Autor: Francisco de Goya
Título: Aun aprendo [#D04151]
Cronología: 1825-1828 c.
Serie Álbum de Burdeos I o Álbum G, 54
Lápiz negro y lápiz litográfico sobre papel verjurado agrisado (192 x 145 mm)

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Este maravilloso dibujo muestra a un anciano, encorvado, con larga barba y cabellera canas, apoyado en dos bastones y con una mirada especial. Jonathan Brown lo describe de esta manera “cuando fija la mirada en el exterior… Aunque el cuerpo pueda fallarle, la mente está alerta y curiosa.” Aunque está débil y achacoso, marcado por el tiempo, sus ojos arden de vida e intensidad. Fue pintado por Francisco de Goya, cuando tenía cerca de 80 años y forma parte de los llamados álbumes de Burdeos, sus últimos dibujos y grabados. 439px-Michelango_Portrait_by_VolterraComo bien explica José María Parreño, el origen del dibujo parece ser un emblema realizado por Girolamo Fagiuoli, una conexión humanista y pictórica que salta siglos –Goya lo pintó entre 1824 y 1828- sobre un grabado que Fagiuoli había titulado “Anchora Inparo”, es decir, “Aún aprendo”, realizado en 1538. Esas dos palabras se atribuyen también a Miguel Ángel que habría expresado esa frase “Aún aprendo” , a sus 87 años, cuando se le felicitó por su obra en la Capilla Sixtina.

Aún somos capaces de aprender en la vejez. Nuestro cerebro nos anima a disfrutar yendo a clase, desarrollando un hobbie, viajando y visitando monumentos, practicando un idioma o volviéndonos a enamorar. 7ZTTD00ZEl longevo violonchelista Pau Casals, ante la pregunta de por qué con 85 años seguía ensayando cuatro o cinco horas diarias, su respuesta fue : “Porque tengo la impresión de que estoy haciendo progresos“. Henry Ford siempre recalcaba: “Quien detiene su formación se convierte en anciano, sea a los veinte o a los ochenta años. Quien sigue aprendiendo se mantiene joven por siempre”. 

Y, sin embargo, como otras partes de nuestro cuerpo, el cerebro se ha ido “gastando” con los años, va perdiendo parte de sus posibilidades, funcionaen algunas cosas un poco peor. Pero empieza mucho antes, a los 20 años tenemos muchas menos neuronas que cuando teníamos 2 años; los niños aprenden más rápido y mejor un nuevo idioma; nunca debes jugar un juego de concentración con un niño de 10 años si no quieres que te arrastre por el suelo; un joven es más rápido a la hora de juzgar si dos objetos son iguales o diferentes, memoriza mejor una serie inconexa de palabras y cuenta más rápido hacia atrás de siete en siete; en muchos deportes ya no tenemos la rapidez de reflejos, la agilidad mental a partir de los 30. Nosotros mismos podemos ver que a los 40 ya no bajamos las escaleras con la rapidez de cuando teníamos 15 años. A los 50 dicen que ya no tienes casi probabilidades de hacer una investigación que merezca el premio Nobel, tu pensamiento no es suficientemente iconoclasta, audaz y creativo. tbi-old-age-public-261x300 (1)A partir de los 65 años empezamos a notar que nuestro cerebro no está tan fino como era antes; olvidamos con frecuencia nombres o una cita que teníamos y de repente podemos descubrir que la libreta que no encontramos la metimos, quién sabe cómo, dentro del frigorífico. Y sin embargo, ese cerebro es una máquina única que sigue funcionando de una manera esplendorosa, tras décadas de trabajo intenso e ininterrumpido. Y las personas de más edad tienen también aspectos mentales que superan a los de los más jóvenes: el vocabulario, por ejemplo, con los años conocemos más palabras y entendemos mejor sutiles diferencias entre ellas, con unos pocos datos biográficos juzgan mejor el carácter de una persona y tiene más sabiduría social para, por ejemplo, resolver un conflicto. También se ha demostrado científicamente que con los años uno mejora considerablemente su capacidad para controlar las propias emociones y encontrar un significado a la vida.

