64716“Esta era la habitación de Mr Bleaney. Se alojó aquí

todos los años que trabajó en la fábrica, hasta que

lo trasladaron”. Unas cortinas estampadas, finas, deshilachadas,

que cuelgan diez centímetros sobre el alféizar

 

de una ventana que muestra un solar

cubierto de maleza y desperdicios. “Mr Bleaney

me tenía un jardín precioso”.

Una cama, una silla, una bombilla de sesenta vatios, no hay

 

colgador tras la puerta, ni sitio para libros o equipaje.

“Me la quedo”. Y así es como me acuesto

donde se acostaba Mr Bleaney, y aplasto mis colillas

en el mismo platillo de souvenir, y me pongo

 

algodones en los oídos para amortiguar

el estruendo de la radio que él la animó a comprar.

Sé cuáles eran sus hábitos: a qué hora bajaba,

que prefería las salsas ligeras, por qué

 

nunca perdió la fe en las quinielas.

Y también cómo era su temporada: la familia de Frinton

que le alojaba durante las vacaciones de verano,

y que pasaba las Navidades en Stoke con su hermana.

 

Pero si se quedaba de pie mirando el viento glacial

que alborotaba las nubes, o echado en la cama mohosa

diciéndose que ese era su hogar, y sonreía,

y temblaba, sin sacudirse el temor

 

de que somos tal como vivimos,

y que si a su edad lo único que podía enseñar

era una caja alquilada no debería dudar

que nada mejor merecía, eso no lo sé.

 

Philip Larkin

Las bodas de Pentecostés, 

traducción de Damián Alou

Barcelona: Lumen, 2007 [1964]