Un grupo de investigadores taiwaneses (Chiang et al., 2015) ha estudiado la comorbilidad, presencia simultánea, de autismo y cáncer utilizando el magnífico recurso que son las bases de datos del sistema nacional de salud de Taiwán. Del denominado Registro de Enfermedades Catastróficas los autores identificaron un total de 8.438 pacientes diagnosticados con autismo. A continuación se hizo un seguimiento (1997-2011) en las mismas bases de datos para ver cuántos habían desarrollado un cáncer a posteriori, un diagnóstico que se registra en los certificados de enfermedad catastrófica y que requiere una confirmación histológica.

Un estudio previo (Blatt et al., 2010) había estudiado 702 niños y adolescentes con autismo, de más de dos años, de los cuáles 7 desarrollaron algún tipo de cáncer: leucemia linfoblástica (n = 1), leucemia aguda no linfocítica (n = 2), linfoma no-Hodgkin (n = 1), enfermedad de Hodgkin (n = 1), tumor cerebral (n = 1) y sarcoma osteogénico (n = 1). Los investigadores llegaron a la conclusión de que no parecía haber una alta asociación entre autismo y cáncer infantil.

El estudio de Chiang y cols. (2015) estimó el riesgo de cáncer con la llamada ratio de incidencia estandarizada (SIR) que divide el número de personas con TEA que desarrollan un cáncer frente al número esperado para una población de ese mismo tamaño y características pero sin TEA. Si no hay variaciones, el SIR debe ser 1, si es superior es que hay más incidencia, mayor riesgo. Frente al trabajo de Blatt et al. (2010) este tenía la ventaja de que su muestra era mucho mayor y durante el período de observación 20 personas con autismo desarrollaron un cáncer, lo que es un SIR de 1,94, es decir el número de cánceres se duplicó frente a lo esperado aunque es importante resaltar que es un porcentaje bajo, del 0,23%. El número de cánceres en hombres fue mayor que el esperado mientras que no se vio más riesgo en las mujeres. El cáncer era más frecuente en individuos entre 15 y 19 años pero no difería en otros grupos de edad. Los tipos de cáncer donde la diferencia era más grande eran los del sistema genitourinario (SIR 4,15) y de cáncer de ovario (SIR 9,21).

Blatt (2015) respondió al estudio de Chiang y cols. indicando que los estudios sobre bases de datos anónimos tienen el riesgo de que algunas de las codificaciones de datos estén sesgadas. Con respecto a los TEA puede haber un sobrediagnóstico o un infradiagnóstico lo que puede llevar a errores en los cálculos de las comorbilidades. La codificación de los cánceres también puede generar problemas si los informes de los patólogos no se revisan y la codificación anatómica puede ocultar la asociación con tipos específicos de tumores. Así, un cáncer de ovario puede ser un linfoma o un sarcoma de tejido blando. Algunos tumores cerebrales benignos pueden no haber sido identificados lo que puede contribuir a que no haya asociación entre autismo y estos tumores, como se ha sugerido en algún estudio previo. Por otra parte, los pacientes donde el diagnóstico de cáncer fue anterior al diagnóstico de TEA se excluyeron del estudio lo que puede enmascarar una asociación con el cáncer en los niños más pequeños. Finalmente, asumiendo que los diagnósticos de TEA y cáncer eran correctos, un SIR alto de un niño con TEA desarrollando cáncer no implica un alto riesgo en valores absolutos, lo que debería tranquilizar a las familias de niños con TEA y no sugiere que haga falta establecer un seguimiento de forma rutinaria, aunque sí prestar atención en los chequeos normales. Es decir, el riesgo de cáncer aumenta pero el número de personas afectadas, al menos en la infancia y en la adolescencia, es bajo.

Estos resultados sugerían que hacía falta investigar la relación entre la genética del autismo y la del cáncer. Se ha hecho recientemente (Crawley et al., 2016) secuenciando todos los genes y ha encontrado que hay un amplio solapamiento en genes de riesgo para el autismo y para el cáncer. Muchos de esos genes comparten funciones como participar en remodelar la cromatina, mantenimiento del genoma, y codificar factores de transcripción y vías de transducción de señales que llevan a cambios en el núcleo.

El autismo está asociado a diversas enfermedades y trastornos entre los que están la neurofibromatosis y la esclerosis tuberosa, que están directamente asociadas a la producción de tumores. Sin embargo, estos tumores son benignos y muy raramente, o nunca, se asocian a procesos de malignidad. Sin embargo, mutaciones en otros genes implicados en los TEA como NF1, TSC1, o TSC2 aumentan el riesgo de desarrollar un cáncer.

Un de gen de riesgo identificado originalmente en individuos con cáncer puede presentar una mutación de novo en un pequeño número de individuos con TEA o puede estar implicado en el TEA a través de genes interrelacionados o proteínas que interaccionan como las que forman parte de vías de señalización. Es decir, hay una relación entre autismo y cáncer en los genes y en las señales intercelulares y eso puede explicar el aumento de riesgo en las personas con un TEA.

¿Qué tiene en común la proliferación celular de un tumor con el desarrollo cerebral y la formación de sinapsis? Los TEA tienen, al igual que los cánceres, causas variadas, distintos tipos de síntomas y distintos pronósticos. Es posible que haya un déficit en el destino de las células; es decir, proliferación frente a diferenciación. De este modo, los errores en los genes que intervienen en la mantenimiento del genoma pueden ocurrir en la vida fetal en períodos críticos de la proliferación de los precursores de las neuronas, lo que generaría los trastornos del neurodesarrollo, mientras que los errores que sucedieran en tipos celulares específicos en la vida adulta podrían dar lugar a tumores.

Es posible que algunos de los fármacos disponibles para el cáncer y que tengan un buen perfil de seguridad se puedan explorar como herramientas para el tratamiento de los TEA. Un ejemplo ha sido la evaluación en un ensayo clínico de un análogo de la rapamicina en pacientes con esclerosis tuberosa que ha incluido un seguimiento de características que tienen más que ver con los TEA que con el cáncer como ataques epilépticos, trastornos del sueño y rendimiento académico. La identificación de individuos con TEA que tienen un gen de riesgo para autismo que es también un gen de riesgo para el cáncer puede permitir el desarrollo de estrategias terapéuticas personalizadas basadas en esa mutación concreta. Finalmente, los datos sobre autismo y cáncer serían un dato más que apoyarían que el autismo no es un trastorno cerebral sino de todo el organismo.

 

Para leer más:

  • Blatt J, Deal AM, Mesibov G (2010) Autism in children and adolescents with cancer. Pediatr Blood Cancer. 2010 Jan;54(1): 144-147.
  • Blatt J (2015) Association of Autism with Cancer. J Pediatr 167(1): 208-209.
  • Chiang HL, Liu CJ, Hu YW, Chen SC, Hu LY, Shen CC, Yeh CM, Chen TJ, Gau SS (2015) Risk of cancer in children, adolescents, and young adults with autistic disorder. J Pediatr 166(2): 418-423.
  • Crawley JN, Heyer W-D, LaSalle JM (2016) Autism and cancer share risk genes, pathways, and drug targets. Trends Genetics 32(3): 139–146.