Claviceps purpurea es el nombre científico de un hongo que parasita distintas especies de cereales. El nombre común es cornezuelo del centeno, porque el hongo en la espiga se ve con forma de “cuernito”- una masa negra o morada de forma curvada que llega a alcanzar varios centímetros de longitud- y porque la especie más comúnmente infectada es el centeno aunque, más raramente, también se puede encontrar en otras gramíneas como la avena, el trigo o la cebada.

El hongo parásito de la planta de cereal produce unas micotoxinas que contienen numerosos alcaloides (ergometina, ergosina, ergotamina, ergocornina, ergocriptina, ergocristina, agroclavina, elimoclavina, lisergol,…) que se asemejan el LSD y tienen importantes efectos neurológicos. De hecho, el LSD fue sintetizado por Albert Hofmann, un químico suizo, cuando intentaba purificar e identificar los principios activos del cornezuelo. El envenenamiento por cornezuelo se conoce probablemente desde hace más de 2.500 años. Una tablilla asiria del 600 antes de Cristo habla de una “pústula nociva en la espiga del grano”. Griegos y romanos, gente culta y mediterránea, no valoraban mucho el pan de centeno que era algo típico de los teutones y sus dominios centroeuropeos.

El consumo de pan fabricado con centeno (pan negro) que a su vez estaba contaminado con cornezuelo generó durante la Edad Media una enfermedad mental muy común que se denominó fuego de San Antonio, ergotismo o fuego del infierno. Los síntomas más comunes eran alucinaciones, convulsiones, espasmos, psicosis, manías, náuseas, picores intensos, sensaciones de frío o calor intenso y vómitos, por lo que no es de extrañar que los asustados vecinos le atribuyeran un componente diabólico. El ergotismo espasmódico o convulsivo fue especialmente común en Francia. Como es, desgraciadamente, el caso con diversas enfermedades, algunos clérigos difundieron la idea de que era un castigo divino a los pecadores, algo que siempre tiene difícil defensa aunque aumente la devoción de las víctimas.

Las micotoxinas del cornezuelo también generan vasoespasmos arteriales, especialmente en los brazos y los muslos, por lo que disminuye el riego sanguíneo y se puede producir necrosis y gangrenas, fundamentalmente en las extremidades. Muchas personas afectadas de la variante necrótica del fuego de San Antonio, más común en Alemania, terminaban con una grave discapacidad física, algo que se puede ver en muchos retablos donde la orden ensalzaba las virtudes curativas y los milagros de su santo patrón (ver el retablo de Matthias Grünewald para el altar mayor de Isenheim). Las propiedades vasoconstrictoras del hongo se han utilizado para inducir el parto (o los abortos) y también para impedir las pérdidas masivas de sangre, especialmente en parturientas donde las hemorragias postparto eran la primera causa de muerte en las mujeres jóvenes. De hecho, parece que ya Hipócrates recomendaba una preparación de cornezuelo para intentar detener estas sangrías.

Las víctimas del ergotismo pedían ayuda a la Virgen y a distintos santos, en especial a San Antonio Abad, o San Antonio de Egipto, que entregó todos sus bienes para ayudar a expandir el cristianismo y vivió una vida de oración y contemplación, siendo considerado el primer eremita. Sus reliquias pasaron a Alejandría, luego a Constantinopla y de allí, por petición del  conde de Dauphiné, a esta localidad francesa. Dos nobles de la zona, Gaston y su hijo Gérin, afectado de ergotismo, peregrinaron a su iglesia en 1090. Gaston juró frente a la tumba de San Antonio entregar todos sus bienes para luchar contra el ergotismo si su hijo se curaba. Gérin se recuperó y Gastón, fiel a su promesa, creó la orden de San Antonio. Su primer hospital tenía la paredes pintadas de rojo fuego y es posible que todo esto contribuyera  a que el ergotismo se  conociera como el fuego de San Antonio.

El consumo de pan de centeno estaba tan extendido y la presencia en la harina de polvo de cornezuelo en Centroeuropa era tan abundante que los frailes de San Antonio o antonianos se dedicaron en exclusiva a tratar a estos enfermos. Sus hospitales y conventos se extendían por Alemania, Francia y Bélgica, donde el centeno era el cereal más cultivado, frente al trigo, que era más mediterráneo. Pronto se vio que el remedio más eficaz para estos pacientes era indicarles que hicieran el camino de Santiago, es decir, que  peregrinaran a la catedral del apóstol en Santiago de Compostela. Aunque nunca hay que desdeñar el influjo positivo de las creencias religiosas, una posible explicación científica tiene que ver con los campos de Castilla. Una gran parte del Camino discurre por Castilla y León, cerca de sus grandes llanuras cerealistas.

El hospital del monasterio de San Antón de Castrojeriz (Burgos), fundado por Alfonso VII de Castilla en torno a 1146, sanaba a los peregrinos afectados del fuego del infierno porque los amorosos cuidados de los frailes antonianos iban acompañados de un producto local, pan de trigo candeal, desprovisto de Claviceps, y cuyos efectos benéficos acompañaban a todos los que hacían el Camino. Según cuenta Enrique del Rivero en “Rincones singulares de Burgos”:

… Además de curar a los enfermos del fuego de San Antón, imponiéndoles un escapulario con la Tau y ofreciéndoles los también curativos pan y vino de San Antón, atendían, con esmerada hospitalidad a todos los peregrinos, incluso a los que pasaban de noche. Para estos últimos tenían dispuestas, bajo la protección del pórtico de la iglesia, unas alacenas de piedra en las que siempre se encontraban las necesarias provisiones para seguir el camino…

El Camino de Santiago pasa bajo los dos arcos del pórtico que protege la entrada a la iglesia del monasterio, adornada con arquivoltas hermosamente talladas. Allí se pueden ver las dos zonas donde se colocaban alimentos para los peregrinos que llegaban fuera de horario. La cruz de Tau era el emblema de los antonianos, un símbolo que después fue asimilado por los templarios y también por los franciscanos.

