Soy de los que creen firmemente que el año empieza en septiembre. Los buenos propósitos que se musitan las noches después de Navidad, yo los convoco  las últimas tardes del mes de agosto. Paseo por la playa cuando ya la luz va retrocediendo, las tardes se acortan visiblemente y el aire fresco borra el deseo de meterse en el agua. Voy pensando en mis clases –sí, soy profesor, profesor de Biología- en proponer nuevas prácticas, en cómo lograr que los chicos se enamoren de mi asignatura, en conseguir que estudien, que lean, que pregunten, que disfruten aprendiendo. Repaso mentalmente los errores del último año, las desilusiones, mis fracasos… Cada alumno que suspendió, que abandonó la carrera, que se dejó vencer por el desánimo o la desgana lo siento esos días como un fallo, un fallo mío también.  Seguro que alguno de mis compañeros se indigna cuando lea esto, pero lo siento así. No pretendo cargar con lo que no es mío, pero es que ellos son míos. Y siento ante su abandono que no supe guiarlos, impulsarlos, extraer todo lo bueno que hay, siempre, en cada estudiante. Sé que son muchos más los que lo lograron pero de alguna manera, tendré un toque masoca, son los otros los que me importan. Son ellos los que no sonríen cuando nos encontramos, los que sienten vergüenza o rabia o algo parecido al rencor. Soy el que se interpuso entre ellos y un verano de fiestas, la satisfacción de sus padres, el descanso que yo sí he disfrutado. Y aun así, quiero creer, creo, que hice lo que tenía que hacer.

Me gusta mi trabajo, me gusta terriblemente. Me da pudor confesar que si me tocase la lotería, escondería o invertiría el dinero del premio y seguiría dando clases. Que, aunque nadie lo haya hecho, si alguien me ofreciera el doble de sueldo por trabajar en una empresa, no lo aceptaría. Me gusta tratar con mentes jóvenes y despiertas, me gusta esta labor creativa que construye personas, me gusta creer que, con humildad pero también con un firme convencimiento, ayudo a construir una sociedad mejor, un futuro mejor. Y aún así tengo días de desánimo, cosas que me enervan, compañeros que me avergüenzan o situaciones en las que tiraría la toalla, todas las toallas. Pero no lo hago. Soy lo que soy por algunos profesores que tuve, esos que siempre recuerdas. Y yo quiero ser uno de ellos.

Pienso en mis lecturas del verano, los nuevos avances de la Ciencia, las maravillas que se descubren cada año, me recreo pensando en las cosas extraordinarias que les voy a mostrar, en el momento en el que les cuente que todos los profesores del mundo estábamos equivocados y un nuevo descubrimiento nos ha sacado de nuestro error este año, cuando les hable de nuestros orígenes, de una especie nueva que solo conocemos por un hueso de un meñique y unos pocos dientes, de nuestro futuro más allá de nuestro planeta, de células que viven en agua hirviendo, alimentándose de limaduras de hierro, de plantas con olfato, del cerebro de los niños con autismo y de los zarcillos del pepino, que superan a todos nuestros muelles y asombran a los ingenieros.

Con la arena aún acomodándose a mis pies preveo la vuelta a la Facultad, el despacho con ese aspecto limpio pero mortuorio con el que lo dejé hace un tiempo que no parece tanto, con solo ese montón de correo, casi todo propaganda y circulares del decano, que se habrá acumulado entre tanto. Dentro de poco, la mesa estará otra vez llena de papeles, hasta hacer imposible ver el color de la madera, el ordenador cada vez más anticuado y rodeado de esos papelitos amarillos que parece que son la esencia de la universidad moderna. Me encuentro con los compañeros que pasan a verme o me sacan a tomar un café, me citan para reuniones, comisiones, evaluaciones, coordinaciones. ¿Por qué tendré esa sensación de que pasamos más tiempo preparando las cosas de lo que luego dedicamos a rematarlas como se merecen?

Y, por fin, el primer día de clase. La bata limpia, a los de Ciencias nos gusta dar clase con la bata blanca, ese cosquilleo de nervios que no se me pasa después de veintiocho años dando clase y que no quiero que desaparezca nunca. Y luego verles, filas y filas de caras inquietas, asustadas, curiosas en el aula escalonada. ¿Cómo será este profesor? Y ellos, ¿cómo serán? Por un instante siento un desasosiego, ¡cada año son más niños! Luego te das cuenta: no, son iguales. Todos los años tienen la misma edad. Eres tú el que, lo quieras o no, eres un curso más mayor. “Buenos días a todos. Bienvenidos a “Biología General”. Me llamo…”