrodo hasta el cuerpo calloso la zona de conexión entre los dos hemisferios, las dos mitades del cerebro para oír la “conversación” que mantienen esas dos partes y que hacen que nuestro cerebro funcione como una unidad. Era el momento de ver cómo se comunicaban las dos hemisferios, como se hablaban uno a otro, en qué momento y con qué intensidad se producían zumbidos, la señal de que una corriente eléctrica estaba pasando de un hemisferio a otro. Pero en vez de zumbidos apareció algo muy distinto a lo esperado. De repente, el amplificador empezó a emitir un ruido, los tres científicos que estaban en el quirófano arrimaron la cabeza para oírlo mejor y súbitamente el ruido se convirtió en sonido, alto y claro “We all live in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine ….”  El sistema de registro había captado la señal de una emisora de radio y en vez de oír los sonidos misteriosos del cerebro, la música de los Beatles llenó la sala de operaciones. La decimoquinta ley es “No te fíes de los resultados iniciales hasta que los hayas comprobado.” Repite las veces que haga falta y más, cambia las condiciones, haz buenos controles.

El grupo de Mike Gazzaniga siguió trabajando en la misma dirección. Nuevos experimentos mostraron que medio cerebro, el hemisferio derecho podía identificar correctamente objetos por el tacto. Les ponían imágenes de un objeto y tenía que elegirle entre dos en una mesa (por ejemplo, un cepillo de dientes y una cuchara) El consejo al joven científico sería explota el éxito, aprovecha que eres el que está en la frontera. No vayas de flor en flor, si has encontrado algo bueno, machácalo y llévate todos los peces si fuiste tú el primero que echó la red. La decimosexta Ley por tanto queda formulada: “Si encuentras un buen filón, aprovéchalo al máximo. No esperes a que se agote para empezar a buscar uno nuevo.”

De estos experimentos del cerebro dividido surgió una idea: ambos hemisferios eran distintos y podían separarse uno de otro sin una pérdida clara de inteligencia. Con respecto a las funciones asumidas parecían ser diferentes: el hemisferio izquierdo era el intelectual, el racional, mientras que el derecho era el artista, el experto en relaciones visuo-espaciales. Estos resultados dinamitaron la idea mantenida hasta entonces de que las funciones cerebrales estaban ampliamente dispersas por el cerebro, con una distribución uniforme y llevaron al lenguaje cotidiano cosas como la dualidad cerebro izquierdo/cerebro derecho, la existencia de personas con un predominio de uno u otro hemisferio y  la existencia de funciones que requerían un esfuerzo asimétrico, más de un hemisferio cerebral que del otro. Los distintos experimentos, las distintas piezas fueron cuadrando, la información fue completándose y de todo eso, Gazzaniga formuló un nuevo modelo conceptual. De hecho, ni siquiera era unitario un hemisferio, cada uno estaba compuesto de módulos encargados de funciones concretas, de identificar el significado de una palabra a producir un tono perfecto en una nota. Una nueva concepción del cerebro había nacido. No era una división del trabajo entre dos copilotos, los hemisferios derecho e izquierdo eran redes ampliamente distribuidas que generaban una integración de diferentes voces, algo así como una Bolsa de valores donde un griterío de distintos “módulos” genera un resultado común: sube o baja el precio de cada uno de los valores. En estos tiempos, donde a menudo los investigadores parecemos coleccionistas de sellos, Gazzaniga dio un salto hacia delante, juntó todas sus observaciones, todos sus experimentos en una explicación integrada y coherente. La decimoséptima ley sería así: “No te quedes en acumular datos, plantea una teoría.”

Pero esa teoría, la del cerebro dividido, chocaba con lo que todos sentimos: que somos una entidad única, que solo tenemos una personalidad, una forma de ser, un estilo de trabajar, un cerebro, Gazzaniga entonces, sin abandonar lo que sabía ni su laboratorio ni su forma de trabajar, rompió barreras y exploró nuevos territorios. Se alió con el psicólogo y lingüista George A. Miller y de ese intercambio de ideas, comparación de resultados, búsqueda de interrogantes y respuestas comunes surgió una nueva disciplina: la Neurociencia cognitiva, un territorio de confluencia e intercambio fructífero entre la Neurobiología y la Psicología. La siguiente ley, la decimoctava es “La ciencia no tiene compartimentos estancos, explora las fronteras de tu disciplina. Intenta ser multidisciplinar.”