En 1976, en la revista científica Science, una de las más prestigiosas del mundo, la investigadora Linnda R. Caporael sugirió que los famosos juicios de brujería celebrados en Salem pudieran tener una causa médica y un artículo posterior de Mary Matossian argumentó en American Scientist que podía haber sido una epidemia de fuego de San Antonio. Los juicios de brujería de Salem se iniciaron por nueve muchachas de esta localidad que empezaron a mostrar convulsiones y, tras los procesos de 1692, diecinueve personas, la mayoría mujeres, fueron condenadas y ahorcadas. A favor de que fuera un caso de ergotismo o fuego de San Antonio apuntaban algunas de las sensaciones recogidas en las declaraciones judiciales, como sensaciones de hormigueo bajo la piel y en los dedos, tinnitus, dolores de cabeza, alucinaciones, espasmos musculares dolorosos, vómitos, diarreas y un amplio espectro de manifestaciones neurológicas como depresión, manías, psicosis y delirios. La Dra. Caporael también aportó evidencias de que el centeno se cultivaba intensamente en la zona de Salem en la época de los juicios y que los registros meteorológicos de ese año indicaban unas condiciones climáticas, frío y mucha humedad, que habrían favorecido la proliferación del hongo.

Otros investigadores fueron críticos con esta teoría. Uno de sus argumentos fueron que si la comida estaba contaminada los síntomas se habrían manifestado en todos los componentes de una familia y no solo en individuos concretos, y que el fuego de San Antonio era una enfermedad bien conocida que no debería haber sido tomada como una posesión diabólica. En respuesta a estas objeciones hay investigadores que han sugerido que algunas personas mal alimentadas o con úlceras de estómago podrían ser mucho más susceptibles a las micotoxinas del cornezuelo y que esa incidencia en casos concretos explicaría los pocos afectados así como que la enfermedad no hubiera sido identificada en principio. Además, proponen que el recelo a los juicios sobre brujería y herejía habrían generado tal miedo a ser condenado, torturado y ejecutado que la gente habría escondido sus síntomas médicos.

Hablar del fuego de San Antonio parece hacer referencia a algo lejano, de la Edad Media o de la época de las brujas, algo del pasado. De hecho, la orden de los antonianos fue disuelta por Pío VI en 1789 y el convento de Castrojeriz fue clausurado por Carlos III dos años después. Actualmente quedan unas ruinas que merece la pena visitar como recuerdo de su antiguo esplendor. El control de las infecciones, la disponibilidad de mejores técnicas para el cultivo, la cosecha y el almacenamiento de grano, la calidad en los procesos de fabricación de pan, los antibióticos y los antimicóticos eliminaron la mayor parte de los casos de ergotismo, pero no todos. En 1951 hubo un brote en el pueblo francés de Pont-Saint-Esprit del que fallecieron cinco personas. Más recientemente en la región de Wollow en Etiopía a finales del siglo XX y en el XXI ha habido varios brotes, en uno de los cuales hubo 93 casos de ergotismo gangrenoso, 47 de los cuales murieron. Salvo estos casos, siempre en zonas con graves problemas alimentarios y malas condiciones sanitarias, los casos de ergotismo se producen en la actualidad porque el cornezuelo es una fuente importante de medicamentos, en especial para las migrañas, y un consumo excesivo vuelve a hacer aparecer el fuego de San Antonio.

San Antonio Abad es también conocido como San Antón o como el santo del cerdito (“Sant Antoni del porquet”) pues, según la leyenda, curó a un cerdo herido que después le seguía a todas partes y que aparece esculpido o pintado a su lado.  Hay una coplilla aragonesa que dice

San Antón era un francés
que de Francia a España vino
y lo que tiene a los pies
es un hermoso tocino.

Hay múltiples fiestas con comidas, hogueras (en recuerdo del Fuego de San Antonio) y otras celebraciones donde se comen a menudo productos de la matanza, en ocasiones de un cerdo criado por todo el pueblo en honor de San Antón y cuyos productos son compartidos por todos los paisanos. Otra coplilla menos devota dice así:

San Antón mató un marrano
y no me dio las morcillas
quien le diera a San Antón
con un palo en las costillas.

Este país nuestro, que somos así. 

Para leer más:

  • Caporael, L.R. (1976) Ergotism:  The Satan Loosed in Salem?. American Association for the Advancement of Science, Nueva York.
  • Del Rivero, E. (2003) Rincones singulares de Burgos, VII Del Arlanzón al Pisuerga, Caja de Burgos, Burgos. p. 14.
  • Finger, S. (1994) Some movement disorders. En: Origins of Neuroscience. Oxford University Press, Nueva York, pp. 220-221.
  • Shibamoto, T., L.F. Bjeldanes (2009) Introduction to Food Toxicology (2ª edición) Academic Press, Burlington (MA, EEUU)

Para ver el Monasterio de San Antón en Castrojeriz y el retablo de Isenheim

  • http://www.castrojeriz.com/en/lugares-para-visitar/ruinas-del-monasterio-de-san-anton
  • http://en.wikipedia.org/wiki/File:Mathis_Gothart_Gr%C3%BCnewald_019.jpg