Dos de los seres literarios más malignos, temidos y conocidos nacieron en el mismo sitio, el lago de Ginebra y el mismo mes de 1816. En el viaje en Suiza en el que Mary Shelley ideó el monstruo de Frankenstein, su acompañante y médico de Lord Byron, John William Polidori agrupó leyendas folklóricas y experiencias personales, todo ello aderezado con un toque erótico y creó el Vampiro, el monstruo chupador de sangre, precursor de la saga Crepúsculo, las novelas de Anne Rice y todos los demás representantes de esta vampiromanía que –elija usted– sufrimos o disfrutamos en la actualidad.

El vampiro de Polidori iniciaría unos elementos básicos que alcanzarían su cumbre con el Drácula de Bram Stoker: una alta carga sensual y romántica, el noble identificado como un ser peculiar con apetitos indómitos y vicios ocultos, la fascinación por volar, la transferencia entre personas de la esencia de la vida, la sangre como sustancia mística con propiedades únicas y la búsqueda de la inmortalidad.

Pero la leyenda del vampiro es muy anterior a Polidori y Stoker. El consumo de sangre por seres malignos aparece en numerosas culturas y épocas. Hécate, en la antigüedad clásica, era en una de sus representaciones un demonio femenino con pies de bronce que se transformaba en una joven y tras seducir a los hombres les hacía dormir antes de beber su sangre. La Lamia, otro ser mitológico grecolatino, elegía sobre todo niños pequeños y les devoraba o bebía su sangre por la noche en sus camas.

En el siglo XVIII se produjo la llamada controversia del vampiro. Hubo numerosos casos de supuestos ataques de vampiros que continuaban con noticias de comunidades rurales que desenterraban cuerpos y les clavaban estacas u otras formas para acabar con ellos. A pesar de que la formación científica era suficiente para considerar estas historias como superstición y diversos informes indicaban que los vampiros no existían, el pánico se mantuvo. Dom Augustine Calmet, monje y abad, teólogo y profesor de exégesis publicó un tratado en 1746 recogiendo mucha información sobre episodios involucrando vampiros pero sin ser concluyente sobre su inexistencia. Voltaire, que conocía la obra de Calmet, escribió en su Dictionnaire philosophique:

Estos vampiros son cadáveres, que salen de sus tumbas por la noche para chupar la sangre a los vivos, en sus gargantas o sus estómagos y después vuelven a sus cementerios.

Voltaire continuaba su entrada del diccionario comentando unas líneas más abajo su ausencia en Londres o París aunque indicando que “en estas ciudades hay financieros, brokers y hombres de negocios que chupan la sangre de la gente a plena luz del día, pero no están muertos, aunque sí corruptos. Estos verdaderos chupasangres no viven en cementerios sino en palacios muy agradables.”

La controversia centroeuropea sobre los vampiros solo terminó cuando la emperatriz María Teresa de Austria envió a su médico personal, Gerard van Swieten, a investigar aquellas noticias de víctimas desangradas. Swieten concluyó que no había ninguna evidencia de la existencia de vampiros y la emperatriz decretó leyes prohibiendo la apertura de tumbas y la profanación de los cadáveres, lo que fue el final de aquella histeria colectiva.

El fundamento de las leyendas de los vampiros es que son seres que superan a la muerte o al envejecimiento porque la sangre les mantiene vivos o les rejuvenece y aquí es donde quiero conectar con la Ciencia y, específicamente, con la Neurociencia. En 2011, Saul Villeda, de la Universidad de Stanford (California, EEUU) publicó un estudio en Nature demostrando que la transfusión de sangre de ratones jóvenes en ratones viejos multiplicaba la proliferación de nuevas células en sus cerebros. La transfusión de sangre joven también incrementaba el número y la extensión de las conexiones nerviosas en zonas del cerebro donde no se generan nuevas neuronas. Estos cambios no se producían cuando, en un experimento control, a los ratones viejos se les transfundía sangre de ratones viejos.

En el 2012 el mimo grupo ha presentado nuevos datos donde usando esa estrategia experimental, los intercambios sanguíneos, ha podido demostrar que tras pasar sangre de ratones jóvenes a ratones viejos, se revierten algunos de los efectos del declive cognitivo relacionado con la edad. El grupo de investigación conectó los sistemas circulatorios de ratones adultos y jóvenes y una vez que ambos sistemas circulatorios se mezclaban, sacrificaba a los animales y analizaba sus cerebros.

Para ver si las modificaciones estructurales observadas en el cerebro tenían un reflejo funcional el equipo de investigación dio a 12 ratones viejos ocho inyecciones intravenosas de plasma sanguíneo procedentes tanto ratones jóvenes como de ancianos a lo largo de un mes. Usaron plasma en vez de sangre para excluir cualquier efecto que pudiese atribuirse a las propias células sanguíneas.

