Déjame que te cuente las ofensas del mundo: las altas cordilleras oponiendo sus siluetas frágiles contra un humo incesante de rapiña y de muertos, los glaciares azules profanados de restos de basura; déjame que te hable de la estela aceitosa de los barcos mercantes, de las sucias espumas de las aguas fecales en las que se alimentan los flamencos. Yo los he visto. Aves rosadas, tan hermosas que te lloran los ojos al mirarlas, como al mirar un cielo de poniente. Ponen huevos enfermos. Y esos niños de África con su triste ropaje de huesos prominentes, hijos de nuestro miedo. Mientras desde muy lejos nos exhortan a rodar silenciosos en grandes coches de motor alemán, a borrar nuestro olor con aerosoles que dejarían ciega a una gaviota. Cifras. Nos suministran datos comparativos de las últimas décadas. Como si así pudieran explicarnos por qué hace ya dos años que no anida en mi casa la sírice gigante, por qué el viento de marzo no huele como siempre. Y lo peor es que ya no hay verdugos: sólo víctimas. Sólo aterradas víctimas culpables. Animales enfermos que intentan protegerse refugiándose en un hipermercado, yendo a clases de bailes de salón… 

Ana Isabel Conejo