Buenas tardes a todos. Muchas gracias por su presencia hoy aquí.

Quiero agradecer al jurado y a la revista El Ciervo la concesión de este premio. No sé si soy la persona que ustedes han identificado a través del relato seleccionado, pero sí que me gustaría ser tal como ustedes me han descrito. Sinceras gracias.

Se ha mencionado varias veces, por parte de los miembros del Jurado, mi vinculación con Salamanca y su Universidad. Como saben, el rector más famoso de Salamanca es don Miguel de Unamuno. Si visitan el Museo Unamuno, la antigua casa rectoral, verán unas viñetas que recogen una anécdota protagonizada por este vasco que decidió que Salamanca fuese para siempre su ciudad. Parece que el rey Alfonso XIII iba a conceder un premio o una condecoración al catedrático Unamuno (luego Unamuno fue condenado a 16 años de cárcel por injurias al rey, condena que no cumplió, pero ésta es otra historia). Según parece, al acercarse el rey a Unamuno, éste le espetó:

–     Majestad, me lo merezco.

El rey, sorprendido, le contestó:

–     Todos me dicen lo contrario.

–     También tienen razón,– le replicó Unamuno.

Yo no sé si merezco este premio, pero sí tengo claro la alegría que me ha supuesto y eso por diferentes motivos.

  • Porque recuerde a Enrique Ferrán. Porque ustedes sigan homenajeando y recordando a un compañero, a un colega. Me gusta la etimología, lo que yo llamo la genética de las palabras. Y colega viene del prefijo co (compartir, sumar, unir) y de legare, que es una raíz latina de donde deriva elegir. Un colega es más que un compañero porque es alguien con quien hemos elegido estar juntos. Ustedes han decidido mantener vivo ese estar juntos con Enrique Ferrán y yo me honro de asociarme a ese vínculo de cariño, respeto, recuerdo y amistad.
  • Que se entregue en Barcelona. Les aconsejo que dejen de hacer propaganda de esta ciudad. A los que venimos nos gusta tanto que todos queremos vivir aquí y el resultado es que los precios suben, también para los nativos. Les agradezco que me den la oportunidad de pasear unas horas por las calles de esta bella ciudad.
  • Que se publique el relato. Porque, al final, todos los que escribimos queremos que nos lean, escribimos para eso, para ser leídos, para llegar con nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestros sueños, a otras personas.
  • Y , por último, que lo publique El Ciervo.

El Ciervo tiene una historia llamativamente larga de honestidad y compromiso. Es parte de un grupo de publicaciones, periódicos y revistas, que llevaron este país en pocos años del siglo XIX al XXI.  Y lo hicieron desde el diálogo, desde las ideas, desde la cultura, el humor, la crítica limpia, honrada y constructiva. El Ciervo supo –en la visión de amigos lectores con quien conversaba sobre este premio- desarrollar una visión humanista del catolicismo sin beaterías ni nacionalcatolicismo, un enfoque progresista sin sectarismos, un alto nivel de pensamiento sin esnobismo, ni componendas ni elitismo.

En ese panorama editorial que produjo nuestro particular “aggiornamento”, ese término que el Concilio Vaticano II lanzó al mundo, hay un grupo que podríamos denominar –y les ruego disculpen la broma- las revistas zoológicas, porque estaba La Codorniz, el Hermano Lobo, El Viejo Topo y El Ciervo. ¡Qué cuatro animales tan diversos! Sobreviven las dos últimas, las que no eran de humor y ese detalle puede ser de cierto interés porque quizá por eso estamos tan crispados, porque nos haría falta reírnos un poco más, reírnos también de nosotros mismos.

