Un artista del hambre” (“Ein Hungerkünstler”) es un relato corto que Franz Kafka publicó en la revista literaria Die neue Rundschau en 1922. El cuento también se incluyó en el último libro que Kafka preparó y que fue publicado por la editorial Die Schmiede después de la muerte del escritor.

El cuento, tras hablar en general sobre los espectáculos de ayuno, las exhibiciones diurnas y nocturnas de personas que juraban pasar semanas sin probar alimento y el interés de los niños por aquellos cuerpos esqueléticos, nos habla en tercera persona de un caso concreto. El protagonista es un hombre que se encierra en una jaula como espectáculo de feria para demostrar su capacidad de ayunar. Está controlado por un equipo de vigilantes, carniceros frecuentemente por cierto, que se aseguran de que no coma a escondidas pero a pesar de eso, la mayoría de la gente e incluso alguno de sus vigilantes, consideran que hace trampas. El espectáculo sufre una paulatina caída de público y el empresario de la atracción impone un límite de 40 días para el ayuno pero no por proteger la salud del protagonista sino porque considera que a partir de ahí el interés de los espectadores desaparece. El artista considera ese límite irritante y arbitrario puesto que le impide conseguir su récord, que sería ayunar indefinidamente. Kafka lo cuenta así:

Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de superarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar?

Al final del período de ayuno, en medio de una fanfarria, se saca al artista del hambre de la jaula y se le lleva a comer, entre el resentimiento del protagonista.

…a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar; dos médicos entraban en la jaula para pesar al ayunador, según normas científicas; y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesa en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.

Estas exhibiciones de control personal, seguidas por intervalos de recuperación se repiten durante años. A pesar de su fama, el artista del hambre se siente insatisfecho e incomprendido. Si un espectador, viendo su melancolía, trata de animarlo o consolarlo, explota en un acceso de furia, golpeando los barrotes de la jaula. El empresario castiga esos arrebatos pidiendo perdón a la audiencia e indicando que la irritabilidad es consecuencia del ayuno y el hambre. Menciona entonces que el artista alardea de que puede ayunar mucho más de lo que lo está haciendo pero les muestra fotografías del artista al borde de la muerte al final de un ayuno previo.

…procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición; a los cuarenta días de su ayuno.

De esta manera, sugiere que la tristeza del artista se debe al ayuno, cuando según él, está deprimido porque no le permiten ayunar más. Esta —en su opinión— “enervante deformación de la verdad” exaspera aún más al artista.

Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Solo él sabía solo él y ninguno de sus adeptos qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo.

Entonces, casi de repente, los gustos del público cambian y el ayuno en público, que recuerda tanto esos maratones de baile y otros concursos inhumanos a los que ahora seguimos siendo adictos, pasa de moda. El artista rompe con el empresario y se alquila a un circo donde confía en poder hacer exhibiciones de dieta realmente asombrosas. Pero ya no es la atracción principal y se le adjudica una jaula no en la pista principal sino a las afueras del circo, cerca de las jaulas de los animales. Aunque el sitio tiene un acceso fácil y la gente pasa por allí para ver las fieras, si se paran para verle obstruyen el paso. Al principio el artista desea que la gente se acerque pero luego le irrita el ruido y las molestias que causan; el olor, los movimientos y la alimentación de los animales cercanos le deprimen. Con el tiempo, el artista del hambre es olvidado. Nadie, ni siquiera él mismo cuenta los días que lleva sin comer. Un día, un inspector se fija en la jaula del artista, llena de paja sucia y se pregunta por qué no se usa. Cuando él y otras personas revisan la jaula encuentran al ayunador moribundo bajo la paja. Antes de morir el artista del hambre pide perdón y confiesa que no debe ser objeto de admiración ya que hacía dieta porque ningún alimento le apetecía. Entierran al artista con la paja de su encierro y le reemplazan con una pantera. Los espectadores se agolpan alrededor de la pantera por su aspecto vital y alegre.

Era un gran placer hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad.

El relato incide en alguno de los temas que Kafka desarrolla a lo largo de su obra: la muerte, el arte, la soledad, el ascetismo, la pobreza espiritual, el fracaso personal, la degradación de las relaciones personales, el fracaso del individuo que es al mismo tiempo marginado por la sociedad y su víctima.

Ha habido muchas interpretaciones diferentes sobre “El artista del hambre”. Todo el mundo está de acuerdo en que es una alegoría pero hay discrepancias sobre a qué es a lo que alude. Para algunos Kafka habla sobre el ascetismo con esa figura sacrificial con paralelismos con un ermitaño o un santo. En apoyo de eso está ese protagonista que no está en este mundo, el aspecto “sacerdotal” de los vigilantes de la norma o el simbolismo religioso del período de cuarenta días. Otros consideran que es una alegoría del artista incomprendido cuya visión de sí mismo y su obra, de su excelencia o de la trascendencia de su misión es ignorada por el público y los empresarios artísticos. Otra opción es que el artista que no come porque no le gusta la comida sería una alegoría entre el hombre creativo, su forma de crear y su insatisfacción frecuente con su creación. En el cuento, la pantera es la antítesis del artista: satisfecha y contenta, ignorante de la admiración que causa sin esfuerzo, la cruda corporalidad y la bella animalidad en contraste con el aire etéreo y la espiritualidad del hombre. Algunos asimilan al artista del hambre con el propio Kafka, como un artista alienado y solitario que está cercano a  su muerte. En la época en la que escribió el cuento, Kafka sufría una tuberculosis de la faringe que le dificultaba enormemente la ingestión de alimentos y de la que moriría a los 40 años.

