port-cajal-redCuando a Santiago Ramón y Cajal le propusieron escribir un libro sobre su infancia, con el objetivo de usarlo para instruir a los niños, él contestó que esa etapa de su vida «no era nada educadora». No le faltaba razón o quizá sí. Fue todo lo contrario a lo que se consideraba un niño modelo, a lo que se demandaba de un muchacho en su época o en la nuestra: que fuera disciplinado, estudioso, dócil, aplicado, respetuoso… Muy al contrario, Santiago fue díscolo, mal estudiante, causó continuos enfados de su padre y profesores, se metió en mil peleas con puños y piedras, y estuvo varias veces a punto de matarse como cuando trepó a un risco para ver los polluelos de un águila y no encontraba la forma de bajar de o al saltar sobre el hielo en la balsa congelada de un molino hundiéndose en el agua gélida sin encontrar la abertura bajo la gruesa costra de hielo. También hizo cosas que ya no eran travesuras sino que entran directamente en la categoría de gamberradas, como puede ser comprarse una pistola o la fabricación un cañón ahuecando un trozo de viga que al dispararlo hizo un enorme boquete en la puerta nueva de un vecino. En castigo le llevaron tres días a la cárcel del pueblo con el beneplácito de su padre que pidió que se le privase de alimento durante la duración del encierro. Lo que peor llevó de su cautiverio es que una «una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para contemplar y burlarse del preso. Esto no lo pude sufrir, y saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja». Tenía once años.091016154503_sp_galeria_vier_ap_05

Por otro lado, el futuro premio Nobel está ya en ese muchacho. El vigor físico que le salvaría la vida en Cuba lo adquiere corriendo por los campos y montañas de Aragón. La capacidad de concentración en su trabajo y de avanzar en solitario en su investigación encaja con la familiaridad con la que vive estar solo con la naturaleza y la contemplación asidua de sus fenómenos que realiza en los pueblos en los que vive de crío. El dominio del dibujo y el color con el que hace pequeñas composiciones y caricaturas de sus profesores evolucionará para ser uno de los pocos científicos que hace sus propias ilustraciones —magníficas por cierto— de sus descubrimientos. La destreza manual y la rapidez mental que ejercita en el juego con sus compañeros, las usará para dominar las principales técnicas de estudio del sistema nervioso y para diseñar otras nuevas. La construcción de armas  y utensilios varios evolucionará al Cajal inventor que mejora los aparatos disponibles, aumentando su eficacia. El hábito de las largas lecturas, contraído en sus escapadas por el tejado, le convertirá en el profesor que está al tanto de las publicaciones de sus colegas, que sabe las novedades científicas, que intercambia artículos y revistas con los principales investigadores europeos de su disciplina. La recolección de huevos y pájaros y su clasificación encaja con el neurobiólogo que estudiará la variedad de las neuronas y las clasificará para siempre. El análisis de los huesos que hace en un granero es el primer paso para ser catedrático de Anatomía primero y uno de los grandes de la Anatomía microscópica después. Su rebeldía, su capacidad de esfuerzo, su sobriedad, su patriotismo, su inventiva, su calidad moral… todo eso que nos maravilla en el Cajal calvo y canoso está ya en el Santiagué de pantalones cortos.

Santiago nació en un pueblo pequeño que se llama Petilla de Aragón, uno de los pueblos más pobres y abandonados de una comarca pobre y abandonada. Era el mayor de cuatro hermanos y su padre era un hombre seco y rígido que trabajaba allí de cirujano de pueblo. hermanos_ramon_y_cajalLa familia vivía casi en la pobreza porque el sueldo del padre era escaso y soñaba con llegar a ser médico por lo que ahorraban todo lo que podían para poder pagarse los libros y los viajes a hacer los exámenes. Su padre terminó la carrera cuando Santiago ya contaba seis años. Cajal habla con mucho cariño de su madre, a quien describe como «hermosa y robusta montañesa». Es también duro y directo consigo mismo y sus hermanos y dice así:

De la belleza de mi madre, que yo aún recuerdo, y de su excelente carácter ni un solo rasgo se transmitió a los cuatro hermanos, que nos parecemos, en lo físico y en lo moral, a nuestro padre.

De su padre, dice que le legó un carácter al que debe todo: «la fe en la voluntad y en el trabajo, y la confianza en el valor del esfuerzo perseverante». De él mismo dice que «durante mi niñez fui criatura díscola, excesivamente misteriosa, retraída y antipática». La primera travesura del futuro don Santiago tuvo lugar en la villa de Luna, en la provincia de Zaragoza cuando tenía tres o cuatro años escasos. Estaba jugando en las eras del pueblo cuando tuvo la endiablada ocurrencia de apalear a un caballo. El animal, irritado, le sacudió una formidable coz en la frente de resultas de la cuál cayó sin sentido, bañado en sangre y quedó tan malparado que le dieron por muerto. Afortunadamente el legendario duro cráneo de los aragoneses y navarros protegió aquel cerebro joven que luego daría tanto fruto.

Al trasladarse la familia a Ayerbe, Santiago tuvo un verdadero «recibimiento»:_feria_de_ayerbe_61b9e94d

Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fue saludada por una rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos y creían asegurada su impunidad, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me acribillaban a pedradas.

