cajal_fincarrera_255El principal maestro de Santiago en su primera infancia fue su padre. Aunque el niño asistía a la escuela rural, él fue quien, mientras residían en Valpalmas (1856-1860) le enseñó a leer y a escribir, le inició en la aritmética y la geografía e incluso le dio las primeras lecciones de francés. Durante toda su vida, Cajal asoció el idioma galo a una oscura cueva, refugio de pastores, donde su padre le daba las clases «para concentrarnos en la labor y evitar visitas e interrupciones». Si tenemos en cuenta que el padre, Justo Ramón, era el benjamín de una familia de modestos labradores de Larrés, que había recibido muy poca formación y que consiguió a base de esfuerzos y una ambición implacable convertirse en médico, su dedicación a la formación de Santiagué es aún más ejemplar.

Los desvelos del padre dieron resultados y a los seis años, cuando el padre se traslada a Madrid para terminar sus estudios, es Santiago el que le escribe en nombre de la familia para mandarle novedades del hogar. A los ocho años, la familia Ramón se traslada a Ayerbe y los niños del pueblo recibieron al futuro premio Nobel con «sorda inquina» e «imbécil aversión». VILLANCICOS NIÑOS BARRIO MARAVILLAS 1908Quizá en parte por eso, y también por el menor tiempo libre del padre que le impedía atender su formación como había hecho antes, Santiago se convirtió en un alumno pésimo, indomable, un vándalo sin ningún interés por el estudio, situación que no resolvieron las «formidables palizas» que utilizaba su padre como estímulo educativo. Aún así, el padre decidió que Santiago sería médico, cuando el muchacho contaba nueve años.

En septiembre de 1861, Cajal termina la escuela primaria y es llevado por su padre a Jaca donde le matricula en el colegio de los padres escolapios para cursar allí el bachillerato.  En la villa jacetana, don Justo acomoda a su hijo en casa de su cuñado, Juan Cajal, tejedor. No era precisamente el paraíso: Juan estaba arruinado, acababa de enviudar, le había abandonado su hijo mayor que era su principal ayudante en el taller familiar y el hospedaje del sobrino era parte del pago de las deudas que Juan  Cajal tenía contraídas con su cuñado Justo Ramón.  Tras dejarle allí, donde viviría en unas condiciones míseras,  Justo Ramón se acercó al colegio y se entrevistó con los padres escolapios, a los que dijo así:

Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras empleando voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará.

Trabajo infantilLos frailes no hacen caso de estas sugerencias y siguen con su método de enseñanza que se fundamenta en la memorización y regurgitación de unas clases exentas de cualquier estímulo y un sistema que cercena el desarrollo de los talentos individuales para formar alumnos grises, pasivos  y obedientes. Por otro lado, exigen un comportamiento dócil, respetuoso y fiel seguidor de la doctrina católica. Nada de eso encaja en la personalidad de Santiago por lo que su estancia con los padres escolapios se convierte en un infierno en el que en particular un tal padre Jacinto, famoso como «desbravador» de los muchachos más difíciles, le intenta domar. No tuvo mucho éxito y Cajal lo recuerda así en sus memorias:

No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo mi caso cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.

Cajal lo califica en sus memorias como un «régimen de terror» con una educación basada en la memorización, impuesta a voces y repasada a golpes. Mostró, al igual que había hecho con las órdenes de su padre, su rebeldía y recibió en respuesta, ayunos impuestos, encierros, golpes y humillaciones como ser obligado a asistir a clase con un atuendo ridículo de «rey de los gallos». Años más tarde Cajal critica aquel sistema que buscaba quebrar la individualidad de los alumnos y exterminar cualquier capacidad creativa y cualquier inicio de un pensamiento independiente:

Estímanse como cualidades relevantes y loables la sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como defectos vitandos dignos de corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el espíritu crítico. Norma común en este linaje de maestros es tomar la viveza por despejo, la retentiva por talento y la docilidad por virtud.

A punto de ser expulsado, acaba el primer curso con un aprobado gracias a que el tribunal no estaba formado por los reverendos padres sino por los catedráticos del Instituto de Huesca, uno de cuyos miembros era amigo de su padre. Aquel catedrático informaría presumiblemente a Justo Ramón y su padre no quedó contento ni con esas pobres calificaciones ni con el aspecto demacrado del muchacho: «cuando regresé a Ayerbe mi pobre madre apenas me reconoció: tal me pusieron el régimen de terror y el laconismo alimenticio» de los padres escolapios.

