hommedia (1)-redEn la primera mitad del siglo XX, la situación era conocida y temida. Un niño se despertaba con un poco de fiebre y dolores musculares, quizá con cierta flaccidez en un brazo o una pierna. La vista del médico convertía esos miedos en un diagnóstico: polio, y el niño era inmediatamente trasladado a un hospital para enfermedades infecciosas.

El virus de la poliomielitis puede causar la destrucción de neuronas motoras en el bulbo raquídeo y la médula espinal. El resultado es que los músculos inervados por esas neuronas quedaban intactos pero paralizados pues dejaban de recibir órdenes: el resultado podía ser la pérdida de uso de brazos o piernas o la asfixia, si se trataba de polio bulbar, afectando a las neuronas que se encargaban de meter aire en los pulmones.

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¿Cómo explicar a un niño, separado de sus padres, aterrorizado, lo que iban a hacer con él? Con un muñeco. Le vestían con un pijamita como el suyo, le preparaban una cama junto a la suya con las mantas, las sábanas y las almohadas del hospital, quizá con alguno de los peluches. El tratamiento recomendado era una inmovilización total, algo nunca fácil de conseguir con un niño pequeño. Para lograrlo, le embutían en un molde de escayola hecho a su medida y le sujetaban con correas. Este muñeco de cerámica ayudaba a explicar lo que iba a hacer con él. Una de ellas estaba incluso metida en una maqueta de un pulmón de acero para que los niños que se asfixiaban entendieran que les iban a meter en aquel cilindro metálico del que solo asomaban la cabeza. Afortunadamente la vacuna contra la polio convirtió estas cosas, los muñecos, los pulmones de acero, en piezas de museo.

 

Crédito de la imagen: Science Museum de Londres.

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