hermanos_ramon_y_cajal-recorteTras su licenciatura en la Facultad de Medicina de Zaragoza, Cajal ejerció de médico militar. Primero sirvió en Lérida, participando en la tercera guerra carlista donde su tarea fue tratar accidentes, trastornos digestivos y enfermedades venéreas de los soldados de su regimiento y en la que confiesa no haber visto un solo carlista.

Mucho más duro fue el ejercicio de la profesión en Cuba donde pasó casi tres años (1873-1875) en un ambiente insalubre y desbordado de trabajo. En la enfermería de San Isidro, uno de los hospitales de campaña anejos a la llamada «trocha militar del este» tenía que atender diariamente a más de trescientos soldados enfermos de paludismo, de disentería, úlceras crónicas y viruela. Esta última causaba también estragos entre los esclavos negros, menos sensibles a la malaria. Los dos médicos que precedieron a Cajal en aquel hospital infecto y rodeado de ciénagas murieron de paludismo.museo-del-ejercito-toledo-retrato-del-capitan-medico-santiago-ramon-y-cajal

Volvió a España enfermo pero consiguió recuperarse. Restablecida la salud, Cajal colaboró con su padre en su consulta particular, le sustituyó en las guardias del hospital, le pasaba la visita en las salas y le asistía en las intervenciones. El primer puesto que obtuvo Cajal en la administración civil es de el 17 de mayo de 1876 cuando la Diputación Provincial de Zaragoza le nombró Practicante de Primera Clase del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, nombramiento en el que su padre movería hilos. Al poco tiempo y también por intercesión de su padre es nombrado Ayudante Interino de Anatomía de la Facultad de Medicina e inicia en la Universidad de Madrid como alumno libre las tres asignaturas que se requerían para la obtención del título de doctor. Padre e hijo habían acordado tiempo atrás, antes de la incorporación al ejército, preparar la primera cátedra de Anatomía que saliera vacante pero cuando sucede, el resultado es un desastre y el padre vuelve a pensar que quizá la clínica es el camino para el futuro profesional de su hijo. Mèdico S XIXPero este ejercicio de la Medicina llega a su fin por una historia que contó su sobrino don Pedro en un discurso en el año 1952:

Una mañana fue requerido don Justo para atender un caso muy grave. En una discusión familiar, había herido un hermano a otro con un disparo de trabuco, produciéndole un profundo boquete en la nalga con intensa hemorragia. Solicitó don Justo la ayuda de Santiago y consiguiendo, después de grandes esfuerzos y mucho tiempo, cohibir la hemorragia mediante fuerte comprensión manual y apretado taponamiento, únicos medios conocidos en aquel tiempo. Practicada la primera cura, se planteó la cuestión de pasar el parte al jugado de guardia. Las súplicas de los padres que veían a un hijo con muchas probabilidades de muerte, y al otro en la cárcel sometido a un grave proceso criminal, lograron que don Justo, de gran corazón, como todos los hombres secos y ásperos en el trato social, consintiera en no dar el parte por el momento, y solo hacerlo si el enfermo se agravaba haciendo temer un desenlace fatal. La curación fue larga y las complicaciones muy numerosas: fiebre muy elevada, abscesos producidos por pedazos de metralla y por trozos de ropa. Se tuvo que extraer estos cuerpos extraños y se desprendieron los tejidos necrosados con intensas hemorragias, las cuales había que cohibir a cualquier hora del día o de la noche. La cicatrización fue muy larga por la extensa pérdida de piel y hubo que activar la epitelización con toques de nitrato de plata en barra. Por fin, al cabo de unos ocho meses el herido estaba completamente curado. Don Justo le da el alta, y al despedirse les dice: «No hay que hacer ya nada más: un día de estos le pasaré la nota de mis honorarios». La contestación del padre del herido fue de un cinismo helador: «No se moleste Ud., no pensamos pagarle: lo más conveniente para todos es que se olvide de todo este asunto, no vaya Ud. a tener algún disgusto». Don Justo, con gran indignación, comentó en la mesa todo lo sucedido. Su hijo Santiago contestó que era una gran lección que había que agradecer y no olvidar. Desde ahora, prosiguió Santiago, se encargará Ud. de todos los enfermos, pues yo no pienso visitar ninguno más.

Parece que aquel desagradable incidente acabó con el poco interés que Cajal sentía por el ejercicio de la Medicina. Don Justo, que era muy terco, intentó por todos los medios hacerle cambiar de opinión pero Santiago, que no era menos terco, se negó en redondo. Don Justo hacía llegar a Santiago todos los avisos nocturnos por medio de su hermana Pabla pero el joven médico o no contestaba o lo hacía con cajas destempladas para negarse a acudir.