Justo Ramón le saca del colegio y le envía a continuar el bachillerato en el Instituto de Huesca que, por cierto, ahora se llama el IES  “Ramón y Cajal”, donde su experiencia es muy distinta. Es un régimen más abierto y con planteamientos más didácticos y Cajal recuerda años después a los profesores de sus primeros cursos, con afecto al de Latín, un anciano bondadoso que no conseguía controlar a los alumnos y al de Geografía, cuya seriedad inspiraba «veneración y temor» pero que daba buenas clases que captaron su interés. Allí termina el segundo año sin buenas notas pero también sin suspensos. De los catedráticos del siguiente curso, le influyeron positivamente el de Retórica y Poética, y sobre todo, el de Física y Química, que le abrió el fascinante mundo del laboratorio y los experimentos. Tras las vacaciones de verano, que dedica a nuevas barrabasadas, Santiago regresa a Huesca para el curso 1865-66, con 13 años, para empezar tercero de bachillerato, acompañado por su hermano Pedro, de 11, que comenzaría primero. instituto_huesca_255El padre tiene dudas de la influencia que pueda tener Santiago sobre el carácter de Pedro, más tranquilo y estudioso, así que los aloja por separado, a Pedro en una casa de huéspedes y a Santiago le pone de mancebo en una barbería. El objetivo de don Justo era, por un lado, que forzado a compaginar trabajo y estudio Santiago se fuese volviendo más responsable y, por otro, que aprendiese un oficio pues su pobre rendimiento escolar hacía pensar que no terminaría sus estudios con aprovechamiento, sería incapaz de hacer una carrera y era necesario que aprendiera un oficio que le permitiera ganarse la vida.

Confirmando las pocas expectativas de su padre, ese año Santiago no muestra interés por la Historia, la Psicología, lógica y ética ni siquiera por la Historia natural. Además, se lleva tan mal con el profesor de Griego que no se presenta al examen final, con lo que está suspenso y tiene notas bajas en las demás asignaturas. Shoemaker workshop. Capri, Italy.Su padre, que era de una absoluta firmeza, le saca del instituto y le pone de aprendiz de zapatero en Gurrea de Gállego, una pequeña aldea donde reside la familia.  Cuando al final del verano, la familia vuelve a Ayerbe, don Justo le busca otra zapatería donde Cajal pasa un año poniendo suelas y cosiendo botines. En 1917, con 65 años cumplidos, Cajal decidió recorrer las localidades del Pirineo aragonés donde había trascurrido su infancia y adolescencia y en la estación de Huesca se encontró con su antiguo patrón en el negocio del calzado. Este hombre, un anciano ya, se fundió con él en un abrazo y le dijo: «Y yo que siempre pensé, hijo mío, que tu porvenir estaba en la zapatería», a lo que Cajal respondió «¡menos mal que un maestro mío me hace justicia!»

Perdido así un curso,  un tiempo que Cajal recuerda con afecto, su padre, satisfecho de los resultados y de que el muchacho parece haber aprendido la lección, le vuelve a llevar al instituto en Huesca. Padre e hijo hacen un pacto. Santiago se aplicará en los estudios si, a cambio, su padre le deja matricularse en dibujo. El experimento funciona y Cajal saca su primer sobresaliente. Sin embargo, el dibujo fue también la causa de nuevos problemas. Paseando por las afueras de la muralla de Huesca se encontró una tapia recién encalada. Aquel lienzo inmaculado era una tentación demasiado potente para un dibujante compulsivo como Santiago. Dígalo él con sus palabras:

Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y carboncillo, fue cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica, don Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados, prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador —lo confieso— hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma y sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma, la devoción al tomismo y la lealtad a don Carlos.

Quiso la casualidad que el retratado pasase por allí y se encontrase con unos muchachos que estaban apedreando, entre insultos, su efigie. El bueno de don Vicente obtuvo de los apedreadores, tras las amenazas imaginables, la identificación del autor de la caricatura y al día siguiente expuso en clase su opinión sobre el monigote de la tapia «con un chaparrón de calificativos denigrantes», expulsando a Santiago. El padre de Santiago, que era buen amigo del caricaturizado le escribió pidiéndole disculpas y consiguió que le readmitiera en clase pero no que se le olvidara. Cuando llegó el momento de los exámenes finales, aquel catedrático de instituto, recto y dolido, dijo a sus compañeros de tribunal:

Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de examinar al señor Ramón. Llegada la hora de la justicia, deseo que no pueda acusárseme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda influencia, califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de truhanes y a la befa del populacho.

