hevelius10-redEn 1611, un año después de que Galileo construyera su primer telescopio, nació en Danzig Johannes Hevelius. Su padre era un comerciante exitoso y quería que su hijo siguiera sus pasos así que cuando el muchacho cumplió nueve años, le envió a Polonia a aprender el idioma pues Danzig formaba parte entonces de Prusia Oriental y la lengua habitual era el alemán. Cuando el muchacho regresó a los 16 años le pidió a su progenitor que le dejara seguir estudiando. El padre aceptó y el joven Johannes continuó su formación con el famoso matemático y astrónomo Peter Krüger. Hevelius aprendió latín, el lenguaje de la ciencia y de la correspondencia internacional —tal como es ahora el inglés— y aprendió bajo la tutela de Krüger a dibujar, a grabar y a construir aparatos científicos rudimentarios con madera, cristal y metal. Con la edad, la vista de Krüger se fue deteriorando por lo que animó al joven Johannes para que continuara el registro de sus observaciones.

Cuando tenía 19 años, Johannes pudo observar el eclipse total de Sol de 1630 y vio a Saturno cruzarse con la Luna en un raro tipo de eclipse lunar. A pesar de que disfrutaba enormemente, aquello no parecía una forma de ganarse la vida, así que se casó con la hija de un distinguido hombre de negocios y se dedicó a la cómoda vida de un comerciante. Pero en 1639 cuando Krüger estaba en su lecho de muerte le rogó a su alumno que no desperdiciara su talento. Conocedor de que su fin estaba cerca, Krüger le dijo cuánto sentía perderse el raro eclipse solar que ocurriría aquel año y rogó a Hevelius que se encargase de registrar aquella ocasión señalada. Aquellas palabras reavivaron la pasión de Johannes por los cuerpos celestes y el 1 de julio de 1639, tras observar el eclipse solar, decidió que dedicaría el resto de su vida a la Astronomía.

Hevelius estaba particularmente interesado en la Luna y la hizo la diana favorita de sus observaciones en esa época. Insatisfecho con todas las ilustraciones que existían de su superficie, poco precisas, con errores y con muchas distorsiones, decidió quejarse de la manera que todos los innovadores lo hacen, construyendo algo mejor. Enfocó su telescopio a la Luna y empezó a usar su talento como dibujante y como grabador para hacer un mapa detallado de su superficie. Sin embargo, vio que su telescopio no tenía calidad suficiente así que decidió fabricar uno mejor. En 1647, tras cinco años de trabajo tenaz, publicó un atlas magnífico de la Luna bajo el título de Selenographia. Se considera el primer mapa real de la Luna y un magnífico ejemplo de cómo se puede combinar el rigor científico con la belleza artística.

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Uno de sus primeros admiradores fue el famoso viajero inglés Peter Mundy que tras ver los mapas escribió en su diario:

De la Luna ha hecho más de 30 grandes mapas, impresos o en planchas de cobre de la manera en que cada día aumenta y disminuye, descifrando en su tierra y en su mar, montañas, valles, tierras, lagos, etc. haciendo en otro mundo pequeño, y dando nombres a cada parte, como nosotros en un mapa de nuestro mundo.

A Hevelius le empezaron a llover elogios de todas partes pero quizá la mejor muestra de su calidad es que sus mapas lunares se mantuvieron imbatidos durante más de un siglo a pesar del formidable avance científico y técnico que se produjo durante ese período.

Animado por aquel éxito, Hevelius se puso a mejorar sus observaciones construyendo telescopios más grandes y de mejor calidad, con un objetivo: revisar los catálogos de estrellas de su tiempo. Estas tablas eran una herramienta esencial para los astrónomos pues permitían seguir los cambios que se producen en las constelaciones, cambios que eran un reto formidable para los dogmas religiosos de la época que seguían considerando el universo como un paisaje estático, con las estrellas fijas en el cielo, según habían sido dispuestas por el Creador. Las nuevas teorías heliocentristas se estaban abriendo paso y mostraban el universo conocido como un sistema dinámico, con cambios continuos en la disposición de los cuerpos astronómicos y por eso, cartografiar las estrellas era el paso fundamental para ver ese universo en evolución. Además, Hevelius defendía una posición novedosa: que aquellas estrellas eran soles, similares al que conocemos.

