Merequetengue

Es cierto, señor juez, que yo soy comisario y él periodista y, a pesar de eso, somos cuates. Hay quien piensa que es como que un médico y un virus fueran amigos, pero nos conocemos desde chamacos y esos lazos son de hierro. Y mire que no digo quién sería el médico y quién el virus, por no ofender. También ayuda que en tremenda pelea en la que nos vimos en el barrio cuando todos salieron por piernas, y las cubrían pantalones cortos, él se quedó a mi lado y recibió las suyas y algunas de las mías. Yo era prudente, es decir, corría poco, y él debió pensar, nunca lo hemos hablado, que era un poco avaricioso quedarme yo solo con todas aquellas bofetadas sin dueño. Además, tiene solo una hija, Esperanza, y yo soy el padrino, y la quiero como buen padrino, así que a la hilera de títulos hay que añadir el de compadres, veraz y certificado por la iglesia, como el párroco de San Pedro, don Estanis, puede atestiguar. Si lo piensa, policías y periodistas y hasta los jueces buscamos todos la verdad, solo que ya sabe que aquí en México la verdad tiene muchas caras o cada uno tiene la suya, que la verdad es como el culo, con perdón, que todos tenemos uno.

Amigos como somos, no es raro que comentemos los temas en los que andamos, aunque es distinto, que un buen policía debe usar tiento y cautela, que la fruta si no está madura hay que escupirla, mientras que ellos, los vendedores de papel y letras, van siempre a la carrera y la noticia de ayer huele igual que el pescado. El caso es que hablamos de los veinte desaparecidos, que ya es mala suerte que estés en un cumpleaños, tomando con los amigos y riendo con las chavas, y te lleven poniéndote un fierro en la cara. Y es más, que parece probable, la experiencia es un grado, que ya no haya más cumpleaños y no vayas ni al tuyo, que es feo si te pasa. Así que a este amigo es al que le debo el soplo. Hay quien se mete con nosotros pero somos un pueblo cargado de virtudes. ¿En qué otro país desaparecen gente con tanta facilidad? Lo que los argentinos necesitaron años y aviones aquí te lo hacen cuatro muchachos con dos furgonetas en un fin de semana. Y es que medios no tenemos pero la inteligencia es natural y ojo, que no disculpo, claro, pero un buen trabajo hay que reconocerlo, ya sea en nuestro lado o en el otro, sea el que sea en el que esté cada uno, que eso nunca se sabe. Por eso debieron pensar ¿cuál es el mejor sitio para esconder un muerto? ¡Dónde hay muchos, en el cementerio! Eso me avisó mi amigo y me dice mira, que hay muchos cortejos pero ninguna caja y menos coronas y eso no es forma de tratar a ningún difunto. Indagué un poco y tampoco había visto nadie un buen auto negro de la funeraria sino camionetas Toyota del último año, tan apreciadas por los del vicio. Así que fui para allá como quien no quiere la cosa, ya sabe, como el que va al cementerio a ver a la suegra para comprobar que no se levanta, si me permite la broma. Por las marcas de las ruedas en el barro vi que eran neumáticos nuevos, no movilidades de albañiles y gente trabajadora sino de los que tienen plata para poner llantas nuevas y no como nuestros patrulleros si me permite el comentario, que se caen a trozos. Las huellas eran fáciles de seguir que yo no soy apache ni nada de eso, pero ellos cada vez se esconden menos y la sorpresa es que las marcas llevaban al panteón de hombres ilustres. Fue de esas obras de la república donde parece que el gobierno tenía ilusión todavía y pensaba que íbamos a tener muchos próceres pero está medio vacío, que aquí no nacen grandes hombres sino niños pequeños, así que cupieron los veinte sin tener que empujar no más. Por estar seguro y cumplirle a usted, fui por la tarde y con una palanqueta abrí un poco una de las lápidas y ahí están, tirados de cualquier manera, y por eso he venido a verle, señoría, para que usted disponga, que la muerte es mujer celosa y hay que saber tratarla. Los finados, usted lo sabe, quieren estar con sus familias, que esos vecinos del panteón, aunque gente importante, deben ser mayores y estropeados, sosas compañías para veinte jóvenes modernos. Es lo que tienen los muertos, que tardan un tiempo en conformarse.

El cómo se hace y cuándo se entregan los cuerpos a las familias será algo agridulce, como las chuletas con ciruelas y yogur, siempre es bueno saber dónde rezar a los tuyos pero es que este país todavía cree en los milagros y seguro que hay alguna madre que confía en que su hijo escapó y está de merequetengue, aunque yo digo, para tener un hijo que no avisa de que está en la playa o de peda, mejor no tenerlo. Lo único que a mi amigo me lo cuida, porque es hombre chipocludo y con ciertas cosas no se juega, que los amigos son gema escasa y más en un juzgado, pero usted dispondrá, señoría, que para eso usted es juez y yo, policía.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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