Historias de la Neurociencia: De cerebros y descerebrados

Diversos estudios dentro del ámbito de la Neurociencia, intentan entender la mente de un terrorista. Nosotros, los humanos, ante actos de violencia gratuita, asesinatos indiscriminados, muerte de inocentes, incluso niños, usamos una palabra que habla bien de nosotros, de nuestra especie. Decimos que esos actos crueles y malvados son “inhumanos”. Renegamos de ellos, nos parece que esa barbarie es ajena a nuestra esencia, a nuestra naturaleza, a lo más profundo de nuestro ser. Y en el mundo occidental, sano y rico, viviendo en un Estado de derecho bajo el gobierno de la Ley y con elecciones democráticas, pocas personas alcanzan en mayor medida esa categoría de “inhumanidad” y el desprecio de todos nosotros que los terroristas.

Aunque surgen nuevas amenazas globales como Al Qaeda, España es el último país de la Unión Europea que tiene que soportar una banda terrorista. Italia tuvo a las Brigadas Rojas, Francia al terrorismo corso y Gran Bretaña al IRA. En Alemania, el grupo terrorista más famoso fue denominado por ellos mismos Rote Armee Fraktion, la fracción del Ejército Rojo, pero era conocido por los medios de comunicación y por toda la sociedad por los nombres de sus dos dirigentes más conocidos, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, como la banda Baader-Meinhof.

Ulrike Meinhof nació en 1934 en Oldenburg, un año después de la toma del poder por Hitler. Su padre murió cuando ella tenía cinco años y su madre cuando tenía catorce, en los dos casos por cáncer. Para mejorar la economía familiar, su madre había alojado a una inquilina, Renate Riemeck, que terminó convirtiéndose en la tutora de Ulrike y su hermana. En 1957, Ulrike Meinhof se trasladó a la Universidad de Münster donde conoció a Manuel Sacristán, un marxista español que posteriormente traduciría y editaría algunos de sus escritos. Fue involucrándose en grupos políticos de izquierda al mismo tiempo que escribía en varios periódicos estudiantiles y participaba en protestas contra el gobierno alemán, el rearme del ejército y las armas nucleares. Se convirtió en la portavoz del ‘Anti-Atomtod-Ausschuss’ “Comité anti-muerte nuclear”).

En 1959 se unió al Partido Comunista Alemán (KPD), una organización ilegal en la Alemania Federal. En 1961 se casó con Klaus Reiner Röhl, el cofundador y editor de Konkret, una revista izquierdista de la que fue editora jefe de 1962 a 1964. La revista era financiada de forma clandestina por la Alemania del Este. Años más, una de las hijas contaría que su madre era una comunista “apasionada”, mientras que su padre era, según ella, un “idiota útil ” siguiendo las órdenes directas de Berlín Este.

En 1962, Ulrike se dio cuenta de que estaba embarazada pero pronto se dio cuenta que tenía problemas de visión y unos enormes dolores de cabeza.  Le diagnosticaron un posible tumor cerebral. Sus dos padres habían muerto de cáncer a edades tempranas por lo que se sospechó una propensión genética. Debido al embarazo,  no pudo tomar prácticamente medicación. Tuvo dos hijas gemelas, Bettina y Regine, el 21 de septiembre de 1962 e inmediatamente se le hizo una operación quirúrgica para aislar el tumor. Aunque el tumor era benigno parece que la operación no fue del todo bien.

El nacimiento de la banda Baader-Meinhof fue al intentar ayudar a escapar a Baader, que estaba detenido por haber incendiado un edificio. Baader iba escoltado a la biblioteca del Instituto Nacional Alemán para los Asuntos Sociales donde le habían dado permiso para buscar información para escribir un libro sobre la juventud. Allí le esperaba Meinhof. Aunque ambos pudieron escapar, las cosas salieron peor de lo esperado: tres personas resultaron heridas incluido un peatón inocente y Ulrike tuvo que huir y pasar a la clandestinidad con una recompensa de 10.000 marcos alemanes para quien facilitase su captura. En 1970 ella y otros miembros del grupo recibieron entrenamiento  en Jordania y Líbano con grupos palestinos. A la vuelta a Alemania, iniciaron una serie de atracos a bancos, en los que resultaron heridos o muertos varios policías. La RAF cometió sonados secuestros y fue responsable de la muerte de 34 personas, incluyendo hombres de negocios, militares, policías y empresarios.