En 1641, poco después de su trigésimo cumpleaños, Hevelius empezó a construir un observatorio en el techo de su casa. Tras tres años de trabajo, la ciudad de Danzig le hizo un regalo, un instrumento astronómico que había estado guardado en un almacén junto con material de los bomberos. bd9cdbbc4dEra un cuadrante azimutal, un enorme instrumento diseñado por Krüger pero que a su muerte había quedado sin terminar. Una vez más su maestro le marcaba el destino. Hevelius terminó el aparato, lo instaló en su observatorio y empezó a hacer medidas con él. El gran cuadrante permitía hacer medidas bastante exactas de las distancias angulares entre las estrellas. Durante los siguientes dieciséis años, Hevelius amplió su observatorio y lo equipó con los mejores instrumentos que pudo construir o comprar. Antes de los famosos observatorios nacionales de Greenwich o París, aquel fue el mejor observatorio del mundo.

Hevelius se quedó viudo y se volvió a casar con un joven llamada Elisabeth Koopman. La conocía desde niña, cuando aquella hija de un conocido, un mercader de Danzig, le imploró que le enseñase los astros. Unos años después, la joven volvió a reiterar su ruego, expresando su admiración primero y luego su adoración por el famoso astrónomo. En una biografía se dice que la joven exclamó una noche, mientras miraba por el telescopio de Hevelius

Quedarme y observar aquí para siempre, que me permitiera explorar y proclamar con usted la maravilla de los cielos, eso es lo que me haría perfectamente feliz.

Realmente era una declaración de amor, que Hevelius aceptó contento. Él tenía 52 y Elisabeth 17. Esa diferencia de edades no era rara en aquella época y permitía a las mujeres acceder a un trabajo creativo e intelectual, una mezcla entre cónyuge y aprendiz. Hevelius vio su enorme interés y sus intereses comunes y empezaron a observar las estrellas juntos juntos. Ella se convirtió en la primera astrónoma de occidente y no dejó nunca de animar a su marido, aunque encontró tiempo para dar a luz a cuatro hijos. Juntos completaron el catálogo de estrellas que publicaron en 1673. Lo más curioso es que estaba hecho a simple vista, un método que Hevelius prefería frente a los telescopios en los que realmente era un experto. Fue el último de los grandes astrónomos que usaron la vista.

En 1679 un incendio destruyó el observatorio. El cochero había dejado una vela prendida en el establo y la plataforma de madera de la casa sobre la que tenía sus telescopios e instrumentos se prendió fuego. Al saber del incendio, la gente del pueblo se metió en los edificios en llamas y poniendo en riesgo su vida tiraron tantos libros como pudieron por las ventanas para intentar salvarlos. Aun así, la mayoría de sus documentos, sus notas y todos sus instrumentos científicos quedaron destruidos.

Podría haberse hundido en la desesperación, había perdido tal como escribió en una carta al rey de Francia «todos mis bienes mundanos y mis esperanzas» y ya tenía 68 años, una edad avanzada en la época. En vez de eso, se puso a reconstruir su observatorio, a construir nuevos telescopios y a volver a observar las estrellas. Su resiliencia fue impulsada en parte por la salvación milagrosa de uno de sus manuscritos: un cuaderno con las posiciones de las estrellas llevado a cabo a lo largo de décadas de pacientes observaciones. Fue el único que se salvó -Hevelius había comprado los libros de Kepler a sus hijos- y se cree que fue gracias a su hija de 13 años Katharina Elisabeth, que tenía una llave del estudio de su padre y salió con el manuscrito entre las llamas.

Hevelius escribió al rey de Francia Luis XIV, uno de sus mecenas en uno ejemplo maravilloso de cómo hay que pedir dinero. El rey le dio su apoyo y también el rey de Polonia que le concedió una pensión vitalicia para que pudiera dedicarse en exclusiva a sus estudios astronómicos. Johannes siguió trabajando hasta el día que murió, a los 76 años. Elisabeth decidió terminar la tarea y completó el catálogo dedicándolo al generoso monarca polaco. El catálogo incluía 600 estrellas nuevas así como numerosas constelaciones identificadas por primera vez cuyos nombres todavía usamos hoy en día. Una de ellas la bautizó como el Lince, por la buena vista que hacía falta para distinguir el escaso brillo de sus estrellas.