En este relato pensaba en los caminos como arterias vivas, como flujo de información, de intercambio comercial y cultural. Recordaba algún viaje por esta vía, fundamentalmente en el trozo de Salamanca a Valladolid y esa visión de biólogo donde siempre vas mirando hacia arriba, viendo los milanos, las cigüeñas, los vencejos, algún ánade y hacia abajo, las plantas de la cuneta, las que aprovechan el borde de los cultivos, las que se refugian bajo la sombra de un árbol solitario.

Soy arriero. Comercio en vino y en palabras. Cada mes, voy de Valladolid a Salamanca, pasando por Tordesillas, Alaejos y Cañizal. Llevo vinos de Medina, Serrada, Cigales y La Nava. De vuelta, traigo dineros y  palabras que los estudiantes me enseñan en las tabernas que rodean a la universidad. Me gustan sobre todo las que me encuentro en el camino de vuelta: pájaros, piedras y plantas. Una hierba que llaman belladona, porque hace que las mujeres ensanchen los ojos y parezcan aún más hermosas. Un árbol que yo sé es un olmo pero los de allí llaman negrillo. Cantuesos, jaras, arvejillas y saxifragas. Y otras con nombres divertidos como la oreja de oveja y el álamo temblón. Y cuando en primavera las veo con flores, entiendo porque esa se llama satirión y la otra, apagacandelas. Los de medicina me enseñaron a distinguir el alumbre, que aclara las aguas turbias, y la pirita, con el color del fuego, y el rejalgar que como muchas puede curar o puede matar. Me hablan también del latín como abuelo del idioma, y porqué pueriles son los que se portan como niños y la oratoria la hace el cura con la boca. Ayer, un gramático me dijo, a cambio de un buen vino de Roa, que humano era primo de humilde y de humus, esa tierra que huele tan bien. Pensé que era un vino bien gastado y, no estaba mal, ser humano en esta lengua.

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