Adaptación olfativa y autismo

El Manual estadístico y diagnóstico de los trastornos mentales, 5ª edición (DSM-5) incluye las alteraciones sensoriales como una de las cuatro características de comportamiento restringido/repetitivo de las personas con trastorno del espectro del autismo (TEA). Define esta característica sintomática como una «hiper- o hiporreactividad a entradas sensoriales o un interés inusual por aspectos sensoriales del medio». Las personas con TEA tienen más probabilidad de mostrar síntomas de tener alterada la modulación de los sentidos que los individuos normotípicos o que aquellos con discapacidad intelectual. El tema es importante porque estas anomalías en  el procesamiento de la información  sensorial pueden ser una fuente importante de estrés y ansiedad para los niños y adultos con TEA  y, además, se piensa que puede tener valor diagnóstico incluso entre niños muy pequeños.

Entre las alteraciones de la modulación sensorial, los problemas olfativos permiten distinguir con claridad a personas con TEA de personas con otros trastornos del desarrollo. Muchas veces no somos conscientes del impacto que el olfato tiene en nuestras vidas pero las diferencias en la olfación de individuos con TEA pueden contribuir a que tengan dietas restrictivas y desequilibradas y a que se sientan incómodos en algunos lugares donde hay olores característicos. Hay también informes y artículos científicos que señalan problemas en el olfato de personas con TEA y que la gravedad de esta sintomatología es un factor predictivo de las dificultades en la interacción social en los niños con autismo; es decir, las personas con TEA que muestran peor olfato, muestran una mayor alteración en la interacción social.

La adaptación es una característica clave de los sistemas neuronales y se puede definir como una reducción en el corto plazo de la respuesta o la sensibilidad de las neuronas tras la exposición prolongada a un estímulo al que esas neuronas son sensibles. Un ejemplo de adaptación olfativa es cuando entramos en una sala cargada, al principio notamos esa atmósfera pero a los pocos segundos ya no lo percibimos, nuestro sistema olfativo se ha adaptado. Un ejemplo de adaptación táctil es cuando nos vestimos por la mañana, al principio podemos notar los tejidos o las etiquetas de la ropa pero a los pocos segundos ya no somos conscientes, nuestros receptores se han adaptado y no notamos que nos hemos puesto algo hace muy poco y está rozando de manera constante con nuestra piel.

La adaptación nos permite ajustar nuestra respuesta a los cambios en el ambiente, notamos la diferencia inicial (algo que no estaba y ahora está o viceversa y también algo que ha variado a más o a menos) pero si no es algo importante al poco tiempo dejamos de notarlo y nos quedamos a la espera de nuevas sensaciones. De hecho, la adaptación olfativa sirve para facilitar la percepción de estímulos olfativos que sean novedosos o que estén cambiando de intensidad. Mediante la adaptación se incrementa el tiempo de reacción a los estímulos olfativos y disminuye la respuesta comportamental, aunque el estímulo sigue igualmente presente, en cierta manera es ignorado por nuestro sistema nervioso.

Hay estudios que señalan que la adaptación está afectada en las personas con autismo. Ello puede implicar malestar, ansiedad y comportamientos anómalos. Nosotros mismos cuando notamos que una ropa nos pica, no aguantamos mucho con ella puesta, si no nos adaptásemos estaríamos notando de manera constante un estímulo que no cambia en el tiempo y que, en los normotípicos, el sistema nervioso ignora a los pocos segundos.

La adaptación olfativa, también conocida como «nose blindness» (ceguera de la nariz) puede definirse como una «exposición prolongada o repetida a un odorante que conduce típicamente a una reducción de la intensidad percibida de un olor y a un incremento del umbral de detección. En otras palabras, cuando estamos oliendo algo un período prolongado, ese aroma u olor nos parece menos intenso y hace falta mayor cantidad para su detección. Los efectos de la adaptación se pueden medir utilizando electrofisiología, neuroimagen o viendo los cambios psicofisiológicos en el comportamiento, en particular en la percepción.

El proceso de adaptación olfativa depende de diferentes variables tales como la concentración de sustancia odorante, la duración de la adaptación y la similitud del odorante usado para la adaptación y el que pueda generar una nueva estimulación. A nivel comportamental, la respuesta a un estímulo novedoso tras la terminación de un proceso de adaptación olfatoria depende del intervalo de tiempo entre el final de la exposición al odorante que causó la estimulación y la estimulación subsecuente por el segundo odorante. También se ha visto que la adaptación depende de la relevancia de la sustancia, las personas muestran una menor adaptación cuando creen que ese olor es importante, en cierta manera es como si el cerebro quisiera seguir pendiente de su presencia. Eso encaja con que el olfato es importante para la supervivencia y así muchos de los malos olores van unidos a riesgo de enfermedades (agua estancada), a peligros (gas) o a intoxicaciones (comida en mal estado). Por otro lado, el olor también va unido al placer y ese hedonismo también influye sobre la adaptación olfativa, que contribuye a la confortabilidad de una persona con el ambiente que le rodea. Por ejemplo, si los niños juegan en un parque donde huelen un producto químico no suelen permanecer en esa zona porque el olor de la sustancia química les hace sentir a disgusto. Sin embargo, si vuelven repetidas veces a esa zona empiezan a no notar la diferencia y se sienten a gusto debido a la adaptación de su olfato y a esa experiencia placentera. La adaptación les ayuda a permanecer en el sitio en el que disfrutan.

