El concurso de relatos “Las redes de la memoria” estaba convocado por Globalkultura Elkartea con el apoyo del Departamento de Cultura de la Diputación Foral de Vizcaya. Su objetivo era ensibilizar a la ciudadanía sobre la importancia de conocer y preservar nuestro pasado reciente. Según las bases “La oportunidad de haber nacido en esta época y en este lugar nos convierte en testigos privilegiados de una parte de la Historia reciente de nuestro país: lo que ha supuesto la actividad industrial y comercial a lo largo de los últimos 100 años, la minería, la construcción naval, los ferrocarriles, la industria siderúrgica, la industria textil, la industria pesquera, la industria química, la actividad portuaria, la comercial, la navegación, los restos de aquellas actividades, el nuevo paisaje que se dibujó, etc.”

Quería escribir sobre un mueble de madera. Tengo un recuerdo, en un bar, admirando un bellísimo trabajo, con una calidad que solo podía ser fruto del amor. Por otro lado, pensando en profesiones, quería huir de las imágenes más fáciles al pensar en Bilbao: astilleros, acerías, el hierro y carbón de la historia de Vizcaya. Pensé que hay otra cosa en la que reparamos menos, pero forma parte también de las redes de nuestra memoria: la elegancia de la gente de las ciudades del Norte. Y a eso, añadir una profesión, de esas que construyen belleza con las manos y que se nos pierden ya como el agua entre los dedos de la mano: un buen sastre. Así que intenté crear un sastre sencillo, por romper otro tópico, el de las “bilbainadas”, que admira un mueble en un bar. Mi otra opción era un cura recio y con sotana, de los que he visto en el País Vasco, pero era fácil cabrear a mucha gente y ese día no tenía ganas de pelea. A mi sastre, soñé  imaginarle en el trabajo y paseando por las Siete Calles. Acompáñale, si quieres.

Trabajo en una sastrería. Hay mucho trabajo, lo que es bueno, y todos tienen prisa, lo que es menos bueno. Salgo tarde cada día, los dedos doloridos de las tijeras y la aguja, pero no me importa. Me gusta este trabajo, me gusta su limpieza, me gusta como pone en juego todos los sentidos: el tacto, acariciando las telas y los forros; la vista, midiendo ojales y puntadas; el olfato, con el olor de las lanas y los terciopelos, y hasta el oído, con el crujir del popelín y la batista para hacer camisas. Chupo también los hilos para enhebrar la aguja así que quizá hago algo también con el gusto. Alguna vez he pensado si podría distinguir los colores por su sabor. ¿A qué sabrá el gris marengo?,¿el verde jaspe?, ¿y el azul de Prusia? Sería maravilloso sentir las gamas y matices en la punta de la lengua. Pero no he tenido tiempo de probarlo todavía. Disfruto cada día. Me gusta el metro de lona y el de madera cartografiando los patrones, el trozo de jabón seco marcando las líneas de corte, el canto de las tijeras abriéndose paso y sacando formas de la nada, la alegría de hilvanar, como un pintor haciendo un boceto, los carretes de madera con hilos de cien matices y el soñar, al coser un bolsillo, sobre si guardará unas llaves, un reloj, una carta de amor o una moneda de plata con la cara del rey niño.

Trabajo con un compañero, Marcial. Él sabe más de atender a los clientes y dejarlos contentos, de tratar a los proveedores que vienen de Mataró o Tarrasa y regatear con ellos, de pagar las tasas y llevar las cuentas. Lo mío son las telas, los hilos, como yo digo, el dedal. Nuestras familias ya tenían la sastrería desde hace años. El padre de Marcial es mi padrino y mi padre, que en paz descanse, lo era suyo. Al principio no nos llevábamos muy bien pero, con el tiempo, ya nos entendemos. Yo me pierdo entre los números y él no disfruta tanto como yo cuando una espalda cae de lujo o cuando un cliente, bien vestido, parece que pesa quince kilos menos y mide unos centímetros más. Yo le llamo el banquero y él me dice, monaguillo, porque, según él, pruebo las chaquetas con el mismo cuidado que si fueran casullas y estolas. Es posible que tenga razón.

