La limpieza ha sido un elemento clave para la lucha contra la enfermedad al impedir los contagios de muchas infecciones. La higiene en los instrumentales médicos, en los hospitales y quirófanos, en las manos del personal sanitario y en los propios hogares ha sido un componente fundamental  del espectacular salto de esperanza de vida experimentado entre el comienzo y el final del siglo XX. En España, si es que nos dejan usar esa palabra, se ha pasado de 34,8 años de esperanza de vida en 1900 a 81,2 en 2011.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX se fueron identificando los agentes causantes de diversas enfermedades como la difteria, la tuberculosis, la gonorrea o la lepra, y se ve que pueden ser destruidos con jabón, con lejía, hirviendo el instrumental y las vendas, lo que inicia una nueva era para la Humanidad. Limpieza es salud y se generalizan los sistemas de agua corriente potable, las redes de alcantarillado, los protocolos en contra de las infecciones en consultorios y quirófanos, la mejora de la trazabilidad en la preparación de los alimentos, la higiene como parte de la educación para niños y adultos.

El siglo XX ha sido por tanto el siglo de la limpieza, de la higiene, en muchos ámbitos casi de la esterilidad. No hay más que ver todas esas tonterías que dicen y venden para lavar un biberón. Algunos investigadores han propuesto que los fuertes incrementos en el número de casos de algunas enfermedades en este último siglo nacen, precisamente, de que vivimos en ambientes demasiado limpios.  Entre ellas estarían, con mayor o menor evidencia en cada caso, las alergias, el asma, la artritis, la psoriasis, la esclerosis múltiple, la enfermedad de Crohn, la diabetes, la alopecia, la obesidad y algunos tipos de enfermedad cardiovascular, cáncer y autismo. Los que defienden esta idea consideran a cada persona como un “superorganismo”, una agrupación de billones de células y billones de otros organismos, la mayoría de ellos bacterias viviendo en nuestro tubo digestivo. Estas bacterias llevarían cientos de miles de años con nosotros y ahora nos hemos puesto a enredar con ellas consumiendo antibióticos, antiparasitarios y toda una serie de productos químicos.

Según algunos,  los microbios de nuestro intestino “educan” a las células del sistema inmune que patrullan por todo el cuerpo y cuando destrozamos ese ecosistema, por ejemplo con el uso indiscriminado de antibióticos de amplio espectro, estamos dando lugar a problemas de alcance insospechado. La idea es que la exposición normal a los microorganismos del ambiente, las bacterias del suelo por ejemplo, pone en contacto a nuestro cuerpo con una mucha mayor variedad de sustancias naturales y entrena a nuestro sistema inmunitario a ignorar moléculas inofensivas como la que recubren los granos de polen o el pelo de los gatos.

Hay algunos datos que apoyan estas hipótesis: los problemas alérgicos y las enfermedades autoinmunes son mucho más abundantes en los países ricos que en los países pobres. Se ve muy claramente en poblaciones semejantes que quedaron separadas en dos regímenes políticos distintos que terminaron en niveles de vida muy diferentes: Alemania del Oeste y Alemania del Este o la población que quedó a un lado y a otro de la frontera entre Finlandia y Rusia. Más aún, las regiones donde los parásitos intestinales son la norma, no presentan prácticamente casos de alergias y enfermedades autoinmunes.

Estas ideas están generando nuevos tipos de tratamientos, que aunque puedan parecer prometedores en muchos casos no han sido probados suficientemente: Algunos no son muy problemáticos como alimentos probióticos que restauran una flora intestinal más parecida a la de la era preindustrial pero ha habido casos de infectar conscientemente con parásitos intestinales como tricocéfalos (un tipo de gusano nematodo) para la enfermedad de Crohn, o con anquilosotomas (otro nematodo) para la esclerosis múltiple o la psoriasis.

Tomando esta hipótesis de la higiene un paso más allá, y en una dirección aún más sorprendente, estudios recientes indican que el contacto con una bacteria del suelo, Mycobacterium vaccae, puede ayudar a luchar contra la depresión nerviosa. También hay médicos que plantean los trasplantes fecales, llegando a postularse que un tratamiento para la depresión podría ser el trasplante de flora intestinal de un donante vitalista, optimista y feliz.

Durante muchos siglos la depresión se relacionó con tener poco carácter o con el predominio en la propia personalidad de un determinado fluido, la bilis negra o melancolía. Hasta hace unos cincuenta años no existía ningún tipo de tratamiento farmacológico contra la depresión. Pero en 1974 un estudio realizado por investigadores de Ely Lilly, una de las grandes empresas farmacéuticas, plantearon que la depresión estaba causada por un desequilibrio químico cerebral producido por un mal funcionamiento de una población de neuronas, el sistema serotonérgico. Pasados estos años es difícil darnos cuenta de cómo se vivía la depresión pero el anuncio que surgió en aquellos momentos, generó una auténtica revolución: la depresión no era una debilidad moral, no era pereza mental, no era falta de carácter, era y es una verdadera enfermedad cerebral que puede ser tratada con éxito.

Según la hipótesis más aceptada, la depresión está causada por una disminución de los niveles de serotonina en zonas específicas del cerebro. En personas que han fallecido con depresión, a menudo por un suicidio, se ha podido comprobar que los niveles de serotonina están claramente afectados, mostrando niveles mucho más bajos de lo normal.