Los artistas del hambre han existido realmente. Del siglo XVII al XX, en ferias, carnavales y tabernas, distintas personas pretendían llevar días, semanas o incluso años sin comer. Muchos de ellos explicaban su supervivencia indicando que eran alimentados directamente por Dios. Normalmente estaban tumbados en una cama, muriendo lentamente al parecer de hambre mientras la gente se agolpaba a su alrededor para mirarlos. Quizá en algunos casos el motivo del ayuno era la fe, pero en la mayoría era una búsqueda directa de un beneficio material, un negocio del espectáculo, el “show-business”. Ann Moore, “La Maravilla Ayunadora de Tubury” consiguió reunir 400 libras, una cantidad enorme,  a comienzos del siglo XIX. El belga Monsieur Simon decía que lo hacía por razones humanitarias, para que los mineros atrapados en una mina supieran que se podía aguantar mucho tiempo sin comer aunque el hecho de que cobraba 5 francos diarios también ayudaba.  Succi, un italiano, inició un período de 40 días sin comer indicando que estaba “tieso” y necesitaba ingresos. Los promotores también organizaron competiciones entre ayunadores de distintos países, para integrar fascinación, riesgo, competición y nacionalismo, como vemos también ahora tan frecuentemente del Grand Prix a Eurovisión pasando por la Fórmula 1. El artista contaba muchas veces al público su historia mientras yacía en la cama y eran visitados por médicos, reales o ficticios, que servían de testigos de su “condición única”, de ser “auténticos prodigios”. A menudo también compartían espectáculo con otros fenómenos de feria como hermanos siameses, enanos mujeres barbudas o personas con deformidades y malformaciones.

Una de los ayunadores más famosos fue Engeltje van der Vlies nacida en Schiedam (Países Bajos) en 1787. La Gazette van Gent, indicaba que en 1826 se había hecho un informe por una comisión médica, como resultado de la cual fue vigilada durante cuatro semanas por cuatro personas “dignas de confianza” durante 24 horas al día. Las cuatro personas declararon bajo juramento que no había tomado nada en ese tiempo, ni comida ni bebidas. El mismo periódico en su número de 9 de septiembre de 1853 comentaba asombrado que “llevaba 35 años sin comer y más de 31 en los que no había bebido nada”. En bastantes casos se pudo descubrir el fraude en los ayunadores. Engeltje era alimentada por una pequeña trampilla escondida bajo su cama y por donde un cómplice introducía alimentos.

Volviendo al cuento de Kafka, otros aspectos con los que se le ha relacionado ha sido con la indiferencia del mundo frente a los deseos del artista que crea una obra, qué es lo que hace que el arte sea interesante para la audiencia, si la perfección significa la inhumanidad y la muerte. Desde otra visión,  la actuación del artista del hambre es óptima cuando nadie le observa, cuando es olvidado por el público y cuando él mismo olvida los plazos, el calendario, la competición, un mensaje sobre el arte en todos los tiempos. Finalmente, Paulo Medeiros ha señalado que el artista del hambre muestra muchos de los síntomas de una anorexia nerviosa.

La anorexia masculina, como en las mujeres, afecta a personas que dejan de alimentarse de una manera sana por una búsqueda patológica de la perfección. Muchos de los síntomas de los anoréxicos son similares a los de las mujeres con anorexia pero la principal diferencia es que hay menos concienciación de la sociedad y del sistema sanitario en el caso de los hombres y, por tanto, tienen frecuentemente diagnósticos más tardíos y menos sistemas de ayuda.

Al igual que en el caso femenino se piensa que en el aumento de casos de anorexia masculina influye la promoción de un nuevo tipo de modelo físico, delgado, “pura fibra”: Cristiano Ronaldo, Brad Pitt, David Beckham. La famosa “chocolatina”, los músculos abdominales bien marcados por debajo de la piel sin un gramo de grasa subcutánea se han convertido en el grial de la belleza masculina. Esa imagen ideal, como el cuerpo de la modelo en la mujer, actúa como un fetiche para todo aquello profundamente deseado: aceptación social, éxito personal y profesional, amor, felicidad.

Los hombres con anorexia siguen las mismas pautas que las mujeres: purgas tras la comida, dietas con ingestas calóricas muy por debajo de los valores mínimos y regímenes extenuantes de ejercicio físico. A ello se suma en la psique de muchos de ellos el estigma de tener “una enfermedad de chicas”. Desgraciadamente parece que ningún grupo está libre de riesgo y que los casos de anorexia aumentan tanto en mujeres como en hombres. No hace mucho se consideraba que dentro de los anoréxicos, los hombres eran un 5%. En la actualidad, las últimas cifras son de un 10-20% y subiendo. En algunos grupos como los deportistas, y en especial los saltadores, la frecuencia es incluso del doble que en la media de la población masculina. A su modo y con grave peligro (los trastornos de la alimentación son las enfermedades psiquiátricas con mayor mortalidad), son también “artistas del hambre”.

 

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