La historia de nuestro cerebro es una continua adición de nuevas células y al contrario de lo que se pensaba no hace mucho, parece que si no hay una enfermedad neurodegenerativa, no perdemos muchas neuronas sino que las de la madurez llegan si no todas, una gran mayoría, sanas hasta el final de la vida. Aunque no estemos continuamente perdiendo neuronas como se pensaba hasta hace pocos años, el cerebro pierde peso y pierde volumen, los surcos de la corteza cerebral se agrandan y los espacios vacíos se ensanchan. Si tenemos una enfermedad neurodegenerativa el proceso avanza con mucha mayor rapidez pero aún sin ella, es como si hiciéramos un puzle con millones de piezas y cada día algunas desaparecieran debajo de la mesa. Y a pesar de todo esto, qué maravilla es ver lo bien que llegan tantas personas a edades avanzadas. Una vez escribí que el mejor invento del siglo XX eran los abuelos, abuelos sanos, con la cabeza perfecta, que disfrutan de estar con sus nietos y les enseñan las cosas importantes de la vida.

Todos buscamos cómo no envejecer. Y también en el ámbito de la actividad mental donde empezamos a saber más de cómo hacerlo. Se ha visto que el ejercicio ayuda, tres sesiones semanales de gimnasia suave, de natación, tres buenas caminatas  proporcionan una mayor capacidad de razonamiento abstracto, mejoran nuestra memoria, favorecen nuestra capacidad de concentración. No se conocen muy bien los mecanismos pero se piensa que el ejercicio ayuda a mantener los niveles de glucosa en unos límites estables, evitando por tanto los picos de glucemia que se producen con la edad. Es posible que esos niveles excesivos de glucosa dañen directa o indirectamente algunas poblaciones neuronales y el ejercicio ayude a evitar ese efecto negativo. La zona donde se ha visto más claro el daño es el giro dentado del hipocampo, una región cerebral implicada en la memoria. Quizá por eso al llegar a edades avanzadas, uno de los síntomas más evidentes es la pérdida en nuestra capacidad de recordar. En el ámbito de la inteligencia se suele hablar de “inteligencia fluida”, la capacidad de planificar, de organizar tareas complejas, y de “inteligencia cristalizada” que sería lo que normalmente llamamos “sabiduría”. La primera empieza a declinar relativamente pronto, los jóvenes son mucho más “multitarea” que los adultos, pero la otra aumenta con la edad. Otro dato científico curioso es que también mejoran nuestras funciones cognitivas si entrenamos la coordinación motora. Así que puede ser buena idea buscarse un compañero de baile, jugar al golf, dar paseos en bicicleta o probar cómo funciona ese videojuego que le han regalado a tu nieto. En ocasiones encontramos empresas que nos venden artilugios o programas sofisticados para “entrenar nuestro cerebro” pero no son necesarios, el punto clave es buscar algo que ejercite nuestra capacidad mental –y el mejor ejercicio no es ver la tele- , y que te guste, que sea divertido, somos una especie obsesionada con la búsqueda del placer. Así que si no te gustan las maquinitas, hay muchas opciones más baratas: hacer crucigramas, jugar con ese nieto al veo-veo o al “de la Habana ha venido un barco”, revisar tus cuentas, escribir la historia de tu vida o seguir una conversación en un restaurante ruidoso. Ese punto extra de atención, coordinación, esfuerzo, e interés es todo lo que tu cerebro necesita.

