¿Oyen mejor las personas ciegas?

Marta Bueno y José R. Alonso

Cuando una persona nace sin un sentido o lo pierde, los sentidos que mantienen su funcionalidad ¿compensan la pérdida aumentando su capacidad de percepción? Si los estímulos visuales ya no aportan información, ¿se agudizará el oído, el olfato o el tacto? La idea de que existe un proceso compensatorio es algo que oímos bastante a menudo, pero ¿es cierto o es simplemente un mito?

Una investigación llevada a cabo por científicos de la Universidad de Múnich (Flanagin et al, 2017) comprobó que las personas ciegas no mejoran las prestaciones de los sentidos restantes, sino que, en realidad, reciclan áreas de la corteza cerebral y usan diferentes regiones del cerebro para procesar la información disponible.

Para este estudio, los investigadores se centraron en una especie de superpoder con el que cuentan algunas personas invidentes. Nos referimos a la ecolocalización, una habilidad que les permite «ver» lo que tienen alrededor al escuchar el eco de los chasquidos que hacen con la lengua. Es un proceso bastante similar a lo que hacen los murciélagos mientras vuelan para localizar insectos con los que alimentarse y evitar chocar con un obstáculo y también algunos mamíferos acuáticos como los delfines.

Estas personas pueden moverse en diferentes espacios sin golpearse, son capaces de caminar en el bosque o incluso pasear en bicicleta utilizando su sentido de la ecolocalización. Los chasquidos, las señales sonoras que emiten estos habilidosos ecolocalizadores, difieren en sus propiedades acústicas del discurso hablado típico de una conversación, es decir, los chasquidos tienen unas características sónicas específicas para esta técnica. Pero ¿qué sucede cuando las ondas de ese sonido regresan a la persona? ¿Cómo procesan sus cerebros la señal rebotada?

Los investigadores estudiaron el procesamiento de los sonidos utilizados para la ecolocalización en personas ciegas y analizaron también cómo procesaría el cerebro de una persona vidente sus propios chasquidos al cerrar los ojos e intentar hacer lo mismo que sus compañeros invidentes. El estudio, publicado en The Journal of Neuroscience, detectó con imágenes cerebrales escaneadas a tiempo real las áreas del cerebro que se activaban cuando los ecolocalizadores ciegos intentaban determinar el tamaño de un espacio virtual, una capilla de dimensiones variables. Los chasquidos se recogían en un micrófono y a través de unos auriculares les llegaban devueltos, simulando mediante un software el efecto eco que se formaría en una estancia religiosa a la que se le puede variar el tamaño a voluntad utilizando el programa informático. Todos los participantes fueron capaces, más o menos, de intuir el tamaño de la habitación escuchando los ecos de sus chasquidos. Es algo que encaja en nuestra experiencia: al cerrar los ojos podemos percibir la grandiosidad de una catedral a través del sonido que rebota de nuestros pasos y también seríamos capaces, oyendo nuestra conversación, de notar la estrechez de una buhardilla de alquiler en el centro de Madrid aunque nos la enseñaran a oscuras (quizá el precio no fuese tan reducido).

El hallazgo más llamativo fue, sin embargo, que en los cerebros de los participantes ciegos se activaba la región que procesa la información visual: los sonidos estimulaban la corteza occipital, la región del cerebro que en alguien que ve se encarga de procesar los estímulos ópticos. En las personas que sí veían, por el contrario, la región del cerebro que reaccionó al sonido reflejado fue la corteza motora, como si su cerebro quisiera confirmar el tamaño de la habitación moviéndose por ella y, en la vida real sería así: recorriéndola para ver sus dimensiones.

Los videntes no utilizamos la ecolocalización pero muchas personas ciegas, sí. Como cualquier actividad cerebral, al entrenar la ecolocalización mejora. Por otro lado, la localización de la fuente de un sonido se beneficia de la capacidad del sistema auditivo de suprimir los rebotes del sonido que pueden ser un elemento distractor mientras que la ecolocalización se beneficia de no suprimirlos, de hecho se basa en ellos. Gracias a este entrenamiento los ciegos pueden superar a los videntes a la hora de determinar la localización de una fuente de sonidos, tanto en determinar su posición horizontal o vertical y también en localizar el reflejo sonoro de un objeto cercano, el fundamento de la ecolocalización. Un vidente puede conseguir los mismos resultados si hace un entrenamiento intensivo luego no es diferente calidad de oído sino diferente dedicación a la tarea (Nilsson y Schenkman, 2016).

