Santiago_Ramon_y_Cajal_Historia_Espa_aUna de las características fundamentales de la vida y obra de Santiago Ramón y Cajal, perfectamente compatible con la universalidad de sus descubrimientos científicos y con su reconocimiento internacional como un gran investigador, es su profundo patriotismo. Él mismo lo dice en el siguiente párrafo:

Se ha dicho que la ciencia no tiene patria, y esto es absolutamente exacto, más como contestaba Pasteur en ocasión solemne, los sabios sí que la tienen. El conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la Humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una nación que se honra con sus triunfos y a una región que le considera como el fruto selecto de su terruño.

Cajal vive el patriotismo como un amor a la Patria, un amor «que deberíamos sentir todos los españoles, como sentimos el amor sagrado de la madre». Años más tarde lo compara también al amor romántico, cuando en un homenaje al III Centenario de El Quijote, celebrado en el Colegio de San Carlos dice

eterno amor de Dulcinea…, de esa mujer ideal,  cuyo nombre, suave y acariciador, evoca en el alma la sagrada imagen de la patria…

Cajal plantea que al igual que don Quijote quiere servir a su amada, servir a la patria debe ser el más alto ideal que ocupe a un caballero. Para él, el auténtico quijotismo, el único que merece la pena, es ser un patriota exigente, un enamorado ardoroso, ingenuo y noble de España y vive ese patriotismo desde la infancia. A los ocho años, cuando reside en el pueblo zaragozano de Valpalmas llegan las noticias de las victorias militares contra Marruecos, una guerra que culmina con la toma de Tetuán. Así lo recuerda en Mi infancia y juventudBarrios-de-Tetuán

 

¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos soldados de África y singularmente a los generales Prim y O’Donell!… No cabía duda: la raza hispana había vuelto en sí, readquiriendo conciencia de su propio valer.

Años después es mucho más crítico con esta aventura militar:

importa declarar, desde luego, que el patriotismo español, apático o latente, pero jamás anulado en absoluto, alcanzó de repente en 1808 con la guerra de la independencia –que nos sorprendió como siempre, sin soldados, sin dinero y sin material- notable pujanza. Esta exaltación culminó todavía en 1860, con ocasión de la expedición a África emprendida -¡ironías de la historia!- con miras inconfesables de caudillaje militar y de preponderancia de un partido político.METRO-TETUAN-red

Por cierto que el ejército victorioso acampó en un terreno a las afueras de Madrid mientras se hacían los preparativos para una entrada triunfal en la capital, algo que nunca sucedió. Alrededor del campamento que esperaba y esperaba fueron surgiendo pequeñas tiendas y eso fue el origen del barrio conocido hasta hoy como Tetuán de las Victorias. El niño Santiagué cuenta su alegría no solo por las fiestas, desfiles y comilonas en las que participa, sino también por el sentimiento de ciudadanía, de pertenencia a un proyecto común que se despierta en él:

Fue esta la primera vez que surgieron en mi mente, con alguna clarividencia, el sentimiento de la patria y sus raíces históricas. Representa por lo común el patriotismo pasión tardía; invade el espíritu durante la adolescencia cuando penetran en el sensorio las primeras nociones precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, sin mitigar la devoción al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan y odian al unísono con nosotros; que hablan, en suma, la misma lengua y tienen iguales prosapia y destino.

Ese sencillo patriotismo se afianza y consolida en su etapa como estudiante universitario. En las palabras de agradecimiento al homenaje que se le brinda en la Universidad de Zaragoza con motivo de su jubilación recuerda aquellos años y comenta:

Jamás olvidaré que en Zaragoza, inclinado sobre los libros, aprendí a amar a España y a deplorar su atraso científico y su decadencia política.

Aunque por lo que sabemos no es que el joven Santiago Ramón se inclinase mucho sobre los libros, sí que vemos en sus escritos y en sus actitudes ese patriotismo cada vez más claro, más marcado, un sentimiento que encauzará y ejercerá a través de su dedicación a la ciencia. 13_zaragoza_cajalEn el discurso que envía para el descubrimiento de su estatua en el Paraninfo de la universidad aragonesa se describe a sí mismo como «un español fervoroso que luchó hasta lo último por enaltecer la ciencia patria y honrar a su tierra».

Para Ramón y Cajal el patriotismo no es solo un sentimiento, un sentimiento que no entra a valorar si «es justo o injusto, si reproduce o no la fase primitiva y bárbara de la Humanidad», es también una herramienta, una palanca de regeneración y los actos de patriotismo «son tónicos morales que deben juzgarse solamente por sus efectos, pragmáticamente». Don Santiago vive también ese amor a la patria como un sentimiento no solo de permanencia sino también de obligación, y no únicamente ligado a la tierra, al solar patrio, sino también como un vínculo de sangre con nuestros ancestros, con todas las generaciones que nos precedieron y también con todas las que vendrán después:

La patria no es solamente el hogar y el terruño, es también el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasados remotos y nuestros descendientes lejanos.