Un estudio publicado en Annals of Oncology mostraba que  los pacientes de cáncer de pulmón inyectados con una suspensión de bacterias muertas de la especie M. vaccae comentaban tener más calidad de vida, menor número de náuseas y menos dolor. Parece que la inyección de bacterias en ratones, activa un grupo de neuronas serotonérgicas, es decir productoras de serotonina, los mismos circuitos sobre los que actúa el Prozac.
Christopher Lowry un investigador de la Universidad de Bristol planteó una hipótesis de cómo podían estar relacionados estos aspectos “Lo que pensamos que sucedía es que las bacterias activaban a las células del sistema inmune, que a su vez liberaban unas sustancias químicas llamadas citoquinas, las cuales actuaban sobre receptores en los nervios sensoriales para aumentar su actividad”. Lowry y su grupo de investigación comprobaron un aumento de las citoquinas pulmonares tras la inyección de moléculas de M. vaccae en la tráquea de ratones. Pero el equipo también miró los cerebros de los ratones y encontraron que las neuronas serotonérgicas eran más activas en los ratones tratados que en los controles. Estas neuronas estaban situadas en una región específica del cerebro denominada el núcleo dorsal del rafe. Según Lowry “esto es importante, porque las células en esa parte del rafe proyectan a partes del cerebro que regulan el estado de ánimo como la corteza prefrontal y el hipocampo, que también está involucrado en la regulación del estado de ánimo y la función cognitiva”.

A continuación, los investigadores sometieron a otro grupo de ratones a una prueba que mide la respuesta al estrés. Cuando se pone a un ratón en un recipiente con agua, primero nada intentando escapar, luchar contra esa situación inesperada hasta que llega un momento que “tira la toalla” y se deja flotar pasivamente. Los investigadores contaban cuando tiempo tardaba el ratón en adoptar esa imagen de haber perdido la esperanza. Las ratones control nadaban de media dos minutos y medio mientras que los tratados con la bacteria, pataleaban durante cuatro minutos. Los investigadores ya conocían que los antidepresivos incrementaban la natación activa y disminuían la inmovilidad. Según Lowry, “las bacterias tenían exactamente el mismo efecto que los fármacos antidepresivos”.

Todo ello parece indicar que la inhalación de estas bacterias puede conseguir un estado de alegría, de bienestar en tu mente. Esto puede explicar una pasión que tenemos algunos y que otros que no lo han probado no pueden entender: trabajar en el jardín. En ese hobbie, estás en contacto con estas bacterias benignas y puede explicar la sensación de placidez y relajamiento que sientes cuando estás arrodillado cerca de la tierra, plantando bulbos de tulipán o arrancando malas hierbas entre los rosales.

Una vez leí que un consejo sanitario del siglo XVIII era oler tierra húmeda, algo que encaja muy bien con todo esto que estamos comentando. También se pueden conseguir dosis de M. vaccae dando un paseo por el campo, o nadando en un río o comiendo una lechuga o zanahorias o unos tomates plantados por un hortelano o por tu propia mano.

En cuanto al mecanismo celular, hay quien piensa que la depresión puede ser parte del proceso inflamatorio. Al poner en marcha la producción de células inmunes que reducen la reacción inflamatoria típica de las alergias, M. vaccae puede estar haciendo que disminuya la inflamación y con ello la depresión. Según los defensores de esta línea de investigación, con M. vaccae o con alguna de sus componentes podríamos tener una nueva batería de fármacos contra la depresión, baratos y eficaces.

Al ir reuniendo estos datos, pensaba en lo frecuente que es que al ver en la televisión imágenes de países del Tercer Mundo, nos sorprendan sus sonrisas. Casi no tienen nada, su vida sería para nosotros —pensamos— un infierno, su vivienda una chabola destartalada, mala y poca comida y una ropa que se parece a la que tiramos a la basura. Y sin embargo, parecen felices. Les miramos con desconcierto, ¿por qué ellos rodeados de miseria, sonríen y nosotros, en el mundo del lujo y el exceso, vemos a la gente crispada, abatida o malhumorada? Quizá es por ese contacto con la tierra húmeda, con las bacterias, con Mycobacterium vaccae. Julio Cortázar en el capítulo XXI de Rayuela dice así:

Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

 

Para leer más:

  • Kelly KJ, Donner NC, Hale MW, Lowry CA. (2011) Swim stress activates serotonergic and nonserotonergic neurons in specific subdivisions of the rat dorsal raphe nucleus in a temperature-dependent manner. Neuroscience. 197: 251-268.
  • Lowry CA, Hollis JH, de Vries A, Pan B, Brunet LR, Hunt JR, Paton JF, van Kampen E, Knight DM, Evans AK, Rook GA, Lightman SL. (2007) Identification of an immune-responsive mesolimbocortical serotonergic system: potential role in regulation of emotional behavior. Neuroscience 146(2):756-772.
  • O’Brien ME, Anderson H, Kaukel E, O’Byrne K, Pawlicki M, Von Pawel J, Reck M; SR-ON-12 Study Group. (2004) SRL172 (killed Mycobacterium vaccae) in addition to standard chemotherapy improves quality of life without affecting survival, in patients with advanced non-small-cell lung cancer: phase III results. Ann Oncol. 15(6): 906-914.
  • Velasquez-Manoff, M. (2012) An Epidemic of Absence: A New Way of Understanding Allergies and Autoimmune Diseases. Scribner, Nueva York.
  • http://m.discovermagazine.com/2007/jul/raw-data-is-dirt-the-new-prozac