El experimento de la nube de azúcar

El experimento de la nube de azúcar fue un estudio sobre el retraso en la gratificación y la capacidad de autocontrol que fue realizado bajo la dirección del psicólogo Walter Mischel, profesor de la Universidad de Stanford. En este test se le ofrece al niño la posibilidad de elegir entre una recompensa pequeña pero inmediata, o una recompensa mayor si espera un poco. El investigador pone delante del niño un dulce, le dice que si no se lo come en un periodo determinado le dará dos, sale de la habitación y luego regresa. A lo largo de los años se fueron estudiando diversos aspectos como la estimación de tiempos y el retraso de las recompensas, las estrategias de resistencia ante la tentación y los efectos de las alteraciones psicológicas sobre el autocontrol. Se considera un estudio pionero en el ámbito del comportamiento social.

El primer experimento fue realizado por Walter Mischel

Walter Mischel

y Ebbe B. Ebbesen en 1970. Los participantes fueron 32 niños, 16 niños y 16 niñas, que asistían a la guardería de la universidad de Stanford. Las edades de los niños iban de tres años y seis meses a cinco años y ocho meses, con una media de cuatro años y seis meses. Tres niños fueron eliminados porque no comprendieron las instrucciones dadas por los experimentadores. Los niños fueron llevados a una habitación, vacía de distracciones, donde se colocó una golosina de su elección (dos galletas de animales o cinco palitos salados) sobre una mesa. Los investigadores les hicieron saber a los niños que podían comer aquella tentación, pero que si esperaban 15 minutos sin hacerlo, serían recompensados con una recompensa doble. Los resultados indicaron exactamente lo contrario de lo que se predijo originalmente. En lugar de que las recompensas sirvieran como un estímulo para aceptar el retraso en el premio, las recompensas en sí mismas aumentaban la frustración de los niños y, en última instancia, tenerlas delante disminuía el tiempo que eran capaces de aguantar en espera de la gratificación doble. Los resultados parecían indicar que el no pensar en la recompensa aumenta la capacidad de retrasar la gratificación, mientras que si centraban la atención en la galleta, por verla o por pensar en ella, aguantaban peor.

El famoso experimento de la nube de azúcar o el «marshmallow» tuvo lugar dos años después y la dinámica era parecida. La recompensa era una nube de azúcar (también llamada jamón, esponjita, masmelo, sustancia, malvavisco o bombón, en esa maravillosa diversidad del español) o un palito salado, un pretzel, dependiendo de si el niño prefería las cosas dulces o saladas. 

El propósito del estudio era entender cuándo se desarrolla el control de la gratificación retrasada, la fuerza de voluntad para esperar y obtener algo que uno quiere, comparar entre el refuerzo inmediato y la gratificación aplazada.Fue publicado por Mischel, Ebbesen y Zeiss en 1972.

Basándose en la información obtenida en los experimentos anteriores sobre el autocontrol, los investigadores plantearon la hipótesis de que cualquier actividad que distraiga al niño de la recompensa que está anticipando aumentará el tiempo de demora, los minutos que puede aguantar para conseguir el premio mejor. Esperaban que las actividades manifiestas, las cogniciones internas y las fantasías ayudaran a esta autodistracción. También se hipotetizó que el sujeto sería capaz de analizar su situación frustrante y convertirla en una psicológicamente menos aversiva. Para poner a prueba sus expectativas, los investigadores idearon tres escenarios en los que probar a los participantes: una actividad manifiesta, una actividad encubierta o ninguna actividad.

Se llevaron a cabo tres experimentos distintos bajo condiciones ligeramente diferentes. En el Experimento 1 los niños fueron evaluados bajo distintas condiciones, con distractores externos (un juguete), internos (una ideación) o sin distractor. 

El experimento 2 se centró en ver cómo el contenido de las cogniciones puede afectar a la conducta de demora. Las condiciones en el Experimento 2 fueron las mismas que en el Experimento 1, con la excepción de que el experimentador sugería a los niños ideas en las que podían pensar mientras esperaban. Su objetivo era inducir en el sujeto varios tipos de ideación durante el periodo de retraso de la gratificación.

En el experimento 3, todas las condiciones y procedimientos fueron los mismos que en el 1 y el 2, excepto que los elementos de recompensa no eran visibles para los niños mientras esperaban. La nube de azúcar y el palito de pretzel se colocaron debajo de un recipiente opaco y se pusieron debajo de la mesa fuera de la vista del niño.

Los tres experimentos aportaron una serie de hallazgos significativos. El retraso efectivo de la gratificación depende en gran medida de la evitación o supresión cognitiva de los objetos de recompensa mientras se espera su entrega. Además, cuando los niños pensaban en las recompensas ausentes, era tan difícil retrasar la gratificación como cuando los objetos de recompensa estaban directamente delante de ellos. Por el contrario, cuando los niños del experimento esperaban la recompensa y ésta no estaba visiblemente presente, eran capaces de esperar más tiempo y conseguir la recompensa doble.

Universidad de Stanford

El experimento de la nube de azúcar de Stanford es importante porque demostró que la demora efectiva no se consigue simplemente pensando en algo distinto a lo que queremos, sino que depende de mecanismos de supresión y evitación que reducen la frustración. Las estrategias para no pensar en la recompensa y evitar la frustración son muy bien descritas por los autores al comentar el comportamiento de los niños: «inventaban canciones… escondían la cabeza entre los brazos, golpeaban el suelo con los pies, jugueteaban y se burlaban de la campana de señales, verbalizaban la situación… rezaban al techo, y así sucesivamente. En una técnica de autodistracción claramente efectiva, después de experimentar obviamente mucha agitación, una niña descansó la cabeza, se sentó, se relajó y se quedó profundamente dormida».