La conclusión evidente es que la corteza visual primaria puede ejecutar tareas auditivas y esto se debe a la plasticidad del cerebro humano para adaptarse a los cambios, para seguir aprendiendo, para reciclar áreas inactivas. Por lo tanto, no se agudiza el sentido del oído en las personas invidentes, sino que reclutan áreas cerebrales distintas, en un patrón más completo y complejo, para procesar el sonido, analizarlo y deducir información que proporcionaría un sentido, el de la vista, con el que no cuentan. Es posible que esta experiencia neuronal sea más rica, pero eso no implica un «mejor» oído.

Otra creencia extendida es pensar que todas las personas ciegas tienen unas características que supuestamente comparten: leen en Braille, reconocen la voz de quien les habla, saben usar un bastón blanco, distinguen un rostro por el tacto o, rozando lo absurdo, deducen los ingredientes de un plato por su sabor. En realidad, igual que en cualquier otro colectivo, las personas ciegas son diferentes en habilidades, inquietudes, opiniones, proyectos, sueños, etc. Lo que sí comparten es contar con un cerebro plástico que reestructura áreas neuronales adaptándose a sus necesidades para procesar la información y tener una representación mejor del mundo que les rodea. El proceso puede tener alguna ventaja añadida: ya vimos en una entrada anterior que los matemáticos invidentes, expertos o aficionados, reclutan el área visual para sus tareas geométricas.

En una investigación reciente, Bauer et al. (2017) realizaron escáneres cerebrales a 12 personas invidentes y 16 videntes. Todos los voluntarios con ceguera eran buenos lectores, profesionales en diferentes campos, con formación universitaria y un nivel alto de autonomía. No se aportan datos de la formación de los otros participantes, pero sería conveniente que fueran comparables a las personas ciegas, que tenían ese buen nivel de estudios y aparentemente eran muy activos intelectualmente. Al analizar los escáneres cerebrales, los investigadores encontraron diferencias morfológicas, estructurales y funcionales importantes en los cerebros de las personas ciegas en comparación con los cerebros de las personas que no lo eran. Se observaron cambios significativos no solo en la corteza occipital (donde se procesan los estímulos visuales), sino también en áreas implicadas en la memoria, el procesamiento del lenguaje y las funciones motoras sensoriales. El cerebro es una estructura integrada y su potencia viene de la interconexión de áreas diferentes.

Algunos de estos cambios estaban relacionados con nuevos circuitos neuronales en el cerebro. Por ejemplo, aparecieron diferencias en las conexiones de materia blanca y conexiones funcionales en las personas ciegas en comparación con las que no lo eran. Las conexiones de la materia blanca son como autopistas dentro del cerebro a través de las cuales fluye la información con rapidez; las conexiones funcionales son las que determinan cómo de eficaz es la comunicación entre las regiones del cerebro.

Una diferencia llamativa en los participantes ciegos fue encontrar que las áreas del cerebro implicadas en otros sentidos estaban más interconectadas, incluyendo las áreas involucradas en el lenguaje y el procesamiento auditivo. Al fortalecer las conexiones entre estas regiones, el cerebro trata de compensar la ceguera y sacar el máximo partido a toda la información no visual.

Estas investigaciones confirman el enorme potencial del cerebro para adaptarse a cualquier nueva situación. Las evidencias que proporciona la neurociencia sobre reestructuración cerebral son un magnífico punto de partida para que las personas sin vista, y es probablemente ampliable a cualquier otro sentido, confíen en ellas mismas y en su capacidad para aprender. Y, por otro lado, siempre es bueno volver a reflexionar desde las evidencias sobre falsos estereotipos. Los recursos para que niños, adolescentes y adultos ciegos puedan aprender lo que quieran, podrían estar a su alcance si se ocupara de ellos una sociedad que no debería perder la oportunidad de contar con todos sus ciudadanos. La diferencia no es una deficiencia. Al contrario, lo diverso, neurodiverso, nos hace mejores, nos permite compartir otras maneras de pensar, de sentir, de actuar y esto nos favorece a todos.

Referencias

  • Bauer CM, Hirsch GV, Zajac L, Koo B-B, Collignon O, Merabet LB (2017) Multimodal MR-imaging reveals large-scale structural and functional connectivity changes in profound early blindness. PLoS ONE 12(3): e0173064. DOI: 10.1371/journal.pone.0173064
  • Flanagin VL, Schörnich S, Schranner M, Hummel N, Wallmeier L, Wahlberg, M, Stephan T, Wiegrebe L (2017) Human Exploration of Enclosed Spaces through Echolocation. Journal of Neuroscience 37(6): 1614-1627. DOI: 10.1523/JNEUROSCI.1566-12.2016
  • Nilsson ME, Schenkman BN (2016) Blind people are more sensitive than sighted people to binaural sound-location cues, particularly inter-aural level differences. Hear Res 332:223-232. doi: 10.1016/j.heares.2015.09.012

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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