Un factor clave en la vejez es la pérdida sensorial. Vamos perdiendo vista, oído, equilibrio y también olfato. Un riesgo sanitario de las personas mayores es comer alimentos en mal estado porque una nariz poco eficaz no les avisa de que esa comida debe ir, con rapidez, a la basura. La alimentación también puede tener un efecto beneficioso. Algunos tenemos claro que con los años nos vamos volviendo más gruñones. La razón parece ser una disminución en los receptores neuronales de dopamina, un neurotransmisor que interviene en nuestros circuitos cerebrales de bienestar y placer. La caída de la señal de la dopamina sería la responsable de ese mal humor permanente, de convertirnos en viejos cascarrabias. Parece que una posible vía de paliarlo es alimentarnos con cosas ricas en dopamina o sus precursores como el yogur, las almendras o el chocolate. Evitar los cigarrillos, la bebida, las drogas psicoactivas y comer una dieta sana son cosas que ralentizan el declive de nuestro cerebro. La alimentación tiene otros efectos: ratones sometidos a una dieta hipocalórica –que pasan hambre, por decirlo en lenguaje común- muestran una menor incidencia de enfermedades neurodegenerativas. Es curioso también cómo nuestro cerebro nos cuida, nos prepara para unos años que pueden ser difíciles física pero también psicológicamente. Parece que el cerebro hace un borrado selectivo de malos recuerdos y nos deja lo mejor de nuestro pasado. Es por eso quizá que los ancianos recuerdan con tanta añoranza su infancia y juventud. No es que fuera todo tan rosa, es que se han quedado con lo bueno y olvidado lo malo. Si se hace un experimento con fotos negativas, neutras y positivas, un joven recuerda comparativamente mucho más las fotos negativas y un anciano mucho más las positivas. Goya iría desdibujando en su memoria los recuerdos de los fusilamientos del 3 de mayo y las atrocidades de los mamelucos del ejército napoleónico y preservando los recuerdos del cuerpo desnudo de la duquesa de Alba en su cama ¡Qué suerte!

El cerebro contiene, por así decirlo en sus “arrugas”, el registro de nuestra vida mental. Se ha visto que si se vive una vida cargada de estrés y tensiones, el riesgo de sufrir una demencia en la vejez es mucho mayor que los cerebros que han llevado vidas tranquilas y reposadas. El envejecimiento del cerebro es mejor en personas con una rica vida familiar y de amistades que en los que viven aislados. Es mejor en las personas que han tenido una intensa vida familiar (una madre con varios hijos) que en los que han vivido solos, aunque estos últimos se hayan librado de los disgustos de los hijos y tengan mejor situación económica. Se cree que estos cambios son debidos al cortisol. Esta molécula, que se produce en grandes cantidades en casos de estrés crónico, genera una reducción de la corteza del cíngulo anterior, lo que a su vez fomenta la depresión y está relacionada también con una mayor propensión a sufrir un alzhéimer. Nuestro cerebro es solo una parte, la más importante, de nuestro cuerpo y como él sufre la erosión del tiempo y el desgaste de los esfuerzos y las dificultades.

Ese dibujo de Goya, “Aún aprendo”, corresponde a la etapa final de la vida del pintor. En esa época, Goya estaba exiliado en Francia, —aunque el rey Fernando VII le había permitido volver a Madrid a gestionar su jubilación—, y había dejado atrás su familia, su casa y su obra. Goya ha ido a Burdeos con 78 años, rodeado de problemas familiares, sin fuerzas y con distintas enfermedades minando su salud. Y, sin embargo, inventa una nueva técnica, un tipo de miniatura sobre marfil, pinta numerosos cuadros, dibuja sin cesar y hace una nueva serie de litografías (los Toros de Burdeos). En el exilio francés se encuentra con Leandro Fernandez de Moratín, quien en su epistolario cuenta sobre él:  “pinta que se las pela, sin querer corregir jamás nada de lo que pinta” y nos deja esta imagen del pintor de Fuendetodos. “Goya […] sordo, viejo, torpe y débil, sin saber una palabra de francés y tan contento y tan deseoso de ver mundo”. Seguía aprendiendo.

Para leer más:

  • Brown, J., S.G. Galassi (2006) Goya’s Last Works. The Frick Collection y Yale University Press.
  • Parreño, J.M. (2008) Aun aprendo. En Aún aprendo. Últimas obras de Tiziano a Tàpies. Catálogo de Exposición. Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente. pp. 17-20.
  • Thomson, H. (2009) The five ages of the brain. New Scientist 4 de abril. 26-31.
  • http://www.smithsonianmag.com/science-nature/Top-Ten-Myths-About-the-Brain.html

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