Cajal volvió a retomar los libros y a pensar en reemprender la vía de las oposiciones a cátedras en las que se presentó con muy malos resultados pero todo ello se vino abajo cuando sufrió una recaída, con un vómito de sangre que hizo a todos temer por su vida y que le obligó a aplazar todos los planes. historia-04Tras dos meses en cama marchó al Pirineo a terminar su restablecimiento. Al regreso a Zaragoza don Justo decidió que su hijo debía renunciar a la carrera universitaria, impresionado por su mala salud, decepcionado por sus bajas notas en el doctorado y convencido por su fracaso en las oposiciones a las que se ha presentado, donde encima había hecho enemigos y era posible que las puertas se le hayan cerrado definitivamente.

Don Justo probó una nueva estrategia. Estaba vacante la plaza de médico titular de Castejón de Valdejasa. El puesto era codiciado por muchos pretendientes por estar muy bien pagado. Don Justo decidió solicitarla en nombre de su hijo y movió todas sus influencias, llegando a hablar con el alcalde y algunos concejales para predisponerlos en su favor. Finalmente logró, tras muchas dificultades, que nombrasen titular a Santiago. 077-00-0-0En la comida familiar, don Justo le comunicó la buena noticia «Te han nombrado médico de Castejón de Valdejasa». Santiago responde que lo duda, pues no la ha solicitado. Don Justo le comunica que lo ha hecho él en su nombre y que debe aceptar para no hacerle quedar mal con el alcalde y los concejales que le habían aceptado y votado. Santiago aceptó a regañadientes y se incorporó al puesto pero poco después tuvo un violento enfrentamiento con su padre al negarse a hacerse cargo de una nueva plaza, el puesto de médico de la importante población navarra de Corella, que su padre también le había gestionado.

En contra de la opinión de su padre pues es un puesto mal pagado y sin perspectivas de mejora, Cajal se presentó y ganó mediante oposición, la plaza de director de los Museos Anatómicos de la Facultad de Medicina de Zaragoza recién creados. Volvió por tanto a Zaragoza en marzo de 1879 y allí trabajará hasta que saque la cátedra de la Universidad de Valencia. En esta última ciudad colaboró en la lucha contra una epidemia de cólera pero salvo este caso y la atención de los problemas leves de salud de su familia, no volvió a ejercer la Medicina, en su faceta clínica, en toda su vida y se centrará en la docencia y la investigación.

Con los años la situación no fue a mejor. Se cuenta que el escultor Mariano Benlliure, que estaba trabajando en la estatua de Cajal que se encuentra en el paraninfo de la Facultad de Medicina de Zaragoza recogía a Cajal en su casa de Cercedilla para llevarlo a su estudio. Cajal no conducía y en uno de esos viajes tuvieron un accidente de tráfico bastante leve pero con tal mala fortuna que Benlliure se dio un fuerte golpe en la cabeza -no existían los cinturones de seguridad- y tuvo una llamativa hemorragia.  Cajal rápidamente intentó ayudarle, pero al poco llegó uno de los peones camineros queestaban en el lugar del accidente y, desconocedor de la personalidad del viajero del automóvil, y al verle tan azarado y con tan poco acierto , le dijo: «Será mejor que me deje a mí, que bien se ve que usted, de curar heridas no entiende nada». 

Otra anécdota que he recogido del interseante blog de Xavier Sierra cuenta que una vez, en plena calle, un viandante se sintió súbitamente indispuesto y sufrió una lipotimia. Al instante, como suele suceder en estos casos, se formó a su alrededor un corro de curiosos. Acertó a pasar por allí Cajal, que ya era un personaje muy conocido, había recibido ya el Premio Nobel de Medicina y era una figura prestigiosa y muy popular. Al verlo, el corro de curiosos se abrió, dejándole paso respetuosamente. Cuando Cajal llegó al lado del desmayado y viendo que había perdido el conocimiento, se giró a los curiosos, diciéndoles apresuradamente:  «Pero ¿qué demonios hacen ustedes ahí parados? ¡Rápido, avisen a un médico!».

 

Para leer más

  • De Carlos Segovia JA (2001) Los Ramón y Cajal: una familia aragonesa. Gobierno de Aragón, Zaragoza.
  • López Piñero JM (2000) Cajal. Ed. Debate, Madrid.
  • Ramón y Cajal Vinós P (1952) Discurso leído en la Real Academia de Zaragoza con motivo del homenaje a Santiago Ramón y Cajal celebrado en el centenario de su nacimiento.
  • Sierra X (2016) Anecdotario secreto de Cajal (IV): Asistencia médica. http://xsierrav.blogspot.com.es/2016/06/anecdotario-secreto-de-cajal-iv.html