Un intento de replicación con una muestra de una población más diversa, más de 10 veces mayor que el estudio original, mostró sólo la mitad del efecto del estudio original. El estudio de replicación sugirió la influencia de los antecedentes económicos, hay niños donde las golosinas son un suceso cotidiano mientras que para otros es un suceso excepcional: ese componente socioeconómico explicaba la otra mitad del efecto.

En estudios posteriores, los investigadores declararon que los niños que habían sido capaces de esperar más tiempo para obtener las recompensas preferidas tendían a tener mejores resultados en la vida, mejores calificaciones académicas, mayor educativo alcanzado, menor índice de masa corporal (IMC), y otros indicadores personales y sociales de éxito. Sin embargo, en estudios realizados años más tarde, algunos con la colaboración del propio Mischel, se vio que los efectos a largo plazo eran mucho menos claros de lo que se había sugerido.

Un estudio de neuroimagen realizado en 2011 y que estudió a los participantes originales, los niños de los guardería de Stanford, casi cuarenta años después, encontró que, frente a un estímulo atractivo, los cerebros de aquellos que conseguían esperar y los que no aguantaban mostraban diferencias en dos zonas, la corteza prefrontal, responsable del juicio crítico y la planificación, más activa en los que conseguían retrasar la gratificación y el estriado ventral, implicado en la recompensa y el placer, más activo en los que no aguantaban la espera.

Las experiencias previas también influyen. En 2012 se hizo un estudio en la Universidad de Rochester con un número menor de niños (n=28). Fueron divididos en dos grupos, a uno se les había hecho una promesa incumplida antes del test de la nube de azúcar (grupo del investigador no fiable) y al otro grupo el experimentador les hizo una promesa que sí cumplió (grupo del investigador fiable). En la condición no fiable, se proporcionó a los niños una caja con lápices de colores usados, se les indicó que hicieran un dibujo y se les dijo que, si conseguían esperar, el investigador volvería en breve con un juego más grande y mejor de pinturas nuevas. Después de dos minutos y medio, la investigadora regresó con esta explicación «Lo siento, pero me he equivocado. No tenemos más material para dibujar. Pero, ¿por qué no usas estos?» y abría la caja de los lápices gastados. En el grupo con investigador fiable, les trajeron las prometidas pinturas nuevas. El grupo que había estado con el investigador fiable aguantó hasta cuatro veces más (12 minutos frente a 3 minutos) que el grupo que había sido engañado. Solo uno de los 14 niños en el grupo con investigador no fiable aguantó los 15 minutos, mientras que fueron 9 de 14 en el grupo con investigador fiable. Por tanto, la capacidad para retrasar la gratificación no depende solo de la capacidad personal de autocontrol sino también de las experiencias previas, de si un niño considera práctico esperar. Si es posible que la promesa no se cumpla, «más vale pájaro en mano».

En 2020 Fengling Ma y su grupo de la Universidad de California San Diego vio que otro factor era la reputación, lo que los niños pensaban que las figuras de autoridad o un compañero pensaban de ellos. Este estudió mostró que los niños esperaban casi el doble por la recompensa si se les decía que su maestro sabría cuánto habían esperado, un ejemplo de «gestión de la reputación» y de la importancia de las figuras de referencia en el comportamiento del niño.

En este 2021, un grupo del Laboratorio de Biología Marina de Woods Hole, un magnífico centro de investigación asociado a la Universidad de Chicago y que entre sus alumnos, profesores e investigadores reúne 58 premios Nobel, demostró que las sepias son capaces de superar el test del dulce de Stanford. Establecieron cuál era la comida favorita de estos cefalópodos: una gamba viva y su segunda comida favorita: un trozo de carne de langostino. Vieron que las sepias entre tener la segunda opción de forma inmediata o la primera con cierto retraso estaban dispuestas a esperar por una recompensa mejor. También que no todos los individuos eran iguales, había sepias más pacientes, que esperaban hasta 130 segundos y otras más ansiosas, que no aguantaban más de 50 segundos. Los individuos que tenían un mejor autocontrol también demostraron una mayor cognición en las pruebas de aprendizaje. Quizá algún día nos avergonzaremos de habernos comido con ali-oli estos seres que dan tantas muestras de inteligencia.

¿Y hemos empeorado con el tiempo? Hay quien piensa que él de niño era fiable y con buen autocontrol mientras que los niños actuales son una panda de mimados irresponsables, incapaces de mantener ninguna disciplina y que quieren todo para ya. No es cierto. John Protzko y su grupo de investigadores de la Universidad de California en Santa Bárbara han analizado recientemente los datos de casi 30 estudios de la Prueba de la Nube de Azúcar, desde los estudios pioneros hasta la actualidad, para obtener una respuesta. Según los resultados, «los niños de hoy son capaces de autolimitarse más que las generaciones anteriores, y su capacidad para retrasar la gratificación ha aumentado aproximadamente un minuto por década en los últimos 50 años».

Y si quieres sonreír un poco, no te pierdas el video

https://www.youtube.com/watch?v=QX_oy9614HQ

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

Un comentario en “El experimento de la nube de azúcar”

  1. Interesante, en esta serie documental bastante reciente se daba a entender la idea de que el experimento del autocontrol en niños era mejor predictor del exito futuro, que el coeficiente intelectual. La serie documental: https://www.youtube.com/watch?v=wRyCnwMTMeY
    No obstante en el documental, no se dice para nada que en estudios recientes se haya puesto en duda esa idea, me pregunto si será intencionado pues parecería beneficioso para los gobiernos que calase ese mensaje de autocontrol

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