La indefensión aprendida

En 1965, Martin Seligman y su grupo en la Universidad de Pennsylvania estaban investigando sobre condicionamiento clásico, el proceso de aprendizaje por el cual un animal o un ser humano asocia dos estímulos, en una prolongación del trabajo de Pavlov. Los experimentos de Seligman iban dirigidos a avanzar en el conocimiento de la depresión y se llevaron a cabo primero en perros y luego en personas.

En el primer estudio, había tres grupos de perros. A los animales del grupo 1 se le puso un arnés durante un tiempo y luego fueron liberados. Los perros en el grupo 2 recibían descargas eléctricas de forma aleatoria, que el perro podía detener presionando una palanca. Los perros aprendían con rapidez a evitar esa incomodidad. Cada perro en el grupo 3 estaba emparejado con un perro del grupo 2 mediante un arnés. Cuando Seligman daba a un perro del grupo 2 una pequeña descarga, su pareja, un perro del grupo 3, recibía un calambrazo de la misma intensidad y duración, pero su palanca no detenía la descarga. Por tanto, para un perro del grupo 2 el calambrazo era una molestia que podía detener, pero para un perro en el grupo 3 parecía que la descarga finalizaba de una forma aleatoria porque era su pareja, el perro del grupo 2, el que lo hacía parar. Así para los perros del grupo 3, la descarga eléctrica era algo que sucedía y de lo que no se podía escapar. Las reacciones de los tres grupos de perros era diferente, en particular los perros del grupo 3 iban entrando en una pasividad, ya que aquello malo que les sucedía era inevitable.

En la fase siguiente del experimento, los mismos perros se pusieron en una gran caja que contenía dos partes separadas por una barrera de poca altura. Todos los perros podían escapar de la zona electrificada simplemente saltando al otro lado. Los perros en los grupos 1 y 2 aprendían rápidamente esta posibilidad, saltaban a la otra zona de la jaula y escapaban del calambrazo. La mayoría de los perros del grupo 3, que previamente habían aprendido que no había nada que pudieran hacer para librarse de la pequeña descarga, simplemente se tumbaban pasivamente y gemían cuando recibían la corriente eléctrica. Se le denominó la indefensión aprendida y se aplicó a cuando un ser humano no intenta salir de una situación negativa porque las experiencias pasadas le han enseñado que no hay solución, no hay esperanza.

Seligman lo contaba así:

Cuando un experimentador va a la jaula e intenta sacar a un perro sin indefensión, no colabora con prontitud; ladra, se mueve a la parte de atrás de la jaula y se resiste a que lo cojas. Por el contrario, los perros con indefensión parecen apagados; se agachan pasivamente en el fondo de la jaula, a veces incluso se dan la vuelta y adoptan una postura sumisa; no se resisten.

En la hipótesis de Seligman los perros no intentaban escapar porque consideraban que no había nada que pudiera evitar la descarga eléctrica. Para cambiar esta expectativa, los experimentadores agarraron a los perros y movieron sus patas, replicando los movimientos que los perros deberían llevar a cabo para escapar de la rejilla electrificada. Tuvieron que repetir esta «demostración» al menos dos veces antes de que los perros comenzaran a saltar la separación de motu proprio. Por el contrario, las amenazas, las recompensas y observar demostraciones de un «modelo» no tuvieron efecto sobre los perros «indefensos» del grupo 3.

En otros experimentos el grupo de investigadores buscó confirmar el efecto depresivo de la sensación de no tener control sobre un estímulo aversivo y Seligman y Miller probaron a continuación con personas. En un experimento pidieron a los voluntarios que hicieran cálculo mental en la presencia de un ruido molesto. Cuando varios descubrieron que había un interruptor que podía apagar ese ruido que les distraía, su rendimiento mejoró, aunque a menudo no se molestaban en apagarlo, bastaba con saber que podían hacerlo para contrarrestar el efecto del ruido. El punto de Seligman fue que sabían que podían evitar esa molestia, por lo que ya no se sentían indefensos.

Seligman estableció un paralelismo con pacientes afectados por una depresión grave y argumentó que la depresión y otros trastornos mentales relacionados resultaban en parte de percibir una ausencia de control sobre la posible salida de la situación. Los investigadores vieron que esas personas mostraban a veces el mismo tipo de comportamiento que los perros indefensos: cansancio, problemas de sueño, premonición de un futuro desastroso, un cierto entumecimiento mental. En los siguientes años, junto con Abramson, Seligman reformuló su teoría para incluir el llamado estilo atribucional y desarrolló la teoría de la desesperanza, que defiende que las personas con un estilo atribucional o explicativo negativo tienen una probabilidad mayor de desarrollar depresión. En las siguientes décadas la neurociencia proporcionó nuevos datos sobre la indefensión aprendida y mostró que la realidad estaba más cerca de algo opuesto a la teoría: el estado por defecto del cerebro es asumir que no hay control y la presencia de una posibilidad de defensa, de que siempre hay un hálito de esperanza, es lo que se aprende realmente. Y debemos hacer ese aprendizaje.

Pensamos que a nosotros nadie nos va dando descargas eléctricas, pero la indefensión aprendida puede ser un factor en una amplia gama de situaciones sociales, actuales y reales.  En las relaciones de abuso emocional, la víctima suele desarrollar una indefensión aprendida. Cuando la víctima se enfrenta o intenta dejar al abusador éste ignora o trivializa los sentimientos de la víctima, o finge que le importa pero no cambia o impide que la víctima se vaya. La víctima asume que nada va a cambiar, que su situación no puede mejorar.

El efecto desmotivador de la indefensión aprendida se ve también a menudo en el aula. Los estudiantes que fracasan repetidamente pueden llegar a la conclusión de que son incapaces de mejorar su rendimiento, y esta falsa conclusión les impide tratar de tener éxito, lo que da lugar a 

una mayor impotencia, un fracaso reiterado y a la pérdida de la autoestima. De esta manera, por la indefensión aprendida, el fracaso se convierte en una profecía autocumplida.

El daño a los niños por negligencia puede ser también una manifestación de la indefensión aprendida. Por ejemplo, cuando los padres creen que son incapaces de detener el llanto de un bebé, que no hay nada que puedan hacer para evitarlo, pueden simplemente dejar de intentar hacer algo por el niño, lo que puede hacer que un problema existente se agrave.

Los que son extremadamente tímidos o ansiosos en situaciones sociales pueden volverse pasivos debido a sentimientos de indefensión y lo mismo puede suceder con personas mayores que reaccionan con esa sensación a la muerte de amigos y familiares, a la pérdida de empleo e ingresos y a la aparición de problemas de salud relacionados con la edad. La indefensión aprendida, la sensación de que no hay nada que hacer, puede llevarlos a descuidar su atención médica, sus asuntos financieros y otras necesidades importantes. Si no puedes hacer nada, ¿para qué vas a hacer nada?

La indefensión aprendida puede afectar a toda la sociedad y un buen ejemplo es la indigencia. El cómo tratamos a los pobres, el cómo explicamos la pobreza puede conducir a un ciclo de pobreza, a una cultura de la pobreza y a una pobreza que se hereda de generación en generación. Las personas pobres que asumen su situación con una indefensión aprendida, sienten que no hay manera de escapar de la pobreza, que son pobres porque sus padres lo fueron y sus hijos lo serán. Ello lleva, siguiendo la lógica de la indefensión aprendida, a rechazar las ideas para mejorar, a evitar los planes basados en el optimismo y a vivir el día a día sin esperanza de un cambio positivo.

¿Y cómo se supera la indefensión aprendida? En muchos casos se resuelve por sí misma con el paso del tiempo, la mejoría de algunas situaciones, las buenas noticias inesperadas, los éxitos como recompensa al esfuerzo. Las personas afectadas también pueden ser aleccionadas para que se den cuenta de situaciones anteriores cuando consiguieron evitar un problema y obtener un resultado deseado. Es necesario hacerles ver que sus acciones pueden marcar una diferencia y reforzar su autoestima. Seligman también habla del «optimismo aprendido», una forma de explicar en positivo los sucesos que acontecen en el día a día.

La reacción de un humano al sentimiento de falta de control difiere tanto entre los individuos como entre las situaciones, es decir, la impotencia aprendida a veces es específica de una situación, pero en otras ocasiones se generaliza a circunstancias diferentes. Estas variaciones no se explican por la teoría original, y una opinión influyente es que tales variaciones dependen del estilo atributivo o explicativo de un individuo. Según este punto de vista, la forma en que cada uno interpreta o explica los acontecimientos adversos afecta a su probabilidad de adquirir una impotencia aprendida y una depresión posterior. Por ejemplo, las personas con un estilo explicativo pesimista tienden a ver los acontecimientos negativos como permanentes («nunca va a cambiar»), personales («es por mi culpa») y generalizables («soy incapaz de hacer nada bien») y es más probable que sufran de indefensión aprendida y depresión.

Un mundo en el que podemos pensar como ejemplo es el mío de la educación. La persona que se esfuerza y suspende un examen puede adoptar dos posturas. Si piensa que no se le da bien, que es incapaz de aprobar esa asignatura, puede llegar a una indefensión aprendida en la que se bloquee con esa disciplina, porque no puede -cree- hacer nada para aprobarla. En cambio, el que piense que es porque el profesor es un malvado con cuernos y rabo o que ha tenido mala suerte, afrontará con más normalidad un futuro examen y tendrá más posibilidades de superarlo. Así que la próxima vez que los oiga quejarse a la salida de un examen, pensaré en positivo, que están luchando contra la indefensión aprendida y que en la próxima convocatoria lo van a bordar.

Para leer más:

  • Abramson LY, Seligman MEP, Teasdale JD (1978) Learned helplessness in humans: Critique and reformulation. J Abnor Psychol 87 (1): 49–74.
  • Maier SF, Seligman Martin EP (2016) Learned helplessness at fifty: Insights from neuroscience. Psychol Rev 123 (4): 349–367.
  • Seligman MEP (1972) Learned helplessness. Ann Rev Medicine 23 (1): 407–412. 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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