Para medir su capacidad de memoria y aprendizaje se hacía un test llamado el laberinto acuático de Morris. En una piscinita circular como las de los niños se vierte agua con algo que la vuelve opaca (leche en polvo, por ejemplo) y donde hay sumergida una plataforma en la que el animal puede subirse y descansar. La idea es que al principio debe nadar hasta encontrar la plataforma al azar pero al cabo de unos pocos intentos  puede recordar en qué zona de la piscina está y, si la memoria funciona bien, nada rápidamente hacia esa zona. Los ratones viejos que habían recibido plasma de sangre joven recordaban donde estaba la plataforma mucho mejor que otros ratones viejos que habían recibido el plasma de animales de su misma edad

El envejecimiento causa un declive en la cantidad de células madres y progenitores en el cerebro adulto y en consecuencia, una disminución marcada de la neurogénesis. La neurogénesis adulta, presente solamente en el cerebro olfatorio y en el giro dentado de la formación hipocampal interviene en la memoria y aprendizaje olfatoria y en la memoria espacial y emocional. Usando test de condicionamiento de miedo (unir un estímulo a algo desagradable como una descarga eléctrica) para poder identificar las áreas cerebrales involucradas el grupo de investigación pudo determinar que los ratones que habían sido transfundidos con sangre “joven” recordaban mejor el miedo asociado con tareas que activan el hipocampo, sugiriendo que esta zona es una región cerebral diana para la sangre.

El hipocampo de los ratones ancianos sometidos a la transfusión mostraba cambios en la expresión de 200 a 300 genes, muchos codificaban proteínas implicados en la plasticidad sináptica, un mecanismo celular que se considera el sustrato básico del aprendizaje y la memoria. También se observaron cambios en algunas proteínas que intervienen en el crecimiento axonal.

La caída que se produce en las funciones cognitivas puede mejorarse con actividades que afectan a todo el organismo como el ejercicio. Los estudios de Villeda y su grupo muestran que en la sangre hay algunos factores que pueden promover o inhibir la neurogénesis en función de la edad del animal. De esta manera sometiendo a un ratón joven a un ambiente sistémico viejo o inyectándole plasma de un ratón viejo disminuye su plasticidad sináptica y se afecta negativamente el condicionamiento al miedo, el aprendizaje espacial y la memoria.

En resumen, lo que estos estudios dicen es que es posible revertir, al menos parcialmente el envejecimiento cerebral de un mamífero, administrándole sangre de un animal más joven. Y también es cierto lo contrario, un ratón joven tras la transfusión con sangre de un animal viejo, muestra peores resultados que un animal control.

Buscando qué factor en la sangre podía ser determinante de esos cambios se ha visto que un grupo de citocinas llamadas quimiocinas incluyendo la CCL11 (también conocida como eotaxina) pueden ser las responsables. Los niveles de estas proteínas en sangre se correlacionan con una neurogénesis reducida en ratones viejos o en ratones jóvenes sometidos a una transfusión de sangre de un ratón viejo. Es decir, a más quimiocinas, menos neuronas nuevas. El incremento de los niveles de CCL11 en sangre periférica disminuye la neurogénesis adulta y afecta negativamente al aprendizaje y la memoria. Estos resultados sugieren que el declive en la neurogénesis y los fallos cognitivos que se ven en el envejecimiento pueden atribuirse al menos en parte a cambios inducidos por factores transportados por la sangre.

Surge lógicamente la pregunta de si algo similar funcionaría en humanos. La respuesta inmediata es que no lo sabemos. La segunda parte de la respuesta es que es muy posible que sí. Los sistemas bioquímicos son similares y los niveles de quimiocinas aumentan en el plasma y el líquido cefalorraquídeo de las personas ancianas sanas. En tercer lugar, sugiere que la transfusión de sangre “vieja” podría tener un efecto negativo en el cerebro y otros órganos vitales de un paciente joven, algo en lo que también pueden jugar un papel la cantidad de proteínas inflamatorias presentes en el plasma de una persona de edad avanzada. Por otro lado, la sangre joven puede ayudar a desarrollar nuevas sinapsis, aumentar el número de neuronas y revitalizar el tejido nervioso en el sistema nervioso central. Esto abre una serie de posibilidades de un enorme interés.

Sangre y rejuvenecimiento hace recordar la historia de Erzsébet (Elizabeth) Báthory (7 de agosto de 1560 – 21 de agosto de 1614), la asesina en serie más famosa y homicida. Parece que la llamada “condesa sanguinaria” estaba envejeciendo con rapidez y buscó un remedio para mantener su atractivo y juventud. Un alquimista le recomendó bañarse en sangre de personas jóvenes como un tratamiento revitalizador y rejuvenecedor. Aunque el número exacto de víctimas se discute (un testigo le atribuye 650) no hay duda de que fue responsable de la muerte de cientos de niñas. Una maldad atroz sin ninguna eficacia porque los factores bioquímicos no serían útiles por aplicación tópica (baño) ni por ingestión (beber sangre) sino por lo que sabemos en ratones el efecto solo se vería, en su caso, tras una transfusión.

 

Para leer más:

  • Villeda SA, Luo J, Mosher KI, Zou B, Britschgi M, Bieri G, Stan TM, Fainberg N, Ding Z, Eggel A, Lucin KM, Czirr E, Park JS, Couillard-Després S, Aigner L, Li G, Peskind ER, Kaye JA, Quinn JF, Galasko DR, Xie XS, Rando TA, Wyss-Coray T. (2011) The ageing systemic milieu negatively regulates neurogenesis and cognitive function. Nature 477(7362):90-94.