La expresión de las emociones

Paul Ekman nació en 1934 en Washington, D.C., en una familia judía. Cuando le preguntaron en una entrevista que porqué había decidido ser psicólogo contestó « Mi madre, que ahora creo que tenía un trastorno bipolar, se suicidó cuando yo tenía 14 años. Decidí que la forma de afrontarlo era intentar ayudar a personas como ella, y tratar de entender los trastornos emocionales».

Ekman se matriculó en la Universidad de Chicago a los 15 años, sin haber terminado el bachillerato, y allí cursó tres años de estudios universitarios. Durante su estancia en Chicago le fascinaron las sesiones grupales de terapia y la comprensión de las dinámicas de grupo. Entre sus compañeros de clase en Chicago se encontraban la escritora Susan Sontag, el director de cine Mike Nichols y la actriz Elaine May, así que aquellas dinámicas grupales tenían que ser realmente interesantes. Luego estudió dos años en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo su licenciatura en 1954 con un proyecto que buscaba determinar cómo respondería la gente a la terapia de grupo antes de vivir realmente la experiencia.

En un principio, quería ser psicoterapeuta, pero cuando fue reclutado por el ejército en 1958 descubrió que la investigación servía para cambiar la forma de hacer las cosas y las volvía más útiles y humanas. Esta experiencia le orientó hacia la investigación científica con el propósito de ayudar no a una sola persona, como se consigue en una terapia, sino al mayor número de personas posible.

La obra más notable de Ekman es su estudio de la expresión emocional. Eligió la expresión facial y no la voz porque le encantaba la fotografía desde los 12 años y sabía cómo usar la cámara para entender el rostro. En The Expression of the Emotions in Man and Animals (La expresión de las emociones en el hombre y los animales), publicado en 1872, Charles Darwin teorizó que había una continuidad entre las emociones mostradas por los animales y las humanas, que las emociones eran rasgos universales para la especie humana y también estudió los gestos faciales que acompañaban a las emociones. Sin embargo, la creencia predominante durante la década de 1950, sobre todo entre los antropólogos, era que las expresiones faciales y sus significados eran el resultado de procesos de aprendizaje, eran comportamientos culturales. Una destacada defensora de esta última perspectiva era la antropóloga Margaret Mead, que había viajado a diferentes países y examinado cómo se comunicaban las personas de diferentes culturas mediante el lenguaje no-verbal.

El experimento de Ekman consistió en mostrar fotografías de rostros que expresaban diferentes emociones a personas de diferentes países. Descubrió que los miembros de diversas culturas alfabetizadas occidentales y orientales (EEUU, Japón, Argentina, Chile y Brasil) ponían las mismas etiquetas emocionales a las mismas expresiones faciales. Usó para ello el Pictures of Facial Affect (POFA; 1976), un conjunto de  110 imágenes en blanco y negro de actores caucásicos que representan las emociones básicas. El POFA se ha utilizado para estudiar el reconocimiento de emociones en poblaciones normales y psiquiátricas de todo el mundo y muchos  investigadores están a favor de él porque ha sido utilizado para grandes grupos normativos en diferentes culturas, lo que facilita su comparación y discusión. Sin embargo, en respuesta a las críticas sobre cierto etnocentrismo, Ekman publicó un conjunto de imágenes más diverso desde el punto de vista cultural, denominado Expresiones faciales japonesas y caucásicas de la emoción (JACFEE).

Existía aún la duda de si todos hemos aprendido el significado de las expresiones viendo en las pantallas a Charlie Chaplin y a John Wayne, si estamos sometidos a unas influencias culturales universales, así que buscó personas relativamente aisladas y no expuestas al mundo moderno y a los medios de comunicación. Las encontró en la tribu de los Fore, una comunidad analfabeta y que vivía apartada en las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Ekman no solo demostró que los Fore juzgaban las expresiones de la misma manera, sino que sus expresiones, que grabó con una cámara de cine, eran fácilmente comprensibles para la gente de Occidente. Esta investigación recibió el infame Premio Vellocino de Oro de manos de William Proxmire, un senador demócrata de Wisconsin, que denunciaba el gasto de fondos federales en experimentos estúpidos. Sin embargo, es un estudio con buena reputación entre la comunidad científica pues permitió demostrar que hay las expresiones emocionales son generalizables, sin importar la cultura, el idioma o el nivel de alfabetización.

Entre las expresiones que Ekman denominó universales estaban las que indicaban tristeza, ira, sorpresa, miedo, asco, desprecio y alegría. En su opinión, los movimientos de los 43 músculos faciales son los bloques de construcción de las expresiones faciales y la relación entre dichos movimientos y las emociones es universal. Otro de los experimentos de Ekman fue filmar las expresiones faciales de estudiantes estadounidenses y japoneses mientras veían películas y en ambas culturas observó las mismas respuestas en los mismos momentos de la proyección. En su opinión, esos resultados eran la prueba de que los mecanismos de comprensión y expresión de las emociones era similares en las diferentes culturas del planeta y sugirió que esa aparente universalidad se debe a que son fenómenos antiguos en la evolución, a que se basan en mecanismos cerebrales innatos o a procesos de neurodesarrollo comunes a toda la especie humana.

Ekman utilizó los resultados de sus estudios para establecer el sistema de codificación de acciones faciales, conocido por FACS, sus siglas en inglés. Este sistema se convirtió en una herramienta para analizar tanto la expresión como la comprensión de las expresiones faciales. Ekman afirmó, por ejemplo, que las personas con depresión o esquizofrenia tenían dificultades para reconocer emociones específicas. En la actualidad, FACS sigue siendo el sistema más utilizado para clasificar las expresiones faciales.