Durante el tiempo que estuvo en libertad, Meinhof, periodista de profesión, escribió o grabó muchos de los manifiestos y comunicados de la RAF. En 1972, tras un ataque coordinado con bombas explotando simultáneamente en cinco lugares diferentes, Meinhof y otros miembros del grupo fueron detenidos. Pasó ocho meses en una celda de aislamiento. Aunque sus hijas la pudieron visitar en una ocasión, terminó cortando los lazos con su familia.

En 1974 fue condenada a ocho años de cárcel, aunque seguía siendo juzgada por otros delitos por los que la fiscalía pedía cadena perpetua. El 9 de junio de 1976, apareció ahorcada en su celda de una cuerda hecha con tiras de toalla  y, como ordena la legislación, los profesores  Rauschke y Mallach, del Hospital Municipal de Hamburgo le realizaron la autopsia. Su muerte desencadenó fuertes protestas de la izquierda y de los estudiantes, uno de cuyos líderes era Joschka Fischer, que después fue dirigente del Partido Verde y ministro de Asuntos Exteriores de Alemania. Se nombró una Comisión Internacional para averiguar si realmente había sido un suicidio. Aunque la comisión no encontró nada irregular, a nivel popular se ha sospechado una posible implicación de los aparatos del Estado.

En noviembre de 2002, Bettina Röhl, una de las hijas gemelas de la terrorista mandó una carta a un periódico alemán donde denunciaba que el cerebro de su madre había sido extraído y conservado sin consentimiento de la familia. Tras la extracción del cerebro en la autopsia se le entregó al neuropatólogo Jürgen Peiffer de la Universidad de Tübingen para un estudio más detallado, encontrando que el cerebro estaba seriamente dañado como resultado de la operación para tratar el tumor benigno en 1962. El informe de la autopsia indicaba que existía una conexión directa entre el daño hecho al cerebro y el cambio de carácter que le llevó a la actividad terrorista. “Visto desde el punto de vista neurológico, el alcance y la localización del daño cerebral constituye, sin duda, causa para preguntarse en el tribunal sobre cómo de responsable era ella de sus actos.” Todo el mundo guardó silencio. El gobierno alemán  y la Fiscalía, que pedía cadena perpetua para Meinhof en el momento de su suicidio, por hacerlo sobre alguien que quizá no fuera responsable de sus actos. La Izquierda radical porque prefería la imagen de una revolucionaria de clase media, con estudios y buena situación enfrentándose al Gobierno y no la de alguien con graves problemas cerebrales.

El ex marido de Meinhof, Klaus Rainer Röhl había argumentado, sin conocer los datos de la autopsia, que su mujer había tenido secuelas tras su operación de neurocirugía. Él señala en su libro “Fünf Finger sind keine Faust” (Kiepenheuer & Witsch, 1974), que tras la operación se había producido un cambio dramático en el comportamiento de su esposa, convirtiéndose en una persona más fría, más distante y frígida, indicando también que durante el divorcio había destrozado la casa común. Según él, ese cambio en su personalidad había sido un factor fundamental en que Ulrike Meinhof se convirtiera en una terrorista. Renate Riemeck, la que había sido su segunda madre, también comentó serios cambios de conducta.

