La Catástrofe Temprana

Un lenguaje es un sistema de comunicación que se basa en el desarrollo, adquisición, mantenimiento y uso de una serie de herramientas verbales que permiten el intercambio de información entre diferentes personas.

Todos los seres humanos sanos, con un desarrollo normal, aprendemos a usar un idioma. Los niños aprenden el idioma o los idiomas que los rodean, a todos los que tengan una exposición suficiente durante la infancia. El primer idioma no requiere enseñanza directa ni un estudio especializado, sino que según escribía Darwin en The Descent of Man, es algo que todos adquirimos por «una tendencia instintiva».

El vocabulario promedio de un niño de un año y medio es de alrededor de cincuenta palabras, pero a partir de ese punto ampliará esa habilidad llamativamente, sumará nuevas palabras constantemente y producirá expresiones de dos palabras primero y luego frases cortas, que aumentarán en complejidad gramatical y riqueza léxica, en un proceso muy marcado por las condiciones ambientales.

En 1995, Betty Hart y Todd Riesley publicaron un libro titulado Diferencias significativas en la experiencia cotidiana de los niños pequeños estadounidenses. Los autores realizaron un estudio longitudinal, para lo que contaron con la colaboración de estudiantes de posgrado que pasaron durante cuatro años una hora quincenal con una familia en la que observaban la cantidad y el tipo de palabras que los padres decían a los niños desde el nacimiento hasta los cuatro años. Dividieron a las familias en tres grupos: el primer grupo estaba formado por profesionales con buenos sueldos y una situación desahogada, entre ellos había profesores de la Universidad de Kansas, así como algunos abogados y médicos; el segundo grupo estaba formado por familias de clase trabajadora y, finalmente, el tercer grupo estaba constituido por familias en mala situación económica, que recibían asistencia del estado (“welfare”). Había 42 familias en cada grupo. Se realizaron controles para comprobar la neutralidad de los observadores, que debían anotar el número de palabras que los padres decían a los hijos, sin contar las que pudiesen oír en la radio o en la televisión. Uno de los principales resultados fue que un niño en una familia de profesionales había escuchado, de media, 48 millones de palabras a la edad de cuatro años, mientras que otro niño en una familia que recibía asistencia pública de subsistencia había oído, también de media, 13 millones de palabras, menos de un tercio que los otros. Un segundo resultado igualmente llamativo fue que un niño en una familia de profesionales escuchaba 6 estímulos positivos por cada prohibición negativa, mientras que un niño en una familia con asistencia social recibía dos prohibiciones por cada estímulo positivo. El análisis mostró que, si bien el estado socioeconómico era predictivo de la evolución posterior de ese niño, la cantidad de palabras y, en particular, la proporción de mensajes positivos a negativos fueron mucho más significativos. Los niños de las familias con asistencia social tenían un cociente intelectual medio de 75 mientras que los niños de los profesionales puntuaban alrededor de 119. Las familias de la clase trabajadora obtuvieron 99. Los coeficientes de inteligencia fueron aproximadamente los mismos cuando se hizo una reevaluación de aquellos niños a los 19 años. Estos resultados fueron llamados The Early Catastrophe, la catástrofe temprana.

La opinión de los autores era que todos los grupos de padres estaban tratando de hacer lo mejor por sus hijos. Los padres profesionales intentaban ayudar a sus hijos a desarrollar su capacidad analítica y para ello realizaban preguntas frecuentes y discutían con ellos ideas abstractas, las habilidades que consideraban importantes para el éxito en la vida. Por otro lado, los padres que recibían asistencia social estaban enseñando a sus hijos la importancia de obedecer, de encajar en las expectativas del grupo y mostrar respeto por los superiores. Dadas las características de los posibles puestos de trabajo en la parte superior e inferior de la escala laboral, ambos grupos de padres intentaban ayudar a sus hijos a sobrellevar el mundo que conocían en sus propias vidas.

Los autores consideraban que esto crea un ciclo continuo de desigualdad económica, una herencia de la clase social, más marcado aun que la herencia genética. Además, pensaban que las distinciones se volverían más problemáticas a medida que nuestra sociedad desarrollada continúe eliminando o exportando el trabajo manual y, al mismo tiempo, otorgando mayor peso a las personas capaces de realizar análisis simbólicos. Para contrarrestar estas tendencias, los autores consideraron que necesitamos invertir mucho más dinero en la intervención en la primera infancia y en la formación de los padres. No es una tarea fácil: para que un niño en una familia con asistencia social escuche tantas palabras como un niño de la familia de profesionales, un asistente social necesitaría pasar 61 horas a la semana en el hogar de esa primera familia.

La Catástrofe Temprana implicaba, según los autores del estudio, que los niños, desde los tres años de edad, mostraban un neurodesarrollo fundamentalmente diferente, y que aquellos en el grupo menos favorecido presentarían trayectorias que marcarían negativamente su futuro educativo, su éxito académico y su nivel socioeconómico.

