Uno de los objetivos prioritarios en la investigación sobre el autismo es tener un marcador biológico que permita un diagnóstico temprano, rápido y fiable. En el último año ha habido varios estudios importantes que conseguían la identificación de niños con autismo a edades tan tempranas como 6 o 12 meses midiendo cambios volumétricos en varias regiones del cerebro o una mayor cantidad de líquido cefalorraquídeo, en ambos casos utilizando resonancia magnética. Un nuevo estudio plantea una posibilidad técnicamente más sencilla, más rápida, más cómoda y más económica: a través de una muestra de sangre.

En la actualidad, el diagnóstico se hace por uno o más especialistas que observan el comportamiento del niño. Las dificultades inherentes a este procedimiento hacen que muchos niños se diagnostiquen tarde, la mayoría con más de cuatro años, y que pueda haber diagnósticos discrepantes hasta conseguir el definitivo. Por otro lado, las principales terapias para los niños con autismo van dirigidas al habla y el comportamiento y hay numerosos datos que indican que cuánto más temprano se inicien, mayor es la mejoría.

El test se ha desarrollado recogiendo muestras de sangre de 159 niños de entre 3 y 10 años, de los cuáles 83 tenían TEA y otros 76 eran normotípicos de las mismas edades. Los investigadores recogieron 24 medidas diferentes relacionadas con moléculas pertenecientes a diversas rutas metabólicas y otros marcadores que investigaciones previas habían considerado relevantes para el autismo. En particular, se centraron en anomalías en el ciclo de la metionina y en los procesos de transulfuración. El ciclo de la metionina contribuye a la expresión epigenética de genes a través de la metilación del ADN y la transulfuración es el principal componente del estado de oxido-reducción de las células ya que genera glutatión que es un importante antioxidante.

Los investigadores no se centraron en metabolitos individuales sino que investigaron patrones de alteración de grupos de metabolitos mediante algoritmos estadísticos. Usaron el Análisis Discriminante de Fisher, una técnica de Big Data en la cual omitían deliberadamente los datos de uno de los niños del grupo y usaban los resultados de los demás para generar un algoritmo que predijera la tipificación del individuo dejado aparte. A continuación, se iba repitiendo el proceso para los 159 participantes en el estudio.

De los 24 marcadores elegidos, los investigadores encontraron 5 que permitían separar al grupo de niños con autismo de los que no lo tenían. Usando ese algoritmo de predicción, el 96.1% de los niños neurotípicos fueron correctamente identificados al mismo tiempo que se identificaba al 97,6% de los que tenían TEA. Por tanto, más del 96% de los niños en cada grupo, autismo y no autismo, recibían un resultado tras el análisis sanguíneo que encajaba con el diagnóstico alcanzado mediante los test de comportamiento estándar.

Este artículo publicado en PLoS Computational Biology es un estudio interesante pero siempre hay que tener en cuenta que el autismo, aunque la cifra total de niños afectados sea llamativa, es relativamente raro. Es decir, si para simplificar consideramos que el autismo afecta a 1% de los niños y la técnica acierta el 96% de las veces, de 100 niños tendremos 5 positivos, 1 que realmente tendrá autismo y 4 que no lo tendrán, lo que llamamos falsos positivos. Es decir, un resultado positivo tiene cuatro veces más probabilidad de estar equivocado que de ser correcto.

Aun así, estos resultados son importantes. Nos pueden ayudar a localizar a los niños que deben someterse lo antes posible a una revisión por parte de especialistas y es posible que al aumentar el número de casos, el algoritmo se pueda perfeccionar. Sin embargo, hay que resaltar que la muestra no era muy abundante y que no se ha probado su utilidad en niños pequeños. Seguro que se hace próximamente.

Por otro lado, hay un aspecto discutible más profundo y es la especificidad de esos marcadores; es decir, si el test es una prueba para autismo o algo más general para diferencias cerebrales. Los cinco componentes de la sangre seleccionados no son específicos para los sistemas afectados en los niños con autismo. Algunos forman partes de rutas metabólicas que ayudan a las células a resistir el daño de moléculas inflamatorias y toxinas. Otros participan en la regulación génica, aunque no está claro qué genes estarían afectados. Es posible que el test esté indicando que algo está alterado en el desarrollo cerebral y los resultados puedan ser autismo, pero también discapacidad intelectual o epilepsia.

Hay un factor que hace temer que no será fácil encontrar un test sencillo, que detecte sin errores al 100% de los niños con autismo: el convencimiento que tenemos algunos de que no es el autismo, sino los autismos, que es un trastorno complejo, con manifestaciones clínicas variadas, posiblemente con causas distintas y quizá con variaciones en los marcadores sanguíneos. Aun así es un paso muy interesante y todo parece señalar que estamos cada vez más próximos a tener un marcador biológico temprano.

 

Para leer más:

  • Howsmon DP, Kruger U, Melnyk S, James SJ, Hahn J (2017) Classification and adaptive behavior prediction of children with autism spectrum disorder based upon multivariate data analysis of markers of oxidative stress and DNA methylation. PLoS Comput Biol 13(3): e1005385.