Cada día es distinto. Hay clientes que me piden el mismo traje de hace años, ya desgastado y con brillos en rodillas y en los codos. Quieren uno igual, buscando quizá reencontrarse con los recuerdos felices: la boda de la hija, la primera comunión de la primera nieta, el ir al puerto a recibir al hermano que venía de La Habana treinta y cinco años después, no rico pero al menos vivo. Otros me traen un recorte de la Ilustración Americana o Le Quotidien, queriendo confundirse con los elegantes de Buenos Aires o París. Marcial les convence de que quedarán igual pero por mucho menos dinero. Los trajes marcan los momentos importantes de la vida. Aquel, quiere un terno para casarse; éste, porque le ascendieron en la oficina de la naviera, el otro porque es previsor y quiere que le entierren bien por dentro y bien por fuera. Y a todos los intentamos complacer, aconsejándoles lo que quieren oír, siendo discretos en lo que nos cuentan y preguntando tan solo lo que necesitamos saber, que no es mucho. Todos quieren un traje cómodo y elegante, de buena calidad y barato. Discutimos como mucho sobre el ancho de la solapa y los botones. Pero cuántas cosas se esconden en la anchura de una solapa.

La sastrería se llama Manchester. Tiene un pequeño escaparate con muestras de los cortes de tela, paños de Béjar y tweeds de Londres. Quizá sí que sean de Londres y traigan entre la urdimbre nieblas del Támesis y aromas de té, la ría arriba. Al abrir la puerta que suena alegre con una campanilla, está la tienda para atender a los clientes, con poco más que una mesa larga, cubierta de un cuero color Burdeos para enseñar las telas, dos sillas de rejilla, un gran espejo y un sofá, para las esperas. Más adentro, el almacén y el taller. Entremedias, el probador con otro espejo enmarcado en la pared. Un buen espejo es la clave de una sastrería. Debe recoger el aire alrededor del traje y envolver al cliente en una luz favorable. He visto que los espejos nuevos no dan buenos resultados, así que quizá por eso las sastrerías duran siglos en el mismo sitio, por no arriesgar tener que comprar espejos nuevos.

Pero el mejor momento del día es la salida del trabajo, el largo paseo camino a casa. La sastrería está al lado de la iglesia San Antón, entre una panadería y un guarnicionero. La panadería me golpea cada mañana con un olor maravilloso y va marcando las partes del día: por la mañana, los grandes panes oscuros que llevan los caseros pues aguantan una semana sin ponerse duros, a mediodía, las barras doradas que llegan calientes al almuerzo, por la tarde, el olor de las magdalenas y los bollos maimones. Me hacen estar hambriento a todas horas. Salgo a la calle y me asalta el olor de las hogazas y los cueros. Camino por las calles, a menudo por trayectos distintos, veo al sereno comprobando que las puertas estén cerradas y a alguna cuadrilla de amigos, ya de retirada, discutiendo del precio del hierro o las noticias de la política. Todas las noches, me tomo un último café en Los Italianos. Es un pequeño local lejos de los grandes cafés donde la gente va a ver y a que les vean. Cuando llego, ya está vacío de jugadores de cartas y dominó, de bebedores en grupo o por libre. En aquel caos de mesas de mármol y sillas de enea sobresale, como un faro, un aparador. Cada vez que entro en ese local, es imposible no acercarme a él. No sé qué hace allí, no encaja con el resto del local. Paso la mano y acaricio, seducido, su superficie brillante, su curva perfecta, los tonos de la madera, la orientación de las vetas, las capas justas de barniz, el engarce perfecto de los cristales. ¿Hay algo más bello que la sencillez bien hecha?

Anoche entré allí muy tarde. El dueño, único empleado de este local que nunca vino a menos porque nunca fue nada, estaba barriendo. Le pregunté si no era tarde y me dijo que pasara. Mientras la cafetera silbaba, me acerqué a “mi” aparador. El camarero-dueño sonrió y me dijo. “Ya he visto que siempre se acerca a mirarlo. Lo hizo mi padre. Era carpintero de ribera. El último que quedó en La Ripa. Durante años, construyó las más hermosas lanchas y txipironeras de la costa. Me lo hizo cuando me casé. Y lo traje aquí, porque así, cada vez que lo miro, me acuerdo de él.” Volví a tocar aquella curva de madera y sentí que cortaba el mar, que resbalaba las olas, que navegaba. ¿Puede un aparador soñar con las olas del Cantábrico? A ver si va a ser que se me sube el café a la cabeza.

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