Uno de los descubrimientos más fascinantes de Ekman es que si una persona pone una determinada expresión en su cara, sentirá realmente la emoción correspondiente. En otras palabras, las emociones funcionan tanto de fuera hacia dentro como de dentro hacia fuera. ¿Es la felicidad tan simple como poner una cara feliz? En cierta forma, sí. El problema con la felicidad es que, aunque todo el mundo puede sonreír, la mayoría de la gente no sabe mover un músculo clave alrededor de los ojos que se contrae en una sonrisa verdadera y debe activarse para generar la fisiología de la felicidad. Sin embargo, con la ira o el asco, todo el mundo puede hacer los movimientos faciales adecuados y activar las sensaciones físicas de esas emociones.

En la década de 1990, Ekman propuso una lista ampliada de emociones básicas, incluyendo una serie de emociones positivas y negativas que no están tan claramente codificadas en los músculos faciales: Diversión, Desprecio, Satisfacción, Excitación, Culpa, Orgullo por un éxito, Alivio, Satisfacción, Placer y Vergüenza.

Ekman sentó las bases de la neurociencia afectiva. Algunos de sus logros fueron valorar la naturaleza y la crianza, que influyen sobre las emociones; identificar la fisiología específica de cada emoción incluida la activación de determinadas áreas cerebrales; examinar los acontecimientos que preceden a las emociones como disparadores o moduladores y considerar las emociones como familias y no como tipos aislados. Por ejemplo, Ekman y Friesen (1978) informaron de 60 variaciones de la expresión de ira que comparten unas propiedades básicas y se distinguen claramente de las familias de expresiones de miedo, expresiones de asco, etc., pero que también presentan diferencias sutiles que un experto o una persona sensible pueden distinguir. Lo mismo pasa con la sonrisa. Según Ekman «Las sonrisas son probablemente las expresiones humanas más infravaloradas, mucho más complicadas de lo que la mayoría de la gente cree». Hay docenas de sonrisas, que se diferencian por su aspecto y por el mensaje que expresan. Puede haber una sonrisa que dice «me ha tocado la lotería» y otra que dice «la he fastidiado, no lo volveré a repetir» y las dos son sonrisas pero muy diferentes entre sí. Las variaciones dentro de una familia de emociones probablemente reflejan la intensidad de la emoción, cómo se controla, si es simulada o espontánea, y los detalles del acontecimiento que provocó la emoción.

Ekman ha tenido en su carrera una vertiente popular. Por un lado, se le consideró durante mucho tiempo un «cazador de mentirosos», y recurrían a él el FBI, la CIA y numerosas agencias policiales, así como Pixar y varias series de televisión, para intentar leer las sutiles señales de los rostros, las voces y el lenguaje corporal de posibles asesinos, terroristas y otros delincuentes. Estas agencias y empresas pensaban que con su experiencia en descodificar las expresiones faciales era capaz de distinguir a la persona que estaba dando un testimonio falso, una especie de polígrafo humano, aunque él explicaba que lo importante no era saber si alguien miente, sino porqué lo hace. Algunos de los mentirosos que tenía localizados eran los presidentes americanos. Según Ekman «Nixon mentía fatal -y añadía- el último presidente que mentía bien entre los que hemos tenido fue John Kennedy». A la hora de detectar a los mentirosos, Ekman explicaba que hay un 1 % de la población que son excepcionalmente buenos en la interpretación de las expresiones faciales, las señales de voz, el lenguaje corporal y el discurso para distinguir a los mentirosos de los que dicen la verdad. Según él, son observadores muy motivados y cercanos que, sin necesidad de entrenamiento, son capaces de detectar sutiles señales sobre emociones ocultas que llamamos microexpresiones. Se trata de expresiones muy rápidas e intensas de emociones ocultas que la mayoría de la gente pasa por alto porque suelen durar menos de un cuarto de segundo. También pensaba que esa capacidad se puede entrenar y se consigue en muy poco tiempo, en menos de una hora.

Su análisis de las emociones le ha llevado también a intentar una mejor gestión de la experiencia emocional. Una hija de Ekman estuvo como cooperante en el Tíbet y él se sumó a un congreso sobre emociones para que ella pudiera conocer al Dalai Lama. El Dalai Lama y Ekman se reunieron dos veces y tuvieron tal sintonía  que Ekman modificó el libro que estaba escribiendo, comenzó a estudiar monjes budistas en su laboratorio y el Dalai Lama le dio 50.000 dólares de capital semilla para que estudiara cómo mejorar el equilibrio emocional de los maestros de escuela y otras personas sometidas a una alta presión en sus trabajos. Las emociones afectan todas las instancias de la vida y, como dijo Joseph LeDoux, son «una fuente crucial de información para el aprendizaje».

Para leer más:

  • Dailey MN, Joyce C, Lyons MJ, Kamachi M, Ishi H, Gyoba J, Cottrell GW (2010) Evidence and a Computational Explanation of Cultural Differences in Facial Expression Recognition. Emotion 10 (6): 874–893.
  • Ekman P (1993) Facial Expression and Emotion. American Psychologist 48(4): 384–392.
  • Ekman P, Friesen WV (1971). Constants across cultures in the face and emotion. Journal of Personality and Social Psychology 17 (2): 124–129.
  • Foreman J (2003) A conversation with Paul Ekman; The 43 Facial Muscles That Reveal Even the Most Fleeting Emotions. The New York Times 5 de Agosto. https://www.nytimes.com/2003/08/05/health/conversation-with-paul-ekman-43-facial-muscles-that-reveal-even-most-fleeting.html

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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