En ese proceso de modernización, del que podemos y debemos sentirnos orgullosos, olvidamos a veces quiénes somos y de dónde venimos. Este número de la revista donde incluyen mi relato se articula en torno al tema general de “Qué bienestar nos quedará”. Permítanme que haga un juego con ustedes que yo hago con mis estudiantes. Imagínense la España de 1900, acabamos de perder las últimas piezas de nuestro imperio colonial tras la desastrosa guerra con los Estados Unidos pero somos una potencia europea de tipo medio, no comparable con Alemania o Gran Bretaña pero que entra poco después en el reparto del continente africano. Cajal gana el premio Nobel en 1906 y vivimos un auténtico boom literario con la generación del 98. Repasemos juntos cuál ha sido nuestro estado del bienestar en el último siglo.

La esperanza de vida en España en 1900 era de … 34,7 años. Cada año morían 100.000 personas de tifus, tuberculosis, difteria, etc. Uno de cada seis niños moría antes de cumplir un año. En las inclusas madrileñas, el porcentaje de mortandad de los bebés durante su primer año era superior a tres de cada cuatro niños.

La jornada laboral media era de 64,8 horas y un número parecido, el 63%, éramos analfabetos. Teníamos epidemias de cólera, tifus, viruela, paludismo, polio… y en algún caso el gobierno ordenó a la Guardia Civil disparar a los médicos que intentaran huir. Tuvimos hambre también. Entre 1940 y 1946 murieron por inanición 30.000 personas. El pan blanco, los zapatos de piel y la carne eran artículos de lujo.

Pasamos de 4,7 hijos de media en las mujeres nacidas en 1870 a 2,5 en las nacidas en 1920 a 1,2 en las nacidas en 1960. La tasa más baja del mundo.

Y fuimos mejorando nuestra economía. A pesar del importante desarrollo de la industria y los servicios que llevó aparejado el cambio de un mundo rural a un mundo urbano, con flujos migratorios de millones de personas, la producción agraria pasó de 71.000 millones de pesetas en 1950 a 3,9 billones en 1990. Multiplicamos su valor en moneda real por 55. A pesar de ese éxito sin precedentes, un millón de personas tuvo que abandonar el país para buscar trabajo en otros países europeos en ese período.

En 1975, a la muerte del dictador, únicamente el 57% de las viviendas tenía baño o ducha. La asistencia sanitaria llegaba al 22% de la población en 1945 y al 50% en 1964. Solo con la llegada de la democracia tuvimos una asistencia sanitaria universal.

Son algunos ejemplos. Viendo todo esto, lo que hemos conseguido, está claro que no podemos dejar que se pierda, no podemos permitirnos ni un paso atrás. Podemos atravesar este desierto que ahora estamos viviendo apretando los dientes y mascullando juramentos, pero somos mucho mejores de lo que éramos y hay muchas cosas de las que podemos sentirnos orgullosos, orgullosos de nosotros mismos, de lo que entre todos hemos construido.

Pero yo he venido aquí “a hablar de mi libro”, en realidad, a conversar con ustedes sobre mi relato. Por primera vez en mi vida he escrito algo autobiográfico. Hablo en esas líneas del primer día de clase de un profesor. Y somos gente rara, se lo aseguro. Creemos –como cuento en el relato- que el año empieza en septiembre y los buenos propósitos que ustedes hacen en torno a Nochevieja –ir al gimnasio o dejar de fumar- nosotros los hacemos en agosto, al terminar las vacaciones del verano, sobre todo lo bueno que vamos a hacer en ese año académico. Y entramos en clase felices y asustados. Y somos importantes, y se lo digo a muchos compañeros de primaria, secundaria y también de la universidad, que a menudo se sienten insultados, vilipendiados, somos importantes, como digo, por ustedes, porque nos entregan lo más valioso que tienen, a sus hijos, para que les abramos las puertas del futuro. Esa es nuestra fuerza, nuestra responsabilidad, y también el motivo de ese miedo.