Años después, terminada ya la carrera, Cajal vive los desastres del último tercio del siglo XIX en primera persona, primero como médico en las guerras carlistas y luego, también como médico, en la guerra de Cuba. El pensamiento político de don Santiago queda marcado por ambos conflictos. Son años de crisis endémica, cuando todas las mentiras repetidas durante siglos estallan —no somos el país heroico y victorioso que le dijeron a Santiago de Santiago— y España queda frente a frente con su miseria económica, científica, intelectual, militar y moral. La respuesta que surge de su personalidad es un refuerzo de ese hondo patriotismo que surge a veces agresivo, otras melancólico; una pasión que se exacerba cuando visita países de los considerados científicamente superiores y en los que contrasta su admirable situación con la triste realidad española. Para Cajal, no es que no seamos patriotas por nuestra deplorable situación es que nuestra deplorable situación se debe a nuestra carencia de patriotismo: «Considero como principales resortes (de esa ‘superioridad’) dos cosas totalmente descuidadas en España y en los países de nuestra estirpe: la educación del patriotismo y la inoculación intensiva del espíritu de solidaridad». Algo que, en su opinión, contrasta con como se cultiva el patriotismo en los países anglosajones: «En los felices países de lengua inglesa aparece el patriotismo como algo espontáneo, profundamente místico, como un fanatismo incontrastable inoculado en la niñez y fortalecido después por la educación política». Santiago_Ramon_y_Cajal_Historia_Espa_aEl patriotismo puede ser enseñado, educado y reforzado y de hecho, entre las características que tiene que tener un investigador están:«la independencia mental, la curiosidad intelectual, la perseverancia en el trabajo, la religión de la patria y el amor a la gloria».

Cajal compara la España que fue en el pasado con la que a él le gustaría tener en el presente y el futuro. En el pasado —según don Santiago— destacamos en dos ámbitos, la cruz y la espada:

Dos cosas excelentes tuvo España: santos y soldados. Los santos han desaparecido definitivamente, y los soldados, según marchan las cosas, están a punto de acabarse y de acabarnos.

Piensa que esa tarea, ese combate por la supremacía entre las naciones se hace ahora en otro lugar, en el ámbito de la investigación, donde el científico tiene un perfil particular: «Las dos grandes pasiones del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan, sin duda, por amor a la verdad, pero laboran aún mas en pro de su prestigio personal o de la soberanía intelectual de su país. Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio».  En otro párrafo recalca esa idea de la ciencia como forma de servir a la construcción de la patria: «junto a la retorta, la balanza o el microscopio, poned la bandera nacional, que os recuerde continuamente vuestra condición de guerreros (qué función de guerra, y hermosísima y patriótica es arrancar secretos a la Naturaleza con la mira de defender y honrar a la patria)».

Refiriéndose a sí mismo, Cajal escribe que eso es lo que él se considera, por encima de cualquier otra consideración:

No soy, en realidad, un sabio, sino un patriota; tengo mas de obrero infatigable que de arquitecto calculador… La historia de mis méritos es sencilla: es la voluntad indomable resuelta a triunfar a toda costa.

Cajal se da cuenta que su trabajo ha triunfado en ese sentido, que ha conseguido romper con los tópicos sobre sus compatriotas: «la pretendida incapacidad de los españoles para todo lo que no sea producto de la fantasía o de la creación artística, ha quedado reducida a tópico ramplón». Más adelante añade, haciendo un resumen de su recorrido vital y científico:

Mi fuerza fue el sentimiento patriótico; mi norte, el enaltecimiento de la toga universitaria; mi ideal, aumentar el caudal de ideas españolas circulantes por el mundo, granjeando respeto y simpatía para nuestra Ciencia, colaborando, en fin, en la grandiosa empresa de descubrir la Naturaleza, que es tanto como describirnos a nosotros mismos.

A juicio de Cajal, el «problema de España» no es un conflicto existencialista sobre su ser o no ser, como creen algunos noventayochistas, sino un problema concreto de educación, de incultura, de la necesidad de superar de un atraso de siglos respecto a otros países europeos. manualSegún Cajal inicia la redacción de su primer Manual para estudiantes precisamente por una razón patriótica, porque no existe una obra así de un profesor español que contenga imágenes originales:

el patriótico anhelo de que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que en vez de concretarse a reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara en lo posible doctrina propia, basada en personal investigación. Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos e histológicos no traducidos, publicados hasta entonces en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras.