Quizá es el momento de contar otro experimento de Gazzaniga. Junto con un estudiante de doctorado, Joseph LeDoux volvió a trabajar en los pacientes con el cerebro dividido. A uno de ellos le enseñaron dos fotos, una era una pata de pollo, que es lo que vio su hemisferio izquierdo (la vía visual se cruza) y la otra un paisaje nevado que solo vio su hemisferio derecho. Entonces le mostraron un taco de imágenes para que eligiera cuál encajaba mejor con lo que había visto. Escogió un gallo y una pala. Hasta aquí todo bien.

Pero entonces, y fue quizá el mejor éxito de su carrera, Gazzaniga le preguntó la razón de haber elegido esas dos fotos. El hombre contestó con rapidez a la primera imagen: el gallo va con su pata. Su hemisferio izquierdo, el racional, había visto la pata. Pero ese hemisferio no había visto la imagen de la nieve, solo había visto la imagen de la pala. Mirando esta foto, el hombre contestó: Y necesitas una pala para limpiar la mierda que dejan los gallos en el gallinero. La decimonovena ley es “Una buena pregunta es lo más importante de una investigación.”

El hemisferio izquierdo se estaba inventando una explicación. Otros experimentos confirmaron lo que se puede deducir de este sorprendente resultado. El hemisferio izquierdo toma la información que tiene, sea lo que sea, y prepara un relato coherente para nuestra interpretación consciente. Es algo que sucede continuamente en nuestras vidas, poner la televisión, ver una película empezada y aventurar qué es lo que está pasando, cuál es la idea del argumento, llenar nosotros mismos los huecos en la historia. Esa cacofonía cerebral de voces discrepantes compitiendo entre ellas parecen coherentes porque algún módulo o red genera un relato con todas ellas. Es lo que Gazzaniga llama “el Intérprete” del hemisferio izquierdo.

Mike Gazzaniga, como casi todos los buenos investigadores, dedicó una parte importante de su tiempo fue a la gestión. Fue miembro del Comité de Tecnología del Congreso de los Estados Unidos, asesor del Presidente en la Consejo de Bioética y director de la Fundación Neurociencia y Ley. La vigésima ley dice: “Si quieres que las decisiones políticas te gusten, participa. Si no lo haces, no te quejes.” Gazzaniga ha tenido seis hijos, no sé si con la misma mujer que le llevó, indirectamente, a CalTech. Esa sería la vigésimoprimera ley de Alonso: “Hay tiempo para todo. Y la familia es parte importante de ese todo. Y el amor, a tu pareja, a tu familia, a tus amigos, a tu trabajo, a la Ciencia es, quizá, la parte más importante.”

El Intérprete podía llamarse también El Guionista, el Cuentista, el que todo lo arregla. Se encarga de crear un discurso coherente, de ajustar nuestras ideas a lo que realmente ha pasado, de salvarnos el culo con nosotros mismos. Si hemos fallado a un amigo, el Intérprete nos convencerá de que no era tan buen amigo, que de alguna manera lo merecía, que nosotros lo avisamos, que realmente no fue una traición sino algo necesario, cualquier cosa que nos deje más a gusto con nosotros mismos. Corregimos nuestra memoria, le hacemos decir cosas que no dijo, subrayamos sus flaquezas y nos convencemos de que no fue el amigo que sí era para podernos mirar a la cara. Así de bueno es el Intérprete del hemisferio izquierdo. Dicen que nunca descansa, quizá solo cuando dormimos. Quizá por eso Goya dibujó “el sueño de la razón produce monstruos”. Así que la vigésimosegunda y última ley es “Se justo, sé honrado, sé bueno” Seguro que se pueden añadir más, pero creo que estas ideas intentadas explicar con humor no son mal consejo para un joven científico.

Para leer más: