Me gustan las ciudades con mar. La mía lo tiene, pero es una ciudad dura, difícil, donde la gente se ha olvidado para siempre de la vida tranquila, de los placeres sencillos. Ya nadie canta en los bares, ni comparte la comida en el autobús. Ya no recordamos esas manzanas que suenan al morderlas o el sabor de un chicharro recién pescado. Esta ciudad creció mucho, se llenó de gente extraña, de negocios extraños, de dinero rápido. Vivimos tiempos absurdos, donde nunca hubo tanta gente y nunca nos sentimos tan solos. Pienso en mis padres, en lo poco que tenían y lo mucho que les sobraba. La ilusión del año era comprar una radio, tener la casa bien limpia, al hijo, el único hijo, estudiando. La fuerza de los lazos de familia, la importancia de las virtudes antiguas, la honradez, la humildad, la gratitud, el trabajo, la perseverancia, ésas eran las cosas que de verdad importaban.

Cuando vinimos a vivir aquí, mi padre levantó la casa en la loma, detrás de la escollera, tan solo con la ayuda de sus dos cuñados. Él venía todas las tardes después de la faena y mis tíos se le sumaban las tardes de los sábados y todos los domingos, diluviase o hiciese un calor virulento, desde la primera semana hasta que acabaron. Los domingos de buen tiempo mi madre me dejaba ir con ellos y yo les ayudaba a preparar el cemento, les acercaba los ladrillos, les arrimaba el botijo con el agua siempre fresca. Mi padre, pescador metido a albañil, decía que esa casa en la ribera y su hijo eran sus mejores obras. Todavía recuerdo cuando, años más tarde, aún de niño, me agarraba la yema del dedo y la pasaba por las juntas de los azulejos, todas perfectas, lisas, sin que sobresaliera ninguna, el orgullo de un trabajo bien hecho.

Ahora vivo en el centro. Hace años que me mudé allí. Pero en cuanto puedo voy al mar, abro la vieja casa para que se ventile y doy un paseo largo por la ribera de la ría. En otoño me encanta el olor que desprenden las algas secas, el ruido al pisarlas, las infinitas variantes de colores y tonalidades de las conchas, de todos los cremas al rojo carmesí, al oro viejo. En invierno, tengo un lugar, una roca enorme en un recodo cerca de la zona de los merenderos, donde me siento y dejo que el frío me envuelva, hasta que empiezo a tiritar. Veo la bruma flotar sobre la superficie del agua como si la ría humeara y oigo el silencio, un ruido blanco, un placer sin igual. En primavera me acerco a las orillas y voy repasando los peñascos y haciendo, como si fuera un agente del censo, el inventario de las nuevas curvas de las playas. Avisto las fochas, las gaviotas, las tórtolas y hasta un martín pescador que año tras año vuelve al mismo posadero, a su puesto de caza, desde donde se lanza al agua como un arpón. En verano, pesco en un pequeño velero que compré de segunda mano hace años o gasto la mañana en la orilla, bajo unos pinos, fumando y sujetando la caña. Lo que más entran son bogas enormes como troncos. También saco sargos, muxes y algún serrano. Un día picó, en este mar de aguas limpias y pardas, un salmón. La prensa había publicado que una suelta súbita del pantano había anegado una piscifactoría y miles de ejemplares, de alevines a ejemplares de ración, habían conocido por primera vez el sabor de la vida en libertad. Aquel debía ser uno de aquellos fugados, un prófugo de los estanques repletos de pienso compuesto, desde entonces libre pero para siempre hambriento. Le devolví al agua como a todos los demás peces, pero en este caso, mirando la belleza de sus escamas moteadas, sus músculos de luchador, aquellos ojos de superviviente, con una alegría especial.

Los vecinos de la ribera me conocen todos. No hay muchos. En invierno tienen humedad y el resto del año, mosquitos. Se van marchando o se van muriendo, otra forma de marchar. Los que quedan viven siempre en tensión: la poca luz, los perros vagabundos, el miedo a que alguien más pobre o más malo que ellos, les robe sus pobres pertenencias: un televisor de hace quince años, un colchón, la foto de los abuelos. ¿Quién querría llevarse algo así? La zona, por la noche, se llena de parejas, de mirones, de traficantes de menudeo intercambiando pequeños paquetes, el mundo turbio de las costuras del extrarradio.

A mí, aunque hace veinte años que no vivo aquí, me consideran del barrio. Me saludan alegres. Me preguntan, como si vivieran en otro sitio, “¿qué tal en la ciudad?” Nunca piensan que ellos son también parte de ella, que allí hacen sus papeles, tienen a su médico y pagan sus impuestos. Ellos son de la ribera, un sitio distinto, algo extrañamente ajeno a los barrios del centro, como si fueran continentes aislados, planetas lejanos, otras dimensiones. Quizá lo son. Así que yo, desde hace veinte años, me consagro a una liturgia pautada que es reiterarles que allí viven mejor que “en la ciudad”. Me quejo del tráfico, del ruido por la noche, de los gamberros y ellos asienten felices, satisfechos de que confirme sus prejuicios, de que no les haga sentirse de menos, de que no les pase por la cara que conseguí alejarme del olor a lodo y salitre, de la amenaza atávica de las galernas, del lugar donde siempre se olvidaron de poner farolas y, algunas veces, de recoger las basuras. Así que saludo, me paro, pregunto por unos y otros, mando recuerdos para todos y sigo mi camino.

En este minimundo casi no quedan niños, si exceptúo a uno de mi edad, los cuarenta bien cumplidos, que se llama Manuel. Manu tiene síndrome de Down. Es otro enamorado del mar. Nadie, tampoco yo que he recorrido cientos de veces cada año esta costa, miles de veces ya, conoce la ría como él. Le encuentro muchas veces, con esa mirada suya de explorador asiático. Cuando le veo siempre pienso en “Miguel Strogoff”, en aquellos correos siberianos del zar. Seguro que ahora es políticamente incorrecto, pero cuando jugábamos juntos, y de eso hace ya años, siempre le adjudicaba el papel  de guerrero mongol. A él le encantaba, yo le inventaba nombres con supuestos apellidos asiáticos e intentaba encargarle tareas fieras que su propia expresión dulce y su bondad hacían poco creíbles. No se puede encargar a un pedazo de pan que prepare los cráneos de los enemigos, medios cocos en realidad, para bebernos su sangre. Funcionaba fatal.

Cuando Manu me ve con la caña, se acerca sonriente y me pregunta qué tal va la pesca. Yo siempre le contesto lo mismo “Va” y él se ríe. Sus padres, mayores, le dejan mucho a su aire. Siempre le veo solo, pero aseado y bien vestido, con el pelo peinado a raya, en unos surcos bien marcados y un fuerte olor a colonia. Se queda mirando la ría junto a mí, el corcho flotando suavemente ladeado y luego me extiende la mano, en un gesto a la vez tímido y demandante, para pedirme un cigarrillo. No he visto a nadie que disfrute tanto un pitillo como él. Creo que la próxima vez que intente dejar de fumar, lo primero que haré será llamar a Manu, verle como paladea el papel del filtro, como aspira una bocanada, como echa el humo por la nariz, para que me ayude a cambiar de idea. Luego resulta que no se traga el humo, pero hace temer a cualquier fumador empedernido que jamás ha conocido el verdadero placer de fumar.

–              ¿Has pescado algo ya?

–              No, todavía no.

–              Es pronto.

Sonrío levemente, sin mirarle. Nunca es pronto para un pez, probablemente ya sea tarde. ¿Por qué esos seres de sangre fría, no disfrutarán el calor, como todos los demás? Veo cerca una lagartija feliz, extendida sobre una piedra como una turista noruega en la playa, paladeando los rayos de sol. Pero los peces no, salieron a desayunar pero ignoraron mi cebo y ahora duermen una siesta profunda en el légamo de la ría, disfrutando la comida que les trae la marea, en el centro de la corriente. En cualquier caso, lejos de mí y de mi anzuelo.

–       Raúl, –me dice– ¿tú puedes guardar un secreto?

Le miro un tanto desconcertado. Hace cuarenta años que le conozco. Hemos robado fruta juntos, hemos ido a espiar a las parejas, hemos reventado a pedradas todas las ventanas de la casa de uno que me dio una paliza por rozarle el coche con la bici y eso entre las cosas que me atrevo a contar. Sé todo de su vida, o al menos eso creía hasta este momento. Siento un poco de angustia y un ligero escalofrío, como cuando paseo en otoño y el viento del interior me avisa de que el año terminó, que el hielo matará las plantas que quedan y esconderá a todos los animales durante unos meses, hasta que la primavera los vuelva a resucitar.

Todo eso me pasa en un segundo por la cabeza, como dicen que les sucede a los ahogados en sus últimos instantes, pero Manu me mira, esperando una respuesta.

–              Sí. Ya lo sabes que sí.

–              ¿Pero un secreto importante?

–              Manu, ¿alguna vez se supo quién le robaba las bragas a la Jose?

La Jose era la chica más guapa de la ribera. Una morena risueña con pecas en la nariz, unos ojos marrones con puntitos verdes brillantes y unas tetas espectaculares. Manu estaba loco por ella y la única forma que se le ocurría de declararle su amor era robarle la ropa interior que su madre ponía a tender en unas cuerdas. La cosa se fue poniendo seria, pues nadie estaba en aquella época y en aquellas casas para perder ropa en buen uso y el asunto parecía feo entre mis vecinos, gente un poco puritana. Pero Manu era un tío cabezón y no había forma de convencerle de que lo dejase ya. Nos estaba complicando a todos la vida, porque cada padre consideraba a su hijo un posible culpable, –se habrían percatado de cómo mirábamos a la Jose–, y en casa nos caían los guantazos como panes sin que vinieran muy a cuento. Yo sabía que era él, –me lo había dicho, no había secretos entre nosotros– e incluso sabía donde las guardaba, –me las había enseñado– en una caja de cartón, en un hueco que había debajo de un roble enorme, medio caído. Tenía la caja metida en una bolsa de plástico y todo muy bien escondido, tapado con hojas secas.

Un día estábamos los dos al borde del mar, cogiendo peces y cangrejos y echándolos en una lata grande cuando se nos acercó súbitamente la Jose. Con su pelo suelto, resplandeciendo como el ala de un cuervo y una blusa azul pegada a aquellas maravillas, parecía una sirena que acabara de salir del agua. Fue directa hacia Manu, con sus andares elásticos, con una expresión tranquila y vivaz. Se quedó plantada a cinco centímetros de él.

– Eres tú, ¿verdad?- le dijo.

Manu fue incapaz de decir una sílaba. Vi como la garganta se le hinchaba mientras intentaba tragar un poco de aire, y finalmente asintió levemente con la cabeza.

–              No quiero que lo vuelvas a hacer,- le dijo mirándole a los ojos.

Cada vez más colorado, Manu volvió a asentir, con mayor rotundidad.

–              Y quiero que me las devuelvas …- dejó pasar unos instantes y luego medio pensativa añadió -… si están limpias.

En una voz muy tenue, pude oír a Manu las únicas palabras que salieron de su boca aquella tarde:

–              Sí lo están.

La Jose entonces, le miró a aquellos ojos achinados e hizo el gesto más generoso, más dulce, más hermoso que he visto nunca. Luego estudié historia y literatura, he leído libros sobre reinas y princesas, sobre santas y mártires, sobre amantes de todos los siglos pero nunca encontré nada que estuviera a la altura de ese momento extraordinario.

La Jose le agarró de la muñeca, y pasó, con una ternura exquisita aquella mano que acababa de estar cogiendo peces y crustáceos, por sus tetas sin par. Fue un movimiento dulce, lento, lleno de sensualidad. Ella se hizo, o mejor le hizo, la más bella de las caricias, un regalo perfecto.

Yo estaba en la orilla, todavía agachado, atónito, pensando que jamás podría contarlo porque nadie me creería. No sentía envidia, pensaba que había vivido algo mágico, irrepetible y que había sido afortunado de estar allí.

Ella se marchó y ni siquiera vi por dónde se fue. Sé que Manu, jugándose el pellejo porque el padre había jurado pegar una perdigonada a quien apareciera por su tendedero, saltó una vez más la tapia y las volvió a colocar una tras otra en las cuerdas de tender. Aquello acabó los chismes y rebajó la tensión. Pensaron que habría sido cosas de los muchachos más chicos, algo más inocente, y que no iba más allá. Por una temporada, fue a ellos a los que les tocó recibir las del pulpo y las suyas, pero pronto todo quedó olvidado. La Jose, cuando nos cruzábamos con ella, nos miraba como si nada hubiera pasado, como hacía siempre, como si fuéramos transparentes. Al tiempo estaba saliendo con un chico mayor, de “la ciudad”. Todos nos sentimos un poco estafados, porque era como si robaran nuestro patrimonio, nuestra única joya, una de de las pocas riquezas de aquella barriada sucia y gris, pero yo entendía que era lo natural. Ella era superior a nosotros, tenía que ser una dama que una familia de nobles, perseguidos, hubiesen entregado a sus supuestos padres para que la criaran allí, a escondidas en el borde del mar, porque realmente no pertenecía a aquel lugar.

Manu, mientras mi cabeza volvía del recuerdo de la Jose – ¿dónde estarás, hermosa? – seguía insistiéndome:

–              Es un secreto importante, no lo puedes contar a nadie.

–              Está bien, Manu ¿qué coño es?

–              He encontrado un tesoro, con un pirata y una princesa.

Si me hubiese dicho que se le había aparecido Jesucristo pidiéndole jugar una partida de dominó o que le había llamado Obama para consultarle las líneas de la política militar en Irak, no le habría puesto una cara distinta.

–              ¿Dónde?

–              ¿Dónde va a ser?- me dijo asombrado, – ¡en una cala!

Sí, todo pasaba en el mar. Eso era verdad.

–             En este mar no ha habido nunca piratas y la única princesa, -y aquí los recientes recuerdos me volvieron a inundar-, hace mucho que se marchó.

–              ¿Quieres verlo?

       Me asombró aquella certidumbre.

–              Pues claro.

Se levantó, anduvo unos pasos y me esperó. Recogí la caña, la cesta de los aparejos, la bolsa del almuerzo y lo llevé a un escondite allí cerca, en un talud donde habían tirado un montón de traviesas viejas. Ya conocía aquel sitio. Levanté una de ellas y debajo había un hueco donde cabían mis trastos con comodidad. Lo volví a tapar y me alejé dos pasos. No se veía nada y no había nadie por allí. Podía ir tranquilo.

Empecé a caminar al lado de Manu. Pensaba en todo lo que habíamos vivido juntos, él era imaginativo, de historias raras, pero aquella tontería de un tesoro, un pirata y una princesa era demasiado, incluso para él. Anduvimos un buen rato hasta llegar al puerto. Subir en mi barquito y salir del pantanal duró poco. Los dos conocíamos aquella parte de la costa con los ojos cerrados y él me dijo que era cerca. Conecté el pequeño fueraborda porque no tenía ganas de andar largando velas.  Si alguien nos vio pensaría que salíamos a pescar chipirones. El mar estaba tranquilo y los dos fumábamos despacio, mirando al horizonte de reojo y a una distancia prudente de la costa. Al llegar a la cala, – la cala de los Locos, la llamaban- me pregunté cómo habría llegado Manu allí. Tenía que recorrerse la costa en todos sus recovecos y bajar el acantilado no era nada fácil. Bajé el pequeño bote y, remando despacio, nos acercamos a la playa. Bajamos a tierra con la luz del atardecer creando un escenario entre el cielo y el mar que estallaba de belleza. Las olas rompían a nuestros pies mientras sacábamos el bote del agua. Manu me llevó por una zona de rocas y maleza por donde raramente pasaba nadie. El camino era incómodo y sucio, de cuando en cuando se nos hundían los zapatos en el barro y aquello estaba lleno de zarzas y cristales rotos. ¿Por qué demonios se metería Manu por semejante sitio? Él seguía caminando, decidido, sabiendo perfectamente hacia donde se dirigía. Por fin llegamos. De repente me di cuenta, el recuerdo estaba recién visitado, que era el mismo sitio donde veinte años atrás pescábamos peces y cangrejos.

El pirata no estaba en un barco sino en un Audi que había caído por el terraplén. El tiro había entrado por el parabrisas delantero y le había atravesado el ojo derecho al conductor, un calvo encorbatado entrado en años. El pegote de sangre coagulada en la cara recordaba el parche que había excitado la imaginación de mi amigo. A su lado, una mujer hermosa, rubia, bien maquillada y vestida con un traje de noche, de lentejuelas plateadas. Sí, el atuendo de una princesa. Las balas habían sido más respetuosas con ella. Tres impactos que parecían tres flores de tela roja cerca del corazón. La policía llevaba dos días buscándoles. Uno de los políticos más poderosos de la ciudad y su secretaria habían desaparecido tras asistir a una cena de homenaje al empresario del año. Una fuga, un secuestro, se barajaban todas las opciones y aparecían sin cesar rumores y requerimientos en los periódicos y la radio. Manu, por descontado, no sabría nada de todo esto. Le miré y pensé que era un secreto del que tendría que hablar, aquel no lo podríamos guardar. Le puse la mano en el hombro y nos pusimos a desandar el camino, a volver hacia el bote y luego a acercarnos a algún un sitio desde el que pudiese llamar a la policía. No había vuelto a ver a la Jose. Me gustaba más de morena que de rubia pero el que los había matado tampoco había conseguido, mientras disparaba, quitar la vista de aquellos pechos de ensueño. Manu me dijo “Ni siquiera me has dejado que te enseñara el tesoro.” Le apreté el brazo, le sonreí con tristeza y seguí andando. ¿Un tesoro? Lo podía imaginar. ¿A quién le importaba ya.