Quizá tenga usted una imagen de su abuelo parecida a la que yo tengo del mío: la espalda doblada, una mano temblorosa acercándose un cigarrillo a los labios, vestido con boina y un abrigo de paño que no conseguían quitarle el frío de los huesos, unos zapatos bien limpios para salir a la calle y en casa, las zapatillas de fieltro. Tengo tan pocos recuerdos: llevarme a tomar un vino dulce a espaldas de mis padres, la estufa de butano y su llama azul, sacarme al parque bañado en niebla algún domingo de invierno, ir juntos a misa y poder echar una moneda en el cepillo,… Cuando él murió, yo tenía seis años y a esa edad no recuerdas muchas cosas. Cuando murió, tenía 68 años y en mi recuerdo, en esa memoria pequeña y estrecha, veo la imagen de un viejo. Ni tercera edad, ni anciano, ni “tarjeta dorada”, un viejo con los dedos deformados de tanto trabajar, uñas sucias de nicotina, su voz suave y la tos perruna que oía en su puerta cuando iba al colegio por la mañana, aquellos ojos que se deshacían en agua.

El gran avance de este último siglo, el mejor invento, no es la televisión, ni los ordenadores, ni Internet, ni la exploración del espacio, y mira que me gustan todos ellos. El gran invento son los abuelos. Gracias a la investigación biomédica tenemos abuelos vivos y sanos, que llevan y traen los niños al colegio, que van al parque mascullando juramentos con una pelota debajo del brazo, que si andan doblados es porque sujetan el triciclo del nieto que está aprendiendo esa sensación genial que da tener ruedas. Abuelos que enseñan a los nietos a atarse los zapatos o a jugar a las cartas y eso son cosas importantes en la vida. Cuando veo esos niños y esos viejos en los parques, con esa mirada de complicidad y esa sonrisa de felicidad, se me abre un gajo de alegría aquí dentro.

Abuelos que llegan a la jubilación con salud, con energías, con ganas, con vida. Que son explotados por los hijos, olvidados por la empresa a la que dieron la vida, toreados por un gobierno y por el siguiente, que les consideran pensiones, recetas, dineros y ellos se consideran ciudadanos, personas, gente. Pero que se ríen de todo porque al final ganaron la batalla. Porque aquí, el que sobrevive, gana. Porque ya solo les toma el pelo quien ellos dejan. Normalmente un mocoso de cuatro años. Y que ven lo que ha sido y lo que viene con lucidez y tranquilidad; a veces, con un poco de justa preocupación. Y que hacen planes, y ahorran, y viajan y algunos hasta bailan. ¡Felices nietos y felices abuelos!