La hija de Meinhof, Bettina Röhl, buscó qué había pasado con el cerebro de su madre.  Averiguó que se había fijado en formol, colocado en un recipiente de plástico y guardado en una caja de cartón donde se mantuvo olvidado durante más de veinte años. Ninguno de los parientes de Meinhoff, incluida su hija, había sido informado de que el cadáver se enterró sin cerebro.  Bettina declaró “Esto es claramente una violación criminal de la ley que prohíbe perturbar a los muertos y extraer partes de su cuerpo” Tras más de veinte años sin que se hiciera ningún estudio, en 1997 Peiffer escuchó una conferencia de psiquiatra, Bernhard Bogerts, director del Hospital Universitario de Magdeburgo. Bogerts estaba interesado en el análisis cerebral de los asesinos en serie para buscar el sustrato neurológico de los comportamientos violentos y presentó el caso de un maestro, Ernst Wagner, que en 1913 había matado a su mujer y cuatro hijos y luego había viajado a una aldea donde había disparado a veinte personas, de las que al menos nueve murieron. Bogerts habló en su presentación sobre los cambios en los centros emocionales del cerebro conservado de Wagner y la relación entre estos cambios y los actos cometidos. Peiffer le habló del cerebro de Ulrike Meinhof y acordaron combinar sus investigaciones publicando un artículo conjunto sobre los cerebros de Wagner y Meinhof. Bogerts se llevó el cerebro a Magdeburgo. El cerebro fue examinado utilizando métodos más modernos y Bogerts llegó al mismo resultado que Peiffer. Según él, el cerebro tenía “modificaciones patológicas” y “el deslizamiento hacia el terror podría ser explicado por el daño cerebral”.

Cuando se supo de la presencia del cerebro en Magdeburgo, se organizó un cierto escándalo. Peiffer se lo había entregado a Bogerts de forma personal y en la universidad no sabían de su existencia. El rector de la Universidad de Magdeburgo, Klaus Pollmann declaró a la prensa que “no quedaba ninguna duda” que el cerebro que estaba en un frasco con formol era el de Meinhof y que no estaba claro por qué y con qué base legal se había conservado para ser examinado. Bettina declaró a la prensa “Incluso un terrorista muerto tiene derecho a un trato justo y ella [su madre] tiene el derecho, como todo el mundo, a un entierro digno”

Puso una denuncia ante la Fiscalía de Stuttgart, que realizó una investigación comprobando que, efectivamente, el cerebro de Ulrike Meinhof estaba en Magdeburgo y en 2002, finalmente, se ordenó la devolución del cerebro a las dos gemelas, Regine y Bettina. La familia decidió incinerarlo y estas cenizas se juntaron con el resto del cadáver en el cementerio de Berlín-Mariendorf.

La relación entre los terroristas del RAF y los estudios neurocientíficos no acabó ahí. El 13 de octubre de 1977, cuatro miembros del Frente Popular para la liberación de Palestina secuestraron el vuelo 181 de Lufthansa que acababa de salir de Palma de Mallorca. El líder de los terroristas reclamó la liberación de los once miembros de la RAF detenidos en la prisión de Stuttgart-Stammheim. El avión fue desviado a Mogadisho, Somalia donde tripulación y pasajeros fueron liberados por un comando del GSG9, las fuerzas especiales alemanas.

Según la versión oficial, Raspe uno de los terroristas del RAF detenidos se enteró del éxito de la operación antiterrorista a través de una radio que había conseguido introducir en la prisión, pasó las siguientes horas hablando con Baader, Ensslin y Möller y acordaron entre ellos un pacto de suicidio. La mañana del 18 de octubre Andreas Baader y Jan-Carl Raspe aparecieron muertos en sus celdas, con heridas de bala. Gudrun Ensslin se ahorcó con el cable de unos altavoces. Irmgard  Möller apareció con cuatro heridas de arma blanca en el pecho, pero sobrevivió. Algo alucinante en una prisión de máxima seguridad.

Siguiendo al parecer con la idea de conocer la base neurobiológica del terrorismo, el gobierno alemán dio instrucciones para que los cerebros de los miembros del RAF  fueran extraídos para su análisis y enviados a la Universidad de Tübingen. No se conoce ningún resultado de estos estudios. Según un reportaje de la BBC, los cerebros se han perdido. Richard Meyermann, director del Instituto de Investigación Neurológica de Tübingen declaró a los periodistas que no conocía el destino de los cerebros pero que consideraba que lo más probable es que se hubieran eliminado para hacer sitio en algún proceso de limpieza y hubiesen sido incinerados pero que tampoco podía excluir que hubieran sido robados. Una triste historia donde todo acaba mal y lo único salvable parece el amor de una hija por una madre que apenas conoció.

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Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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