Los compañeros del agraviado, como no podía ser de otra manera, hicieron pasar las de Caín a Cajal a pesar de que había estudiado y decidieron enseñarle la lección. Cajal suspendió y, temiendo posiblemente la respuesta de don Justo, decide escaparse en compañía de unos camaradas e ir andando a Zaragoza para alistarse como soldados o buscar un oficio. Afortunadamente hacen noche en Vicien, en casa del tío de uno de ellos que era el maestro del pueblo, y después de dormir y comer, recapacitan y emprenden la vuelta con las orejas gachas. Cajal siguió estudiando y terminó finalmente los estudios de secundaria:

Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno, me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías, me acomodó de mancebo en casa de don Mariano Bailo, paisano, amigo y condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y era hombre a carta cabal.

La llegada de Cajal a la universidad tiene lugar en un ambiente particular. Los años siguientes a la revolución de 1868, la época universitaria de Cajal, La llegada de la República'estuvieron marcados por una amplia libertad de enseñanza totalmente opuesta a la anterior opresión ideológica. Un ejemplo puede ser la Teoría de la Evolución de Darwin que pasó de ser un tema solo conocido por los especialistas a ser expuesta y debatida por la sociedad en su conjunto. La liberalización en la creación de centros educativos -«todos los españoles quedan autorizados para fundar establecimientos de enseñanza»- generó la aparición de numerosas «escuelas libres» de Medicina, como en la que estudió Cajal en Zaragoza, sostenida conjuntamente por la Diputación y el Ayuntamiento,  y que se caracterizaron por el poco nivel docente de su plantilla de profesores y la pobreza de los medios materiales disponibles.  Entre los profesores de esta Escuela libre de Medicina destacaban Genaro Casas Sesé, un clínico de renombre, amigo y condiscípulo del padre de Cajal, que impartía la Patología médica y ejercía como decano, y Nicolás Montells Bohigas, un buen cirujano que impartía la Patología quirúrgica. El resto de las asignaturas eran impartidas por médicos locales con una preparación muy escasa y nula formación docente. De hecho, solo Casas y Montells obtuvieron cátedras cuando la Escuela libre se transformó en Facultad en 1877 pero incluso ellos mismos defendían teorías anticuadas y no hacían apenas prácticas.

En los estudios universitarios su primer maestro es de nuevo su padre. Justo Ramón, que es el responsable de conducirle de mejor o peor grado hacia la Medicina, fue de nuevo su tutor y guía en la práctica de la disección y los estudios anatómicos.  Ya antes de terminar el bachillerato fueron padre e hijo a recoger huesos de una fosa común de un cementerio rural. Con ellos, el padre fue guiando a Santiago para reconocer «accidentes y detalles de la morfología interior y exterior de cada pieza del esqueleto». cajal_autorretrato_con_esqueletoA esa tarea dedicó Justo Ramón todo su tiempo libre, proporcionándole además libros para estudiar. Lo mejor es que por primera vez padre e hijo trabajaron en sintonía y Justo Ramón consiguió interesar a su hijo y conducirle en lo que con él funcionaba, las manos a la obra y no las demostraciones memorísticas tan en boga en aquella época. En aquel tiempo, Justo Ramón presumía de lo conseguido con él. Santiago lo comenta así en sus memorias:

Recuerdo cuan grandes eran su placer y su orgullo —harto excusables dada su doble naturaleza de padre y de docente— cuando, en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando preguntas.

Fue quizá la mejor época de padre e hijo. Justo Ramón había ganado unas oposiciones a médico de la beneficencia provincial y había sido nombrado profesor interino de anatomía, con lo que padre e hijo podían trabajar intensamente en la sala de disección en lo que el padre preparaba sus clases y el hijo aprendía a su lado:

Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender; que no hay profesor más celoso que el que estudia para enseñar. Mi lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a las ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban las piezas anatómicas.

Una parte de aquellos dibujos anatómicos, pensados incluso para convertirse en un atlas, han llegado hasta nuestros días y sorprende su calidad, impropia de un estudiante. rc1En las primeras asignaturas de la carrera le pasó lo que a todos los jóvenes: que no le gustan algunos profesores y admira a otros. Uno de estos últimos era Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, que llenaba de improperios a los alumnos. Cajal cuenta de él:

Cierto día preguntóme las arterias de los miembros superiores. En un lenguaje deslavazado y tímido respondí, que la arteria humeral, se extiende a lo largo del brazo. ¡Pero hombre, me interrumpió indignado, a lo largo… Cualquiera diría que es Vd. sastre y está tomando la medida de manga!

En el resto de las asignaturas, Cajal no destacó. Faltaba mucho a clase, dedicaba tiempo a la gimnasia, la filosofía y la pintura y seguía siendo poco disciplinado. En los exámenes se conformaba con aprobar. Él lo cuenta así:

A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin tropiezos aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A decir verdad sólo estudié con esmero la Anatomía y la Fisiología; a las demás asignaturas —las Patologías médica y quirúrgica, la Terapéutica, la Higiene, etc.—, consagré la atención estrictamente precisa para obtener el aprobado. A lo que debió quizá contribuir algo cierto ministro de la Gloriosa, quien, por devoción al igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a dos: aprobado y suspenso.