Y con respecto a los chicos, a mis estudiantes, a sus hijos, les voy a decir que no crean en esa visión negativa y catastrofista que a veces se difunde, como si fueran un desastre: ¿o es que nosotros no bebíamos?, ¿o es que no teníamos embarazos no deseados?, ¿o es que éramos todos estudiantes modelo? Son, en una frase, la mejor generación que ha tenido nunca este país. Y no podemos permitirnos desaprovecharlos ni podemos consentir que sean una generación perdida. Se lo debemos y nos lo debemos.

Y yo les doy clase sobre cosas maravillosas con nombres raros, como proteasomas y mitocondrias, parénquima y semaforinas pero no olvido nunca lo que decía Natalia Ginzburg que debíamos hacer. Ella escribía que no hay que enseñar las pequeñas cosas sino las grandes virtudes:

“No el ahorro sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero;

no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro;

no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad;

no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación;

no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.”

Al elegir ese relato, creo que ustedes premian un ideal, un sueño, una esperanza, el de ser ese profesor que, cuando pasan muchos años, un estudiante recuerda porque le enseñó precisamente eso, el deseo de ser y el deseo de saber.

Volviendo a Unamuno, el joven bilbaíno había suspendido varias oposiciones cuando decidió presentarse a la cátedra de griego, vacante en la Universidad de Salamanca. En el tribunal de la oposición, celebrada por supuesto en Madrid, estaba Marcelino Menéndez y Pelayo y Juan Varela, el escritor y diplomático. A la salida de la oposición, en un ambiente universitario fácilmente trasladable a la actualidad, algunos colegas preguntaron a Varela sobre el resultado de la oposición, a lo que don Juan contestó:

Ninguno tiene ni idea, pero ese chico vasco puede aprender”.

Todos los años me digo eso, que puedo aprender, y todos los años intento iniciar algo nuevo que me haga sentir, cuando pase el curso, que efectivamente he aprendido y que el esfuerzo ha merecido la pena. Y me gustaría mucho, de la forma que fuera, poder mantener esta vinculación actual con El Ciervo. Estoy, sinceramente, a su disposición. Mi ruego es que El Ciervo, como revista de pensamiento y cultura, se abra a la Ciencia más actual, vuelva a llevar la Ciencia al ámbito de la Cultura, en este país donde los periódicos tienen más páginas de toros –y ya no digamos de fútbol- que de los avances científicos espectaculares que se suceden en nuestra época sin solución de continuidad. La Ciencia es una revolución permanente, es tan creativa como el arte, pero lo que construye son mundos reales. La Ciencia debería ser parte de un debate cotidiano porque trata de grandes temas para la Humanidad, las verdaderas encrucijadas de este nuevo siglo: clonación, células madre, el libre albedrío, el cambio climático o el desarrollo sostenible. Me encantaría que El Ciervo liderase el debate sobre esos temas y sería un orgullo ser parte de ello.

Para terminar, dicen que hay dos tipos de personas, aquellos a los que si les ofreciesen una máquina del tiempo entrarían en ella para ver cómo fue el pasado y los que preferirían viajar al futuro. Poder viajar al pasado sería maravilloso, me gustaría comprobar si los neandertales sabían hablar o cantar, me emocionaría oír directamente de su autor el sermón de las bienaventuranzas, me apasionaría ver la justa en el que el conde Montgomery le clavó la lanza en un ojo a Enrique IV de Francia cambiando el destino de Europa, me gustaría seguir al comando del ejército rojo que se adentró en Berlín buscando unos trozos del cerebro de Lenin que temían que los americanos pudieran utilizar para desprestigiar a la Unión Soviética. Pero soy del otro grupo, de los que colocarían la flecha en el otro sentido, de los que preferirían conocer el mundo del futuro, descubrir qué nos deparará, cómo será. Me gustaría ir al año 2050, al 2070, al 2100 mirar entusiasmado –confío- a mi alrededor y, para saber cómo piensa esa sociedad, sacar del bolsillo una moneda del tipo que tengamos entonces, acercarme a un kiosco y comprar un ejemplar de la revista El Ciervo.

Muchas gracias a todos.