Un sentimiento parecido se puede rastrear cuando el médico francés León Azoulay se encarga de la traducción a su lengua de la gran obra cajaliana, la Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados: «Pero, ante todo y sobre todo, deseaba que mi libro fuera –y perdóneseme la pretensión- el trofeo puesto a los píes de la decaída ciencia nacional y la ofrenda de fervoroso amor rendida por un español a su menospreciado país…».  El patriotismo de Cajal se extiende también al lenguaje castellano:

En vano la Academia y varios doctos filósofos y escritores de casta se esfuerzan por contener el alud arrollador de vocablos exóticos y neologismos superfluos. Sus sabias y prudentes admoniciones son desoídas. Lo son hasta las incorrecciones señaladas por los epítomes gramaticales. La pueril vanidad de importar palabras nuevas, o de lucir harto dudosa familiaridad con lenguas extrañas, pueden más que los dictados del buen sentido. Cajal remata mezclando ciencia y la industria cultural catalana: A esta Babel han contribuido mucho las traducciones hechas en Barcelona por casas editoriales poderosas. Las obras médicas, sobre todo, constituyen la desesperación de los puristas y de los buenos españoles.

cajal-delante-de-su-microscopio-en-1920Ramón y Cajal distinguía nítidamente el patriotismo del nacionalismo o del chauvinismo, dos males que sufrió él mismo en forma de desprecio y falta de interés hacia su trabajo porque, en sus palabras, «admitíase que España produjera algún artista genial, tal cual poeta melenudo, y gesticulantes danzarines de ambos sexos; pero se reputaba absurda la hipótesis de que surgiera en ella un verdadero hombre de ciencia». El amor a España no le hace cegarse ante sus defectos. Refiriéndose a nuestro país, Cajal escribe que «por tener averiada la rueda de la ciencia, la pomposa carroza de la civilización hispana ha caminado dando tumbos por el camino de la historia» y reconoce que los mismos problemas de la Madre Patria, asolan también a «nuestra estirpe», los países latinoamericanos. Es el contraste entre nosotros y las grandes naciones que nos rodean, en Europa y en América, que Cajal recoge en sus anotaciones durante su invitación en la Clark University:

De mis conversaciones con yanquis, ingleses y alemanes he sacado la convicción -no descubro ningún secreto- de que, a juicio de los enérgicos y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas, y singularmente la portuguesa y la española, están formadas por razas decadentes, degeneradas moral y físicamente, a quienes debe tratarse sin ninguna contemplación.

Creo sinceramente que somos calumniados; pero creo también que españoles, portugueses e hispanoamericanos, con nuestras grotescas asonadas y pronunciamientos, nuestro desdén por la ciencia y las grandes iniciativas industriales –que sólo prosperan cuando se apoyan en descubrimientos científicos originales- nuestra secular ausencia de solidaridad política (rodeados de naciones de fuerza poderosísima y unificadas vivimos fragmentados en 21 estados que se miran con recelo o se odian cordialmente) hacemos cuanto es posible para justificar el desprecio y la codicia de las grandes nacionalidades.

Al final de su vida, a Cajal le vuele a doler España, esta vez preocupado por los nacionalismos separatistas. En enero de 1934, pocos meses antes de su muerte, le escribe a García Arista:

para mí lo más doloroso de la política actual es la funesta crisis de patriotismo que padecemos, con una indiferencia suicida estamos asistiendo a la disgregación de España.

El patriotismo de Cajal fue aprovechado torticeramente, como tantas otras cosas, por Franco y sus gobiernos, una dictadura que en cierta manera nos robó la patria. motogp_457Debemos ser uno de los pocos países del mundo —si es que hay alguno más— donde expresar un sentimiento hacia la bandera, el himno, una historia común, son repudiados por una parte importante de la población y donde términos como España o español parece que tienen un sesgo ideológico. El Cajal de 80 años tendría una imagen muy negativa de la época que estamos viviendo pero creo que el mejor don Santiago, el joven y el maduro, pelearía por la juventud, por mejorar en la ciencia y en la educación, trabajaría con honestidad y denuedo y nos volvería a hablar, con claridad y contundencia de una patria llamada España, como lo hizo cien años atrás.

 

Para leer más:

  • Albarracín Teulón A (1982): Ramón y Cajal o la pasión de España, Labor, Barcelona.
  • González Quirós JL (2002) España y el patriotismo en la obra de Santiago Ramón y Cajal. Ars Medica 1(2): 214-239. http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2012/10/joseluisgonzalezquiros.pdf
  • González Quirós JL (2007) Tres Quijotes: Ramón y Cajal, Unamuno y Ortega. En: El Quijote y el pensamiento moderno, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Tomo I, Madrid. pp. 451-483.
  • Ramón y Cajal S (1944): El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arterioesclerótico, Espasa Calpe, Buenos Aires.
  • Ramón y Cajal S (1972): La psicología de los artistas, Edición de García Durán Muñoz y Julián Sánchez Duarte, Espasa, Madrid
  • Ramón y Cajal S (1981) Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica. Alianza Universidad, Madrid.