Puesto que el olfato y la adaptación olfativa son importantes para sentirse a gusto en un ambiente determinado, pueden tener importancia para el TEA donde la inclusión en un ambiente es menor que en las personas normotípicas. El primer estudio sobre adaptación olfativa en personas con TEA fue hecho por Tavassoli y Baron-Cohen en 2012 y no encontraron diferencias entre personas con TEA y normotípicos. Otros artículos con temas relacionados con el olfato y la adaptación han generado resultados inconsistentes. Una parte del problema es la metodología: los olores permanecen en el ambiente, lo que dificulta las medidas; además, aunque tengamos una concentración de una molécula odorante en un frasco, diversas condiciones (temperatura, distancia a la nariz,  etc.) pueden afectar a la volatilidad de la sustancia y hacer que las concentraciones que llegan a los receptores olfativos en la nariz sean irregulares.

El grupo de Kumazaki ha publicado en 2019 en el Journal of Autism and Developmental Disorders un estudio sobre la adaptación olfativa en niños con TEA frente a controles normotípicos que soluciona alguno de estos problemas. Han usado un sistema desarrollado por ellos al que han denominado Fragance Jet for Medical Checkup que usa un sistema de eyección de pulsos de odorante similar al de una impresora de chorro de tinta. Este sistema proyecta pequeñas gotas de una fragancia y usa muy poca cantidad lo que hace que su permanencia en el ambiente sea muy limitada. Otra ventaja es que usan acetato de isoamilo, mientras que en el estudio de Tavassoli y Baron-Cohen usaban n-butanol. El alcohol, y el butanol es un alcohol, estimula no solo el sistema olfativo sino también el nervio trigémino con lo que puede confundir debido a la estimulación simultánea de dos rutas sensoriales. Por otro lado el acetato de isoamilo, que huele a plátano, tiene otras ventajas: no le afecta el sistema de conservación, es barato y es fácil de conseguir.

Los investigadores japoneses excluyeron a los participantes que tuvieran alguna afección orgánica del olfato, bloqueo nasal debido a una sinusitis o una infección viral, una infección aguda de las vías respiratorias, síndrome premenstrual o presencia en el historial médico de daños en la cabeza o uso de sustancias ilícitas. También excluyeron a los muchachos con TEA que presentasen autismo sindrómico (FMR1, síndrome de Rett y Shank 3). Los criterios de inclusión eran diagnóstico de TEA de acuerdo con los criterios del DSM-5, edad entre 9 y 15 años y cociente de inteligencia ≧70. El grupo de estudio fue finalmente de 9 chicos con TEA y 9 normotípicos, los 9 participantes con TEA eran niños mientras que de los normotípicos, 6 eran niños y 3 niñas.  Puesto que la adaptación es distinta si el olor es considerado agradable o desagradable los investigadores comprobaron, usando una escala Likert, que todos los participantes estaban familiarizados con el olor a plátano y que no les resultaba especialmente agradable o desagradable.

El estudio estadístico (ANOVA) confirmó que el grupo de normotípicos mostraba una mayor adaptación que el grupo con TEA. La sensibilidad a la primera exposición era mayor en los normotípicos (1.32±0.27), que en los que tenían TEA (1.58±0.41). En los TEA no hubo apenas adaptación y el valor en la segunda exposición (1.60±0.43), era muy similar al de la primera En los normotípicos, en cambio, frente a la primera valoración (1.32±0.27), el umbral de detección olfativa se incrementó significativamente en la segunda exposición (1.65±0.21) lo que indicaba una clara adaptación. Estos resultados son consistentes con estudios previos que sugieren que los niños con TEA muestran una adaptación significativamente menor que los niños normotípicos en otros sistemas sensoriales, incluyendo el visual, el auditivo y el táctil. Es posible que el resultado de esa incapacidad para adaptarse a los estímulos olfatorios genere una sensibilidad exagerada a los olores de la vida cotidiana. Puede ser interesante también porque los olores parecen ser parte de nuestra vida social y permiten reconocer a personas conocidas aunque no seamos conscientes de ello.

La adaptación no es el único problema olfativo que presentan las personas con TEA en comparación con controles. Bennetto et al. (2007) han visto que la identificación de olores es peor que en controles. Sus datos sugieren que entre los individuos con TEA, la identificación de aromas se correlaciona con los niveles de iniciación y mantenimiento de una conversación y con los intercambios sociales. También sugieren que la dificultad en identificar olores contribuye a los altos niveles de rechazo de comidas y a la selectividad con los alimentos que presentan muchos niños con TEA.

 

 

Para leer más:

  • Bennetto L, Kuschner ES, Hyman SL ( 2007) Olfaction and taste processing in autism. Biological Psychiatry, 62: 1015–1021.
  • Kumazaki H, Muramatsu T, Miyao M, Okada KI, Mimura M, Kikuchi M (2019) Brief Report: Olfactory Adaptation in Children with Autism Spectrum Disorders. J Autism Dev Disord. doi: 10.1007/s10803-019-04053-6. [Epub ahead of print]
  • Tavassoli T, Baron-Cohen S (2012) Olfactory detection thresholds and adaptation in adults with autism spectrum condition. J Autism Develop Dis 42(6): 905–909.

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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