Hoy en día la mayoría de los padres sabemos que hablar con nuestro hijos es bueno para su desarrollo, pero un estudio reciente del MIT cuyo primer autor es Rachel Romeo ha explicado cómo hacerlo para que tenga el efecto más positivo sobre el desarrollo cerebral del niño. Mucho mejor que simplemente dejarles caer palabras o mostrarles tarjetas con la esperanza de mejorar su vocabulario, lo más efectivo es realizar «turnos de conversación», una buena charla en la que participan al menos el niño y un adulto. Lo importante no es hablarle a tu hijo, sino hablar con tu hijo. No es soltar palabras sino tener una conversación con él. Si desean promover un lenguaje óptimo, una buena alfabetización y un dominio de la comunicación para el resto de la vida de su hijo, los padres deberían hablar con él de la misma manera que hablarían con un adulto inteligente, no como si fuera un bebé o de una manera condescendiente. En inglés hay muchos juegos, aplicaciones y programas informáticos destinados a llenar ese vacío y a ampliar el vocabulario de los niños pero, sin embargo, este estudio de 2018 ha demostrado que tratar de inundar el cerebro de los niños con miles y luego millones de palabras utilizando aplicaciones informáticas u otras tecnologías está dejando fuera de la ecuación un factor clave en el neurodesarrollo: las relaciones interpersonales, las interacciones sociales. El artículo del MIT muestra que los padres tal vez deberíamos hablar menos y escuchar más. El grupo ha estudiado a niños de 4 a 6 años y ha llegado a la conclusión de que el número de palabras pronunciadas por los adultos no afecta a la función cerebral, que lo que realmente marca la diferencia es el número de turnos en la conversación, independientemente de la situación económica o del nivel educativo de los padres. A los niños que participaron en el estudio se les puso una grabadora que registraba todas las palabras que escucharon o dijeron. En el análisis de estas grabaciones, se prestó atención a los turnos de conversación o, en otras palabras, a los intercambios vocales entre un adulto y el niño. El principal resultado del estudio fue que el número de turnos mostraba una alta correlación con los puntajes de los niños en una serie de pruebas de lenguaje. También presentaban una alta correlación con la actividad neuronal en el área de Broca, la región de la corteza cerebral que es responsable de la producción del habla y el procesamiento del lenguaje, cuando se analizó la activación cerebral de los niños con técnicas de neuroimagen mientras se les leía una historia. Estas correlaciones fueron mucho más altas que las que se midieron entre el número de palabras escuchadas, puntajes de prueba y actividad cerebral. El resumen es que las conversaciones de los padres parecen influir mucho en el desarrollo biológico del cerebro de sus hijos. Y no todo era dinero; el estudio encontró que mientras los niños de familias ricas estaban expuestos a un vocabulario más rico, los niños de familias pobres a quienes les gusta hablar entre ellos tenían habilidades lingüísticas y actividad cerebral similar a la de los niños con un nivel socioeconómico más alto. El mensaje es que debemos alentar a los padres, de todas las clases sociales, a interactuar con sus hijos, lo que incluye hablar a los bebés, repetir los sonidos que hacen y copiar sus expresiones faciales. Es una acción relativamente simple, pero también es específica, siempre se puede promover y está disponible para todas las familias en todas las situaciones. La idea de aprender a través de la participación social y los vínculos emocionales encaja bien con otras investigaciones sobre cómo los niños aprenden el lenguaje. Los bebés aprenden observando e imitando a los adultos con los que están más cerca, lo que explica que actividades simples y gratuitas como cantar o abrazar son mucho más efectivas que las aplicaciones de alta tecnología para mejorar el neurodesarrollo. En una etapa posterior, puede ser útil trabajar con herramientas básicas de aprendizaje como el juego y, por ejemplo, tomar roles imaginarios con otros niños o con adultos. La conversación también requiere habilidades cognitivas más complejas que solo hablar o simplemente escuchar. Según los investigadores del MIT, tener una conversación hace que los niños tengan que practicar entendiendo lo que la otra persona está tratando de decir y deben pensar también cómo responder de manera apropiada a lo que escuchan. Es mucho más interesante que simplemente prestar atención a lo que les dicen. La conversación, ese toma y daca en el que las dos partes muestran interés, genera las habilidades de procesamiento del lenguaje que los niños necesitan.

 

Referencias:

  • Hardach S (2018) How you talk to your child changes their brain. https://medium.com/world-economic-forum/how-you-talk-to-your-child-changes-their-brain-8bb46d815665
  • Hart B, T R. Riesley (1995) Meaningful Differences in the Everyday Experience of Young American Children. Brookes Publishing Co., Baltimore.
  • Romeo RR, Leonard JA, Robinson ST, West MR, Mackey AP, Rowe ML, Gabrieli JDE (2018) Beyond the 30-Million-Word Gap: Children’s Conversational Exposure Is Associated With Language-Related Brain Function. Psychol Sci 1:956797617742725.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “La Catástrofe Temprana”

  1. Excelente entrada.
    No tanto la brecha digital entre estudiantes, sino la brecha lingüística que Hart & Riesley plantea en su trabajo, debería ser la preocupación más importante en el contexto social y educativo familia/escuela. El “efecto Mateo” que esta brecha acarrea es realmente una catástrofe latente que explica, en mucho, el desarrollo cognitivo, académico y personal de muchos estudiantes.
    Saludos

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  2. Muy interesante la entrada. Me viene a la cabeza una derivada de estos datos que pueden explicar, al menos en parte, no solo diferencias entre miembros de una misma nación, si no entre diferentes naciones. Me refiero en este caso a los países menos privilegiados y con más alto porcentaje de la población en situación de pobreza. El efecto debe ser el mismo, o mayor aún, ya que ni siquiera se produce la posibilidad de amortiguar las diferencias por programas de asistencia del Estado.

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    1. Así es: peor alimentación, peor atención sanitaria, peores sistemas educativos, peor calidad del hogar, problemas de desestructuración de las familias y un enorme etcétera. La pobreza es uno de los factores de riesgo más claros en el desarrollo cerebral y la educación. Un saludo cordial

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