Pero también es sintomático de que allí se sintió integrado y termina el párrafo de arriba con la frase «¡Qué bárbaros éramos los chicos de Ayerbe!».

El forano, como le llamaban, el forastero, se fue integrando, aprendió la jerigonza de la zona y se fue incorporando a la vida social, tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla «y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de pueblo suelen solemnizar las horas de asueto». Una vez amainada la hostilidad con que fue recibido, Santiago participa en las diversiones de los chicos de su edad:

Tomé parte en los juegos del peón, del tejo, de la espandiella, del marro, sin olvidar las carreras, luchas y saltos en competencia. Pero también aclara con que esos juegos inocentes se alternaban «con diversiones harto más arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin consideración a nada ni a nadie, constituían el estado de natural de mis traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada viva, romper faroles y cristales, asaltar huertos, y en la época de la vendimia, hurtar uvas, higos y melocotones: tales eran las ocupaciones favoritas de los zagalones de pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra poca envidiable de contarme.

ayerbe_hoyetesAun participando en todo ello, Santiago pone sus límites morales «Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no se transigió jamás: fue el abuso de fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel».

Debido a la actividad física constante, Cajal se fortalece «Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Brincaba como un saltamontes; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la viveza de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba, el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría». Santiago va encabezando y organizando muchas de esas actividades lo que le da muy mala fama en el pueblo

¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casados en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo de tambores y cencerros… ¿Disponías una pedrea en las eras cercanas o camino de las fuentes? Pues yo cargaba con el delicado cometido de fabricar las hondas…

Algo llamativo es su pasión por las armas, construye varios cañones, arregla una escopeta vieja de su padre para ir a disparar por ahí, fabrica pólvora y balines y construye también arcos, lanzas, flechas… Cuenta así como usaba las flechas fabricadas para hacer «guerras antiguas» con los otros chavales del pueblo:

Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban.

El padre intentaba poner freno a esos desmanes utilizando los criterios pedagógicos de la época: «Tan arriesgadas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento». Las tundas no fueron con el tiempo a menos y don Santiago lo cuenta así en Mi infancia y juventudEl anuncio de estas zurras paternas, las cuales, por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror».

Aquel miedo hacía que las travesuras se complicaran y multiplicaran su alcance. Una vez que hizo novillos, temió el castigo de su padre y se escapó de casa con su hermano y estuvieron varios días viviendo en el monte solos, comiendo frutas y raíces. Su padre, que no había parado de buscarles, les encontró durmiendo tranquilamente en un horno de cal, los ató codo con codo y se los llevó de vuelta al pueblo de esa guisa donde todos se rieron de ellos al verlos aparecer así atados y seguidos por el padre enfurruñado. niñosCon los años la cosa no fue mejorando «Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación». Y ese carácter, con unos compañeros que no le iban mucho a la zaga, se nota también en el aula, como cuando cuenta de las clases que daba don Antonio Aquilué, maestro de latín:

Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a las cartas… […] Llegado el buen tiempo, surcaban el aire, arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras veces la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine, las cuales, prendidas del hilo que sostenía un pillete, abandonaban suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho del desvergonzado discípulo, a las razones del profesor. Impelidas por arcos de goma, volaban hacia la plataforma bolitas de papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta desconsideración y cinismo, echábanos con cajas destempladas a la calle.

30197179_9276553Pero Santiago empezó a encontrar cosas que le llenaban: una fue el dibujo, que le encantaba y se le daba muy bien, aunque su padre lo veía como una pérdida de tiempo. El segundo aspecto fueron los libros, disfrutando la lectura —a escondidas de su padre y entrando por el tejado en la casa de un vecino mientras dormían para tomar prestadas sus novelas—y escribiendo él mismo escribió un pequeño librito sobre cómo tirar piedras y ganar todas las peleas Arte Lapidaria y otro sobre una aventura en una isla que luego escenificó con sus compañeros en verano. Lo tercero fue el descubrimiento de la amistad, de la pandilla, del otro. Con aquellos camaradas, cuyos nombres recuerda décadas después, compartió momentos divertidos y otros peligrosos, como cuando unos guardias les persiguieron sable en mano por algunas de sus fechorías. Y también fue descubriendo la naturaleza, los inventos, la ciencia: la maravilla de un eclipse de Sol, la fascinación por la fotografía y el ferrocarril, las asignaturas que le fueron gustando como la Física —que le parecía la ciencia de las maravillas—, las Matemáticas o la Historia Natural.

Graham Greene decía que «siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro». En el caso de Cajal está claro que toda la infancia fue —como siempre es— la construcción del hombre que fue.

 

Para leer más:

  • Ramón y Cajal S (1953) Cuando yo era niño. La infancia de Ramón y Cajal contada por él mismo. 4ª ed. Instituto Editorial Reus, Madrid.
  • Ramón y Cajal S (2007) Mi infancia y juventud. El mundo visto a los ochenta años. Ed. Prames, Zaragoza.
  • Sánchez Recuero J (1952) Santiagué (la infancia de Cajal). Editorial Sur, Jerez de la Frontera.