Afortunadamente para los alumnos que como Cajal mejoraban compitiendo, el año 1872 otro ministro de Educación de la I República restableció las calificaciones. La historia eterna en España de los continuos vaivenes en todos los niveles educativos. Aun superada la Anatomía, Padre e hijo siguieron trabajando juntos en la sala de disección mientras Santiago avanzaba en la carrera dedicando a ella «todo el vagar que nos dejaban, a mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas». Con toda esa práctica, el análisis cuidadoso para hacer ilustraciones de las disecciones y la guía de su padre, el estudiante Santiago Ramón y Cajal se fue convirtiendo en un buen anatomista. Anatomía fue la única asignatura en la que Cajal optó a un premio al mejor estudiante, una costumbre muy extendida para animar a los estudiantes y fomentar sobresalir entre los demás compañeros. Cajal estuvo a punto de perder porque la calidad de su examen —impropia de un estudiante— hizo sospechar a Montells, miembro del tribunal, que había hecho trampas. El desarrollo profesional de Cajal fue precisamente por la anatomía, se convirtió en el alumno predilecto de Manuel Daina, profesor de anatomía, consiguió una plaza de ayudante interino, ganó algunos gajes dando clases particulares y fue la palanca para su futuro profesional en la academia, aunque luego se centraría en la anatomía microscópica y no en la macroscópica.

don_jenaro_casas_255Cajal no era un estudiante tímido. Cuenta también, con cierto pudor, una fuerte discusión en clase con el decano don Genaro Casas pues tras haber leído la Patología celular de Virchow manifestó su desconfianza en las ideas vitalistas de don Genaro, ya para entonces pasadas de moda. Cajal, aunque la razón estaba de su parte, no obstante comenta que «dio un espectáculo deplorable en clase» e hizo «pasar un mal rato al bueno de don Genaro». Cuando este último se encontró con su amigo, Justo Ramón, le dijo: «Tienes un hijo tan testarudo, que como él crea tener razón, no callará, aunque de su silencio dependiera la vida de sus padres».

De Ferrer el profesor de Obstetricia, cuenta también que le reprendió un día públicamente por sus ausencias continuadas e injustificadas. Santiago, que no sabía callarse ni debajo del agua, le argumentó que «los trabajos de la sala de disección me privan del gusto de escucharle asiduamente». «Sin embargo —añadí infatuado y jactancioso—, estudio diariamente las lecciones del programa y creo estar algo preparado.» —Eso vamos a verlo ahora mismo—replicó, amostazado, el profesor».

Ferrer, creyendo ponerle en un aprieto, le preguntó por la génesis de las membranas del embrión. Lo que sucedió después lo cuenta mejor que nadie el protagonista:

Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me aproximé solemnemente al encerado, y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé más de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases evolutivas del blastodermo, vesícula umbilical, alantoides, etc., y explicando al mismo tiempo lo que aquellas figuras representaban. ¡Estuve verdaderamente épico!… El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó anonadarme, y me proporcionó lucimiento resonante. La clase entera aplaudió al compañero. Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante mal, diole tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para los exámenes con la nota de sobresaliente, aunque no asistiese más a clase». «La conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus negligencias.». Yo abusé cuanto pude del permiso.

En junio de 1873, tras recibir una formación universitaria bastante mediocre, y haberse cajal_18_255dedicado a lo que él llamó sus tres manías, la gimnástica, la filosófica y la literaria, Santiago Ramón y Cajal terminó sus estudios de medicina. Justo Ramón había decidido ya cuál era el siguiente paso, pero esta vez contando  con la anuencia de Santiago: tenía que completar su formación como morfólogo para presentarse a las primeras oposiciones a cátedra de anatomía que se convocaran, pero padre e hijo no pensaron que algo importante se iba a poner en medio de sus planes: España estaba perdiendo la guerra de Cuba.

Para leer más:

  • Cabrera Forneiro J (1996) Santiago Ramon y Cajal. Sinopsis. Editado por el autor. Madrid.
  • López Piñero JM (2000) Cajal. Ed. Debate, Madrid.
  • Ramón y Cajal S (2007) Mi infancia y juventud. El mundo visto a los ochenta años. Ed. Prames, Zaragoza.
  • Lewy Rodríguez E (1987) Santiago Ramón y Cajal: el hombre, el sabio y el pensador. CSIC, Madrid.